La tercera esposa, de Ash Mayfair

EL VIAJE DE MAY.

Nos encontramos a finales del siglo XIX, en una zona rural de Vietnam, y conocemos a May, de 14 años, que se ha convertido en la tercera esposa de Hung, un rico terrateniente mucho mayor que ella, para saldar la deuda de su padre. Las primeras imágenes de la película evidencian su estilo formal y detallista en capturar los movimientos de los personajes, ceremoniosos en los detalles y la gestualidad, y en filmar los escenarios desde la estaticidad de la cámara, que espera pacientemente a los personajes, y documenta las tradiciones y costumbres a los que son sometidos diariamente. La debutante Ash Mayfair (Ho Chi Minh, Vietnam, 1985) se lanza al largometraje, después de dirigir un buen puñado de obras de teatro y cortometrajes, galardonados internacionalmente, con la historia de un viaje, el viaje de May, que llega a ese lugar que será su casa siendo una niña, y la veremos pasando a ser mujer, esposa, amante y finalmente, madre. Para May todo es nuevo, un mundo desconocido y secreto, donde rigen unas normas establecidas y rectas que hay que cumplir, donde el poder masculino no se discute, se obedece, en un sistema patriarcal, machista y conservador, donde la religión y sus ceremonias dictan la vida de las mujeres.

Mayfair aborda su relato desde el alma de May, a partir de sus sentimientos, describiendo con sumo detalle y especial sensibilidad todas las experiencias emocionales de la adolescente, y como su sexualidad se va desarrollando a medida que va teniendo los diferentes descubrimientos que la van sumergiendo en un mundo sensual, erótico y lleno de vida. Asistiremos a la casi invisibilidad del principio, donde May deberá adaptarse a ese nuevo mundo para ella, a los rituales y al mandato de su marido y la convivencia con las otras dos esposas, desde el silencio hasta la visibilidad, la iremos acompañando por las diferentes fases de adentro hacia afuera, como su primera experiencia sexual con su marido, totalmente insatisfactoria, o el descubrimiento de la sexualidad placentera, a través de la relación prohibida de Xuan, la segunda esposa y el hijo del señor, concebido con la primera esposa, y finalmente, el amor puro y sin ataduras que May sentirá por Xuan, y todas las partes positivas y negativas de estar enamorado, un amor oculto, entre las brumas de la noche, un amor imposible, un amor callado, un amor que no puede ser.

Quizás la película, en algunas ocasiones, se ensimisma dentro de su forma, y la contención que imprime a los personajes y las secuencias, pueden resultar demasiado estáticas, como si lo más importante fuese el caparazón y no el contenido, sin embargo, la película consigue introducirnos con suavidad y belleza a ese ritmo de vida, mostrando una visión tradicional y conservadora que sigue rigiendo en muchos países actuales, y la confrontación ancestral entre lo tradicional y la libertad individual de cada uno, esa lucha eterna entre la sociedad y sus costumbres contra la independencia personal de cada individuo, donde la religión como centro de la vida cotidiana marcan la aparente armonía, donde las mujeres son las principales damnificadas, donde su voluntad no existe y están sometidas y esclavizadas constantemente a la voluntad y los deseos de los hombres. Una película deudora de las películas de Mizoguchi, que también exploró el universo interior femenino, a través de sus detalles, de sus gestos y deseos ocultos, con todo aquello que evidenciaban, y aquello que callaban.

La directora vietnamita cuenta con un buen reparto, donde destaca la naturalidad y las miradas que destilan estas mujeres, todo lo que expresan, y tamibén, todo lo que callan, huye de cualquier forma manierista o condescendiente con las mujeres, auténticas protagonistas de la película, sino que opta por una película más compleja y sumamente delicada, su crítica nace desde el alma de sus mujeres, su fábula nos habla a hurtadillas, muy cerca de nosotros, explorando cada poro de sus pieles, cada mirada que se dedican, cada gesto, por banal que sea, sumergiéndonos en la intimidad de cada una de ellas, mostrando su erotismo, su sensualidad y todo el amor oculto y prohibido que desprenden, filmando su invisibilidad durante el día, y haciéndolas muy visibles durante la noche, entre sábanas, entre pieles y a escondidas, ocultas de la mirada masculina, donde el deseo y el amor contaminan cada encuadre, y donde descubrimos el amor de verdad, aquel en que dos seres, en este caso, dos mujeres, se aman en libertad, aunque sea poca, pero con libertad y voluntariamente, como veremos también en los momentos sexuales de Xuan con el hijo del marido.

Mayfair nos habla de May, y por todos los procesos que vivirá, descubrirá, y también, sufrirá, en un mundo apartado para ella, muy ajeno, que iremos de la mano con ella, porque desconocemos su pasado, de dónde viene, y quién era hasta ese momento, una recién llegada, alguien que iremos descubriendo en su intimidad y también, con la relación que mantiene con las otras dos esposas, con la más veterana, la más apartada, la que tuvo su vida marital y ahora, vive en la tristeza por el rechazo y la imposibilidad de traer más hijos. Luego está Xuan, con su belleza plena y sensual, que desprende sexualidad y deseo, que no ha podido darle un varón al marido, y mantiene una relación prohibida, y May, que se enamorará de Xuan, y descubrirá el amor, el deseo y todo lo que eso conlleva, en un cuento femenino sobre el amor, el sexo, lo prohibido y lo oculto, todo aquello que vemos, y todo aquello que oculta vive en nuestra alma, bullendo a cada instante.

Dantza, de Telmo Esnal

BAILAR, BAILAR Y BAILAR.

“Dantza hau amaitu lehen utzi gaituzuenoi”

La película se abre de manera sencilla y a la vez, espectacular, en la que su obertura nos remonta a la propia génesis de la tierra, de la naturaleza, en la que de forma brillante nos sitúa en las Bardenas Reales, desierto de tierra y roca plana y seca, en que un hombre vestido de forma tradicional y con la azada al hombre se dirige con paso firme hacia un lugar. Se detiene en una planicie, donde se puede divisar parte del lugar, comienza a surcar la tierra seca y bañada por el sol radiante, lo hace como si se tratara de un ritmo musical, casi sin darnos cuenta, un grupo de más de una decena de hombres llegan a su encuentro y comienzan a seguirle el ritmo. En un instante, el hombre se detiene y comienza a bailar de forma tradicional, unos cuantos lo siguen, luego los demás, y así sucesivamente. La tierra, la naturaleza, la vida, el movimiento casan de forma mágica, como si todo perteneciera a ese todo que danza en hermandad con el universo. Después de presenciar este baile, desde la tierra seca, a la que caerá lluvia, emergerá una planta y luego un árbol, del cual nacerán unas figuras que vestidas de colores vivos y radiantes, danzando a ritmo pausado y ceremonioso en torno al árbol, sujetadas a través de siete lianas, en una explosión brutal e incesante de vida, naturaleza y danza.

El tercer largometraje de Telmo Esnal (Zarautz, Gipuzkoa, 1967) se sumerge en las danzas tradicionales vascas para contarnos un relato cíclico, donde arrancamos con el nacimiento de la naturaleza, con sus elementos de tierra, agua, fuego y aire, para seguir con los hombres y mujeres que sembrarán esa tierra y luego recogerán sus frutos. El director vasco nos sumerge en las diferentes danzas, a modo de “Tableau Vivant” en movimiento, en el que se van sucediendo las diferentes coreografías (obra del afamado Juan Antonio Urbeltz, que se reserva una breve presencia en el instante donde un grupo numeroso baila al son de la música en un pueblo) en la que cada uno representa las diferentes costumbres ancestrales, cuando hombres y mujeres vivían en consonancia con la naturaleza y sus diferentes ritmos, donde los cuerpos se dejan llevar por el ritmo de las diferentes músicas (obras de los historiadores musicólogos Marian Arregi y su hijo Mikel Urbeltz, arregladas por Pascal Gaigne, autor entre otras de Loreak, Handia o el cine de Bollaín) ataviados por diferentes trajes tradicionales que van escenificando los diferentes motivos y costumbres de antaño.

La película nos lleva por diferentes espacios, como en la citada Bardena con el sol como compañía, en una cueva, sobre el agua, sobre la piedra a la luz de la luna, dejándose llevar por las calles y la plaza del pueblo, guiados por la fiesta, todos al unísono, celebrando la cosecha, donde el amor despertará, y también, en el interior de talleres y casas, o en monumentos en mitad del bosque, en una explosión de cuerpos, movimientos, colores y bellísimas imágenes que van acompañando las diferentes danzas, con ese vestuario de infinitos colores y heterogéneo, que va desde la ropa sencilla medieval hasta lo más extraño e inquietante (obra de Arantxa Ezquerro, que ya había hecho el de La novia)  en que la luz va dibujando con maestría y belleza los movimientos de los bailes (obra de Javier Agirre, colaborador del propio Esnal, Altuna y los creadores de Loreak, y Handia), donde la película recuerda a los musicales atípicos y visuales de Carlos Saura sobre el flamenco, y en otros instantes, parece absorver la magia del Rohmer de El romance de Astrea y Celadón o el Maravilloso Boccaccio de los Taviani.

La película irradia vida y alegría, donde lo tradicional deviene modernidad, donde cada instante se convierte en esencial, a través de su inmensa factura visual, donde todo es posible, donde todo casa de forma extraordinaria, convirtiendo lo más cotidiano en universal, y viceversa, donde la belleza lo impregna todo, hasta el movimiento más imperceptible, en el que todo parece moverse en un orden universal, y a la vez, caótico, en el que lo tradicional y las formas de vida ancestrales se convierten en el epicentro de la película, en el que los bailes nos van guiando, sin necesidad de diálogos, donde la danza y la música, nos explican todos los pormenores y diferentes relaciones personales y con la naturaleza que se van sucediendo al ritmo brutal y espectacular de los bailes., en que el extraordinario montaje firmado por Laurent Dufreche (responsable entre otras de El cielo gira, Amama o Handia) capta de forma extraordinaria y activa, captando con detalle y precisión de cirujano todos los movimientos veloces y bellos de los diferentes bailarines y bailarinas.

Esnal ha construido un maravilloso y espectacular poema visual, que nos invita a viajar sobre las danzas y costumbres ancestrales, sumergiéndonos en un película hipnótica e inabarcable, llena de luz, de amor, de pasión, de belleza, de poesía, donde todo empieza y finaliza de forma espectacular, en el que las danzas nos hipnotizan y nos dejamos llevar por ese universo donde lo tradicional y lo antiguo toma nuestras vidas, y nos atrapa convirtiéndonos en espectadores activos y fascinados por esas danzas, esos movimientos, donde todo tiene vida, tiene amor, tiene libertad, en que tantos hombres y mujeres dialogan a través de sus pasos, sus ritmos y sus acrobacias imposibles, en qué todo el cuerpo nos explica emociones a raudales, donde el verbo desaparece para dejar paso al cuerpo y sus movimientos, donde la danza nos explica todo el mundo, toda la vida y todo lo que nos rodea, incluso aquello que no vemos, pero podemos sentir. Una película de una belleza inusitada, acaparadora para todos nuestros sentidos, que se mueve desde lo más mundano e íntimo hasta aquello más universal e inalcanzable, porque todo este mundo y todo aquello que podemos ver, y lo que no, no tiene porqué tener explicación, sólo hace falta sentirlo, dejarse llevar por las emociones, simplemente bailar, bailar y bailar.