Entrevista a Ricardo Gómez, actor de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ricardo Gómez, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Pere Ponce, actor de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pere Ponce, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Vicky Luengo, actriz de la película «El sustituto», de Óscar Aibar, en el Hotel Seventy en Barcelona, el lunes 25 de octubre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Vicky Luengo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Terrón y Elio Seguí de Ellas Comunicación, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Un héroe lo es en todos sentidos y maneras, y ante todo, en el corazón y en el alma”.
Thomas Carlyle
Erase una vez un tipo llamado Andrés Expósito, alguien de infancia dura, un poli curtido en los barrios obreros llenos de quinquis de finales de los setenta. Alguien que deja Madrid buscando el aire y la tranquilidad de la costa levantina, más concretamente el de Denia (Alicante), junto a su mujer e hija pequeña, que aquejada de una enfermedad, necesita respirar mejor. Estamos en la primavera-verano de 1982, con los juicios del 23-F, y el Mundial de Fútbol que se celebra en España para aparentar al mundo una modernidad falsa, que escondía otra realidad más siniestra y violenta. En un lugar tranquilo, aparentemente, Andrés se encontrará con un pasado terrible que las autoridades ocultan y sobre todo, lo protegen. El séptimo trabajo de Óscar Aibar, Barcelona, 1967), sigue la línea de algunas de sus películas, recordamos Atolladero (1995), su opera prima, donde en un pequeño pueblo de una Texas pos atómica, el joven ayudante del sheriff, interpretado por Pere Ponce, hacía lo imposible por largarse ante la oposición del cacique de turno, y El bosc (2012), a partir de un cuento de Albert Sánchez Piñol, un interesante cruce entre la retaguardia de la Guerra Civil Española en un pequeño pueblo del bajo Aragón, y otros mundos fantásticos.
No es la primera vez que el cine de Aibar se cuece a partir de un hecho histórico real, en su segunda película Platillos volantes (20014) recogía unos extraños sucesos ocurridos en la Terrassa de 1972, en los que dos amigos creían haber recibido una llamada de los extraterrestres. En el cine del director barcelonés siempre encontramos un denominador común, sus protagonistas son tipos a contracorriente, individuos que se desplazan de lo normativo para hacer la guerra por su cuenta, gentes solitarias, de pocos amigos o ninguno, héroes cotidianos e invisibles, que intentan romper esa paz impuesta y hacer su propia guerra, aunque para ellos deban pagar un precio demasiado alto. Andrés Expósito es un tipo así. Alguien que empieza a investigar una muerte, la del compañero que sustituye, a escondidas, solo con la única ayuda de Colombo, un cincuentón amargado, enfermo y vilipendiado en la comisaría, que guarda un secreto que compartirá con Andrés. La investigación lo llevará a conocer a Eva, una joven doctora demasiado ambiciosa, y le enfrentará a la oposición de Barea, su corrupto y franquista jefe.
Aibar, con el guion que firma junto a María Luisa Calderón, rescata un suceso histórico y totalmente oculto, la de un grupo de nazis que descansan escondidos en la paradisíaca Denia, disfrazados de respetados alemanes y promotores inmobiliarios, y viviendo a cuerpo de rey, donde nos llevarán las pesquisas de Andrés con la ayuda del decadente Colombo. La película goza de una grandísima factura técnica, el arte de Uxua Castelló (que ha trabajado en películas de Coixet, Querejeta y Ballús, entre otras), el sonido de Eduardo Esquida, que ya estuvo en El gran Vázquez (2010), donde Aibar registraba la vida y milagros del famoso dibujante de cómics, la excelente composición musical del francés Manuel Roland, el ágil, exquisito y extraordinario montaje de una grande como Teresa Font, que se encargó del de Fanny Pelopaja (1984), y de Luna caliente (2019), ambas de Aranda, con las que dialoga muy estrechamente El sustituto, y la brutal, imaginativa y solidez de la cinematografía de Álex de Pablo (habitual en el cine de Sorogoyen), y el brutal trabajo de caracterización de Pepe Quetglas, toda una institución en el cine español en el que lleva medio siglo trabajando.
Qué decir del magnífico elenco de la película, encabezado por un asombroso Ricardo Gómez, con ese bigote y esa planta poderosísima, que este mismo año ha interpretado a Moi, un tipo depresivo en la interesante Mia y Moi, y luego, este Andrés, un personaje diez años más mayor que él, que con esa imagen nos recuerda al Poncela de Las aventuras de Pepe Carvalho, y el Raúl Arévalo de La isla mínima, todo un reto que el actor madrileño supera con creces, dotando a su personaje de credibilidad, fuerza y vulnerabilidad. A su lado, una interesante Vicky Luengo en la piel de Eva, la doctora que ayudará a Andrés, y también velará por sus intereses, una femme fatale en toda regla que no estaría muy lejos de la Phyllis Dietrichson de Perdición, en otra buena composición de la joven actriz. Colombo, el poli cansado, enfermo y agujereado, al que da vida un inmenso Pere Ponce, que aparece en cinco de la siete películas dirigidas por Aibar, en un personaje caramelo, en las antípodas de aquel joven de Atolladero, quizás el futuro de aquel que no logró salir del pueblo, que parece sacado de las películas de Peckinpah, tipos de vueltas de todo, perdedores de siempre, vaciados de vida, llenos de alcohol, y metidos en mil y historias y ninguna beneficiosa. Y luego, toda esa retahíla de secundarios, que ayudan a que el conjunto desprenda naturalidad, composición y cercanía como ese jefe que hace Joaquín Climent, más en el bar que en la comisaría, nostálgicos del antiguo régimen, o el joven fascista de Fuerza nueva que hace Pol López, un actor tremendo, esa putita que hace la extraordinaria Marta Poveda, y los nazis, el actor belga Frank Feys, que lleva muchos años trabajando en el cine español, hace de Klaus, un respetable hombre de negocios y un miserable oculto, y el veterano Hans-Peter Deppe da vida al nazi doctor muerte, ahora un tranquilo anciano en su retiro dorado.
Aibar hace su mejor película, porque tiene tensión, una violencia seca, como esa espectacular secuencia de persecución que recuerda a las mejores cintas del género policiaco, con una atmósfera acojonante, llena de matices y detalles cuidados al máximo, donde cada objeto tiene su presencia y su porqué, como esa navaja que recuerda a aquella otra que aparecía en Leo (2000), de José Luis Borau. El sustituto tiene una trama creíble y reposada, y unos personajes muy cercanos, que a veces se salen con la suya, y otras, pierden de forma abrupta, y en el centro Andrés que recuerda tanto a la soledad de Will Kane de Solo ante el peligro, y al Terry Malloy de La ley del silencio, con el mejor aroma del noir que tanto elevó la genialidad de Melville, y el thriller político e íntimo que se hacía en el cine estadounidense de los setenta con los Lumet, Schlesinger, Boorman, etc…, con unas imágenes sucias, que rompen el alma y desencadenan el abismo, con las películas Marathon Man, Odessa y Tras el cristal en el horizonte, sumergiéndonos en un lugar tranquilo donde nunca pasa nada, porque el mal en persona, representado en esos nazis ancianos que se han escondido muy bien, ayudados por las autoridades de la nueva democracia española que tanto se parece al franquismo, que los mismos gobernantes decían que ya formaba parte del pasado. Una sinrazón pero en fin, ahí seguimos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Claudia Pinto Emperador, directora de la película «Las consecuencias», en el Parque de la España Industrial en Barcelona, el viernes 24 de septiembre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Claudia Pinto Emperador, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Núria Costa de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
“Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado, añorarás terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado. Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido. Pero desafortunadamente, solo con el tiempo…“
Jorge Luis Borges
Con La distancia más larga (2013), la directora Claudia Pinto Emperador (Caracas, Venezuela, 1977), debutó en el largometraje con una historia intimista y familiar, en la cual la naturaleza tenía una importancia sublime, por el tremendo contraste entre la violenta y caótica capital venezolana con la libertad y paz de La Gran Sabana, al sureste de Venezuela, donde el monte Roraima, se convertía en el epicentro del pasado y presente de los personajes. Un relato sobre las heridas que arrastramos, sobre el perdón, el amor que tanto cuesta y tanto evitamos, sobre todas esos traumas físicos y emocionales que no sabemos manejar ni relacionarnos con ellos en paz. La película viajó por el mundo, cosechando premios y excelentes críticas. Han pasado ocho años de todo aquello, en los que Pinto Emperador ha trabajado en el medio televisivo, dirigiendo series y realizando programas.
Con Las consecuencias, su segundo trabajo como directora, vuelve a la familia como centro de todo, y a la naturaleza como paisaje, que, al igual que sucedía en su opera prima, vuelve a tener una importancia capital en el transcurso de la trama. Del monte Roraima pasamos a una isla volcánica, una isla donde llegarán Fabiola, una mujer rota, en descomposición emocional, tratando de levantarse de la culpa por la muerte accidental del marido mientras buceaban, César, su padre, un hombre maduro y cordial, que lleva también su propia culpa que se irá desvelando, y finalmente, Gaby, la hija de Fabiola, y nieta de César, de 14 años, independiente y rebelde, que será de vital importancia en el transcurrir de los hechos. También, encontramos a Teresa, madre de Fabiola y esposa de César, que actúa más como testigo del devenir de unos acontecimientos que nada ni nadie podrá detener. Pinto Emperador escribe junto a Eduardo Sánchez Rugeles, un guion que mezcla el drama familiar con el thriller psicológico, en un entorno asfixiante, turbio y muy oscuro, donde cada acción, gesto y mirada encierra demasiadas cosas ocultas del pasado, donde esa familia laberíntica y llena de mentiras, cosen las heridas mal y a través del dolor del otro, donde el misterio que encierra este grupo pronto entrará en erupción, dejando los monstruos en libertad, tanto los reales como los inventados.
La directora venezolana, afincada en España, vuelve a contar con los técnicos que le ayudaron en su primer largometraje, Vicent Barrière (asiduo de Adán Aliaga, Alberto Morais y Roser Aguilar, entre otros), que construye una música maravillosa, que casa de forma eficaz y sugerente a esas imágenes poderosas, elegantes y fantásticas, en muchos momentos, del cinematógrafo Gabo Guerra, y el exquisito y brillante montaje de Elena Ruiz, que tiene en su filmografía a directores tan importantes como Mar Coll, Julio Medem, Isabel Coixet y J. A. Bayona, entre otros. La película es inquietante, filmada de manera elegante y extraordinaria, en un paisaje demoledor que acaba subyugando a todos los personajes, donde la cotidianidad de esa isla habitada por monstruos se manifiesta a cada instante, donde todo parece regir entre la armonía de una vida rota y desesperada, de la que nunca se habla, se esconde, y se culpabiliza, con otra, más aparente, mentirosa y sin alma, con ese aroma que tenían películas como La tormenta de hielo (1997), de Ang Lee, y la más reciente Algunas bestias, de Jorge Riquelme Serrano.
Una película en la que todas las emociones se ocultan, se mienten y se dejan atrás, necesitaba un plantel de intérpretes de grandísimo nivel. Juana Acosta, que después de El inconveniente, la vemos encarnando a Fabiola, un personaje en las antípodas de aquel, enfundándose en una mujer embarrada en la culpa, en proceso de reconstrucción, que arrastra un dolor intenso, y se tropezará con otro aún mayor, que ama a su hija y se acerca a ella torpemente, situación que la aleja muchísimo más. César, un tipo lleno de arrugas en el alma, necesitado de amor, quizás de otra clase, que también arrastra su dolor y rabia, condenado a un deseo imposible de comprender, al que da vida un inconmensurable Alfredo Castro, uno de esos actores de la vieja escuela, que con solo mirar ya dice todo lo que se cuece en su interior. Gaby es la benjamina de la familia, interpretada por la debutante María Romanillos, una adolescente a lo suyo, que no encaja en esta familia podrida, y además, quiere saber y tener su espacio, aunque no le resultará fácil, y todo estará rodeado de una extrañeza demasiado inquietante.
En las dos películas de Pinto Emperador nos encontramos personajes de reparto que tienen pocas secuencias, pero que los recordamos por su intensidad, como el padre o la doctora de La distancia más larga. En Las distancias, ese parte la hacen el personaje de Teresa, a la que da vida Carme Elias, que vuelve a ponerse a las órdenes de la cineasta venezolana, después del maravilloso e inolvidable rol de Martina, la mujer que quería morir en paz. Ahora se enfrenta a esa madre, esposa y abuela, testigo silencioso de la que sabe, pero tiene miedo a hablar para no romper esa aparente tranquilidad, que en realidad es monstruosa. Y finalmente, Sonia Almarcha, siempre eficaz y sensible, en un personaje breve pero muy intenso, la hermana de César, la que se cuida del viejo moribundo que hace Héctor Alterio, una situación que evoca a aquel militar que hacía en la recordada Cría Cuervos (1975), de Carlos Saura. Pinto Emperador vuelve a demostrar su grandísima valía para construir atmósferas cotidianas e inquietantes, de diseccionar y psicoanalizar a las familias, y sobre todo, todo lo que esconden, todos esos monstruos que habitan en ellas, todo ese pasado demoledor, toda esa culpa asfixiante, y todo ese dolor mezclado con un deseo prohibido y callado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Elisabet Casanovas, actriz de la película «Chavalas», de Carol Rodríguez Colas, en los Cines Renoir Floridablanca en Barcelona, el miércoles 1 de septiembre de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Elisabet Casanovas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Eva Herrero y Marina Cisa de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
“Pero el miedo a cometer errores puede convertirse en sí mismo en un gran error, uno que te impide vivir, porque la vida es arriesgada y cualquier otra cosa ya es una pérdida”
Rebecca Solnit
Erase una vez una joven llamada Marta. Una joven que salió de su barrio de Cornellà para convertirse en fotógrafa. Pero la vida a veces es una cosa y tus deseos otra, y después de muchas idas y venidas por el mundo, se queda sin trabajo y más sola que la una, así que, muy a su pesar, vuelve al barrio donde creció, a casa de sus padres y a relacionarse con las amigas de toda la vida. Allí, se reencontrará con las amigas con las que creció: Bea, que tiene un trabajo que le gusta y se ha quedado a vivir en el barrio en el piso de los abuelos, Desi, la buscavidas, que trabaja en el bar de Soraya. Los edificios altísimos, los bares de barrio donde se reúne una parroquia variopinta amante del fútbol y los pájaros, el mercadillo de los sábados, las plazoletas llenas de niños a la pelota y niñas a la goma. Marta vuelve a ese entorno y a esa cotidianidad de barrios obreros y vidas de comunidad.
La opera prima de Carol Rodríguez Colás, de barrio y de Cornellà (Barcelona), nació del piloto de una serie que ahora se convierte en largometraje, con el magnífico y humanista guion de su hermana Marina, que ha estado en muchos de los cortometrajes de Carol. Un relato lleno de verdad, de autenticidad, de naturalidad y empaque emocional, su sencillez y cotidianidad es su mejor arma, y cuatro actrices jóvenes que conectan a las mil maravillas, dotando a sus personajes de fuerza, sensibilidad y sinceridad. Porque la película de Rodríguez Colás se centra en lo que sabe, sin apabullar ni adornar nada, sino buscando esa humildad y potencia que tiene su contexto y la relación de las amigas de siempre, capturando toda la realidad que allí se impone, con sus calles, sus edificios, sus tiendas de toda la vida que todavía resisten como esa tienda de fotos, con esas celebraciones en el bar de siempre, y esas largas conversaciones comiendo pipas y bebiendo en el banco que las ha visto crecer.
Todo tiene carácter y verdad, no hay estridencias argumentales ni nada que se le parezca, ni sobre todo, virguerías formales, todo se acopla a la relación intima y profunda de sus personajes, desde el punto de vista de Marta, la que se iba a comer el mundo, y vuelve a casa con el rabo entre las piernas, angustiada y sintiéndose fracasada. Pero, voila’, en el barrio que tanto quería dejar atrás, encontrará todo aquello que iba buscando sin saberlo, encontrará un comienzo, otra forma de sentir, vivir y relacionarse. La naturalidad y cercanía de la cinematografía de Juan Carlos Lausín, con mucha experiencia en series de televisión, capturando ese tono de documento bien avenido con la ficción de la película, encajando a la perfección, el rítmico y potente tono que le da el montaje que firma Pablo Barce, debutante en el largometraje después de muchos trabajos en el campo del cortometraje, y la música que nos acoge y nos va relatando, desde el que observa dejando espacio para mirar, que han compuesto Francesc Gener (habitual en el cine de Laura Mañà), y la debutante Claudia Torrente.
Mención aparte tiene el inmenso, cautivador y absorbente trabajo de las cuatro maravillosas actrices encabezadas por la perdida y alejada Marta, protagonizada por una arrolladora Vicky Luengo, con sus ínfulas e insolencia, siguiendo con una magnífica Elisabet Casanovas, el empaque emocional y liberador de Carolina Yuste, y finalmente, la sorpresa de pura energía de Ángela Cervantes, y luego, otros intérpretes que dan profundidad a la historia como Cristina Plazas y Mario Zorrilla como padres de Vicky, José Mota como el dueño de la tienda de fotos, y una Ana Fernández, como artista insoportable y modernísima ella. Con el aroma que desprendía una película como Barrio (1998), de Fernando León de Aranoa, y la mirada de Girlhood (2014), de Céline Sciamma, emparentadas con Chavalas en muchos aspectos, porque tanto una como la otra quieren mostrar una realidad dentro de muchas, donde hay chicas y chicas que viven en un lugar con pocas oportunidades, pero donde también se puede estar con los de toda la vida, perdiéndose entre sus calles, soñando con otra realidad, y sobre todo, creciendo entre risas, llantos y demás circunstancias.
Rodríguez Colás ha dado en el clavo con su propuesta, que tiene partes muy relacionadas con ella, ya que en sus estudios de cine escogió la especialización de fotoperiodismo, como su protagonista, una mujer que anda como Crusoe, naufragando por la vida, sintiendo su fracaso, aunque en su vuelta a casa y al barrio, se dará cuenta que la vida no es un continuo éxito o fracaso, sino que hay muchas cosas, más sencillas, más personales, más profundas y más auténticas, que todo se puede revitalizar y mirar desde otro lado, sin tanta tensión y más humana. Vicky anda buscando su vida, y su fotografía, esa tan cercana que le cuesta ver, que quizás es otro obstáculo que se ha inventado para no hacer frente a otras realidades que cree que no van con ella. Un personaje que tiene mucho que quitarse de encima, para aligerar carga y sobre todo, sentirse cómoda con lo que es y de dónde viene, mirar su barrio y sentirse bien consigo misma. Un barrio que la película le quita sambenito de marginación y le da un nuevo brío diferente, un lugar donde quizás puedes encontrar muchas cosas que creías que no eran importantes como personas como tú, que viven tranquilamente, con sus trabajos, sus clases de Tai Chi, sus colegas de siempre, sus rollos de siempre y las cervezas en el mismo puto lugar de siempre. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
Entrevista a Marina Gatell y Pablo Derqui, intérpretes de la película «Dos», de Mar Targarona, en el Cine Phenomena en Barcelona, el miércoles 14 de julio de 2021.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Marina Gatell y Pablo Derqui, por su tiempo, generosidad y cariño, y a Eva Herrero de Madavenue, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.
“Es imposible ir por la vida sin confiar en nadie; es como estar preso en la peor de las celdas: uno mismo”.
Graham Greene
Series como The Twilight Zone y La hora de Alfred Hitchcock, plagaron de relatos inquietantes y muy oscuros las noches de la televisión estadounidense de los cincuenta y sesenta. La premisa era clara: historias sobre lo natural, sumergidas en lo más profundo del alma, y muy cotidianas, con una duración de alrededor de una hora. Dos, bebe mucho de ese punto de partida y atmósfera. Mar Targarona (Barcelona, 1953), se ha prodigado más en la producción, con una larguísima trayectoria con títulos muy exitosos como El orfanato, Los ojos de Julia y El cuerpo, entre otros, thrillers sofisticados, a la manera anglosajona, convencionales y muy efectivos. Como directora ha ido haciendo un par de series, y películas de varios estilos y géneros, como su debut, la comedia negra en Muere, mi vida (1996), el thriller elegante de Secuestro (2016), y el drama histórico de El fotógrafo de Mauthausen (2018), y ahora, Dos, que tiene el marco del thriller psicológico, pero visto desde otro ángulo, ya que parte de una premisa sorprendente que engancha de manera súbita. Dos desconocidos se despiertan y descubren que están enganchados de manera salvaje por el abdomen, cosidos carne con carne. Los dos extraños están en una habitación desconocida, no saben nada del uno del otro, y deben confiar el uno en el otro para intentar salir de tamaño entuerto.
Estamos ante una película que recoge el aroma de esas películas con persona atrapada que tienen que resolver un enigma, con respuestas en el interior de los personajes, como ocurría en Buried, de Rodrigo Cortés, en que la historia se basa en todas las operaciones por las que tienen que pasar los protagonistas para deshacerse del nudo, tanto físico como emocional, y de esa manera poder salir con vida del brete en el que se encuentran. Targarona tiene a dos intérpretes como Pablo Derqui y Marina Gatell, que brillan de manera extraordinaria en un relato muy basado en sus interpretaciones, transmitir ese agobio, tensión, miedo, desesperación, paciencia, calma por el que pasan sus atribulados personajes, una montaña rusa de emociones que transmiten con oficio y naturalidad a los espectadores. La duración de 70 minutos también ayuda a crear ese marco y atmósfera inquietante y oscura que tanto demanda el relato, con un guión de hierro y bien conducido, que firman una legendaria como Cuca Canals, guionista de Bigas Luna desde Jamón, Jamón, junto a Christian Molina, que ha dirigido las interesantes Rojo sangre y Diario de una ninfómana, entre otras, y Miquel Hostenech, guionista de las terroríficas Asmodexia y Bajo aguas tranquilas.
La parte técnica de la película es otro de los apartados que sorprende de manera grata y magnífica. Arrancando con el estupendo trabajo de cinematografía de Rafa Lluch, que ha trabajado con gente como Ventura Pons y Eduard Cortés, y el poderoso montaje de José Luis Romeu, que ya había trabajado en El fotógrafo de Mauthausen, y en grandes obras como Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, y el grandioso trabajo de sonido de Ferran Mengod, esencial para meternos de lleno en todo aquello que debemos escuchar para hacer creíble todo lo que vemos. Targarona ha dejado de lado los títulos con clara vocación comercial, de facturas impecables, pero de desarrollos efectistas, para meterse de lleno en una historia íntima, directa, y rodada en una sola localización, erigiéndose como uno de esos títulos que se hacen de culto al instante, porque su modestia y naturalidad juegan a su favor todo el metraje, construyendo una película grande con lo mínimo, donde destaca su sutil y exquisito estudio de la condición humana de nuestros tiempos, donde mirar y confiar en el otro son la base, muy alejado de ese mundo atroz, individualista y superficial en el que nos movemos diariamente.
La directora barcelonesa nos obliga a mirar al otro, a confiar, a ser dos, a ayudarse ante la adversidad por obligación no por elección, y eso lo cambia todo, porque ahí nos descubrimos, conocemos nuestros verdaderos límites, miedos e inseguridades, nos conocemos realmente, porque como decía Pessoa: “Bienvenidos sean los problemas porque así sabré de qué piel estás hecho”. Dos que no estaría muy lejos de esos thrillers de la carne que tanto le gustan a David Cronenberg, donde lo orgánico y lo psicológico se cruzan dando resultados muy oscuros. La película de Targarona es una de esas películas sorpresa que cada año aparecen por las pantallas, llegan sin hacer ruido, con una historia sencilla, que cautiva al instante, con unos personajes como tú como yo, personas con las que nos cruzamos cada día mientras caminamos, y que acostumbramos a no darles importancia, porque en realidad, lo que son en realidad, su verdadera personalidad, lo que tienen en su interior es un elemento completamente desconocido, imposible de descifrar para los transeúntes con los que se cruzan, pero he aquí la cuestión, en situaciones extremas, adversas e inesperadas sale todo, sale quienes somos de verdad, y que tememos y donde queremos llegar, aunque a veces la existencia se ponga dura y tengamos que destapar todo lo que ocultamos a los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA