La buena letra, de Celia Rico Clavellino

LAS MUJERES QUE VIVIERON EN SILENCIO. 

“Nos habíamos convertido en mulos de noria. Empujábamos, mudos y ciegos, buscando sobrevivir, y, a pesar que nos dábamos todos unos a otros, era como si sólo el egoísmo nos moviese. Ese egoísmo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos. Lo veíamos a nuestro alrededor”. 

De “La buena letra”, de Rafael Chirbes

Películas sobre la guerra y sus consecuencias hay muchas, no hay tantas sobre lo que sucedía en el interior de las casas. Esos espacios donde se imponía el silencio y la amargura, en los que se amontonaban recuerdos de un tiempo que ya no volverá. Hablar de las cotidianidades de la España de posguerra en un pequeño pueblo valenciano, que podría ser como cualquiera, con la mirada y el gesto de Ana, una mujer que sobrevive entre guisos, costuras y callada, levantándose diariamente para hacer de la vida un lugar digno aunque no siempre sea posible. La historia que cuenta La buena letra, la tercera novela publicada de Rafael Chirbes (1949-2015) en 1992 sirve de base para, también, la tercera película de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982), en la que se centra en los interiores domésticos y del alma que jalonan su corta y excelente filmografía.

Si en sus dos primeros largos, la cineasta sevillana nos hablaba de las aristas que se producen entre madre e hija, ya sea en el abandono del nido como sucedía en Viaje al cuarto de una madre (2018), o la vuelta al citado nido de la hija cuando la madre necesita ayuda. En su tercer largo, a priori, la cosa va por otro derrotero, porque se detiene en una madre, esposa y pilar de una casa sumida en la tristeza de la dura posguerra, aunque no deja su forma de contar, porque seguimos en las cuatro paredes de la casa, con esa luz tenue y claroscura que describe las tristezas del alma o dicho de otra forma, toda eso que queda tan maltrecho después de pasar por una guerra, por la muerte, por las ausencias, y por toda esa juventud que borró la tragedia que vino después. La vuelta de Antonio, el cuñado, después de una larga temporada en la cárcel, añade más leña a una situación tan triste como desoladora. Tomás, el marido de Ana, tiene sus diferencias con el hermano recién llegado, sumido en una desolación y amargura patentes. La vida pasa, quizás va pasando demasiado para unos personajes que deciden sobrevivir, callarse y hacer que la vida sea un poco digna, aunque eso resulte un espejismo, o más aún, un tiempo pasado que cada día se entierra más. 

Rico Clavellino se ha rodeado de un equipo de gran calidad para sumergirnos en un pueblo de posguerra con la presencia de la cinematógrafa Sara Gallego, que estaba detrás de El año del descubrimiento, Matar cangrejos y Las chicas están bien, entre otras, construyendo una luz apagada y velada que contribuye a fomentar esas sombras y leves quicios de luz en los que viven físicamente y emocionalmente los diferentes personajes. El sobrio y austero arte que firma un grande como Miguel Ángel Rebollo, detrás de las películas de Javier Rebollo, Jonás Trueba y Rodrigo Sorogoyen, así como el vestuario de Giovanna Ribes, que ha trabajado mucho en el cine valenciano con Avelina Prat, Lucía Alemany e Icíar Bollaín, donde destaca la sencillez y la “verdad” de cada prenda de ropa. El magnífico montaje de Andrés Gil, habitual del cine de Alauda Ruiz de Azúa que, en sus callados y concisos 110 minutos de metraje, nos sumerge en esa cotidianidad que duele, que intenta abrazar sin conseguirlo, en una casa que habla lo que sus personajes no hablan, en un tiempo de silencio, que escribió Luis Martín-Santos, instalada en la mirada y los gestos de una mujer como Ana que se parece mucho a aquellas otras mujeres que poblaban la inmensa Silencio roto (2001), de Montxo Armendáriz. 

La parte artística requería contención y sobriedad, y en ese sentido, las anteriores películas de Celia Rico ya contenían estos elementos, porque los personajes de sus historias dicen mucho con el gesto más que con la palabra, y sobre todo, lo hacen en hurtadillas, sin hacer ruido y haciendo todo el ruido interior del mundo. Ana es Loreto Mauleón, una actriz que ya había demostrado su gran valía como hacía en Los renglones torcidos de Dios y La quietud de la tormenta, pero en ésta hace su cum laude en interpretación dotando de humanidad a su Ana, uno de esos personajes que se te incrustan en el alma. Le acompañan unos excelentes Roger Casamajor haciendo de Tomás, un tipo anulado por todo y por todos, y que bien lo hace el actor catalán que nunca está mal. Enric Auquer es Antonio, un hombre depresivo, sin vida y sin nada al que Auquer le da una gran emocionalidad, y por último, Ana Rujas que vimos brillante en la reciente 8, de Medem hace de la otra, la antítesis de Ana, una mujer que hará todo para salir de pobre, para salir de la miseria, con todo su egoísmo a su alcance. Unos personajes resquebrajados por la guerra que huyen de sus miserias y tristezas como pueden, quizás con la poca humanidad que les queda o les quedó.

Celia Rico Clavellino tenía un gran reto por delante. El más gordo era adaptar el universo de Chirbes, una novela que es una confesión de una madre Ana que hace a su hija de la historia de su familia, y consigue trasladar ese testimonio duro y desgarrador en una película donde la emoción está ahí, llena de leves gestos, miradas a contraluz, y sobre todo, en una existencia que tiene más de espectral como queda impregnada en las fotos borradas en los retratados están como desvanecidos, en otro lugar y en otro tiempo. La directora sevillana hace suya la prosa de Chirbes, del que sólo se había adaptado su gran Crematorio en una brillante serie en 2011 de la mano de Fernando Bovaria, coproductor de La buena letra, y consigue situar su película en una de las cumbres de cómo explicar con detalles, silencios y emociones lo que significó la posguerra y lo que quedaba en las casas cuando se cerraban las puertas a cal y canto. Una no vida en la que algunos sobrevivían y otros, los pocos, se aprovechan de los sueños frustrados y las amarguras de los otros, robando la poca vida que les quedaba, como ocurre en algunas secuencias memorables como las del cine, el baile y la playa, tres momentos que ya verán ustedes los espectadores y escenifican todo lo que se fue con la guerra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Los pequeños amores, de Celia Rico Clavellino

LOS AFECTOS COTIDIANOS.   

“Los sentimientos son sólo experiencias que nos informan acerca de cómo se están comportando nuestros proyectos o deseos en su enfrentamiento con la realidad”.

José Antonio Marina

La última película que rodó la gran Chantal Akerman (1950-2015) fue No Home Movie (2015), un documento-retrato de la cineasta belga a través de su madre. A partir de conversaciones presenciales y on line, madre e hija repasaban su vida, su relación, sus pliegues, afectos y fragilidades. Akerman no sólo se sumerge en su progenitora sino que también lo hace en ella misma, en una radiografía emocional directa y profunda para rastrear la mirada interior que todos llevamos y ocultamos a los demás y a nosotros mismos. El cine doméstico y cotidiano de los sentimientos de Akerman impregna el par de películas de la cineasta Celia Rico Clavellino (Constantina, Sevilla, 1982), un cine sobre madres e hijas, un cine sobre los afectos y las fragilidades interiores de las que estamos hechos. En su impecable debut, Viaje al cuarto de una madre (2018), la cosa iba de Leonor, una hija que, harta de la falta de oportunidades en su pueblo, quería escapar a Londres para abrirse camino, y le costaba enfrentarlo a Estrella, su madre con la que convive. 

Estrella y Leonor, madre e hija, no están muy lejos de Teresa y Ani, la hija y madre de Los pequeños amores, su segundo largo, donde vuelve a hablarnos de forma tranquila y reposada de las grietas emocionales entre las dos mujeres. Podríamos ver esta segunda película como la continuación de la primera, o como el contraplano, unos años después, porque hay muchos elementos que se repiten en las dos películas. Volvemos a situarnos en un pueblo, ahora hay más exteriores, y si en aquella el invierno era la estación escogida, ahora, es el verano, la estación predilecta para parar, para hablar y sobre todo, no hacer nada, aunque a veces se convierte en un tiempo de reflexión en que nos resignifica y nos obliga a mirarnos al espejo y mirar el reflejo. A Teresa, profesora en Madrid y con novio lejos, volver al pueblo y a la casa de su madre (en esta, como en la anterior, la ausencia del padre vuelve a estar presente), es también abrir su personal “Caja de Pandora”, entre ellas dos. Teresa vuelve porque su madre se ha caído y necesita ayuda. Una situación que le incomoda y no le gusta, pero las cosas son así, y la película con trama tranquila y sin estridencias ni aspavientos emocionales ni argumentales, va tejiendo con intensidad pausada y transparencia, con desnudez y sensibilidad. 

La sombra de Akerman vuelve a estar en cada elemento de la película, con ese cine doméstico que parece tan cercano y en realidad, es tan lejano, porque siempre huimos de nosotros y de los demás a la hora de enfrentar nuestras emociones y aquello que no nos gusta de nosotros. Ani es una madre difícil, crítica y reprocha demasiadas cosas a su hija, quizás la soledad (sólo camuflada por la compañía de un perro), y cierta amargura la han convertido en alguien así. No obstante, Teresa intenta capear los temporales como puede, no es una mujer feliz, se siente frustrada por un trabajo que no ama, y un amor que no acaba de encontrar y además, está en esos 40 y algo en que la vida se vuelve demasiado reflexiva y se empeña o nos empeñamos a pasar cuentas con nuestra vida hasta entonces, y con todo lo que vendrá, que ya no parece tan lejano como a los veintitantos. Rico Clavellino huy de la trama convencional y a este dúo alejado, le introduce un vértice, un joven pintor llamado Jonás que sueña con ser actor, alguien que devolverá a Teresa a tiempos pasados o quizás, a aquellos años donde todo parecía posible, en los que las cosas no eran tan complicadas o tal vez, no las veíamos de esa forma. La cineasta sevillana se vuelve a rodear de mucha parte del equipo que le ayudó a que Viaje al cuarto de una madre se convirtiese en una película, porque encontramos a la terna de productores Sandra Tapia, Ibon Gormenzana e Ignasi Estapé, la cinematografía de Santiago Racaj, que acogedora, sutil y especial es su luz, que no está muy lejos de aquella que hizo para La virgen de agosto (2019), de Jonás Trueba, y el montaje de Fernando Franco, que acoge con serenidad, tacto y brillantez sus sensibles y naturales 93 minutos de metraje, donde va ocurriendo la cotidianidad rodeada de miradas y gestos y en realidad, lo que ocurre es la vida aunque desearíamos esquivarla inútilmente. 

Las dos mujeres parecen dos islas que se irán acercando, cada una a su manera, entre reproches de la madre, soledades de la hija, entre las ficciones de la literatura, que divertidos resultan los diálogos en relación a los libros, las canciones que nos remiten tiempos y personas, entre (des) encuentros del pasado de la hija, esos cines de verano en la plaza, el insoportable calor de las noches veraniegas, los baños en el estanque y demás días, tardes y noches de verano en soledad y compañía. Como sucedía en su ópera prima, Rico Clavellino vuelve a contar con un par de magníficas actrices, la Lola Dueñas y Ana Castillo dejan paso a Adriana Ozores como Ani y María Vázquez como Teresa. Una madre muy suya en la piel de una actriz que con poco dice mucho, en otro buen personaje como el que tenía en Invisibles, metiéndose en la piel de una mujer tan acostumbrada a la soledad y las indecisiones de su hija que constantemente le recuerda, pero también, una mujer que se deja cuidar a regañadientes, que tiene su corazoncito porque recuerda tiempos lejanos donde costaba poco ser feliz. Una hija con la mirada triste y perdida de María Vázquez, que vuelve a emocionarnos con otro peazo de personaje como el que hizo en la asombrosa Matria, siendo esa mujer limbo porque está en Madrid y en el pueblo, porque tiene un amor y a la vez, no lo tiene, y que cuida de una madre que no se deja cuidar, y de paso se cuida poco ella. Con esa idea de huir sin saber dónde. Y Aimar Vega, el testigo pintor, que aporta frescura, que no está muy lejos del personaje de Leonor, que habíamos visto en películas como Amor eterno, de Marçal Forés, y en Modelo 77, de Alberto Rodríguez, entre otras. 

No dejen pasar una película como Los pequeños amores (gran título como el de Viaje al cuarto de una madre), porque sin explicar demasiado, aunque esta es una película que no se puede explicar, porque todos sus espacios y elementos invisibles tienen mucha presencia y se van construyendo un diálogo muy honesto entre ficción y realidad, al igual que entre lo que estamos viendo los espectadores y lo que vamos sintiendo. Una cinta que deja una ventana entreabierta a descubrir esos “pequeños amores” que hemos olvidado o practicamos nada, porque la vida y esas cosas que nos pasan, casi siempre tienen un sentimiento de tristeza y frustración, y debemos detenernos y mirar y mirarnos y sentir que esos amores a los que no dedicamos ninguna atención son tan importantes como los otros que, en muchos casos, van y vienen y no acaban de quedarse, por eso, es tan fundamental, prestarnos más la atención y sumergirnos en nosotros y lo que sentimos, y no olvidarnos de los amores cotidianos, tan cercanos y tan íntimos como los que sentimos hacía una madre, porque esos no durarán siempre y un día, quizás, nos despertemos y no podremos tenerlos. La película de Celia Rico Clavellino nos invita a vernos en esos espejos que descuidamos, en esos amores que nos hacen estar tan bien con muy poco. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Coloquio Guionistas y Productores, Un tándem creativo en el BCN Film Fest

Coloquio de la IV Jornada de Guionistas e Industria. «Guionistas y productores, un tándem creativo». Con la presencia de las productoras Sandra Tapia de Arcadia Motion Pictures, y Bárbara Díez de Fresdeval Films, y los cineastas Celia Rico Clavellino y Jaime Rosales, moderado por la productora Valérie Delpierre, en el marco del BCN Film Fest, en la Casa Seat en Barcelona, el miércoles 21 de abril de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Rico Clavellino, Jaime Rosales, Sandra Tapia, Bárbara Díez y Valérie Delpierre, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y al equipo de comunicación del BCN Film Fest, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.

Entrevista a Celia Rico Clavellino

Entrevista a Celia Rico Clavellino, directora de la película «Viaje al cuarto de una madre», en Casa Gracia en Barcelona, el viernes 11 de enero de 2018.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Celia Rico Clavellino, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Ellas Comunicación, por su tiempo, cariño, generosidad y paciencia.

Viaje al cuarto de una madre, de Celia Rico Clavellino

QUERER ES DEJAR IR.

“La tragedia de la vida comienza con el vínculo afectivo entre padres e hijos”.

Yasujiro Ozu

Es invierno en Constantina, uno de esos pequeños pueblos donde apenas ocurre nada reseñable, como sucede en tantos, una pequeña localidad de la que sólo veremos algunas calles solitarias y el constante rumor de sus gentes, un lugar donde vive Estrella, costurera de oficio, junto a Leonor, su hija, que ha empezado a planchar en un taller. La armonía y la comprensión reinan en el piso que comparten, mientras la vida va sucediendo sin más, entre comidas y series recostadas una junta a la otra, mientras pasan las horas resguardadas en el brasero de gas de la mesa-camilla, en ese espacio pasan los días bien pegaditas, combatiendo el frío hibernal. Pero, toda esa aparente tranquilidad y sosiego de la cotidianidad instalada, se rompe, se resquebraja, todo contando de manera sutil, casi imperceptible, cuando Leonor tiene la necesidad de abandonar el nido familiar y vivir su propia vida. Su intención es ir a Londres, un lugar que imagina diferente, donde poder ser ella misma, y enfrentarse a las cosas vitales por sí misma (aunque al final sea para lavar platos o cuidar de niños). Leonor no sabe como decírselo a su madre, le cuesta, lo evita. La madre que vive siendo madre, deberá mirarse al espejo y descubrir quién es ahora que su hija ya no está en casa.

La puesta de largo de Celia Rico Clavellino (Sevilla, 1982) es una película íntima y personal, que nos sitúa en el espacio doméstico, donde la película se desarrolla casi en su totalidad, en el que nos habla de forma muy cercana, como si nos estuvieran susurrando al oído, las relaciones afectivas, no siempre suaves, de una madre y una hija. Dos personas que han creado un universo propio, en el que se han convertido en uno sólo, donde hay confidencias, intimidades y amor. La película nos mueve y emociona al ritmo que marcan las dos mujeres, moviéndose entre el reducido espacio, entre las paredes y las habitaciones de la casa, como esos encuadres donde vemos el cuarto de la hija desde el punto de vista del cuarto de la madre que se ubica enfrente, o ese plano frontal en el que madre e hija reposan sobre el sofá o apoyadas en la mesa mientras escuchamos el sonido de la televisión. La película construye en ese espacio doméstico toda la vida de estas dos mujeres, donde lo que sucede fuera parece no importar, el mundo sucede en esas cuatro paredes, en las cosas que comparten y en las miradas y gestos cómplices o esquivos, que tanto madre como hija se dedican.

Las dos mujeres se mueven por un ambiente cálido y sencillo, sólo roto por el sonido de la televisión, o esos otros sonidos más cotidianos y repetitivos como el de la máquina de coser, el de la máquina de plastificar al vacío el embutido o el del click del brasero al enchufarlo, en el que el magnífico trabajo de sonido de una especialista en la materia como Amanda Villavieja. Sonidos de ellas, de su vida, de sus relaciones, no siempre en línea recta, de las ausencias y las distancias que forman todo su universo. Esa luz velada, con todos grises y colores poco intensos, obra del reputado Santiago Racaj, forman parte del microcosmos familiar, en el que esos planos fijos y sobrios van desplazando el relato imprimiendo ternura y rechazo a esos espacios que forman la relación materno-filial. Con el conciso y depurado montaje de un experto como Fernando Franco, ayudan a convertir ese piso en caldo de cultivo de todas las relaciones visibles e invisibles que cuecen entre las dos mujeres.

Un relato estructurado en tres instantes, en el primero, seremos testigos de la unión y familiaridad entre madre e hija, en el segundo bloque, la hija se irá a Londres y viviremos el punto de vista de la madre, sentiremos el peso de la ausencia y la vida de Estrella sin su hija, su cotidianidad y sus emociones, donde tendrá que descubrirse como mujer y vivir de otra forma diferente, y por último, en el tercer tramo, el regreso de Leonor, en el que tanto madre como hija se volverán a reencontrarse mirándose de manera extraña, pero sabiendo que siempre habrá algo que las vuelva a reencontrarse, porque hay lazos que aunque se alejen nunca se rompen, porque la distancia más dura no es la física, sino emocional, un estado emocional que en ocasiones crea vínculos que, aunque el ser querido se halle lejos, siguen latiendo en el fondo de nuestra alma.

Las primorosas y sobrias interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo consiguen a través de lo mínimo lo máximo, a través de detalles y miradas consiguen que esa madre e hija, respectivamente, formen parte de nuestra familia, las encontremos cercanas, como si las conociésemos de toda la vida, cimentando con sumo cuidado y precisión todas esas relaciones soterradas que nos vemos a simple vista, pero están ahí, cociéndose a fuego lento, como si las emociones más importantes de nuestra vida, ocurriesen así casi sin darnos cuenta. Rico Clavellino ha construido una película sencilla y muy conmovedora, sin provocarlo ni echando mano a sentimentalismos, sino basándose en su mirada inquieta y curiosa de cineasta observadora que mira con atención todos esos pequeños detalles, a veces mínimos y muy frágiles, en los que se sustentan las relaciones materno-filiales, como hace con habilidad y sencillez el cine de Mike Leigh, donde todo el mundo ocurre en cuatro paredes. Una película que homenajea a todas las madres, a todas aquellas madres de sus hijos e hijas, que se desviven por sus primogénitos, pase lo que pase, y en las circunstancias que sean, porque no conoceremos un amor tan grande como el de una madre a un hijo o hija.