Fatima, de Philippe Faucon

fatima_100579MADRE EN TIERRA EXTRAÑA.

“Un día mi corazón suspira y al siguiente siente rabia”

Fatima tiene 44 años, es argelina, y vive sola con sus hijas: Nesrine, la mayor, tiene 18 años, es una chica aplicada, obediente y estudiante, y acaba de empezar primero de medicina, Souad, la pequeña, tiene 15 años, es de carácter rebelde e irascible, no estudia, protesta, y además, insulta a su madre. Fatima trabaja de sol a sol como limpiadora de hogar para poder sacar adelante a su familia y ayudar a sus hijas. El cineasta Philippe Faucon (1958, Oujda, Marruecos) lleva más de un cuarto de siglo realizando un cine naturalista, de índole social, en el que explora y reflexiona sobre los problemas de los inmigrantes en Francia, en su mayoría. Ahora, basándose en los poemas, fragmentos y pensamientos de Fatima Elayoubi recogidos en los libros Prière à la lune y enfin je peux marcher toute seule, se ha detenido en un relato sobre mujeres, sobre tres mujeres árabes que viven en Francia, tres generaciones diferentes, la madre, la que emigró buscando una vida mejor, y las dos hijas, ya nacidas en Francia, con otras inquietudes y necesidades.

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Tres formas de vida que conviven, se mezclan, dialogan y discuten, en un contexto social de grandes dificultades, en el que el trabajo es precario, y las escasas oportunidades demandan un gran sacrificio y esfuerzo. Faucon instala su cámara en ese microcosmos de relaciones familiares, en el que conviven el árabe y el francés, el idioma que dificulta las relaciones entre madre e hijas, en los diferentes puntos de vista de cómo afrontar la dura realidad cotidiana, y todos los conflictos que van surgiendo en un ambiente difícil de llevar. Las barreras idiomáticas, las costumbres árabes que chocan contra el estilo de vida y costumbres del país en el que viven, y la compleja situación que genera entre una madre que trabaja hasta la extenuación en un empleo y la hija pequeña que denigra y no acepta esa condición. Una película breve (apenas su metraje alcanza los 79 minutos) contenida, de tono naturalista, en la que Faucon captura de manera sensible y delicada las relaciones, las pequeñas alegrías y los sinsabores que se van generando entre madre e hijas. Las luchas diarias para ser esa persona que quieres ser, y sobre todo, la tenacidad, la valentía y el sacrificio que hace una madre por el bienestar de sus hijas.

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El cineasta francés huye de cualquier sentimentalismo y convencionalismo dramático, su película nace de la necesidad de contar una realidad que viven y sufren miles de personas adultas de origen humilde cuando llegan al país europeo, para alcanzar una vida mejor que la que dejan, aprender otro idioma, las envidias y críticas de los paisanos que no aceptan otro tipo de existencias, y las terribles dificultades para acceder a un mercado laboral deshumanizado y fascista que sólo obedece a los números. El trío protagonista compuesto por Soria Zéroual, actriz no profesional que encarna a esta heroína de corazón noble y carisma de león, Zita Hanrot (que se llevó el revelación en los premios César de la Academia Francesa) actriz en ciernes, que compone un personaje valiente, sacrificado y noble, y la benjamina, Kenza-Noah Aïche, la intransigente y díscola que pasa de estudiar, y sólo disfruta en la calle con sus amigos. Un grupo humano de inusitada capacidad para la interpretación que revela el contenido esencial y sensible que destila la película, una narración sencilla y honesta que muestra una realidad cotidiana, a partir de una mirada sensible y cercana en el que se acerca a los conflictos de forma transparente y humana.

Corazón gigante, de Dagur Kári

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Fúsi es enorme y tiene sobrepeso, ha pasado de los 40, pero todavía vive con su madre sobreprotectora. Trabaja en el aeropuerto transportando el equipaje, y soporta las humillaciones de sus compañeros, en sus ratos libres colecciona muñecos bélicos, juega con su vecina de 8 años, y cree ser un general en las simulaciones de batallas de la Segunda Guerra mundial que disputa con un vecino. Todas las noches conduce su automóvil hasta el puerto, y llama a la radio para que le dediquen un tema de rock. Y así, de esta manera tranquila y cotidiana pasa su existencia. Su madre, que se ha echado novio, le regala para su cumpleaños un curso de baile country, en el que conoce a Sjöfn, una mujer desorientada y falta de cariño. Bajo esta premisa y decorado, el director y músico Dagur Kári (1973, Francia), que estudió cine en Dinamarca, donde reside, y creció en Islandia, ha elegido estos antecedentes para contarnos su segundo trabajo, un relato sencillo, humanista y sensible.

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La película sigue la peripecia de este hombre corriente, reservado y silencioso, pero de enorme bondad y sentido del humor. Alguien diferente a los demás, en parte por su gran tamaño, y su carácter. Un ser que se ha encerrado en sí mismo, que le cuesta encajar, y cambiar su forma de vida. Kári ha construido una bellísima y emocionante comedia romántica, a base de detalles y elementos cotidianos, que escapa del tono sentimentalista y condescendiente de otras del mismo género, aquí nadie tiene éxito profesional ni belleza física, los personajes son seres cotidianos que nos podemos cruzar a diario, no destacan, ni lo pretenden, son gente que vive en barrios obreros, que intentan comprender a los demás y sobre todo, así mismos. El paisaje islandés hivernal y oscuro por el que se mueven los personajes, también ayuda a esa idea de película diferente, que camina por otros escenarios, el entorno es duro y frío, y el carácter nórdico, de pocas palabras, dibuja una narración apoyada en las miradas y silencios. Una cinta que explica su historia de manera tranquila, sin aspavientos ni salidas de tono, todo sucede de forma serena, construyendo las situaciones con tacto y sensibilidad, sumergiéndonos en la mirada inocente y cálida de Fúsi, ese gigante de gran corazón que protagoniza esta fábula moderna, algo así como una especie de Frankenstein o Qausimodo actual, seres que ante la intolerancia y la amenaza de los demás, debían esconderse y vivir entre las sombras, ocultos de todos.

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Kári nos habla de las dificultades que tenemos los seres humanos de aceptarnos a nosotros mismos, y relacionarnos con los demás, de nuestros miedos e inseguridades, de todo aquello que nos atenaza y acobarda. El realizador, danés de acogida, edifica una narración a base de tomas cortas, de planos cercanos, en sitios cerrados, en su totalidad, y la noche, como testigo, en la que crea esa intimidad necesaria y cercana, en la que entendemos a un personaje acomodado en el nido, que tarde o temprano, deberá volar hacía otros lugares, y librar sus propias batallas. Un grandullón que acaba conquistándonos desde lo más íntimo, casi sin pretenderlo, mostrándose como es, sin hacer nada más, en la que la extraordinaria interpretación y fisionomía de Gunnar Jónsson (cómico islandés de gran éxito) hace el resto. Estamos ante una comedia de “chico conoce chica”, y se enamoran, pero contada y filmada de otra manera, como se filmaban antes, más cercana a las comedias de Capra o Wilder, aquellas en las que los protagonistas eran poco agraciados, tenían trabajos de medio pelo, vivían en apartamentos compartidos y ruidosos, y no siempre, y para colmo de males, se acababan enamorándose de la chica que quería a otro, o simplemente, no los quería a ellos.

El juez, de Christian Vincent

EL_JUEZ_CARTEL_A42SENTIR TU MIRADA.

Michel Racine es el temido y respetado presidente del Tribunal de lo penal, en cambio en su casa, su mujer (con la que está en trámites de divorcio) lo menosprecia e ignora. A Racine se le conoce en el Palacio de Justicia por el magistrado de dos cifras, porque sus condenas siempre pasan de 10 años. Ahora, se enfrenta a un caso de muerte de un bebé de escasos meses en manos de su padre. Mientras se elige al jurado popular que juzgará el caso, una de los miembros elegida, una mujer atractiva y elegante, conoció a Racine en el pasado.

La nueva película de Christian Vincent (1955, París) después de la comedia La cocinera del presidente (2012), no sitúa en una pequeña localidad de provincias del norte, Saint-Omer (que nos recuerda a los lugares provincianos y herméticos tan apreciados por la mirada de Chabrol) y en el transcurso de un juicio. El cineasta francés construye su película a través de dos personajes, el presidente Racine y Ditte, la miembro del jurado. Una relación basada en miradas íntimas y cercanas, en gestos torpes, y movimientos inquietos. Vincent se centra en los pocos días que durará el juicio, un juicio con tono naturalista y sincero, muy alejado de otras miradas más esteticistas e irrealistas del desarrollo de un juicio, buscando lo morboso y espectacular. Escuchamos a todos los implicados exponer sus argumentos y explicaciones, el juez que actúa de manera sobria y seria, los diferentes testigos que en ocasiones les cuesta responder, las intervenciones del fiscal y los abogados defensores, y alguna pregunta de los miembros del jurado. Mientras, Vincent, a través de un guión ajustado y elegante, lleno de matices y sugerencias, en la que mezcla la seriedad del juicio con la distensión de las charlas en las cafeterías, llenas de diálogos ocurrentes y sutiles, nos va introduciendo la relación que mantuvieron en el pasado sus dos protagonistas, y cómo va creciendo en ellos una bella, maravillosa y sutil historia de amor.

"L'Hermine" de Christian Vincent

El director francés nos habla de personas reales, personas que podríamos encontrarnos en cualquier lugar, gentes como nosotros, con posturas diferentes en torno a las relaciones de doctor y paciente, a personas que mantienen luchas internas con lo que sienten. La excelente pareja protagonista consigue conmovernos de manera sencilla, entender a sus personajes, envolvernos con paciencia y sutilidad, y dejarnos llevar por lo que está ocurriendo en sus interiores. Dos actores en estado de gracias, por un lado, el eficaz y emocionante trabajo de Fabrice Luchine (maravilloso intérprete de muchas películas de Rohmer) interpretando al oscuro y malhumorado Racine, que encima arrastra un tremendo catarro, que vuelve a trabajar con Vincent después de 25 años cuando hizo La discreta (debut del director). Y por otro lado, la belleza y elegancia de Sidse Babett Knudsen (la actriz danesa protagonista de la serie política Borgen), en su primer trabajo en francés, realiza una composición brutal de un personaje que está feliz con su vida, y se erige como lo contrario a Racine. Dos miradas, dos mundos, un pasado que los une, dos sentimientos, y todo ello en mitad de un juicio. Un película que se ve con naturalidad a través de las miradas y los silencios que se dedican los protagonistas, una historia sencilla, emocionante y que atrapa desde el primer encuentro que tienen, como suele suceder con el amor, que llega sin que nos demos cuenta.

Luces de París, de Marc Fitoussi

lucesRECUPERAR LA ILUSIÓN.

Brigitte y Xavier son un matrimonio maduro que se dedican a la cría y venta de ganadería bovina charolesa en Normandía. Él, tranquilo y hogareño, vive por y para su trabajo, ella, en cambio, se ha dedicado a ser esposa y madre, y ha aparcado sus sueños e inquietudes en pos al buen devenir de su vida marital y familiar. Pero ahora, después de la marcha de los hijos, la rutina y el acomodamiento a la cotidianidad del matrimonio y los quehaceres diarios, los ha convertido en una pareja monótona y aburrida. Después de un accidental encuentro con alguien más joven, Brigitte necesita salir a respirar y replantearse ciertas cosas de su vida.

El cineasta francés Marc Fitoussi, continúa en su cuarto título por los mismos devaneos de los anteriores, aunque esta vez el retrato adquiere más intimidad y deja aparcada la comedia romántica para adentrarse en un terreno más emocional y agridulce. La mirada de la vida rural que realiza Fitoussi no tiene un tono realista, si bien guarda el marco preciso donde se desarrolla parte de la acción, y describe con precisión ciertos momentos que allí se suceden, su idea reside en la vida de la pareja y cómo el paso de los años y el trabajo conjunto en el campo, los ha llevado a la falta de pasión, la comodidad y han dejado de lado los roles de amantes. Un mundo rural moderno, en el que tienen internet, escuchan jazz, y albergan un gusto exquisito. Son abiertos y simpáticos, se alejan mucho de la idea de antaño como personas rudas y de una pieza. El realizador francés combina la comedia con el drama, sin caer en la tragedia, su equilibrio para manejar las emociones de sus personajes resulta brillante, y su buen hacer en envolvernos en esa madeja de sentimientos que se van generando a lo largo de la historia. La fortaleza emocional aparente del inicio va dejando paso a una fragilidad que se va apoderando de cada uno de ellos. Contado de forma sensible, a través de una forma ligera, las cosas van sucediendo tomándose su tiempo, sin prisas, no hay exaltaciones ni gritos, todo va cayendo sobre su propio peso, casi sin llamar la atención.

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La estupenda composición de la luz que realiza la cinematógrafa Agnès Varda (habitual de Claire Denis) captura la sutileza de los colores del campo y la gama diversa de luces de la gran urbe, incrementando los encuadres de los rostros de los personajes, verdaderos protagonistas del relato. Unos excelentes intérpretes que realizan trabajos marcados por la sutileza, asentados en miradas que explican todo sin decir nada. Por un lado, Isabelle Huppert (que ya había colaborado con el director en Copacabana, del 2010, en la que realizaba un personaje excéntrico que debe cambiar de rumbo para agradar a una hija que no la acepta) aquí, aunque guarda algunos rasgos con el personaje mencionado, es una mujer cansada de su matrimonio, que necesita un poco de acción, divertirse y volver a sentirse a sí misma, y recuperar ciertas emociones apagadas que pedían a gritos un nuevo aire. Por otro lado, Jea-Pierre Darroussin (habitual del cine de Robert Guédiguian) se enfrenta a una situación nueva, siente que puede perder a su mujer y se lanza en su búsqueda, aunque también deberá aceptar algunos sacrificios si quiere seguir manteniendo su relación. Una película cercana e íntima, sobre el amor, la pareja, la vida en común y sobre nosotros mismos, las ilusiones, anhelos y sueños que dejamos aparcados en favor del otro, y sobre todo, una cinta sobre los sentimientos y lo que sentimos, toda esa aparente tranquilidad que dejamos que contamine nuestras relaciones, y cómo algo nos despierta y nos pone en acción para saber verdaderamente quiénes somos y a quien amamos.

El cine de fuera que me emocionó en el 2015

El año cinematográfico del 2015 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias. Cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo y resistente, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte)

1.- LEVIATÁN, de Andrei Zvyagintsev.

El director ruso Andrei Zvyagintsev vuelve a los mismos derroteros de su anterior película Elena (2011), si en aquella nos mostraba un retrato sobre la vieja guardia soviética enfrentada a la Rusia de ahora. Ahora, se centra en esa Rusia contemporánea, ese país corrupto, sin ley, dominado por unos señores de maza y azote que siembran el terror allí donde van. Nos habla de Kolia, un mecánico que vive en un pueblo del norte del país, junto a su mujer y el hijo de ésta. El alcalde-cacique del lugar está empeñado en que venda su propiedad de forma legal o ilegal. Zvyagintsev realiza un retrato demoledor de la Rusia actual, donde no existe la democracia ni nada parecido, donde siguen primando valores de otro tiempo basados en el puro terror. El realizador ruso mantiene su estilo narrativo sobrio y realista en el que todo ocurre de forma directa, seca y abrupta, en el que uno de sus fuertes siguen siendo la relación entre los personajes. Cine sin lugar a la esperanza, en el que resultan evidentes sus metáforas que utiliza como reflejo en la descripción de su país, una nación abocada al despilfarro y la apariencia, donde hay monstruos que lo devoran todo.

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2.- RED ARMY, de Gabe Polsky.

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3.- AGUAS TRANQUILAS, de Naomi Kawase.

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4.- PURO VICIO, de Paul Thomas Anderson.

Después de The Master (2011), donde retrataba a aquellos combatientes enloquecidos que volvían de la segunda guerra mundial perdidos y solos, y encontraban refugio en sectas religiosas con trasfondo perverso. Su nueva película es una adaptación de la novela de Thomas Pynchon, donde nos sitúa en la California del 70, a través de un personaje Doc Sportello, un detective privado fumado y perdido en su angustia, que por encargo de su exmujer se involucra en una aventura infernal, sicótica y sucia, donde se tropezará con personajes de toda estofa, hippies trasnochados, flipados de la coca, mujerzuelas interesadas, políticos corruptos y otros, venidos a menos, y toda clase de gentuza y conflictos. Interesante mezcla de comedia y drama, donde la sátira y las situaciones absurdas forman parte de este paisaje enfermo y codicioso. Película visagra, que habla del fin de una época y el comienzo de otra, donde encontramos personajes aferrados a los 60, donde todo lo que soñaban no fue, y ahora en los 70, se daba la bienvenida a un tiempo de especulación, de falsa vida, enfermo de codicia y poder, y tremendamente vacío y miserable. Otro de sus grandes aciertos es la tremenda interpretación de un irresistible Joaquin Phoenix, fantástico en su rol, uno de esos seres que se ha quedado en medio de la nada, en un limbo lleno de soledad y perdición, en el que lo único que le traería paz y armonía sería la vuelta de su mujer.

5.- QUE DIFÍCIL ES SER UN DIOS, de Alexei German.

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6.- NATIONAL GALLERY, de Frederick Wiseman.

El admirado y veterano cineasta norteamericano Frederick Wiseman nos encierra en el National Gallery de Londres, uno de los museos más grandes y prestigiosos del mundo, para retratar sus entrañas y memoria, a través de todos los puntos de vista posibles. El cine de Wiseman, que lleva casi medio siglo retratando todo tipo de instituciones y centros, está construido a través de la mirada inquieta y curiosa de un artesano de la narrativa cinematográfica. Wiseman nos muestra a los visitantes, a los empleados del museo, al equipo directivo, como manejan las complejas finanzas, se detiene en las retiradas de las exposiciones y la construcción de las próximas, el deambular continuo en perpetuo movimiento de un centro cultural. El realizador norteamericano filma la mirada serena, la que emplea el tiempo necesario, apoderándose de un ritmo construido a través de la observación y la quietud. En su cine no hay prisas, sino miradas y gestos, belleza por lo que se mira con atención y relajación. Wiseman deja a los espectadores mirar detenidamente su película, acomodarse y dejarse llevar con paciencia las tres horas de metraje. Un cine libre, directo y mágico que nos adentra en un lugar misterioso y evocador, que nos lleva a emocionarnos desde lo íntimo y la libertad de nuestra propia mirada.

7.- UNA PALOMA SE POSÓ SOBRE UNA RAMA A REFLEXIONAR SOBRE LA EXISTENCIA, de Roy Andersson.

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8.- TAXI TEHERÁN, de Jafar Panahi.

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9.- HEIMAT – LA OTRA TIERRA, de Edgar Reitz.

El cineasta alemán lleva dedicado tres décadas a la realización de Heimat, una serie para televisión que arrancó en 1984 y se ha extendido en el tiempo hasta 2004, en el que retrata a una familia para retratar la historia de Alemania del siglo XX. Esta película, filmada en primoroso y cromático blanco y negro, es una precuela de la serie, donde a través de un ficticio pueblo rural, de mediados del siglo XIX, dibuja a la familia Hunsrück. Dividida en dos partes, la primera, Home from Home y la segunda, Chronicle of a Vision, en la que utilizando una descripción detallada de la relación de los personajes y los elementos que les rodean, retrata de forma admirable y ejemplar las diferentes situaciones políticas, sociales, económicas y culturales a las que tienen que enfrentarse los distintos personajes. El punto de vista se reserva al hijo menor, un joven que tiene el sueño de no continuar con la herrería familiar, y convertirse en escritor y emigrar a Brasil, como han ido haciendo la mayoría de los habitantes del pueblo. Una película monumental (se va a los 225 minutos de metraje) de ritmo cadente, y estructura cuidada, nos ofrece una descripción minuciosa del pasado, presente y futuro, no sólo de Alemania, sino de la Europa actual que sigue a la deriva, deshecha y desigual.

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10.- EL CLUB, de Pablo Larraín.

El cine del chileno Pablo Larraín siempre había tenido un componente histórico, desenterrando la memoria de los perseguidos y desaparecidos de la dictadura de Pinochet. En su nuevo trabajo, emprende un camino diferente (aunque uno de los curas tiene un pasado colaboracionista con los militares durante aquel período). Coge a cuatro sacerdotes, al cuidado de una monja, cuatro almas perversas, que tienen que expiar sus pecados en una casa costera alejados de todo y todos. La aparente armonía se verá truncada con la aparición de un sacerdote joven que volverá a sacar las miserias de los cuatro pecadores para que así cada uno se perdone a sí mismo para ser personado por Dios. La aparición de un joven, que fue violado por uno de los curas también alterará ese orden armonioso de pura apariencia en la que se encuentran los expulsados. Film extraño, en el que el cinismo se apodera de sus inquietas y perversas imágenes, de violencia seca y brutal en todos los sentidos. Larraín filma de modo abrupto, extrayendo las miserias y lo terrorífico del ser humano, su mirada se acerca a Haneke o Seidl, en su falsa esperanza en un mundo donde tienen cabida todo tipo de brutalidades y horrores. Una película excelente que duele por su realismo y su mirada atroz.

11.- LOUBIA HAMRA, de Marimane Mari.

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12.- 45 AÑOS, de Andrew Haigh.

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13.- THE ASSASSIN, de Hou Hsiao-Hsien.

Tras ocho años sin filmar largometrajes, el prestigioso cineasta taiwanés Hou Hsiao-Hsien vuelve con una película de artes marciales, (género por antonomasia de la cinematografía China), aunque su mirada está muy alejada de los trabajos de sus coetáneos Kar Wai o Yimou. Hsiao-Hsien opta por un ritmo de otro calibre, más cadente, donde prima la exploración y observación de la complejidad emocional de los personajes, y donde no hay cabida para el espectáculo de las luchas acompañadas de virguerías técnicas. Su película está situada en la China del siglo IX, donde una joven que ha sido criada por una monja como una justiciera asesina, tiene el encargo de acabar con su primo, un tirano despiadado. La película está más cercana a los ejercicios de Bresson con Lancelot du Lac o los western crepusculares de finales de los 50 y principios de los 60. La carga psicológica se antepone al movimiento y la épica, desde un punto de vista elegante y detallista, el realismo del realizador taiwanés sobrecoge y abruma a través del detalle y lo mínimo. Envuelta en una brillante fotografía que además de imprimir una belleza exultante a toda la película, recoge con enorme manejo del detalle todos los movimientos sinuosos, y miradas que se reparten los distintos personajes. Una película enorme, de tempo ajustado, que va apoderándose de los personajes desde lo más bello y personal.