Entrevista a Mario Casas y Samu Fuentes

Entrevista a Mario casas y Samu Fuentes, actor y director de «Bajo la piel de lobo». El encuentro tuvo lugar el martes 6 de marzo de 2018 en el Hotel Barceló Raval en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a  Mario casas y Samu Fuentes, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Sonia Uría de Suria Comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Bajo la piel de lobo, de Samu Fuentes

EL LADO ANIMAL.

El arranque de la película resulta ejemplar para el devenir de los acontecimientos de los cuales seremos testigos a lo largo del metraje. Martinón, un alimañero que se mueve por los montes del norte allá por el primer tercio del siglo XX, encañona a lo lejos a un ciervo (un medalla de oro por sus cinco puntas) y tras dispararle y seguir su rastro, lo encuentra agonizando, la cámara se detiene en el rostro del cazador, y a continuación, en el rostro del animal moribundo, en la que el silencio del bosque, queda interrumpido por los últimos alientos de vida del animal, que lentamente se va apagando hasta morir. Seguidamente, Martinón agarra su cuchillo y empieza a despiezar la carne. La puesta de largo de Samu Fuentes (Noreña, Asturias, 1972) después de foguearse en el cortometraje, y trabajar en los equipos de dirección de Sergi G. Sánchez o Tom Fernández, se enfrenta a su primer largo situándolo en su tierra, en los lugares que más conoce, a través de lo más carpetovetónico del hacer ibérico, en una trama en el que hay montes, lobos, pueblos, caza y demás, y lo hace con la mirada solitaria e individual de un hombre que vive en la alta montaña, en un pueblo deshabitado, viviendo de la tierra y lo que caza, con su deambular cotidiano por los montes nevados.

Una vida que en primavera le lleva a los valles, bajando a los pueblos a vender las pieles de los lobos y comprar lo necesario. En una de esas bajadas, y apremiado por un lugareño que podría ser un espejo donde mirarse, le incita a introducir una mujer en su vida, y sobrellevar las duras condiciones de vida que tiene durante el invierno allá arriba en el monte. A partir de ese instante, la vida callada y de solitud de Martinón, se ve interrumpida por la aparición de una mujer, que será la hija del molinero. Aunque, la vida en el monte en invierno es durísima y no todos saben adaptarse y sufrirla como Martinón. Fuentes construye una película intimista y brillante, en el que son reconocibles varios palos como la esencia de Furtivos, de Borau, en que la libertad individual se veía truncada por la intransigencia de la ley, mismo dilema que también se planteaba en Las aventuras de Jeremiah Johnson, de Pollack, donde un trampero se alejaba de todos para sentirse libre, y sobre todo, en Dersu Uzala, de Kurosawa, donde se dirimía el choque entre la vida libre y salvaje con la vida civilizada y convencional, en las figuras del cazador mongol y el oficial soviético.

El cineasta asturiano plantea una película nada complaciente y arriesgada, en que sobresale la excelsa cinematografía de Aitor Mantxola (colaborador de Cobeaga, entre otros) capturando esa luz contrastada de los inviernos norteños, con esa otra luz sombría de los interiores, o el espectacular sonido de Eva Valiño, donde sabe captar la esencia de los montes, y el quehacer cotidiano en la huerta y la casa de Martinón. La película es casi una película de Melville, donde sus personajes hablan muy poco y en contadas ocasiones, tipos que no paran de hacer cosas, moviéndose de un lugar a otro, sin descanso, donde el detalle de sus actividades es sumamente importante, en el que vemos constantemente el trabajo de las manos y los diferentes trabajos cotidianos como ese caminar pesado y dificultoso por el bosque nevado acarreando enseres y demás, la preparación de cepos para las trampas, el despiece de animales, curtir las pieles, labrar la tierra, y las diferentes comidas, y los actos sexuales, una rutina endémica e impenetrable, donde los inviernos van pasando con su dureza, sus rutinas y unos personajes que se retroalimentan de esa naturaleza libre, salvaje, bella e indómita.

Los personajes de Fuentes son gente de pocas palabras, gentes del mundo rural, mundos hostiles y de extrema dureza por entonces, donde el trabajo era durísimo y las pocas oportunidades de vida eran heredar el trabajo familiar o trabajar la difícil tierra, donde las mujeres, como muestra la película, eran para casarse y poco más, donde quedarse preñada fuera del matrimonio era una tragedia. Martinón es un animal salvaje, respetuoso con la naturaleza de la que coge lo que necesita, nada más, pero que trata como una bestia a las mujeres que entran en su vida, no por maldad, sino por su condición. Dos hermanas que entrarán en la vida del alimañero, primero una, y luego la otra, en la que representan dos mundos eternamente enfrentados, entre la sociabilidad del hombre con su animalidad, en la que no hay víctimas ni verdugos, donde el devenir de la naturaleza con sus continuas estaciones establece una mezcla y una confusión, una especie de permeabilidad con las personas que habitan ese paisaje tan duro, pesado y en ocasiones, terrorífico.

La interpretación contenida y sublime de Mario Casas (acertadísima la elección de su director, porque a través de su aspecto físico, esa barba dejada, ese cabello largo, sus kilos, su corporeidad, su vestuario, y esa mirada que lo expresa todo, ayudan, de manera sencilla y audaz,  a reflejar su condición y cotidianidad) que parece más un animal libre y salvaje, cuando está solo, y una bestia enjaulado y débil, cuando entran las mujeres en su hogar. Un actor que desde Grupo 7 de Alberto Rodríguez ha emprendido un cambio de registro en su carrera, encarado con otro deseo su carrera actoral, aceptando roles muy diferentes a los que había hecho, unos personajes que le exigen unas composiciones extremas, empezando por su físico donde sufre una verdadera transformación en las que parece otra persona (algo parecido le ocurría a Bardem en Los lunes al sol). El personaje de Casas es un tipo callado, salvaje y de condición animal, que sabe que su vida solo depende de él, de su trabajo, de su caza y su adaptación al medio hostil donde vive.

Le acompañan en su aventura en lo alto de la montaña, primero Ruth Díaz y más tarde, Irene Escolar, las hijas del molinero, en dos interpretaciones apoyadas en las miradas, sus gestos y su silencio, mujeres sin más porvenir que una boda y una vida sumisa con su esposo, aunque son dos mujeres diferentes, de carácter alejados, que cada una de ellas, se acondicionará al hogar del alimañero de maneras distintas y tendrán un provenir muy distinto. También, aparecen Josean Bengoetxea como el alcalde, y los dos veteranos Quimet Pla, haciendo del pobre diablo del molinero, y Kandido Uranga como Marcial, quizás esa parte paterna en el que se refleja Martinón. Fuentes ha realizado una película extraordinaria, donde el tempo de su metraje viaja a otro ritmo, en consonancia con el paisaje y las existencias que filma, donde humanos y bestias se relacionan y se mezclan, sacando lo salvaje y vulnerable de cada uno, en un drama sombrío y cercano, donde la capacidad de soportar y vivir en circunstancias tan hostiles y brutales se convierten en una necesidad para sobrevivir.

Celestial Camel, de Yury Feting

EL VIAJE BLANCO.

Cuentan los más ancianos que cuando nació Altynka, un camello albino, el abuelo de Bayir, como suelen hacer los calmucos, predijo años de bonanza, porque así lo dice la tradición de los pastores mongoles que habitan en la estepa rusa. Aunque parece ser que aquellos años de dicha se hacen de esperar, porque la sequía y el nacimiento del cuarto hijo, provocan que los padres de Bayir se vean en la obligación de vender a la cría de camello albina. Cuando los padres se marchan para el nacimiento de su hijo, dejan la responsabilidad a Bayir, el hijo mayor de 12 años. Pero, cuando se preparan para terminar el día, Mara, la camella madre de Altynka se escapa en busca de su hijo, y Bayir, no tiene otro remedio que salir tras ella, dejando en casa a sus dos hermanos pequeños. El cineasta Yuri Feting (Rusia, 1956) con amplia experiencia en el mundo del audiovisual, nos sumerge en un paisaje insólito, un escenario que parece de otro mundo, un lugar casi desértico, en el unos pocos de pastores siguen viviendo de los animales y la naturaleza. Entre ellos, encontramos a Bayir, el protagonista de esta aventura que le llevará a recorrer cientos de kilómetros detrás de la camella, pilar en el sustento de los suyos.

El cineasta ruso cuida cada detalle, tanto formal como argumental, sumergiéndonos en una road movie, donde el tiempo se dilata, en el que las distancias se hacen larguísimas y cada cosa que ocurre contiene en sí misma otra aventura. Bayir a lomos de una antigua moto tándem, emprende su viaje en el que vivirá experiencias de todo tipo y encontrándose con personas de todo calado, como la familia de pastores que le abre su casa para pasar la noche, lugar donde conocerá a una niña de su edad que le hará tilín, o el joven lama que medita en un lugar recóndito de la estepa, que confía en el destino como respuesta a los entuertos, o un narco que al escapar de la policía lo hace cómplice y es detenido, o Talismán, un chaval que desea trabajar en el circo mientras se alimenta de pequeños hurtos. Feting cede la voz a su joven protagonista, en su particular odisea cotidiana, que nos recuerda a aquellos niños de Kiarostami, Pahani, Majidi o Hana Makmalbaf, que se enfrentan a un mundo hostil, lleno de peligros y pequeñas aventuras que les llevarán a lugares extraños, que los exigirá tomar decisiones y hacerse mayores.

Bayir es un chaval espabilado y valiente, no cejará en su empeño de capturar a su camella y de paso, intentar recuperara a Altynka, aunque esto último resulto extremadamente complicado. Feting elabora una cinta que puede verse de varias formas, desde el documento antropológico (en el que asistimos a las formas y costumbres de vida de los pastores mongoles de la estepa rusa) o también, la pérdida de la inocencia de un niño que descubre un mundo que, en ocasiones, no resulta tan amable como cabría esperarse, o incluso, la importancia de la familia como núcleo central para la subsistencia en un territorio hostil y árido, y finalmente, el amor hacía los animales, no como mascotas, sino una parte más espiritual, formando parte esencial del trabajo y la subsistencia de la familia mongol, y finalmente, como una aventura fantástica, donde hay que estar dispuestos a aceptar lo indescifrable, la magia de lo cotidiano o esos sucesos que no tienen explicación, pero ocurrir, ocurren.

El director ruso no necesita de subrayados emocionales, ni tampoco de excesiva información adicional, para profundizar con sabiduría y sencillez en la odisea de Bayir, posando su película en la interpretación sutil y emocionante del joven Mikhail Gasanov, mirando a su protagonista de frente, a la altura de sus ojos, sin aleccionarlo, ni tampoco a los espectadores, a través de un estupendo ritmo que nos lleva de un lugar a otro, tomándose su tiempo y digiriendo cada encuentro y los nuevos personajes itinerantes que se van cruzando en el camino del joven protagonista. Una película honesta y extremadamente sencilla y transparente, donde su limpieza visual como argumental se agradecen, porque no quieren explicar con situaciones facilones todo lo que sienten los personajes, en la película todo es más directo, sus personajes viven su aventura, experimentando cada instante, como si no hubiese nada más, se vive el momento de manera intensa y febril. Estamos ante una cinta que bebe mucho del cine de Rossellini, en su labor humanista en su manera íntima y cálida de contarnos las sencillas odiseas que tienen que enfrentarse sus niños, unos niños que a veces deben vivir situaciones que los hacen crecer de repente, como les ocurría a Pasquale en la Italia en plena guerra o a Edmund en aquella Alemania devastada, niños que apartan sus juegos y su edad, y penetran en un mundo donde deberán tomar decisiones y responsabilizarse de sí mismos.

Encuentro con Manuel Muñoz Rivas

Encuentro con Manuel Muñoz Rivas, director de «El mar nos mira de lejos», en el marco de l’Alternativa. Festival de Cinema Independent de Barcelona, junto a su codirectora Cristina Riera. El encuentro tuvo lugar el domingo 19 de noviembre de 2017 en el auditorio del CCCB en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Manuel Muñoz Rivas, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Sonia Uría de Suria Comunicación,  a Laura Mercadé de La Costa Comunicació, por su tiempo, generosidad, amabilidad y cariño, y a Tess Renaudo y Cristina Riera, codirectoras de l’Alternativa y su equipo, tan amable, maravilloso y querido.

Entrevista a Pedro Aguilera

Entrevista a Pedro Aguilera, director de «Demonios tus ojos». El encuentro tuvo lugar el viernes 28 de abril de 2017 en el hall del Teatre CCCB, en el marco del D’A Film Festival 2017 en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Pedro Aguilera,  por su tiempo, amistad, generosidad y cariño, y a Sonia Uría y Alex Tovar de Suria Comunicación, por su amabilidad, paciencia, generosidad y cariño.