Entrevista a Michael Wahrmann

Entrevista a Michael Wahrmann, director de “Avanti Popolo». El encuentro tuvo lugar el Jueves 19 de febrero en Barcelona, en el hall del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Michael Wahrmann, por su tiempo y sabiduría, a Yolanda Vinyals, por su generosidad, paciencia, que tomó la fotografía que encabeza la publicación, y al equipo del Cine Zumzeig, por su trabajo, complicidad y lo estupendamente bien que me tratan cada vez que los visito.

Avanti Popolo, de Michael Wahrmann

Avanti_Popolo_2012_Film_PosterLA MEMORIA INDÓMITA

El arranque de la película deja bien claras sus intenciones narrativas y formales en su sencillo y magistral prólogo. La película se abre con un plano general de una calle, es de noche. Escuchamos el sonido del motor de un coche, y comenzamos a viajar por las calles mientras escuchamos la radio. El locutor (la voz del director) va desgranando himnos y cantos revolucionarios clásicos como La muralla, de Quilapayún, Ay Carmela!, o Me matan si no trabajo, de Daniel Viglietti. El realizador Michael Wahrmann, de origen uruguayo-israelí, y brasileño de acogida, nos conduce hasta a André, un hijo que visita a su padre (el mítico cineasta brasileño Carlos Reichenbach). Un hombre en la sesentena que vive apartado con la única compañía de su perra ballena. Una casa donde se acumulan recuerdos y objetos de un pasado que pesa y ahoga, un tiempo fantasmal y detenido que el hijo quiere recuperar a través de las viejas películas de super 8 filmadas por el hermano desaparecido durante la dictadura de los 70. Wahrmann se rodea de pocos elementos expresivos para contarnos su particular e íntimo viaje a través de la exploración sobre las ideologías. Un par de espacios, el exterior/patio de la casa, que vemos a través del enrejado, y el interior, presentado en sendos planos, estáticos, no nos muestra más habitaciones, incluso al hijo recién llegado, el padre le niega que utilice la habitación del hijo ausente. Unos decorados mostrados siempre frontalmente donde  el tiempo se dilata, creando una atmósfera que inquieta y subyuga a la vez. Apenas tres personajes, el citado Reichenbach, el hijo, que encarna otro director, André Gatti, y el cineasta dogma, que interpreta Eduardo Valente, también director. Dos almas, padre e hijo, que apenas se relacionan y se mueven entre las sombras que restan de los ideales, tanto políticos como cinematográficos, de aquellas luchas revolucionarias y filmes que abogaban por una vida digna y humana. No estamos frente a una película nostálgica que pretenda darnos lecciones pedagógicas y demás, nada de eso. La película nos habla en primera persona y de manera sincera, de un tiempo que ya no existe, un tiempo que habita en la memoria, y por sus imágenes, parece que difícilmente renacerá. Tiempo de espera o tiempo vacío, emociones que ahora sólo quedan en cantos e himnos que parece que no existieron, que quedaron demasiado atrás. El cine y el imaginario revolucionario como vehículos para recuperar a los ausentes, a los que ya no están. Wahrmann filma un trabajo minimalista sobre la ausencia y contra la amnesia, casi expresionista, a ratos parece una cinta de terror, donde no falta la ironía y el humor (el taxista entusiasta de los himnos nacionales, o el director dogma que habla del cine solitario), y en otras  insufla a sus imágenes resistentes el aroma olvidado de aquellas canciones y películas revolucionaras, que quizás hoy en día nos deberían servir para conocernos más en profundidad y no olvidar un pasado que siempre está presente, porque nunca se fue.

<p><a href=»https://vimeo.com/116770948″>Trailer Avanti Popolo</a> from <a href=»https://vimeo.com/user13755413″>ANDOLIADO PRODUCCIONES</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

La fossa, de Pere Vilà i Barceló

posterLas heridas de los vencidos

En el cine de Pere Vilà i Barceló (Girona, 1975) emergen dos elementos significativos que cimentan el discurso de su filmografía: la vejez y la memoria. En su tercer largometraje, estas dos características vuelven a aparecer de forma intensa y contundente, en un trabajo que funde de forma brillante la necesidad de contar estos dos temas que obsesionan al cineasta gerundense. Para encontrar el origen de esta película debemos trasladarnos al año 2008, cuando Vilà e Isaki Lacuesta dirigieron el cortometraje Soldats anònims, que describía las excavaciones de un grupo de arqueólogos en una fosa común con soldados que lucharon en la Batalla del Ebro. De aquel documento, surgieron dos trabajos: Lacuesta parió Los condenados (2009) localizada en algún lugar de Sudamérica, se adentraba en la búsqueda de una fosa por un grupo de ex combatientes donde yacía un ex compañero. Por su parte, Vilà hizo lo propio con este ejercicio sobre la memoria, mirando de frente a nuestro pasado más reciente, a la Guerra Civil y a aquel tiempo  y a las personas que tuvieron que vivirlo. El relato se divide en tres capítulos o movimientos, arranca en un geriátrico y su cotidianidad diaria, un lugar sin vida, casi sin sonido, un espacio vacío y desolado, donde Vilà filma los cuerpos y los gestos, nunca de frente, sin apenas diálogos y música, de forma elegante y casi pegado a ellos, como si pudiésemos tocarlos, un cine íntimo, minimalista y desnudo donde el tiempo se dilata y el plano no parece encontrar su fin, un modo que nos recuerda a Béla Tarr, la manera que sigue los movimientos parsimoniosos y repetitivos del anciano protagonista, Josep. El segundo segmento, después de una maravillosa elipsis, nos conduce al año 1975, después de la muerte de Franco, donde Josep vuelve del exilio y visita a su novia Laura -que hemos visto anciana enferma de alzheimer en el geriátrico- después de tantos años, Vilà cambia el tono y nos somete a un duelo actoral inspirado en el cine de Cassavetes o Bergman, y nos incrusta en las cuatro paredes de una vivienda y asistimos a un combate dialéctico entre Lluís Homar i Emma Vilarasau, donde aparecen los reproches, las cosas calladas durante tanto tiempo, la rabia contenida, dos almas heridas por la guerra, dos seres que arrastran un pasado horrible, como tantos otros que la guerra y el franquismo anuló, convirtiéndolos  en muertos, desaparecidos o invisibles. En el tercer tramo, volvemos al presente, y el anciano, después del fallecimiento de Laura y tras escuchar por la radio el descubrimiento de una fosa de la batalla del Ebro, se fuga del centro y se adentra en el bosque, la forma recupera su tono íntimo y cadente, la cámara lo sigue entre su deambular lento, pero sin descanso, una forma que nos recuerda al cine de Ming Liang o  Weerasethakul, dos cineastas que han sabido fundir al hombre con el paisaje creando un solo espacio en el que tiempo y materia deja de tener sentido. Allí, en ese lugar, Josep es alcanzado por un joven que lo buscaba junto a otros. En aquel instante, la película funde pasado y futuro, el anciano que vivió la guerra y el joven que apenas la conoce, pero que debe escuchar para saber lo que ocurrió y así recuperar la memoria. Un retrato brutal, sencillo y poético filmado en un bellísimo blanco y negro por el cinematógrafo José Luís Bernal –que ya colaboró con Vilà en La Lapidation de Saint Étienne (212)- en una obra que solamente reclama al espectador que se siente y se deje llevar por una historia que le conmoverá y le hará reflexionar a partes iguales.

Equí y n’otru tiempu, de Ramón Lluís Bande

equi3El espíritu de la memoria

Ramón Lluís Bande (Xixón, 1972) de amplia experiencia como escritor y realizador audiovisual, se propuso para este trabajo el reto de afrontar la memoria desde la actualidad, huyendo del documento para parir un monumento, un espacio de recuerdo para todos aquellos combatientes guerrilleros que, durante los meses de octubre de 1937 y noviembre de 1952, resistieron combatiendo el franquismo desde los montes asturianos. Bande nos sumerge en una obra contundente, que nos agarra desde el primer minuto, sumergiéndonos en un viaje hacía aquellos lugares olvidados donde perecieron los guerrilleros. Su película se estructura en tres partes o movimientos, un prólogo, donde nos muestra las fotografías de uno de los grupos de maquis más activos, unas imágenes tomadas por Constantino Suárez, que han sido rescatadas del olvido. Luego se adentra en el tronco de su discurso, un texto en asturiano sobre impresionado se apodera de un fondo negro, en el que podemos leer los nombres de los guerrilleros asesinados, y la fecha y el lugar de lo ocurrido, el sonido ambiente invade el cuadro, corte al espacio, los lugares, vacíos, desnudos, ausentes de gente, esos lugares que vieron por última vez estos hombres: fachadas de casas, plazas, caminos, claros del bosque, faldas de montaña, orillas de río… así hasta 34 sitios de la memoria, un recorrido ceremonioso donde se recupera el testimonio de los que ya no están y se invoca el espíritu de los ausentes. El realizador lo muestra a través de un plano fijo que se mantiene durante un minuto y cinco segundos como respeto a los difuntos. Su epílogo se compone de una pantalla fundida en negro, mientras escuchamos una canción popular donde una mujer nos canta evocando la lucha de aquellos guerrilleros. Bande se despoja de todo artificio cinematográfico, su película está narrada a tumba abierta, sin dilaciones ni subrayados, su tono es directo y sincero, su estructura rocosa y contundente que no deja tiempo a despistes ni vericuetos, nos muestra el camino y nos coge de la mano en esta mirada profunda y reflexiva a un tiempo de barbarie donde la sinrazón fascista acabó con toda una generación y unos hombres que se vieron desplazados y asesinados por defender la libertad. El cineasta asturiano cuida con delicadeza una forma que se funde magníficamente con el contenido político del relato. Tanto una como la otra, se desplazan por la misma vía, ejerciendo el equilibrio íntimo y perfecto que desprende toda la película. Su discurso y planteamientos no andarían muy lejos de las obras de Patricio Gúzman y Claude Lanzmann, otros maravillosos cineastas que también se han planteado la recuperación de la memoria histórica a través del presente, a través de ejemplares ejercicios que, además de desenterrar las imágenes y los lugares, se han preocupado por la forma que han empleado para contarlas. Bande ha hecho un hermosísimo y brutal poema funerario sobre el tiempo y la materia, que además se revela como una de las obras más intensas, profundas, necesarias y magnífica que se han filmado en este país sobre la memoria de los guerrilleros antifranquistas.

Nunca es demasiado tarde, de Uberto Pasolini

109115Rastreando la memoria

John May tiene unos cuarenta años y es un humilde empleado del Servicio Público del Ayuntamiento, su trabajo consiste en localizar a los familiares de los difuntos. Su principal virtud es la meticulosidad, la pulcritud, el orden, la obsesión y el tacto con el que lleva los casos en los que se ocupa. Su vida profesional ocupa todo su tiempo, vive sólo en Londres en un pequeño piso. Su vida dará un giro brutal, cuando debido a los recortes, lo despiden después de 22 años dedicados a ese oficio, aunque antes de marcharse, el Sr. May pedirá acabar con su último caso: Billy Stoke. Uberto Pasolini, romano del 57 y descendiente de Visconti, afronta su segunda película (Machan -2008-, no estrenada comercialmente en España, se centraba en la inmigración ilegal a través de unos hombres de Sri Lanka, que pretenden entrar en Alemania con la excusa de un torneo de balonmano), utilizando una forma calculada, sencilla y muy honesta, fabricada a través de los detalles más íntimos, aprovechando cada rincón para expresar de modo natural y directo las situaciones que se van contando. Su relato podría, a priori, resultar molesto por el tema que trata, pero Pasolini, que fue productor de la exitosa The Full Monty (1997), nos acerca de manera delicada, como susurrada al oído, una historia de un alma solitaria que no trabaja en cuerpo y alma, para que sus “difuntos”, estén acompañadas en su último adiós. Aunque su estilización pudiera haber derivado en una película demasiado fría y alejada, el resultado es todo lo contrario, es una hermosísima cinta que bucea de forma admirable en las emociones, en el despertar de los sentidos, y en todo aquello que nos conmueve y emociona. La elección de Eddie Marshan para el papel principal, también es otro de los apuntes a destacar, su interpretación es soberbia y realista, de cum laude, un intérprete británico visto en registros muy variados donde ha demostrado gran versitalidad, series tv, producciones de entretenimiento y en títulos de autor muy interesantes y brillantes como los trabajos para Mike Leigh, Paddy Considine en Redención (20011) o incluso Spielberg en su War Horse (2011). John May un personaje que podría ser un cruce entre Buster Keaton y el Monsieur Hulot de Jacques Tati y su Playtime  (1967). Una obra maravillosa, galardonada con 4 premios en Festival de Venecia del pasado año, un cuento de ahora y de siempre, que atrapa desde el primer instante, y además contiene una lúcida y hermosa reflexión sobre muchos temas: la memoria,  los recuerdos, la soledad, la amistad, la familia y el amor, y sobre esos seres que transitaron por nuestras vidas un tiempo y por circunstancias se alejaron, quizás para siempre o quizás no…

Entrevista a Juan Barrero

Entrevista a Juan Barrero, director de “La jungla interior». El encuentro tuvo lugar el Miércoles 15 de octubre en Barcelona, en el vestíbulo del Cine Zumzeig.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Barrero, por su tiempo y sabiduría, a Eva Herrero de MadAvenue,  por su generosidad y paciencia, y a Daniel Arrébola de apetececine.wordpress.com, que hizo de cámara, por su generosidad y complicidad.

 

La jungla interior, de Juan Barrero

La-jungla-interiorFilmar el otro

En El aficionado (1979), de Krzysztof Kieslowski, un empleado de fábrica adquiere una cámara de Super 8 con la intención de filmar a su mujer y a su hija recién nacida. Con el tiempo, graba todo lo que ocurre a su alrededor, aislándose de manera que sólo se relaciona con la realidad a través de su objetivo fílmico. Algo parecido le ocurre a Juan, el objeto-personaje del realizador Juan Barrero, salmantino de nacimiento, pero sevillano de adopción, que en su primer trabajo en el largometraje, se ha sumergido en su propia vida para contarnos un relato que evoca fantasmas, deseos, frustraciones e inquietudes personales. Un ejercicio inclasificable que a partir del documento real se adentra en su propio universo psicólogico y sus anhelos más profundos. Un viaje personal que se desarrolla en varios lugares sin seguir una estructura lineal, arranca en la casa familiar de Béjar -Salamanca-, donde Gala –personaje de Gala Pérez Iñesta, compañera del realizador-, se interesa por la vida de Enriqueta, una tía de Juan, que tuvo una relación homosexual clandestina. El realizador se adentra en lugares cerrados llenos de tiempo y polvo, fotografías en b/n, secretos perdidos y recuerdos sin memoria. Luego, se traslada a la jungla salvaje de Costa Rica, -imágenes que parecen extraídas de algún documental de Herzog-, donde Juan realiza una expedición científica, para continuar en Sevilla, donde tiene lugar el peso de la acción. El cine, y la cámara que lo registra, como objeto de pensamiento, un medio para enfrentarse a una realidad ajena, que lo ha aislado, lo ha convertido en otro, y utiliza el medio expresivo de la imagen para reflexionar sobre ella e intentar entenderla. Una película híbrido, entre el documento que nace y respira vida, y una ficción como vehículo para contarnos este maravilloso, fascinante y cruel juego de espejos, que se instala en la intimidad, que filma y acaricia el cuerpo de Gala, recorriendo cada parte de forma impulsiva y cercana, explorando cada pliegue de su piel, descifrándose como objeto de deseo y rechazo.  El objetivo captura un organismo con total impunidad, que va transformándose de tamaño y forma, sometido a los efectos del embarazo de la joven. Juan, a través de su cámara, filma los cambios profundos que se van desarrollando en ese cuerpo, que cambia y muta hacía otro. Dos personajes, el masculino que intenta comprender y aceptar su paternidad, que no quiere, y el femenino, que además de encontrar su propio refugio en la música, con su violín, vive su embarazo con la ilusión e incomodidades habituales, pero con el sueño de la maternidad. Dos cuerpos en tránsito que no acaban de encontrarse, ni encontrar su lugar. Diario filmado que nos habla de la vida capturada,  como los trabajos de Johan van der Keuken en Las vacaciones del cineasta  (1974), o las experiencias de Jonas Mekas, Naomi Kawase y Chantal Akerman, o el trabajo de Elías León Siminiani en Mapa (2012), entre muchas otras. Una película libre, cercana, sensorial, que juega a filmarse y a filmar el otro, que brilla en su tratamiento del sonido y la música (Bach, Mahler, Part…) un salto al vacío en toda regla, que invita al espectador a acercarse a este exorcismo intenso y profundo, que a través de su dispositivo doméstico sencillo y honesto, nos revela un cineasta con una mirada propia y brillante.