John May tiene unos cuarenta años y es un humilde empleado del Servicio Público del Ayuntamiento, su trabajo consiste en localizar a los familiares de los difuntos. Su principal virtud es la meticulosidad, la pulcritud, el orden, la obsesión y el tacto con el que lleva los casos en los que se ocupa. Su vida profesional ocupa todo su tiempo, vive sólo en Londres en un pequeño piso. Su vida dará un giro brutal, cuando debido a los recortes, lo despiden después de 22 años dedicados a ese oficio, aunque antes de marcharse, el Sr. May pedirá acabar con su último caso: Billy Stoke. Uberto Pasolini, romano del 57 y descendiente de Visconti, afronta su segunda película (Machan -2008-, no estrenada comercialmente en España, se centraba en la inmigración ilegal a través de unos hombres de Sri Lanka, que pretenden entrar en Alemania con la excusa de un torneo de balonmano), utilizando una forma calculada, sencilla y muy honesta, fabricada a través de los detalles más íntimos, aprovechando cada rincón para expresar de modo natural y directo las situaciones que se van contando. Su relato podría, a priori, resultar molesto por el tema que trata, pero Pasolini, que fue productor de la exitosa The Full Monty (1997), nos acerca de manera delicada, como susurrada al oído, una historia de un alma solitaria que no trabaja en cuerpo y alma, para que sus “difuntos”, estén acompañadas en su último adiós. Aunque su estilización pudiera haber derivado en una película demasiado fría y alejada, el resultado es todo lo contrario, es una hermosísima cinta que bucea de forma admirable en las emociones, en el despertar de los sentidos, y en todo aquello que nos conmueve y emociona. La elección de Eddie Marshan para el papel principal, también es otro de los apuntes a destacar, su interpretación es soberbia y realista, de cum laude, un intérprete británico visto en registros muy variados donde ha demostrado gran versitalidad, series tv, producciones de entretenimiento y en títulos de autor muy interesantes y brillantes como los trabajos para Mike Leigh, Paddy Considine en Redención (20011) o incluso Spielberg en su War Horse (2011). John May un personaje que podría ser un cruce entre Buster Keaton y el Monsieur Hulot de Jacques Tati y su Playtime (1967). Una obra maravillosa, galardonada con 4 premios en Festival de Venecia del pasado año, un cuento de ahora y de siempre, que atrapa desde el primer instante, y además contiene una lúcida y hermosa reflexión sobre muchos temas: la memoria, los recuerdos, la soledad, la amistad, la familia y el amor, y sobre esos seres que transitaron por nuestras vidas un tiempo y por circunstancias se alejaron, quizás para siempre o quizás no…
El segundo trabajo de Rebecca Zlotowski (París, 1980), es un drama social íntimo, donde se aborda de manera realista y directa, la explotación laboral a la que son sometidos unos empleados que trabajan en la zona no controlada de una central térmica. La historia arranca con Gary, -interpretado por Tahar Rahim, que algunos espectadores lo recordarán por su personaje en Un profeta (2009)- un joven de pasado oscuro, que subsiste a través de trabajos temporales, encuentra un empleo de alto riego radiactivo, ya que supone trabajar en las entrañas del reactor principal de la central, la zona más peligrosa. Su vida gira entre ese trabajo arriesgado y durísimo, donde los accidentes son el pan de cada día, y sus nuevos compañeros, -estupendos secundarios con Olivier Gourmet, habitual de los Dardenne, y Denis Ménochet- que como él, se alojan en un poblado de caravanas cerca de la central. Todo estalla, cuando a raíz de un accidente laboral, (como sucedía en Silkwood, filmada en 1983, de Mike Nichols, ambientada también en una central nuclear) Gary, por miedo que lo despidan, miente cuando es sometido a sus niveles de radiación, además comienza una relación sentimental clandestina con Karole, la prometida de uno de sus compañeros. Zlotowski, vuelve a los personajes y ambientes que caracterizaban su opera prima, Belle épine (2010), protagonizaba por Léa Seydoux, que repite en esta, se centraba en la existencia de Prudence Friedman, una joven de 17 años que andaba sola y a la deriva y que encontraba consuelo y amistad en Marilyne, una chica inadaptada que la introduce en las carreras ilegales y peligrosas de Rungis. Zlotowski maneja con sinceridad y honestidad todos los elementos, aportando el equilibrio necesario para una historia que se mueve entre dos mundos. Por un lado, los interiores, la central térmica, filmada a través de planos cortos y muy cercanos, donde la cámara se mueve como pez en el agua entre la marabunta de hombres. La descripción milimétrica que la realizadora parisina hace del lugar de trabajo es extraordinaria, nos sumerge en la tensión y el nerviosismo a los que están sometidos estos empleados que trabajan con unas medidas de seguridad muy frágiles, que los exponen diariamente al peligro de la radiación, y el posterior despido. La cineasta, en cambio, en los exteriores, insufla de vida y amor a su cinta, -muy cercano al tratamiento del maestro Renoir- las comidas en grupo, los baños en el río, y sobre todo, los encuentros sexuales de los jóvenes, apartados y ocultos entre la maleza y los árboles del bosque, -hermosa la travesía nocturna en barca-, respiran vida y se contagia la carnalidad y el erotismo que desprenden. Una provocativa y sexual Léa Seydoux, maravillosa en su personaje, que pasaría por una digna heredera de la Susan George de Perros de Paja (1971). Una relación que se mueve a hurtadillas y entre sombras, que actúa de forma magistral como eficaz metáfora de la existencia de estos desplazados que sobreviven en un trabajo explotado y peligroso, y que respiran un aire contaminado que les deja sin aliento y los aparta de los pocos resquicios de luz que puedan encontrar en sus vidas.
La frase pronunciada en Perceval, de Chrétien de Troyes, vuelve a servirle a Eric Rohmer, que ya adaptó a este poeta del siglo XII en su Perceval le Gallois, en 1978, vuelve, cinco años después, a utilizarlo, en francés arcaico, para encabezar su relato Pauline à la plage (1983), tercera incursión del maestro de las relaciones amorosas y la ligereza humana, en sus Comedias y proverbios. Aquí no se tratan situaciones morales, como en sus memorables cuentos que tanto éxito proporcionaron al genio francés Rohmer en los años setenta, aquí nos propone situaciones psicológicas, nos adentra en una serie de personajes que pasan unos días, los últimos, en las playas de Normandía, donde conoceremos a Pauline, una adolescente de 15 años, a cargo de su prima Marion (Personaje surgido en los años 50 inspirado en Briggite Bardot), mayor que ella, de exultante belleza y atractivo, diseñadora de moda, que se reencuentra con su viejo amigo Pierre, un joven atractivo, profesor de windsurf, que se siente profundamente enamorado de Marion. Sin embargo, ésta se siente muy atraída por Henri, maduro atractivo, etnólogo de profesión y aventurero de oficio. En este juego amoroso, también intervendrán el adolescente Sylvain, del que se enamora Pauline y, por último, Louissette, una vendedora ambulante por la Henri se siente atraído. Una vez planteados los sentimientos de los personajes, Rohmer, lanza unos a los otros para que estalle, emocionalmente hablando, claro está. Marion cae en los brazos de Henri, y Pierre, como es habitual, estalla en celos, por lo que Marion le invita a seducir a Pauline, pero a Pierre no le atrae su juventud. Por otro lado Pauline se enamora de Sylvain, al que considera más transparente y sincero, pero aquí no cesan los amoríos. Henri seduce a la vendedora, y casualmente Pierre los descubre, pero ante la llegada de Marion, Henri le hace creer que la vendedora y Sylvain se han liado. Marion, al estar enamorada, lo cree, ante los vanos intentos de Pierre de hacerle creer que Henri no es de fiar. En cambio, Pauline se mantiene firme y le cuesta creer que Sylvain sea así. La mentira y las dobles intenciones se han desatado y arrastran a todos los personajes. Rohmer no tiene piedad por ninguna de sus criaturas, si exceptuamos a Pauline, que aquí actúa como testigo mudo de un relato vertebrado a través de la mentira, la desorientación y, sobre todo, de la inmadurez de unos adultos cuyos años no los han llevado a comportarse como tales, como lo señala el crítico J. M. López Llaví: Un agudo episodio en clave de comedia, hecho de anécdotas y de emociones interesantes y corrientes, a vueltas desproporcionadas, en torno al mundo de los sentimientos, que dejan al descubierto, el desconcierto, la soledad y la inmadurez y la falta de puntos de referencia en que se mueven la mujer y el hombre actuales en su relación actual, en una generación i en unos estamentos que han rechazado los moldes morales heredados y el si de una civilización en crisis. Aquí Rohmer, cuyo relato bien podríamos definir como una fábula de los sentimientos, es infiel por primera vez a su quehacer cinematográfico: si bien hasta ahora sus historias se estructuraban a través de un único punto de visto a través del cual seguíamos el relato de un solo narrador, aquí encontramos a un personaje que mira, nuestra querida Pauline. El maestro francés cambia de registro y nos muestra su obra con diferentes puntos de vista, según el personaje que vive la situación o la cuenta. A partir de esta película cambiará esta regla en su cine. Harry Moseby, el detective interpretado por Gene Hackman, protagonista de la excelente La noche se mueve (1975), de Arthur Penn, confiesa no gustarse el cine de Eric Rohmer porque en él “se ven crecer las plantas”. Esta confesión un tanto burlona y caricaturesca, encierra en el fondo un sentido homenaje a ese cine fabricado en el viejo continente que tanto han admirado los cineastas los cineastas como Penn, que hicieron de su cine valiente, arriesgado y alejado de lo establecido, su marca registrada. Rohmer podría asemejarse a esta manera de hacer cine, una contemplación de la vida, de los seres que la habitan y de las relaciones que mantienen los unos con los otros. El crítico Ruíz de Villalobos lo define de la siguiente manera: En el cine de Rohmer lo más asombroso, lo que apasiona más, es la facilidad que tiene para hacernos llegar, a través de la imagen fílmica, esas pequeñas cosas de la vida cotidiana, esos diálogos tan escuchados, esas situaciones tan habituales que él rodea de una aureola mágica, verdaderamente espectacular, aunque su cine, aparentemente, no sea nada espectacular. Pauline à la plage encierra un relato articulado a través de los diálogos que van manteniendo todos los personajes. La palabra es característica fundamental en el cine de Rohmer: qué sería de su cine sin el apoyo incondicional de esta herramienta que tenemos los seres humanos para relacionarnos, o como ocurre en la película, para confundirnos, desorientarnos, no ser sinceros con nosotros mismos ni con los demás, para manifestar todo lo contrario de lo que pensamos, para dar por hechos sentimientos que no tenemos, etc… Rohmer enfrenta a sus criaturas y las hace mentir, ser cómplices de la palabra y, sobre todo, dejarse llevar por los demás y dejar de ser uno mismo. El cineasta nos viene a decir algo así como que deberíamos hablar mucho menos y ser más sinceros con nosotros mismos, y así lo seremos con los demás, o quizás, en el fondo, la materia de la que estamos hecho los humanos no da para más y es éste nuestro destino. Rohmer baña a sus personajes con una luz limpia, luminosa y clara, sacada directamente de los cuadros de Matisse. Una luz blanca, poderosa, atravesada por colores planos como los del cuadro La blouse roumaine que está colgado en casa de Henri. Una fotografía para la que contó con la inestimable ayuda del genio de Néstor Almendros –barcelonés de nacimiento, pero que desarrolló casi toda su carrera en el país vecino trabajando con Truffaut y el propio Rohmer, entre otros- que dotó a la imagen de una gran sencillez, de una gran pureza ausente de grandes contrastes y sombras marcadas. Una luz y una película realizada con muy pocos medios, rodada en su totalidad con una sola toma y con un reducidísimo equipo en el que incluso los actores ayudaban en los decorados o el vestuario. Su excelente trabajo como director se vio recompensado con el premio a la mejor dirección en el Festival de Berlín de 1983. No quisiera olvidarme del excelente reparto en el que todos los actores interpretan sus roles con naturalidad y con unos diálogos y movimientos que los hacen pertenecer a ese mundo tan maravilloso que durante más de cincuenta años fue creando Rohmer a través de sus relatos románticos en los que nada es lo que parece y, por supuesto, todo lo que parece resulta extraído de una realidad maravillosamente cotidiana, por el propio Rohmer, un consumado observador de la vida y un retratista de los paisajes emocionales y naturales. Ya que el cine de Rohmer nace en gran parte de la literatura clásica, quisiera despedirme con una cita de Blaise Pascal: … no tenemos más remedio que admitir que si el corazón tiene sus razones que la razón desconoce, es que ésta es menos razonable que nuestro corazón. Les dejo con la película Pauline à la plage, un retrato agridulce e irónico sobre las relaciones amorosas en el que Rohmer nos llevará de la mano a las playas de Normandía a conocer a unos personajes que aunque parezcan algo patéticos podrían ser alguno de nosotros, o el compañero de butaca que tenemos al lado. Y todo ello baja la atenta mirada de una adolescente de 15 años que nos mira y escucha.
Sin lugar a dudas, uno de los grandes males que acecha a la sociedad contemporánea, es la difícil tarea de conciliar vida profesional con vida familiar. Erik Poppe, cineasta noruego -autor de la reconocida trilogía sobre Oslo, que le reportó fama internacional-, se ha basado en sus experiencias personales como reportero de guerra, para hablarnos de un modo directo y sin concesiones del conflicto que se genera entre alguien que ama su trabajo, que le obliga a poner su vida en peligro, y como todo esto afecta en su familia, que como es lógico, sufren por ella y por sus reiteradas ausencias. Poppe coloca el dedo en la llaga, nos habla de Rebecca, una reputada fotógrafa de prensa que está llevando a cabo un reportaje sobre las mujeres suicidas de Kabul (Afganistán), pero todo se tuerce, cuando la mujer se inmola, Rebecca resulta herida de gravedad. Se traslada a Irlanda, donde con la ayuda de su marido, Marcus, un biólogo marino y sus dos hijas, Steph y Lisa, sanará las heridas físicas y emocionales. Aunque esta vez, no resultará una estancia más, sino que tanto Marcus, como su hija mayor, Steph, de 13 años, le reprocharán su modo de vida, así como sus repetidas y largas ausencias. Rebecca, se verá obligada a replantearse su vida, tanto a nivel personal como profesional. Es en ese instante, donde la película genera sus instantes más potentes, las difíciles relaciones que Rebecca mantiene con su marido y su prole, La observan como una desconocida, o como un fantasma, a alguien que está, pero va a desaparecer en cualquier instante. A un ser condenado a su cámara/objetivo, que se proyecta como una extensión de su propio cuerpo, a la que le resulta imposible desprenderse de el. Algo parecido le ocurría a uno de los personajes militares de En tierra hostil (2008), de Kathryn Bigelow. La acción de Poppe huye de todo artifício cómplice, como también de ese aire romántico que acompaña algunas películas de reporteros, plantea su conflicto de una manera madura y eficaz, las dudas y las contradicciones de los personajes. Es de agradecer que Poppe emplee un tratamiento formal sincero y directo, ayuda y de qué manera, que los espectadores seamos partícipes del entramado emocional que rodea todo el relato. En ese sentido, la película no estaría muy alejada del mismo tono realista de El jardinero fiel (2005), de Fernando Meirelles, o Syriana (2005), de Stephen Gaghan, Los gritos del silencio (1984), de Roland Joffé, El año que vivimos peligrosamente (1983), de Peter Weir… Un enfoque naturalista que nos acerca a un personaje en lucha interior constante entre lo que ama y a los que ama. Los planos generales de Kabul, acompañados de una luz abrasadora, que remarcan la inseguridad en la que vive el personaje mientras trabaja, que chocan frontalmente con los medios y primeros planos de Irlanda, junto con esa luz mortecina tan singular de aquellas tierras. Un guión de hierro que desarrolla una historia circular, si bien la película se cierra en el mismo lugar en que se abre, en ese Kabul incendiario en continúa situación bélica, que contrasta como espejo deformante con Irlanda, que constituye la tranquilidad y la convencionalidad familiar. Una bellísima y realista historia de amor que toma su título de la inmortal obra de Romeo y Julieta, quizás la mayor de todas las obras sobre el amor. La presencia y composición de Binoche ayuda muchísimo a conocer a un personaje que en algunos momentos destapa nuestra ira, y en otros, la vemos como una animal herido incapaz de decidirse y saber que camino elegir para su vida.
Entrevista a Jonás Trueba llevada a cabo el 20 de Febrero de 2014, en la terraza del Bar Candela, junto a la sede de la Filmoteca de Catalunya con motivo del encuentro organizado por el ESCAC. Madrileño de nacimiento (1981), Jonás es el pequeño de una numerosa família de cineastas. Un autor que con sólo dos películas Todas las canciones hablan de mí (2010) crónica sobre lo díficil que resulta olvidar a quién amas, y su recuerdo no cesa de invadir tu codianidad, y Los ilusos (2013) una película que habla sobre el deseo de hacer cine, de los paseos después de ver una película, de las charlas con amigos, de dos miradas que se cruzan en una cafetería, del amor, y sobretodo, de la vida… Dos películas que nos hablan del cine a través del cine, de los deseos de cada uno y las ilusiones y esperanzas que nos empujan a seguir hacía adelante, aunque a veces cueste tanto… Jonás se ha destapado como uno de los autores jóvenes con una mirada más lúcida y crítica sobre este tiempo tan convulso y al mismo tiempo, tan ilusionante…
Quiero expresar mi agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jonás Trueba, por su tiempo y sabiduría, a Pilar de la Filmoteca y María del ESCAC, por su disponibilidad y paciencia, y a David del Fresno, encargado de la imagen, el sonido y el montaje, por su generosidad y complicidad.
«Todos los momentos de placer se hallan contrapesados por un grado igual de dolor o de tristeza»
Jonathan Swift
Tarde de cine en los Mèlies. La elegida es Alabama Monroe (The broken circle breakdown, 2012), de Felix Van Groeningen. Recordando la máxima taurina de más cornás da la vida, Groeningen nos cuenta la historia de Didier que toca el banjo en una banda de country, y de Élise trabaja como tatuadora, amén de tener su cuerpo tatuado. Se conocen y se enamoran a primera vista. Nace su hija, Maybelle, que enferma a los seis años de cáncer. Crónica amarga sobre el amor, la pérdida y el dolor a través de la música. Lúcido, contenido y sobrio ejercicio de cómo soportar los embates de la vida refugiándose en lo que podemos, quizás la música nos pueda ayudar a pasarlos. El realizar neerlandés resquebraja su relato, ofreciendo un discurso discontinuo, empleando numerosos flashbacks, para contarnos 7 años de la vida de estos dos seres, que tienen que empezar de nuevo, después del duro golpe de perder a su hija. Una película que huye del típico drama de tres al cuarto en el que el dolor se convierte en el foco de atención, y no cesan de buscar la lágrima fácil. Se relatan hechos duros y tristes, pero de una manera respetuosa y con la debida distancia para huir de posicionamientos pornográficos emocionales de ciertas películas. Quizás se le puede achacar a la película un cierto manierismo, cuando plantea el discurso político estadounidense en lo referente al estudio de la genética para tratar enfermedades. En esos momentos, la película cae en lo planfetario y simplista en la manera que plantea estas situaciones. También, hay que añadir que esos instantes dónde la cinta se empeña en sacarnos o adormecernos, no desmerecen el resultado final. Resulta aleccionador y estimulante la manera que estos dos individuos afrontan la pérdida, mientras él trata de buscar culpables y se refugia en la música para continuar hacía delante soportando el dolor, ella, en cambio, toma otro camino, encuentra refugio en otro tipo de culpa, abrazando la religión católica. Dos maneras de soportar un mismo dolor. Tiene la película, de nacionalidad belga, pero hablada en holandés, ciertos rasgos argumentales que la aproximan a Declaración de guerra (La guerre est déclarée, 2011), de Valérie Donzelli, dónde también se narraba la historia de una pareja que se enamoran y tienen un niño con cáncer. La película se centraba en la vida cotidiana de cómo afrontaban el golpe y cómo eso ocasionaba grandes fisuras en su relación. Alabama Monroe es una película vitalista, en ciertos momentos, pero en otros, en cambio, se sumerge en la desesperación. Su discurso puede resultar pesimista, pero es entonces cuando la música entra en escena, actuando cómo refugio, demostrando su razón de existir, una manera de exorcizar los miedos, el dolor, la culpa para seguir adelante, porque no queda otra.
«Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, aún yéndote, mi amor, jamás te irías».
Rafael Alberti
Tarde de cine en la Filmoteca. La elegida ha sido El nacimiento del amor (La Naissance de l’amour, 1993), de Philippe Garrel. El relato arranca con dos amigos de mediana edad que se reúnen en una cafetería, Paul (Lou Castel), actor, se siente en vía muerta en su matrimonio y su labor paterna, tiene un hijo y otro de camino, que nacerá durante el relato, tiene una amante que no le corresponde porque se siente traumatizado por una anterior relación; el otro, Marcus (Jean Pierre Léaud), escritor, todavía ama a la mujer que lo ha abandonado por otro. Estas dos almas frustadas por el amor se sienten perdidas, sin rumbo, atados emocionalmente a unas mujeres que no los aman o no saben hacerlo. Philippe Garrel, nacido en París en 1948, adolescente durante la eclosión de la Nouvelle Vague, trabaja de meritorio con sólo 16 años en Le vieil homme et l’enfant, de Calude Berri, con los fragmentos de película desechados hace su primer trabajo, un cortometraje de título Les enfants désaccordés (1964). Desde aquel primer trabajo, las dos pasiones de Garrel, la vida y el cine, se unirán para siempre. El cine de Garrel no es fácil de ver, requiere de mucha atención. Un cine que no deja indiferente, basado principalmente en el diálogo, en el gesto y la palabra, lo que escuchamos nos hace reflexionar y nos atrapa como si fuese una tela de araña. Un cine rodado, principalmente, en blanco y negro, que lo aproxima a Béla Tarr, el cineasta húngaro que ha filmado siempre en blanco y negro. Resulta paradójico pues que su penúltima película, Un verano ardiente (Un été brûlant, 2011), rodada en color, haya sido la primera de Garrel estrenada comercialmente en nuestro país, dónde se reflexiona sobre la vida, el amor y el cine. El crítico francés, Philippe Azoury, habitual en Cahiers du Cinema, lo definía de la siguiente manera: «Garrel se ha convertido en el más grande cineasta de la pareja, en el más secreto de los grandes cineastas». Quizás, junto a Jacques Rivette son los cineastas que más continúan el espíritu de la Nouvelle Vague, aunque esto es una reflexión que podría ser muy debatida. Sus personajes hablan del amor, siempre de los amores pasados, ya vividos, quizás el amor es nostálgico, el amor vivido; el tiempo presente del amor es frustrante, no les llena, es un amor ausente, ininterrumpido, no vivido, quizás lo único que queda es hablar de ello, aunque me temo que no llegaremos a conclusiones que nos hagan cambiar de actitud cuando volvamos a enamorarnos. Garrel confía a dos grandes actores estos personajes anclados en una manera de amar. Por un lado, tenemos a Jean Pierre Léaud, el actor de Truffaut, que también ha trabajado con Pasolini, Bertolucci, Godard, Kaurismäki, y Assayas, e interpreta a un escritor enamorado de su mujer quién ya no le ama, y quiere saber los motivos. Quizás dejar de amar es como amar por lo que no se pueden explicar los motivos; por el otro lado, tenemos a Lou Castel, que ha actuado en películas de Fassbinder, Bellocchio, Wenders, Chabrol, y ya había trabajado con Garrel en Elle a passé tant d’heures sous les sunlights, de 1985, e interpreta el rol de un actor que no quiere estar ni con su mujer ni con su familia y encuentra en su joven amante una vía de escape, pero ésta se lo niega, ya que por miedo a volverse a enamorar, ya que sufrió la anterior vez, lo rechaza. Dos almas que se necesitan, quizás para comprenderse. Son dos cowboys modernos, que podríamos hallar como protagonistas de algún western crepuscular, errantes, con el corazón pataleado, recordando cuando una vez amaron y les amaron.