1945, de Ferenc Török

DESENTERRAR LOS PECADOS.

Un caluroso día de agosto de 1945, bajan del tren dos judíos ortodoxos que transportan dos baúles, y se encaminan en dirección a un pequeño pueblo de la Hungría rural. El pueblo se prepara para la boda del hijo del secretario municipal, aunque, la llegada de los forasteros agitará a sus habitantes y despertará lo más oscuro de su pasado reciente. El sexto trabajo del cineasta Ferenc Török (Budapest, Hungría, 1971) basado en el relato corto Hazatérés (Regreso a casa) de Gábor T. Szántó, coguionista junto al director de una película que recupera el aroma de los mejores westerns como Sólo ante el peligro (Fred Zinnemann, 1955) o Conspiración de silencio (John Sturges, 1955) dramas vestidos de tragedia griega, donde la aparición de alguien que viene de fuera, ya sea en son de paz o todo lo contrario, afectará de manera crucial a los habitantes del pueblo, seres que tienen mucho que esconder y más que callar, porque ese pasado violento que creían enterrado y olvidado, volverá a sus mentes atormentándolos. La película vuelve la mirada hacia el pasado más ignominioso de la historia de Hungría y tantos países de su alrededor, durante la ocupación nazi, centrándose en la condena y expulsión de muchos judíos de los pueblos y ciudades, y posteriormente, arrebatándoles sus viviendas y negocios.

Una cinta sobre el pasado oscuro, sobre tantos episodios violentos sufridos por unos y perpetrados por otros, donde la llegada de los extraños despertará fantasmas del pasado, viejas rencillas y demás aspectos violentos que tanto tiempo han estado ocultos y aparentemente olvidados, dentro de una película que se enmarca en un período concreto, cuando al final de la segunda guerra mundial, y una vez vencido el fascismo, el comunismo todavía no había llegado, en ese tiempo de transición donde todavía había tiempo para la esperanza y construir una sociedad diferente (con la atenta mirada de los soldados soviéticos que ya empezaban a llegar). Los poderes facticos del pueblo se verán amenazados y convulsos por esas figuras negras y caminantes que se aproximan al pueblo, quizás para reclamar lo que es suyo, aquello que les fue arrebatado injustamente, el temor a perderlo todo, a enfrentarse a su pasado violento, será el detonante para que unos y otros, se muevan con rapidez y preparándose para esa amenaza que se cierne sobre sus vidas.

El representante municipal, además de dueño de la tienda del pueblo, junto con el sacerdote, y finalmente, un tipo que anda borracho y traumatizado por ese pasado que por más que lo intente, no ha podido olvidar. Török sigue explorando los avatares históricos que han sacudido su país desde el final de la segunda guerra mundial, aspectos recurrentes en su filmografía, como la ocupación soviética, el final del comunismo, y los primeros años de la “democracia” en Hungría, temas que el director húngaro lo ataja desde la variedad de los puntos de vista, y cómo el ser humano se ve sujeto a las decisiones políticas que casi nunca van en consonancia con las necesidades de los más necesitados. En su sexto largometraje construye un drama seco, áspero, de gran tensión psicológica, donde sus personajes se mueven por instinto, arrastrando ese miedo que acecha, ese miedo que les devuelve a su sitio, que les despierta lo peor de cada uno de ellos, un miedo que te agarra y no te suelta hasta dejarte seco y herido de muerte.

Török imprime a su relato un forma estilizada en la que aporta un primoroso y sobrio blanco y negro, obra del veterano cinematógrafo Elemér Ragályi, curtido en mil batallas, que realiza un trabajo espléndido, dotando al filme de una extraña luz, con esas figuras negras (como si sus habitantes más que asistir a una boda fueran a un funeral) rodeados de esa tierra quemada, esas casas pálidas, con sus calles polvorientas, y esos interiores mortecinos, en el cada encuadre está sujeto a la perspectiva de los aledaños mirando de hurtadillas a través de ventanas, de puertas, como si toda esa nube negra disfrazada de pasado se cerniera sobre el pueblo como una tormenta amenazante que acabará con todos, y se los llevará hasta el mismísimo averno, con ese calor abrasador que atraviesa a unos personajes acostumbrados a permanecer en silencio, ya que tienen mucho que callar, y a mentirse entre ellos, a no soportar la asfixia de los sitios cerrados y pequeños, y no dejarse llevar por lo que sienten, como les ocurre al triángulo amoroso de los jóvenes que estructura el drama de la cinta, quizás el elemento esperanzador de un futuro que parecía prometedor.

Török se acompaña de un extraordinario reparto coral, con esa veracidad y naturalidad fantástica, en la que plantea una película de ritmo pausado y tenebroso, en el que sus 91 minutos pasan de manera vertiginosa, encauzando unas tres horas de duración real de la historia, desde que llegan los forasteros hasta que hacen su cometido, donde la acción se agarra al interior de los personajes, que sufren y sienten el peligro que les amenaza, donde el estallido de violencia se palpa en cada calle, cada habitación y cada rincón del pueblo, y las miradas de los habitantes, que se mueven como alimañas intentando huir de ellos mismos y de paso, expiar sus pecados, aquello del pasado que ocurrió y quieren olvidar o simplemente no hablar de ello, aunque no todos lo consiguen. Una drama sobre los aspectos más oscuros de las guerras, sobre la condición humana, su miedo, su egoísmo y su avaricia, donde unos ganan y otros sufren esa victoria, porque nunca hay salvadores de la patria, sino algunos que aprovechan las circunstancias para vencer al más debilitado, y de esa manera, seguir escalando en su posición social y económica.


<p><a href=»https://vimeo.com/255395726″>Trailer 1945 – VOSE</a> from <a href=»https://vimeo.com/festivalfilms»>FESTIVAL FILMS</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

 

En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi

¿QUÉ SOÑASTE ANOCHE?.

Un nuevo día, un día como otro cualquiera, en un matadero de cualquier ciudad europea, sus empleados se mueven mecánicamente por las diferentes salas, haciendo su trabajo como cada día. Se reúnen en el comedor para ingerir alimentos, todos se mueven de manera tranquila y mecánica, pero, nos quedamos viendo a uno de ellos, Endre, el maduro director financiero, impedido de un brazo, que come el estofado que más le gusta. De repente, algo llama su atención, se trata de Mária, una joven atractiva que es la nueva inspectora de sanidad. El séptimo trabajo de Ildikó Enyedi (Budapest, 1955) después de un largo período sin dirigir largometrajes, 18 años exactamente, dedicados a la enseñanza, a trabajos en campos como el documental, el cortometraje o la televisión, después de su celebrado Mi siglo XX, debut allá por 1989, premiado en Cannes y en innumerables festivales, y elegida como una de las mejores películas del cine húngaro. La cineasta húngara nos cuenta una peculiar y original historia de amor, dos seres antagónicos aparentemente pero con grandes similitudes emocionales, que descubren por azar que sueñan lo mismo. Sueñan con dos ciervos, macho y hembra, que se encuentran en un bosque nevado rumiando, buscando comida, bebiendo de un arroyo, etc.

Enyedi construye su película de forma sencilla y austera, situándonos en apenas algunos espacios, el matadero, por el día, con los quehaceres mecánicos y asépticos, donde la mecanización absorbe cualquier vestigio de humanidad, ya no digamos las relaciones superficiales que allí se mantienen, en contraposición, con los pisos de los dos protagonistas, fríos e incómodos, pero que nos descubren la intimidad y las interioridades de cada uno de ellos. Tanto Endre, el maduro de vida apagada y vacía, que debido a su edad ya se ha retirado y ha renunciado a volver a enamorarse, y acepta su vida y su trabajo de forma tranquila y aburrida, en el que las cosas funcionan de forma cotidiana y aburrida, y luego está Mária, una joven muy observadora y extremadamente eficaz en su trabajo, pero carece de sociabilidad, debido a sus problemas emocionales, ya que le resulta incapaz de relacionarse con los demás de manera natural, y tiene su sexualidad apagada. Un relato sencillo y emocionante que nos relaciona con el mundo animal, tanto con los ciervos de los sueños, como las vacas que son sacrificadas en el matadero, las emociones de unos seres no tan alejadas de las nuestras.

Dos seres cotidianos, con los que nos cruzamos cada día por la calle, que no llaman la atención, dos seres que podríamos ser nosotros, llevando sus vidas sin más, unas vidas vacías y ancladas en la nada, del trabajo a casa, alguna cerveza en un bar triste y vacío, y cenas precalentadas mientras se aburren mirando un estúpido programa de televisión. Vidas sin más, como tantas existen y tenemos en estas sociedades industrializadas, donde todo se ha racionalizado y las emociones han quedado castigadas sin más, done todo se desarrolla bajo los objetivos materiales sin importar los sentimientos. Endeyi cimenta su película bajo los territorios de sus anteriores trabajos, donde la condición humana y las relaciones personales forman la estructura argumental de su cine, mostrando relatos cotidianos donde esa aparente sencillez oculta conflictos interiores personales y sociales difíciles de resolver, en unas tramas donde se mezclan la realidad con el mundo de los sueños, como les ocurre a sus protagonistas, seres mundanos que ocultan graves conflictos emocionales, pero que descubrirán que no todo está perdido, porque ese mundo onírico que los tiene seducidos, quizás tiene su interpretación en el mundo real en el que viven diariamente, aunque su materialización resulte demasiado complejo y provoque grandes tensiones entre ellos, debido a sus torpezas, miedos e inseguridades.

Endeyi ha construido una bellísima película sobre el dolor, el amor, la vida, y el mundo de los sueños, de lo que somos y en realidad, deseamos ser, de todo aquello que ocultamos por miedo a sentirnos rechazados y todas nuestras cargas emocionales que tanto cuesta compartir, en una cinta que atrapa desde su frágil armonía de personajes, espacios y elementos, en un inmenso trabajo de luz, que se mueve entre la frialdad y el claro oscuro, de colores muy opacos, obra de Maté Herbai, y el detallista trabajo de arte de Imola Láng, que bucea en la desnudez de unos espacios deshumanizados e incómodos, el sutil y preciosista montaje de Károly Szalai, y la suave y seductora música de Ádám Balázs, un equipo técnico de trabajo ejemplar, que ayudan a contarnos esta íntima y bellísima historia donde la gran pareja protagonista, Géza Morcsányi que da vida a Endre, debutante en el cine, que ha desarrollado su profesión en una de las grandes editoriales del país, y Alexandra Borbély, componiendo a la correcta y fría Mária. Una pareja que se aleja de los intérpretes de las historias románticas al uso, aunque esta es una historia de amor diferente, compleja y conmovedora, que nos atrapa suavemente, sin necesidad de artificios, sólo con un par de personajes, un trabajo sin más, y unos sueños que se comparten y provocan emociones complejas y seductoras a ambos.

El hijo de Saúl, de László Nemes

El_hijo_de_Sa_l-670313002-largeREPRESENTAR EL HORROR.

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.»

Theodor Adorno

Después del holocausto nazi, el cine (como cualquier otra arte) tiene pendiente la cuestión de cómo representar el horror que aconteció en aquellos lugares de terror y barbarie. Noche y niebla, de Resnais, abrió el camino de cómo replantearse cinematográficamente las imágenes de archivo y cómo filmar en su momento aquellos centros de la monstruosidad, a sí mismo, Lanzmann invirtió 10 años de su vida para filmar Shoah, que logró presentar en 1985, su camino fue diferente, se apoyó en la palabra como vehículo para representar el horror nazi. Godard se manifestaba en la falta de compromiso con las imágenes de lo que allí sucedió. La cuestión formal sobre la manera de afrontar la representación del horror es una de las incertidumbres que el cine, como forma de expresión, tiene todavía que resolver.

El debutante László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) – asistente de Béla Tarr en el segmento Visiones de Europa y en el film El hombre de Londres – ha emprendido un camino diferente, una forma de afrontar la representación del horror a través de lo que no vemos, y sólo escuchamos. La primera imagen de la película deja claras sus intenciones formales y artísticas. Arranca la acción con una imagen borrosa de un campo por la mañana, mientras escuchamos el ruido ambiente, casi ininteligible, alguien se acerca, y lentamente, vamos viendo un hombre y luego un rostro. Estamos en Auschwitz, en 1994, y el hombre es Saúl Auslander, un hombre con el rostro impertérrito, de mirada ausente y gacha, se mueve como un autómata, se trata de un trabajador en un sonderkommando, los prisioneros que eran esclavizados a trabajar por los SS, en conducir a los deportados hasta las cámaras de gas, donde los obligaban a desnudarse y luego los introducían en el interior donde morían, luego, recogían sus cadáveres, los transportaban a los hornos crematorios, y limpiaban las cámaras, y las dejan preparadas para el próximo convoy. Los turnos eran extenuantes, se trabajaba a un ritmo brutal en esa fábrica de la muerte y el horror.

_SonOfSaul_makingof_003

Nemes resuelve su cuestión moral, colocando su cámara enganchada a Saúl, – como hacía Klimov en su magnífica Ven y mira – recorremos ese mundo pegados a su nuca, vemos ese mundo laberíntico y claustrofóbico a través de sus ojos, a través de su mirada carente de humanidad, un mundo donde sobrevivir es una cuestión de suerte, nada más. El joven realizador húngaro resuelve la cuestión de la representación a través de dejar desenfocado la profundidad de campo, y capturando todo lo que queda fuera del cuadro a través del sonido, sin espacio para la música diegética, sólo ese sonido atronador, donde se mezclan los diferentes lenguajes que allí se hablan, los gritos de auxilio, las órdenes de los SS, que apenas vemos, todo se mezcla, todo es confuso. Nemes nos sumerge durante dos jornadas en el abismo del horror, en un espacio fílmico orgánico, a través de la fragmentación, nos introduce mediante tomas largas en ese mundo inhumano, donde no hay tiempo para pensar, todo va ocurriendo de forma mecánica, sin respiro, sin tiempo para nada. Nemes se aleja de esos filmes ambientados en campos de concentración, donde dan protagonismo a las historias heroicas y de supervivencia, con múltiples puntos de vista, dejando un aliento de esperanza a lo que se cuenta. Aquí no hay nada de eso, no hay espacio para lo humano, o hay tan poco que apenas se percibe.

le-fils-de-saul-laszlo-nemes-tt-width-1600-height-1067-lazyload-0-fill-0-crop-0-bgcolor-FFFFFF

El cineasta ha empleado una cámara de 35 mm, y un formato de 4:3, filmando con una lente de 40 mm, para registrar ese submundo sin vida, completamente deshumanizado, para que no veamos directamente el horror, que nos lo imaginemos, que reconstruyamos el horror en nuestro interior, o al menos una parte. El conflicto que plantea la película es muy sencillo, casi íntimo, en un instante de su infernal jornada, Saúl cree identificar a su hijo muerto, en ese momento, da inicio a su vía crucis particular, aparte del que ya vive a diario, centrado en recuperar el cadáver, encontrar un rabino para que le rece el kaddish y así, darle un entierro digno. Esa idea, de extrema y compleja  ejecución,  lo lleva a enfrentarse a la resistencia del campo, que no ven necesaria su causa, y le piden que se centre en el objetivo de resistir y enfrentarse a los SS. Nemes ha parido una obra brutal y magnífica, donde el espejo del horror se nos clava en el alma, se acerca a ese espacio de barbarie de forma contundente y ejemplar, teje una obra de inmensa madurez fílmica, a pesar de tratarse de su primer largometraje. Un proceso exhaustivo de documentación de las formas y cotidianidades de trabajo de estos comandos del horror, han hecho posible no sólo una película que nos habla de un ser que, a través de su fin intenta sobrevivir moralmente en ese espacio del vacío, donde no hay nada, ni hombres ni seres humanos, – resulta esclarecedora la secuencia con la mujer en el barracón, el silencio se impone, no hay palabras, sólo miradas -. La película de Nemes se erige como una obra humanista, moral y necesaria, sobre la memoria y nosotros mismos, donde asistimos a una experiencia brutal como seres humanos. Como nos contaba Primo Levi – superviviente de Auschwitz – en su obra Si esto es un hombre, donde recordaba los días en los campos de exterminio, donde no había tiempo, de los que allí encontraron la muerte, y los otros, los que lograron sobrevivir, los que tienen la obligación de contar lo que vieron.

White God, de Kornél Mundruczó

255378LA REBELIÓN DE LAS BESTIAS

El arranque de la película es aterrador y espectacular, una niña en bicicleta por las calles desiertas de Budapest, de repente, una jauría, no humana, sino de perros comienza a correr tras ella. Un inicio que nos recuerda inevitablemente a pesadillas postapocalípticas como el último hombre… vivo (1971) o más recientemente 28 semanas después (2007). La quinta película de Kornél Mundruzcó (Hungría, 1975), sigue la misma línea de las vistas por estos contornos, Delta (2008) y Semilla de maldad (2010), donde hay un interés entre los conflictos del bien contra el mal en una sociedad decadente, la pérdida de la inocencia y las separaciones y reencuentros que dejan secuelas emocionales.

Ahora, nos cuenta una fábula moral que sirve como espejo metafórico de la situación actual, donde unos pocos, cada vez son más poderosos, someten y esclavizan a la mayoría, que malvive sin recursos ni derechos. En ese sentido, la película choca frontalmente como inspiradora con el cine de Miklós Jancsó (1921 – 2014), a la que Mundruczó dedica su película, un cine que ponía de relieve los abusos de poder, y que funcionaba magníficamente como alegoría de la realidad que acontecía. La trama comienza con la llegada de Lili, una niña de 13 años, a pasar un tiempo junto a su padre, veterinario de profesión. Éste no ve con buenos ojos a Hagen, el perro mestizo de Lili, además las leyes imponen un alto tributo a los canes que no son de raza. El padre abandona al perro en una cuneta, y a partir de ese momento, la cinta sigue los pasos del can, un camino tortuoso que después de escabullirse en algunas ocasiones de los empleados de la perrera que capturan perros callejeros, acabará en las cloacas y los submundos y peligros de la sociedad, donde será malvendido y adiestrado para peleas. Es en ese instante, cuando Hagen ayuda a rescatar a los suyos de la perrera y se lanzan los 250 perros a impartir justicia y apoderándose de la ciudad. El cineasta húngaro nos zambulle en una película brutal y sobrecogedora, un puñetazo moral a nuestras conciencias, un alegato a favor de los débiles, un relato construido a través de impactantes imágenes que encogen a cualquiera, con la compañía de la Rapsodia húngara, de Franz Liszt, en una cinta que mezcla géneros, arranca como un drama familiar, para adentrase en una de aventuras, para luego hacer una descripción minuciosa y crítica de una realidad social, y para finalizar, sumergirnos en una película de venganzas, muy al estilo del policíaco o del western.

Una cinta que nos lleva a pensar en otros títulos donde la (in)justicia animal ha puesto de manifiesto los abusos de poder: Los pájaros (1963), Al azar de Baltasar (1966), El perro (1976) o El perro blanco  (1981), muy alejada de las correctas y condescendientes títulos procedentes de Holywood.  Mundruczó ha hecho una película a tumba abierta, combina un ritmo pausado y frenético, sus bestias amenazan el orden establecido y saquean y asesinan despiadadamente a los hombres sin corazón que los utilizan y los machacan, quizás el excesivo metraje que se va al par de horas, juega en ocasiones en su contra. Maravillosa alegoría de no sólo la situación de los países del este, que intentan levantarse después del yugo dictatorial, sino una crítica feroz y punzante del nuevo orden social donde la Europa de los pueblos se ha convertido en una dictadura donde el único camino posible es codiciar dinero y sentirse cada vez más poderosos, y destruir a los diferentes y desposeídos.