Entrevista a Philippe Faucon, director de «Fatima». El encuentro tuvo lugar el martes 31 de mayo de 2016, en el Instituto Francés de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Philippe Faucon, por su tiempo, generosidad y simpatía, y a Javier Asenjo de Surtsey Films, por su paciencia, amabilidad y cariño.
(No olvidemos nunca quién somos, ni por qué estamos aquí)
La película arranca de forma brillante y demoledora, una mujer (ataviada con una camiseta en contra de los desahucios) friega los platos, de repente, unos antidisturbios tira abajo la puerta e irrumpen en su caso. Le siguen imágenes, a modo de prólogo, cortantes sobre las movilizaciones de la PAH (Platafroma de afectados por la hipoteca), cuna del activismo social de Ada Colau (1974, Barcelona) el hilo conductor que vertebra la película. En uno de esos momentos, unos policías cogen en volandas a Ada Colau, desalojándola de una sentada durante una protesta, al grito de “Sí se puede”, situación que entroncara con otra imagen, que también veremos más adelante en la película, la de una felicísima Ada Colau, el día de su proclamación como alcaldesa de Barcelona, cuando la policía le va abriendo paso en una plaza Sant Jaume abarrotada y delante de una masa enfervorecida. (Instante que recuerda una anécdota de Semprún, explicaba que cuando era Ministro de Cultura, la policía le abría paso porque llegaban tarde a una inauguración, y comentaba irónicamente con un colega, que en tiempos del franquismo, era al revés, se escondía y huía de la policía). Un viaje parecido es el que ha protagonizado Ada Colau, vecina de Barcelona, y bregada en las luchas vecinales reivindicando el derecho a una vivienda digna y para todos.
Con producción de Nanouk films (con Ventura Durall, que además de productor es coguionista, autor de los interesantes documentales El perdón y Bugarach, entre otros). El director Pau Faus (1974, Barcelona) documentalista y artista visual, del que ya conocíamos su película Si se puede. Siete días en PAH Barcelona (2014), no sólo se ha centrado en la figura de Ada Colau, sino que ha introducido sus cámaras en las entrañas de un movimiento social que se inició en las calles, en las movilizaciones contra los desahucios, y en las protestas por una sociedad mejor, más igualitaria, justa y digna. La película empieza 10 meses antes de las elecciones, y finaliza con la investidura de Ada Colau como alcaldesa, y se abre cuando un grupo de ciudadanos decide presentar la candidatura “Barcelona en comú”, con el objetivo de presentarse a las elecciones municipales de Barcelona en mayo del 2015. En ese instante, seguimos este apasionante viaje, donde veremos de todo, con la cabeza visible de Ada Colau, pero rodeado de un equipo de ciudadanos anónimos que invierten su tiempo y trabajo para levantar y hacer crecer una candidatura que represente a los de abajo, que sean visibles, y sobre todo, cambiar las reglas de un juego que ya no funciona, que sólo obedece al capital y se niega a escuchar las necesidades del pueblo. Faus filma todo ese proceso histórico, los momentos íntimos de las personas, enfrascadas en hacer política, en la complejidad que todo eso comporta, en los problemas y conflictos que se van sucediendo, las negociaciones con otras formaciones políticas, la imagen de campaña, los debates para explicar sus ideas, los ataques de los enemigos, las estrategias a abordar, las diferentes opiniones e ideas que se debaten y discuten entre todos, valorando todas las reflexiones, buscando la mejor manera de entenderse por el bien común. También, asistimos a unas sesiones de video diario, a modo de cuaderno de bitácoras, en el que Ada Colau, en primera persona, va explicando sus vivencias cotidianas, sus inseguridades, debilidades, contradicciones y dudas.
Faus ha construido una película emocionante, viva, libre y apasionante, que recoge el espíritu de Primary (1960, Robert Drew), el maravilloso y aleccionador documento sobre las primarias de Winconsin, protagonizado por los dos candidatos John Fitzgerald Kennedy y Hubert Humphrey, un cine de observación que se adentra en las profundidades de la política, mostrando un retrato íntimo y personal sobre el lado humano de los políticos, ese rostro que se escapa de la actualidad fugaz. La película de Faus se toma su tiempo, es serena, nos introduce de forma sencilla y honesta en el epicentro del grupo político, con sus aciertos y errores, con las emociones y sentimientos a flor de piel, nos cuenta una verdad que se siente y se puede tocar, no hay trampa ni cartón, huye del panfleto y del maniqueísmo. La película rezuma verdad por los cuatro costados, su narración sigue este viaje desde el activismo hasta las instituciones, en el que la protagonista es una mujer corriente, alguien que lucha contra la injusticia, que se levante ante el poder capitalista, pero también alguien con miedo, con dudas, que se equivoca y que a veces, se siente sin fuerzas, cansada, echando a faltar a su hijo, y con dificultades para tirar pa’lante, pero que tiene un gran equipo de personas a su lado, que la apoya, la asesora, la ayuda a seguir con este viaje histórico, un proceso que la ha convertido en la primera mujer alcalde de Barcelona.
Entrevista a Pablo Hernando, Julián Génisson y Juan Cavestany, directores de «Esa sensación». El encuentro tuvo lugar el viernes 29 de abril de 2016, en el marco del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, en el vestíbulo del Teatre CCCB de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pablo Hernando, Julián Génisson y Juan Cavestany, por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas, por su paciencia, amabilidad y simpatía, a Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su apoyo y cariño, a Óscar Fernández Orengo, buen amigo, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación, y al equipo del D’A, atentos y buena gente.
Antes de empezar la película, se nos anuncia que estamos ante una película realizada en lenguaje de signos. Donde no hay traducción, ni subtítulos, ni voz en off. El director ucraniano Myroslav Slaboshpytskiy (1974, Kiev) – multipremiado cortometrajista en festivales del prestigio de Berlín y Locarno – tenía en mente realizar una película muda, y encontró en el lenguaje de signos de los sordomudos el vehículo perfecto, una película sin diálogos que tenga la capacidad de comprensión sin la necesidad de añadidos, apoyada en la gestualidad corporal (una idea parecida desarrolló Murnau en la última etapa del mudo con Amanecer y El último, películas con apenas intertítulos, que lograban un lenguaje moderno, comunicativo y brillante). El realizador ucraniano se ha lanzado al abismo con una película a contracorriente, alejada de cualquier moda, y sumamente cruel y devastadora, anclada en un excepcional concepto formal (tomas filmadas en planos secuencias largos y frontales con la distancia adecuada sin condicionar la mirada de los espectadores, con ese aroma de cineastas de la talla de Tarkovski, Tarr o Aleksei German).
La historia que se nos cuenta es sencilla, Sergey, un adolescente sordomudo llega a un internado, y pronto es reclutado por la organización delictiva “La Tribu”, (sociedad secreta que principalmente actúa de noche) capitaneada por uno de los profesores. Debido a sus buenas maneras en los robos, extorsión y demás fechorías, Sergey se convierte en uno de los elegidos. Un día, se enamora de Anna, una de las concubinas del jefe que se prostituyen para él, y entre los dos, comienza una historia de amor inocente, y clandestina a los demás. Sergey se enfrenta a su jefe y sus secuaces con el objetivo de huir con su novia. Slaboshpytskiy cimenta una película dura, terrible, y brutal sobre esos niños desamparados que encuentran cobijo en actividades violentas e inhumanas. Filmada en un barrio deprimido de las afueras de Kiev (que edificaron los presos de la segunda guerra mundial con el nombre de Stalin) donde se respira un aire gélido, seco, podrido y malsano, un ambiente alejado de humanidad, en el que asistimos atónitos a una violencia salvaje y escenas de sexo abrupto, animal, alejado de cualquier sensibilidad, exceptuando el que practican los jóvenes protagonistas, sus momentos son los únicos que se nos permite vislumbrar algo de esperanza, aunque muy a nuestro pesar, es una esperanza vana e ilusoria, muy alejada de la realidad imperante en la que se mueven, teledirigidos por hombres sin piedad.
La película mantiene una estructura de fábula, en el que el niño inocente se inicia en el mundo del hampa, se enamora de la niña equivocada y acaba enfrentándose a sus jefes. Slaboshpytskiy nos habla de amor, odio, furia, ira y desesperación, dentro de un artefacto formal realista y natural, a través del lenguaje corporal de sus personajes. Una película que se escucha y nos propone un descenso a los infiernos sin retorno, dejándose llevar por unas imágenes bellas y crueles, en un mundo lleno de tristeza y vacío de valores y moral. Un cuento como los de antes, filmado de un modo ejemplar, en la que sobresalen las interpretación de sus actores, haciendo mención especial a la pareja desdichada, Grigory Fesenko que da vida a Sergey, y Yana Novikova como Anna, los jóvenes sordomudos sin ninguna experiencia previa, superaron en primera instancia un casting que se alargó un año, para luego verse sometidos a un durísimo entrenamiento de preparación de personajes, que consistía en una convivencia alejada de todo, y unas estrictas normas para conseguir la mayor naturalidad en sus interpretaciones. El gran trabajo de fotografía de Valentyn Kasyanovich (prestigioso documentalista ucraniano), también productor de la cinta, que consigue filmar esas almas de carácter frío en continuo movimiento, esa corporeidad visceral que expresa todo lo que sienten, y unas miradas que desprenden quietud y silencio. Slaboshpytskiy ha construido una película admirable, sin necesidad de diálogos ni música, sólo el sonido ambiente, pariendo unas imágenes lúcidas, pero también dolorosas, filmadas con una crueldad sincera y amarga, pero desde una prudente distancia, capturando las emociones de los personajes, en una cinta que, aparte de mostrar una violencia inmoral y extrema, encierra en su textura fílmica una de las más bellas y emocionantes historias de amor de los últimos años.
Luis Aller (1961, Toral de los Vados, León) es un cineasta en el sentido más amplio de la palabra, como lo fueron los Godard, Truffaut, Rohmer, entre otros, que desde las páginas de la mítica Cahiers du Cinema revindicaban esa condición. Personajes de todo terreno, que se empapan de cine en todos sus ámbitos: como espectadores, atiborrándose de sesiones en la Filmoteca, ejerciendo la crítica y la docencia, materializando sus teorías en el campo del cortometraje y haciendo películas. Aller arrancó en el largometraje con Barcelona lament, filmada en 1991, un film noir de aquella Barcelona preolímpica muy influenciado por el cine de Godard. Hemos tenido que esperar más de veinte años para ver su nuevo trabajo. Transeúntes es una película que comenzó a filmarse en 1993, después de las Olimpiadas y en plena crisis económica, y ha estado en perpetua construcción durante dos décadas. Filmada inicialmente en 35 mm, ha ido trabajando en diferentes soportes cinematográficos, formatos y texturas para desarrollar el concepto personal sobre la concepción y el montaje del universo cinematográfico de Aller.
Asistimos a una película-experiencia, donde pasan delante de nuestros ojos la friolera de 7000 planos (según fuentes de la productora), donde observamos múltiples ventanas que se abren y se cierran, retratos de gentes anónimas que van de un lugar a otro, película fragmentada y en constante evolución, envuelta en el caos reinante de la cotidianidad de una ciudad como Barcelona, asfixiada por la crisis y el deambular de unos y otros. Aller viaja por varios géneros y temáticas, desde el cine ensayo, la ficción y el documental, la sinfonía urbana o la lucha de clases, filmando la ciudad que ama y vive, fabricando un relato multidisciplinar, un retrato demoledor y contundente de esa Barcelona alejada de los focos, de ese extrarradio en descomposición, de la desnudez urbana, de seres que se mueven con sus problemas de siempre, amores frustrados, trabajos precarios, y vidas errantes e insatisfechas que permanecen anquilosadas y vacías. El cineasta, barcelonés de adopción, edifica su película en una mutación sin fin, filmando los pliegues y las costuras de una urbe sumida en el caos, deshumanizado y triste. Nos sumerge en una hecatombe de imágenes algunas inconexas y otras unidas por las vidas cruzadas que se dirigen de un lugar a otro, tanto a nivel físico como emocional.
Una película que habla de la crisis de antes, de ahora y de siempre, que parece un tiempo anclado, que no evoluciona, o si lo hace, es para siempre seguir igual, oxidado y sin cambios. Una zambullida violenta a la falta de humanidad y amor que parece guiar nuestras vidas. Vidas incompletas, perdidas y totalmente desorientas. Vidas que sufren y no logran ser felices, que parece que están y no están, que siguen con su inercia cotidiana que parece conducirles a la nada o simplemente a no sentir lo que les gustaría. Vidas dañadas y despedazadas que vagan sin rumbo por el caos urbano lidiando los continuos conflictos de la existencia, la falta de trabajo, la ausencia de amor o los problemas emocionales. Aller nos zambulle violentamente en un maremágnum de imágenes que viajan por nuestras retinas a velocidad de crucero, deteniéndose y desplazando nuestra mirada en función de una necesidad de revelarnos ante nosotros la brutalidad y transgresión de nuestra propia cotidianidad. Una película que nos remitiría a aquellas experiencias de Vertov, en su concepto de cine-ojo, o Ruttmann, o las ideas múltiples de pantallas sin fin del cine ensayística o experimental, sin olvidarnos del cine de Godard, en su búsqueda constante de la representación de las imágenes y el valor de la narración cinematográfica. Aller ha parido una película revolucionaria, una épica de lo cotidiano, de mirar esas vidas donde los males de este mundo siguen siendo los de siempre, la soledad e incomunicación de los individuos que se mueven como autómatas en un espacio carente de sentido e inadecuado a sus necesidades vitales. Aller nos invita a reflexionar sobre el torbellino de imágenes y ventanas sin fin que se abren ante nosotros, a sentirnos parte de su entramado cinematográfico, a participar en un viaje experiencia en conitnuo movimiento que, quizás no sea nada más que el principio de algo que acaba y empieza constantemente.
<p><a href=»https://vimeo.com/75385442″>Trailer TRANSEÚNTES</a> from <a href=»https://vimeo.com/eldedoenelojo»>El Dedo en el Ojo SL</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>