Lo que dirán, de Nila Núñez

QUIÉNES SOMOS.

“Lo más importante es que nosotras tenemos algo que decir y ellos necesitan escuchar eso”.

En los últimos tiempos, el cine español más arriesgado y personal, aquel que huye de los convencionalismos, el que más mira a su entorno y la sociedad que lo rodea, se ha destapado de forma sincera y realista, hablándonos sobre la adolescencia, pero no una adolescencia arquetipo y llena de territorios transitados, la que todos esperan, sino todo lo contrario, aproximaciones al universo adolescente desde una perspectiva interior, desde sus miradas más personales, sus conversaciones más íntimas y sus reflexiones más internas, películas ancladas en un marco documental, obras como Quién lo impide, de Jonás Trueba, que agrupa varios largometrajes en torno a mirar la adolescencia, sus protagonistas y escuchar sus diálogos, sus pensamientos y su mundo, igual que < 3, de María Antón Cabot, en la que siguiendo unos caminos parecidos al proyecto de Jonás Trueba, se lanza a investigar en el parque del Retiro de Madrid, como unos adolescentes pasan las tardes de verano, enrollados con las nuevas tecnologías, sus (des) amores y demás situaciones típicas de su edad.

Lo que dirán vendría ser el vértice de este triángulo, ya que vuelve su mirada al mundo de los adolescentes, en su caso, a dos chicas, Aisha y Ahlam, dos alumnas de Barcelona que emprenden su trabajo final sobre el hiyab, el velo islámico, y sobre como dos adolescentes educadas en un entorno musulmán, viven sus propias contradicciones, reflexiones y demás conflictos personales como externos derivados a la prenda de vestir, dos amigas, musulmanas, pero con formas de entender la religión y al vida desde puntos de vista muy distintos, porque Aisha lleva el velo, es familiar, reservada y obediente, en cambio, Ahlam, es todo lo contrario, no lleva el velo, se muestra extrovertida y rebelde. La directora Nila Núñez (Barcelona, 1993) se cruzó con Aisha y Ahlam y encontró su corto de final del Máster en Teoría y Práctica del Documental Creativo de la UAB, aunque la historia creció y se ha convertido en su primer largometraje, en el que filma las conversaciones de las dos chicas, sus ideas, reflexiones, conflictos, su relación familiar, sus relaciones con los demás compañeros o esas miradas inquisitorias de la calle y la sociedad, en unos diálogos que nacen desde el alma, desde lo más profundo de cada una de ellas, mientras Núñez las filma y sobre todo, las escucha, en un retrato sincero y profundo, donde lo más íntimo y cotidiano acaba trascendiendo en una mirada crítica sobre la sociedad y sus prejuicios sociales.

La directora barcelonesa filma a sus protagonistas tanto en un espacio íntimo y doméstico, mientras se maquillan, se visten y juegan, como dirá una de ellas, y en ese otro espacio, el exterior, cuando asisten a clase mientras tienen un debate sobre su condición de adolescentes, sus sueños, sus (des) ilusiones y sus relaciones con sus progenitores, no siempre bien avenidas. También, las vemos relacionándose con sus otros compañeros, en conversaciones sobre el hiyab y él porque lo llevan o no, y los conflictos que esa decisión conlleva, o mientras practican deporte a las miradas de los demás. Núñez ha construido una película sencilla y muy cercana, que bulle como si la pudiéramos tocar, como si fuese un cuerpo orgánico, porque nos habla con total desnudez y sin tapujos sobre adolescencia, identidades, religión y educación sin ser una película ideada para ello, sino desde lo más alejo posible de esa intención, capturando con su cámara de manera observacional todo aquello que acontece frente a ella, desde la cineasta humilde y sobre todo, inquieta.

Núñez destaca por su forma sensible y directa de capturar a sus adolescentes, como una especie de diario filmado en que se va construyendo la verdad o la realidad, como quieran llamarla, que una vez filmada y editada, adquiere connotaciones que van más allá de aquello que estamos viendo, produciendo un efecto revelador en el que las conversaciones íntimas de dos adolescentes musulmanas en un país extranjero y sus relaciones con esa sociedad y entorno, acaban convirtiendo la película en un claro ejemplo de la complejidad que provoca las diferentes culturas en nuestras sociedades, y las formas que tenemos de afrontar esas realidades tan distintas y ajenas a nosotros, y no solo eso, sino también, la película es un retrato profundo y sincero sobre las propias contradicciones del ser humano, como aclarará una de las chicas, de nuestros deseos, ilusiones, miedos propios de la adolescencia, cuando nos estamos descubriendo a nosotros mismos y estamos en pleno proceso de convertirnos en adultos, en ese tiempo de transición, donde todavía todo está por definirse, donde todo se está haciendo, quizás el mejor período para emprender nuestro propio camino en la que iremos formándonos como personas y descubriéndonos como somos, como queremos ser y qué hacemos para llegar a ello. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA


<p><a href=”https://vimeo.com/227462263″>LO QUE DIR&Aacute;N (Trailer Esp)</a> from <a href=”https://vimeo.com/uabmasterdoc”>UAB M&aacute;ster Documental Creativo</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>

Entrevista a Ramón Lluis Bande

Entrevista a Ramón Lluis Bande, director de la película “Cantares de una revolución”, en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Pulitzer en Barcelona, el miércoles 1 de mayo de 2019.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ramón Lluís Bande, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Carlos Losilla, y al equipo del D’A Film Festival, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

entrevista

El creyente, de Cédric Kahn

REDIMIRSE CON DIOS.

“Eres como los demás, no hay ninguna razón para que no lo logres”.

Thomas tiene 22 años, es un joven impetuoso y rebelde, acarrea una grave adicción a las drogas debido a un pasado familiar tortuoso que lo ha convertido en alguien solitario, irascible y con un fuerte carácter violento. Thomas llega al centro de recogimiento religioso y espiritual para enderezar su vida, para dejar todo mal y empezar de nuevo. Un centro donde jóvenes adictos viven internos y son separados por sexos y trabajan en hermandad, cultivando amistades y sobre todo, estudian y rezan a Dios como único camino de salvación. La octava película de Cédric Kahn (Crest, Francia, 1966) vuelve a sus individuos, sobre todo, jóvenes que pueblan su filmografía, jóvenes de vidas difíciles, angustiosas y a contra corriente como el chaval que espía a su vecina en Bar des rails (1991) su debut en el cine. O aquella que se enamoraba del adulto y lo transportaba por un mundo de obsesiones sin retorno en Tedio (1998) o el Kurt que se escondía en la personalidad de un asesino en Roberto Succo (2001) o los hermanos que se escondían con su padre huido en Vida salvaje (2014). Chavales solitarios, de vidas en continuo conflicto y sobre todo, de personalidad difícil como el joven Thomas.

El cineasta francés nos cuenta el relato a través de la mirada de Thomas, su llegada al centro, en mitad de unas cimas rodeadas de montañas afiladas, sus primeros días, muy difíciles y problemáticos, llenos de situaciones violentas tanto con Marco, uno de los tutores como con algún que otro interno como él. Poco a poco, vamos viendo su apertura a los demás, la revelación de sus traumas y la forma de encararlos, generando esos vínculos con aquellos que conviven con él, como el propio Marco, y sobre todo, con Pierre, un interno más longevo que él, que se convertirá en una especie de hermano mayor que lo acogerá y lo guiará. O el momento crucial en su estancia en el centro, cuando conoce a Sybille, la hija de unos proveedores, que sueña con ser antropóloga y viajar a España. Entre los jóvenes nacerá un amor que cambiará soberanamente la actitud de Thomas.

Kahn nos habla de fe católica, de métodos educativos y redención, pero sin hacer alabanzas de la religión, sino dejando que la duda se convierta en el centro de la película, exponiendo las verdades y mentiras de cada personaje, con sus dudas correspondientes, dejando al espectador que tome sus propias decisiones respecto a lo que se cuenta en la película, decisión muy acertada para el manejo de la historia y los temas que trata, que no son baladí. Quizás, el camino redentor que experimenta Thomas pudiera resultar demasiado evidente, pero la película sabe manejar y sorprender con el entuerto, ya que nos tiene guardadas algunos interesantes giros de guión en la trama que la hace más compleja aún si cabe, y mucho más atractiva para el espectador. La obra recoge muchos de los ambientes y personajes que rigen en el universo de los hermanos Dardenne, ya que Thomas podría ser uno de esos chicos perdidos y de fuerte carácter que tan bien describen y cuentan los cineastas belgas. También, el centro religioso, que en algunos instantes de la película, tenemos la sensación de estar viendo un documental sobre el centro, por la veracidad que se nos cuentan los hechos, su cotidianidad, poblaba de cantos espirituales y oraciones, y la fraternidad que hacen gala sus internos, así como el retrato de sus personajes, nos lleva a pensar en esa atmósfera que reina en el cine de Ulrich Seidl, en su retrato de esos espacios de fe y redención donde más que redimir abundan las taras de una forma casi castrense y sectaria.

Kahn nos lleva de la mano por el camino redentor o no que experimenta su joven protagonista, en unos momentos nos agarra con fuerza y en otras, nos deja libres, filmando al sorprendente y brillante Anthony Bajon (que ya había trabajado con autores de renombre como Techiné o Doillon) componiendo un chaval de gran personalidad, con muchas capas y formas de expresarse y relacionarse. A su lado, Damiene Chapelle dando vida a Pierre, casi un guía redentor de Thomas y su fiel compañero, el siempre convincente y sobrio Alex Brendemühl como Marco, Louise Grinberg dando vida a Sybille, esa luz que guía a Thomas, y finalmente, la veterana Hannah Schygulla, como la Hermana Myriam, fundadora del centro, en uno de esas intervenciones que se recuerdan. Kahn ha construido una película sobre el amor, la fe, la amistad y la fuerza interior de cada uno, de esas cosas que tenemos en nuestro mundo interior, que en ocasiones, quizás muchas, nos negamos a ver, nos auto engañamos para creernos lo que no es, para seguir caminando aunque sepamos que no es nuestro camino. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA