El cine de fuera que me emocionó en el 2015

El año cinematográfico del 2015 ha bajado el telón. 365 días de cine han dado para mucho, y muy bueno, películas para todos los gustos y deferencias. Cine que se abre en este mundo cada más contaminado por la televisión más casposa y artificial, la publicidad esteticista y burda, y las plataformas de internet ilegales que ofrecen cine gratuito. Con todos estos elementos ir al cine a ver cine, se ha convertido en un acto reivindicativo y resistente, y más si cuando se hace esa actividad, se elige una película que además de entretener, te abra la mente, te ofrezca nuevas miradas, y sea un cine que alimente el debate y sea una herramienta de conocimiento y reflexión. Como hice el año pasado por estas fechas, aquí os dejo la lista de 13 títulos que he confeccionado de las películas de fuera que me han conmovido y entusiasmado, no están todas, por supuesto, faltaría más, pero las que están, si que son obras que pertenecen a ese cine que habla de todo lo que he explicado. (El orden seguido ha sido el orden de visión por mi parte)

1.- LEVIATÁN, de Andrei Zvyagintsev.

El director ruso Andrei Zvyagintsev vuelve a los mismos derroteros de su anterior película Elena (2011), si en aquella nos mostraba un retrato sobre la vieja guardia soviética enfrentada a la Rusia de ahora. Ahora, se centra en esa Rusia contemporánea, ese país corrupto, sin ley, dominado por unos señores de maza y azote que siembran el terror allí donde van. Nos habla de Kolia, un mecánico que vive en un pueblo del norte del país, junto a su mujer y el hijo de ésta. El alcalde-cacique del lugar está empeñado en que venda su propiedad de forma legal o ilegal. Zvyagintsev realiza un retrato demoledor de la Rusia actual, donde no existe la democracia ni nada parecido, donde siguen primando valores de otro tiempo basados en el puro terror. El realizador ruso mantiene su estilo narrativo sobrio y realista en el que todo ocurre de forma directa, seca y abrupta, en el que uno de sus fuertes siguen siendo la relación entre los personajes. Cine sin lugar a la esperanza, en el que resultan evidentes sus metáforas que utiliza como reflejo en la descripción de su país, una nación abocada al despilfarro y la apariencia, donde hay monstruos que lo devoran todo.

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2.- RED ARMY, de Gabe Polsky.

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3.- AGUAS TRANQUILAS, de Naomi Kawase.

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4.- PURO VICIO, de Paul Thomas Anderson.

Después de The Master (2011), donde retrataba a aquellos combatientes enloquecidos que volvían de la segunda guerra mundial perdidos y solos, y encontraban refugio en sectas religiosas con trasfondo perverso. Su nueva película es una adaptación de la novela de Thomas Pynchon, donde nos sitúa en la California del 70, a través de un personaje Doc Sportello, un detective privado fumado y perdido en su angustia, que por encargo de su exmujer se involucra en una aventura infernal, sicótica y sucia, donde se tropezará con personajes de toda estofa, hippies trasnochados, flipados de la coca, mujerzuelas interesadas, políticos corruptos y otros, venidos a menos, y toda clase de gentuza y conflictos. Interesante mezcla de comedia y drama, donde la sátira y las situaciones absurdas forman parte de este paisaje enfermo y codicioso. Película visagra, que habla del fin de una época y el comienzo de otra, donde encontramos personajes aferrados a los 60, donde todo lo que soñaban no fue, y ahora en los 70, se daba la bienvenida a un tiempo de especulación, de falsa vida, enfermo de codicia y poder, y tremendamente vacío y miserable. Otro de sus grandes aciertos es la tremenda interpretación de un irresistible Joaquin Phoenix, fantástico en su rol, uno de esos seres que se ha quedado en medio de la nada, en un limbo lleno de soledad y perdición, en el que lo único que le traería paz y armonía sería la vuelta de su mujer.

5.- QUE DIFÍCIL ES SER UN DIOS, de Alexei German.

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6.- NATIONAL GALLERY, de Frederick Wiseman.

El admirado y veterano cineasta norteamericano Frederick Wiseman nos encierra en el National Gallery de Londres, uno de los museos más grandes y prestigiosos del mundo, para retratar sus entrañas y memoria, a través de todos los puntos de vista posibles. El cine de Wiseman, que lleva casi medio siglo retratando todo tipo de instituciones y centros, está construido a través de la mirada inquieta y curiosa de un artesano de la narrativa cinematográfica. Wiseman nos muestra a los visitantes, a los empleados del museo, al equipo directivo, como manejan las complejas finanzas, se detiene en las retiradas de las exposiciones y la construcción de las próximas, el deambular continuo en perpetuo movimiento de un centro cultural. El realizador norteamericano filma la mirada serena, la que emplea el tiempo necesario, apoderándose de un ritmo construido a través de la observación y la quietud. En su cine no hay prisas, sino miradas y gestos, belleza por lo que se mira con atención y relajación. Wiseman deja a los espectadores mirar detenidamente su película, acomodarse y dejarse llevar con paciencia las tres horas de metraje. Un cine libre, directo y mágico que nos adentra en un lugar misterioso y evocador, que nos lleva a emocionarnos desde lo íntimo y la libertad de nuestra propia mirada.

7.- UNA PALOMA SE POSÓ SOBRE UNA RAMA A REFLEXIONAR SOBRE LA EXISTENCIA, de Roy Andersson.

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8.- TAXI TEHERÁN, de Jafar Panahi.

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9.- HEIMAT – LA OTRA TIERRA, de Edgar Reitz.

El cineasta alemán lleva dedicado tres décadas a la realización de Heimat, una serie para televisión que arrancó en 1984 y se ha extendido en el tiempo hasta 2004, en el que retrata a una familia para retratar la historia de Alemania del siglo XX. Esta película, filmada en primoroso y cromático blanco y negro, es una precuela de la serie, donde a través de un ficticio pueblo rural, de mediados del siglo XIX, dibuja a la familia Hunsrück. Dividida en dos partes, la primera, Home from Home y la segunda, Chronicle of a Vision, en la que utilizando una descripción detallada de la relación de los personajes y los elementos que les rodean, retrata de forma admirable y ejemplar las diferentes situaciones políticas, sociales, económicas y culturales a las que tienen que enfrentarse los distintos personajes. El punto de vista se reserva al hijo menor, un joven que tiene el sueño de no continuar con la herrería familiar, y convertirse en escritor y emigrar a Brasil, como han ido haciendo la mayoría de los habitantes del pueblo. Una película monumental (se va a los 225 minutos de metraje) de ritmo cadente, y estructura cuidada, nos ofrece una descripción minuciosa del pasado, presente y futuro, no sólo de Alemania, sino de la Europa actual que sigue a la deriva, deshecha y desigual.

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10.- EL CLUB, de Pablo Larraín.

El cine del chileno Pablo Larraín siempre había tenido un componente histórico, desenterrando la memoria de los perseguidos y desaparecidos de la dictadura de Pinochet. En su nuevo trabajo, emprende un camino diferente (aunque uno de los curas tiene un pasado colaboracionista con los militares durante aquel período). Coge a cuatro sacerdotes, al cuidado de una monja, cuatro almas perversas, que tienen que expiar sus pecados en una casa costera alejados de todo y todos. La aparente armonía se verá truncada con la aparición de un sacerdote joven que volverá a sacar las miserias de los cuatro pecadores para que así cada uno se perdone a sí mismo para ser personado por Dios. La aparición de un joven, que fue violado por uno de los curas también alterará ese orden armonioso de pura apariencia en la que se encuentran los expulsados. Film extraño, en el que el cinismo se apodera de sus inquietas y perversas imágenes, de violencia seca y brutal en todos los sentidos. Larraín filma de modo abrupto, extrayendo las miserias y lo terrorífico del ser humano, su mirada se acerca a Haneke o Seidl, en su falsa esperanza en un mundo donde tienen cabida todo tipo de brutalidades y horrores. Una película excelente que duele por su realismo y su mirada atroz.

11.- LOUBIA HAMRA, de Marimane Mari.

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12.- 45 AÑOS, de Andrew Haigh.

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13.- THE ASSASSIN, de Hou Hsiao-Hsien.

Tras ocho años sin filmar largometrajes, el prestigioso cineasta taiwanés Hou Hsiao-Hsien vuelve con una película de artes marciales, (género por antonomasia de la cinematografía China), aunque su mirada está muy alejada de los trabajos de sus coetáneos Kar Wai o Yimou. Hsiao-Hsien opta por un ritmo de otro calibre, más cadente, donde prima la exploración y observación de la complejidad emocional de los personajes, y donde no hay cabida para el espectáculo de las luchas acompañadas de virguerías técnicas. Su película está situada en la China del siglo IX, donde una joven que ha sido criada por una monja como una justiciera asesina, tiene el encargo de acabar con su primo, un tirano despiadado. La película está más cercana a los ejercicios de Bresson con Lancelot du Lac o los western crepusculares de finales de los 50 y principios de los 60. La carga psicológica se antepone al movimiento y la épica, desde un punto de vista elegante y detallista, el realismo del realizador taiwanés sobrecoge y abruma a través del detalle y lo mínimo. Envuelta en una brillante fotografía que además de imprimir una belleza exultante a toda la película, recoge con enorme manejo del detalle todos los movimientos sinuosos, y miradas que se reparten los distintos personajes. Una película enorme, de tempo ajustado, que va apoderándose de los personajes desde lo más bello y personal.

 

Qué difícil es ser un dios, de Aleksei German

Qu_dif_cil_es_ser_un_dios-808171768-large LA BARBARIE EN ESTADO PURO

Arranca la película con un narrador en off que nos explica, frente a una imagen de un pueblo nevado, que nos encontramos en el planeta Arkanar, donde reina un régimen tiránico y se vive igual que hace 800 años, en plena edad media, siguiendo las estructuras de un sistema feudal. Nos presentan a Don Rumata, un caballero de armadura brillante, que tiene incrustado en la frente una joya y todos le atribuyen un poder divino, se ha erigido como el dueño, señor y dios de todos. A este dios se le ha atribuido una misión que cumplir, eliminar a los intelectuales del planeta. El cineasta Aleksei German (1938-2013), de filmografía breve, sólo 6 títulos, se embarcó en el año 2000 en el proyecto de su vida, que ya quiso llevar a cabo en el momento de la publicación del libro en 1969, una novela publicada por los hermanos Arcadi y Boris Strugatski (responsables también de las obras  Stalker (1979), dirigida por Tarkovski, y Días de eclipse (1988), de Sokurov). La novela  ya fue llevada al cine en 1989 por el alemán Peter Fleischmann con el título El poder de un dios, pero con resultados academicistas y estéticos que no agradaron a los escritores que la repudiaron públicamente. German tampoco  pudo hacerlo en aquel 1969, porque los tanques soviéticos invadieron Praga y las autoridades se lo prohibieron, ya que encontraban muchas similitudes con el poder gris. La segunda tentativa fue durante la prerestroika de Gorvachov, pero German pensó que sería un tema que no interesaría. Por fin, en el año 2013, ha visto la luz, después de un titánico esfuerzo de 13 años.

German nos sumerge en un inframundo donde sus personajes se mueven entre lo orgánico (saliva, mocos, heces, orina, vómitos, sudor, barro y sangre), donde una cámara, a través de planos secuencia (a la manera de Jancsó), penetra traspasando las paredes, los cuerpos y toda clase de objetos que se va encontrando a su paso. Una película filmada en un prominente blanco y negro (como casi toda la filmografía de su director), unos  escenarios de poderosos colores grisáceos, fielmente reconstruidos que respiran y exhalan toda la podredumbre y miseria, tanto moral como física, que asola la región. Unos hombres y mujeres que pululan como animales heridos y hambrientos, que se mueven en un reino caótico y podrido, en un planeta contaminado por la guerra y la barbarie, en un mundo harapiento de odios y mentiras. Un punto de vista completamente subjetivo donde la cámara flota de un personaje a otro, siguiendo los movimientos  torpes y lentos de Don Rumata, una cámara que se acerca de forma brutal, (casi chocando contra ellos, en encuadres difíciles e imposibles), a los personajes, en los interiores, entre las interminables estancias y mazmorras que están asfixiadas de gente de toda clase y estofa (criados deformes, esclavos ancianos, señoras obesas, mujeres dementes y demás seres vivientes de profunda animalidad que se pelean , y se humillan constantemente, soldados de La orden que asesinan impunemente, y señores altivos, etc…).

Don Rumata parece ser el único capaz de encontrar algún resquicio de luz ante semejante panorama de oscuridad y terror. Una obra de profundas actualidad, donde alguien se enfrenta al poder de lo establecido, para salvaguardar el arte y la poesía del mundo. Una película que nos remite al expresionismo, al imaginario y cinematografía de Jerzy Kawalerowicz, al Welles de Macbeth (1948), Otelo (1952), pero sobre todo a Campanadas a medianoche (1965), a Bresson de Lancelot du Lac (1974), y la pintura de Brueghel. La obra póstuma de un grandísimo creador, una película monumental, prominente, majestuosa e hipnótica, de belleza fascinante y conmovedora, de virtuosismo técnico, que subyuga y atrapa a todos aquellos espectadores que quieran viajar durante sus 170 minutos brutales y brillantes hasta la época del renacimiento que se encuentra perdida en los confines de la humanidad.