Caravan, de Zuzana Kirchnerová

MADRE E HIJO. 

“Sólo somos personas cuando nos situamos frente a otro, nunca de forma aislada. Lo que nos convierte en personas es el vínculo con el otro, la relación de amor”. 

Julia Kristeva

Los primeros minutos de Caravan, la ópera prima de Zuzana Kirchnerová (Sokolov, República Checa, 1978), resultan muy reveladores para el transcurrir de lo que veremos a continuación. La situación es la siguiente: Ester, de 45 años, soltera y madre de David, de 15 años, que tiene síndrome de down y autismo, pasan unos días en la casa de unos amigos. En un día de playa vemos a la pareja y sus dos hijas jugando, mientras el padre mira en la distancia a Ester y su hijo que están algo alejados. En el siguiente momento, David desordena el salón en uno de esos enfados. La hija pequeña, en voz baja pero entendible, exclama: “Quiero que se vaya”. La mirada de Ester es todo un poema. Al día siguiente, la citada y su hijo cogen una vieja caravana y se van a hacer kilómetros camino al sur de Italia. Pudiera parecer una huida, o más bien, un gesto de liberación y dejar atrás la compasión y el rechazo. En ese instante, Ester y David arrancan el verano más diferente, liberador y salvaje de sus vidas. 

Resulta muy reconfortante ver una película de estas características, porque a simple vista parece una película de huida, también una road movie, una estructura-excusa que usa la directora checa para centrarse en lo que realmente le importa, y no es otra cosa que plasmar sus propias vivencias siendo madre de un hijo que padece down y autismo, en la que nos habla de vínculos emocionales como la dependencia que se genera entre una madre soltera y un hijo de esas características, del amor sincero e íntimo en esa continúa cotidianidad que parece detenida y que cada día parece el mismo que ayer y el de mañana. También se habla del desgaste emocional de una madre encerrada en esa cárcel de cuatro ruedas, siempre con su hijo al lado, como pegada a él. Pero la trama no se queda ahí, porque el guion que firman Tomás Bojar, director de documental, Kristina Májova, y la propia directora, es muy rico en matices y detalles y nunca se queda en la sobada superficie, sino que sigue profundizando y removiendo las vidas de los citados, con la aparición de Zuza, una joven que, al igual que la pareja, deambula sin rumbo fijo, como huyendo de algo o de sí misma. La entrada de Zuza generará otro tipo de vínculos, y permitirá a Ester explorar en su interior, incluso a David, en su propia sexualidad de un adolescente. 

La cineasta centroeuropea tiene en sus manos de verdad y sentida, y su forma abraza ese concepto acentuando cada mirada, gesto y silencio de sus personajes, en la magnífica cinematografía que firman el dúo Denisa Buranová y Soman Weisslechner, en una cámara que se desliza como una bailarina en el interior de la caravana-hogar y en los espacios que mezclan las playas más turísticas con otros espacios más desolados y sórdidos, en la que vemos a personas en las antípodas como los jóvenes turistas urbanitas que disfrutan de los placeres del mar y las fiestas, y otros, que trabajan en pequeñas granjas aisladas. La música la firman otra pareja como Aid Kid y Viera Marinová, donde construyen todo un espacio de armonías y melodías que acompañan y cuidan cada objeto físico y emocional. El montaje de Adam Brothánek sabe tener la paciencia y la pausa en una película muy física, que viaje de aquí para allá, en un espacio entre lo visible e invisible, que incluye lo emocional de forma muy sutil, sin evidenciarlo, de forma muy honesta y nada intrusiva, dejando ese espacio al espectador para que acompañe, sobre todo, al personaje de Ester, el vehículo de la película, en sus concisos 104 minutos de metraje que se ven con mucho interés y se aleja completamente de la manida condescendencia. 

El trío protagonista es una de las grandes bazas de la película, empezando por la gran Anna Geislerová que hace de una Ester fuerte y valiente a punto de derrumbarse que intenta como puede airearse y encontrarse con su cuerpo, su sexo y sus ansias de libertad. Una actriz excelente que descubrimos en Algo parecido a la felicidad (2005), de Bohdan Sláma, que se alzó con el premio de mejor actriz para Anna, amén de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Toda una hazaña. Le acompañan el debutante David Vostrcil como David, y la tercera pasajera Zuza que interpreta Juliana Olhová, poniendo el contrapunto entre madre e hijo, quizás ese puente que remueve muchas cosas, algunas tan en el fondo que ya iba siendo hora que salieran a respirar. Deberían darle una oportunidad a una película como Caravan, de Zuzana Kirchnerová, porque habla de cosas duras, y lo hace con una verdad que traspasa, que es auténtica y sobre todo, de forma íntima, natural y nada impostada, y plantea situaciones que todos/as hemos o vamos a experimentar en nuestras vidas, ya sea con un hijo, una madre o nuestros padres, porque los vínculos que hemos creado y creamos y los que vendrán siempre seguirán en nuestras existencias, y por eso, es vital que los cuidemos, a los otros y sobre todo, a nosotros mismos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Crossing, de Levan Akin

LOS VIAJES INTERIORES.  

“Quedamos enredados en los destinos de personas que en nuestra familia se perdieron porque fueron olvidadas o excluidas”. 

Bert Hellinger 

Cuando se entrenó entre nosotros la película Solo nos queda bailar (2019), de Levan Akin (Tumba, Botkyrka, Suecia, 1979), nos sorprendió su trabajo en la planificación, la intensidad de sus intérpretes y la fuerza para transmitir un relato sobre la amistad, el amor, el baile y la liberación en un país como Georgia, del que apenas nos llega su cine. Ahora, nos llega el nuevo trabajo del director sueco con padres georgianos, en el que ahora el viaje es tanto físico como emocional, porque recoge el viaje de un grupo de excluidos que van desde Batumi en Georgia hacia Estambul en Turquía cruzando, y de ahí viene su título original, Crossing, el Mar Negro, porque Lia, una maestra jubilada debe encontrar a su sobrina Tekla, una mujer trans que años atrás tuvo que huir porque su familia no la aceptaba. En este viaje le acompaña Achi, un joven georgiano desarraigado y sin futuro que dice conocer su paradero. En la capital turca se cruzarán con Evrim, una chica trans que trabaja como abogada en una ONG. 

Aunque en una primera instancia, la película pudiese someterse al drama duro y sin concesiones, la historia se aleja mucho de esa premisa y construye un relato primoroso e intenso sobre la odisea, ya pensarán ustedes si les parece grande o pequeña, de la insólita pareja protagonista que, aunque patriotas tienen muchas cosas que les alejan, pero ahí reside la propuesta de Crossing, de hablarnos de los vínculos familiares fuera de la familia, a través de desconocidos que se miran de frente, se apoyan e intentan que su entorno más inmediato duela menos. La película es muy física, pateamos las angostas y tumultuosas callejuelas de la urbe sintiendo cada paso, cada esquina y cada espacio, ya sea a pie o en ferry para pasar de un lado a otro. El guion del propio Akin, huye de la sorpresa y de otras piruetas argumentales, para centrarse en sus personajes, sus relaciones y sus emociones, todo contado desde el alma, sin imposturas ni nada que se le parezca, con autenticidad, verdad y una intimidad que sobrecoge. Estamos ante un western urbano, o mejor dicho, un drama de vidas anónimas y cotidianas, donde también hay comedia, mucha música y sobre todo, un viaje donde lo importante es conocerse y reconocerse ante el espejo y sobre todo, ante los demás. 

Un trabajo de estas características necesita un excelente trabajo de cinematografía como el que realiza la sueca Lisa Fridell, que ya hizo lo propio en la mencionada Solo nos queda bailar, porque requería un gran trabajo físico y capturar la inmediatez y la fisicidad que desprenden cada mirada y cada gesto entre los tres personajes. El formidable montaje que firman Emma Lagrelius junto al propio director, que consigue imprimir la fuerza y la pausa necesarias, en una cinta donde lo físico es primordial, pero también las invisibles y pequeñas tragedias personales que viven cada uno del trío protagonista, que tienen en común su soledad, su necesidad de encontrarse y sobre todo, encontrar su lugar en un mundo demasiado egoísta, individualista y vacío. La música también juega un papel importante en la película, porque continuamente estamos escuchando alguna melodía o canto, elemento esencial como sucedía en la citada Solo nos queda bailar, aquí también lo es porque cuando faltan las palabras, el relato se acoge a la música y el silencio de los personajes, donde también conmueve desde lo más cercano, sin ningún tipo de alarde o gesto enfatizado. 

El extraordinario trío protagonista que transmite una naturalidad y transparencia desbordantes compuesto por la veterana Mzia Arabuli, que hizo una película con el gran cineasta georgiano Serguéi Paradzhánov, en el papel de Lia, una mujer derrotada pero en pie, que busca a su sobrina Tekla, en un viaje interior de aúpa, que tendrá sus altibajos durante el metraje, pero que nunca tirará la toalla, porque sabe que necesita el reencuentro. A su lado, el debutante Lucas Kanvaka en la piel de Achi, un joven que huye de la tutela férrea de un hermano mayor sin provenir en un país como Georgia donde no encuentra su lugar, y se agarra a Lia a un destino sin destino, pero con la convicción de encontrar lo que busca. La otra debutante es Deniz Dumanli en el rol de Evrim, la chica trans que ayudará a esta peculiar pareja, que también su lugar, su amor y su reconocimiento como mujer y como abogada. Con Crossing, el cineasta Levan Akin vuelve a deleitarnos con una película grande, llena de pliegues y texturas, intensa, poética y emotiva, sin ser sentimentaloide, de verdad, con personajes de carne y hueso, los nadies que mencionaba Galeano, los invisibles, los excluidos y los desheredados que al igual que todos y todas nosotras desean lo mismo, encontrar ese lugar donde sean bienvenidos y puedan vivir en paz. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda

LOS VÍNCULOS DE LA FAMILIA SHIBATA.

Si tuviéramos que destacar algún elemento que sobresale de manera evidente y definitoria en la cinematografía de Hirokazu Koreeda (Tokio, Japón, 1962) no albergaríamos ningún tipo de duda en que ese rasgo que aglutina todo su sentir es la intimidad, y sobre todo, la intimidad en la familia. Los tejidos familiares convergen en el cine de Koreeda de manera evidente, explorando desde lo más profundo aquellos lazos existentes o no, y las relaciones humanas que pivotan en la intimidad del hogar a través del hecho en cuestión. El cineasta japonés nos habla de su país, de su sociedad y entorno, pero no lo hace desde lo público, sino desde puertas adentro, posando su mirada en los de abajo, en los invisibles, en los desahuciados de la sociedad moderna, aquellos desplazados que no encuentran su lugar, en aquellos que diariamente se levantan para labrarse una vida, una vida llena de obstáculos y lagunas secas, aunque con ese espíritu combativo, firme y sobre todo, familiar. Donde todos los componentes de la familia son uno. Todos reman en la misma dirección, todos se alimentan de su espíritu y del otro, todos saben que necesitan para que todos sigan hacia adelante.

La memoria, la muerte y asumir la pérdida siguen latiendo en su cine, donde Koreeda se acerca a estos elementos desde el respecto y la honestidad, en el que se sumerge en las relaciones humanas desde una sensibilidad y delicadeza sublime, investigando todos los puntos de vista de los personajes implicados, indagando en sus razones, ya sean físicas o emocionales, colocando a sus criaturas en situaciones adversas y desapacibles, en las que deberán lidiar con los otros, y con ellos mismos. En su decimotercer largo de ficción, Koreeda vuelve a los temas más sociales y personales de su filmografía, focalizando sus temas en una familia humilde y sencilla, que moran en una de esas casas minúsculas que abarrotan la periferia de las grandes ciudades, en Un asunto de familia, conoceremos a Osamu, la cabeza de la familia, que se gana la vida con pequeños hurtos y lo que va saliendo, a su lado, Nobuyo, su mujer entregada que trabaja en una fábrica de la que amenazan despidos, con ellos la abuela Hatsue, que vive de su pensión, que en muchas ocasiones, acaba significando el sustento familiar, también, tenemos a Aki, la hermana de Nobuyo, que se gana la vida como chica de compañía, vendiendo su cuerpo y cariño, y finalmente, Shota, el pequeño de la casa, que ha iniciado el proceso de dejar la infancia para convertirse en un adolescente.

La aparente cotidianidad de la familia y sus quehaceres diarios, se verá interrumpida con la aparición de Yuri, la niña de los vecinos, que anda desamparada por la calle, Osamu decide integrarla en la familia como una más. A partir de ese instante, Koreeda comienza a tejer el verdadero germen de su idea, en la que los conflictos cotidianos familiares y los diferentes caracteres de todos ellos van generando esos conflictos que nos describirán no sólo sus relaciones personales e íntimas, sino mucho del Japón actual con las relaciones familiares como epicentro, en el que cada vez aumentan los casos de abandono familiar, tanto de niños como abuelos, en el que la vorágine social está creando familias muy desestructuradas, donde el afán por lo material ha arrinconado a las relaciones emocionales, y sobre todo, ha roto los vínculos familiares, donde los más necesitados de cariño y compañía, devienen los seres más molestos que hay que dejar de lado, e incluso echar de casa.

Koreeda huye de cualquier tesis social o económica, y de los aspavientos sentimentales y cosas por el estilo. Su cine es sencillo y honesto, nos sumerge con detalles y gestos en la centro de la familia, a partir de miradas y situaciones muy cotidianas, donde la intimidad se apodera del relato, en el que no hay espacio para los grandes discursos ni los diálogos grandilocuentes, la denuncia social se hace desde lo más íntimo, desde lo invisible, desde las relaciones humanas, desde el detalle a lo más pequeño, dejando las conclusiones y demás reflexiones a los espectadores, a los que sitúa de forma compleja y sincera, desde todos los puntos de vista posibles, sin juzgar a sus personajes, y mucho menos adoptando una mirada condescendiente, Koreeda cuenta su verdad, que bien se asemeja a la situación social de su país, una verdad de aquellos fantasmas que nadie sabe en qué condiciones viven y sienten. Un asunto de familia guarda muchos lazos en común con otra de sus celebradas películas Nadie sabe (2004) en el que una madre descerebrada abandona a su suerte a sus cuatro pequeños, y estos, sobrevivían como podían en un piso sin más consuelo que el de ellos mismos.

El cineasta japonés hace cine social muy potente, creíble y bello en su factura y narración, donde la forma evidencia la fealdad de una sociedad miserable en declive y completamente deshumanizada. Un cine que evidencia la soledad de las ciudades, de la modernidad, y la falta de empatía ante los más necesitados, peor lo hace desde las entrañas, desde lo más profundo, sumergiendo de forma admirable y delicada a los espectadores, tratando sus temas complejos y difíciles desde lo más puro, desde lo más hondo del alma, construyendo un cine humanista de primer orden, donde todo funciona a las mil maravillas, dotando de una fuerza narrativa extraordinaria todos los elementos de sus películas, explicándonos de forma clara y concisa todo aquello que vemos y sobre todo, todo aquello que nos tan evidente, aquello que nuestros ojos no son capaces de ver, aquello que se pierde entre las innumerables capas de su cine, un cine que lo asemeja y de qué manera al maestro Yasujiro Ozu, en su descripción detallista y humanista de las relaciones humanas a través de las familias, y de todo aquello que les rodea, la sociedad en la que viven, sus diferentes formas de pensamiento, sus inquietudes políticas, sociales, económicas y culturales, en fin, todo aquello que nos une y nos separa con nuestros más allegados.