Entrevista a Dominic Gagnon, director de la película «Big in China. Georges and the Vision Machines», en el marco de La Inesperada Festival de Cine, en el Zumzeig Cineccoperativa en Barcelona, el sábado 26 de febrero de 2022
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Dominic Gagnon, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Rafael Dalmau, por su gran labor como intérprete, y a Miquel Martí Freixas y Núria Giménez Lorang, directores de La Inesperada, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
El universo cinematográfico de Albert Serra (Banyoles, Girona, 1975), tanto en sus seis largometrajes como en sus películas para instalaciones, está lleno de fantasmas, o lo que es lo mismo, existencias que fueron o ya no son, relatos sobre figuras en que prima la desmitificación, filmarlos en sus horas muertas, en su más ferviente cotidianidad, en todo aquello que la historia ha escamoteado o simplemente ha olvidado. Sus personajes hacen y se mueven, son muy físicos, van de aquí para allá, eso sí, sin un itinerario muy planeado, sino todo lo contrario, son sonámbulos, cuerpos que se deslizan por sus vidas como extraños, meras sombras en un mundo oscuro, individuos vacíos, encerrados en sus miserias, en unas vidas inconclusas, en unas vidas sin rumbo, agazapadas en la espera de no se sabe qué y porqué. Serra filma su espacio exterior/interior, aborda sus vidas desde todos los ángulos posibles, penetrando en sus intimidades, en esos tiempos fútiles, en esas acciones torpes e inútiles, que más tienen que ver con lo que fueron que con lo que son. Una especie de vidas ya pasadas, que ahora se repiten como en un bucle incesante que está estancado en el tiempo, atiborrado de recuerdos, de memoria apelotonada, en una nada sin nada.
De Roller, su última criatura, es un enviado del gobierno que vive en la isla de Tahití, en la Polinesia Francesa, un pez gordo del poder, o al menos así lo cree él. Un tipo que se mueve principalmente de noche, en esos clubs nocturnos que ahora exhalan su último aliento, lleno de señores que ya no saben que hacen ahí, y mucho menos ya recuerdan el motivo que los llevó a semejante lugar. Señores que pierden el tiempo y su dinero con señoritas autóctonas que ahogan su placer o lo fingen para sentirse bien aunque sea una mera representación. Podríamos ver la película de Serra como un thriller político en el que hay unos indígenas que protestan contra las posibles pruebas nucleares que parecen planearse en la zona, también, en la exploración de la reinante corrupción y en las miserias de un poder que se aniquila así mismo. Pero, en ese caso, nos quedaríamos con la parte más evidente y menos interesante de la película, porque el relato tiene innumerables capas y dimensiones, quizás la que engancha más es la idea de espectro que reina en toda la isla y en todos sus personajes.
Un personaje principal lleno de amargura y soledad, de inutilidad y locura. Una especie de sombra, de cuerpo en movimiento, con ese omnipresente traje blanco, que resalta ante la oscuridad y los tonos playeros del resto. Su blancura, tanto en la ropa como en su piel, como su ánimo, no estaría muy lejos del capitán extraviado James Burke de Lord Jim (1965), de Richard Brooks, basada en la novela homónima de Conrad, del que la película se inspira notablemente, o el compositor decadente Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia (1971), de Luchino Visconti, la locura del Coronel Kurtz de Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola, el cónsul alcohólico Geoffrey Firmin de Bajo el volcán (1984), de John Huston, todos ellos seres, mitad de aquí y mitad de allá, una especie de zombies perdidos y sin voluntad, que se mueven en un lugar al que ya no pertenecen, del que ya no forman parte, del que han huido pero todavía están ahí. Entraríamos en ese espacio que tanto se mencionaba en Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Torneur, obra capital para hablarnos de la idea del monstruo devorador que acaba comiéndose el alma y la voluntad de todos, como han hecho en su cine tanto Pedro Costa como Bertrand Bonello, que lo homenajeaba en Zombi Child.
El cineasta catalán nos sitúa en la piel y el estado mental de su protagonista, todo lo vemos a través de él, lo seguimos por esa isla laberíntica, que nunca vemos en su totalidad, solo en partes, en mutilaciones que escenifican lo emocional de De Roller, moviéndose por esos tugurios decadentes y feos, con personajes igual de perdidos y ausentes como él, que intercambian palabrería y vacío los unos con los otros, que intentan ser uno más con los nativos pero ni por esas, todo es fronterizo, todo está cercado en pequeños lugares que nada tienen que ver entre sí, en esa falsa idea de paraíso, que aquí es una mera sombra, o quizás, la idea de lo exótico es otra de las mentiras que nos han vendido. En el cine de Serra perdemos completamente la idea de tiempo y espacio, todo está filmado para generar esa confusión, ese limbo, ese deambular de no saber dónde estamos, en una especie de laberinto que no tiene salida y tampoco sabemos cómo hemos entrado. De Roller es un sonámbulo, un alma perdida y triste, un hidalgo de triste figura, como lo eran el Quijote, los reyes magos, Casanova, el rey agonizante y los libertinos de las anteriores obras del cineasta de Banyoles, almas en tránsito, almas en suspenso, almas sin alma.
Serra vuelve a contar con sus más íntimos cómplices como Montse Triola en la producción y como actriz en un personaje muy interesante, la coreógrafa del espectáculo de danza que se prepara, Artur Tort, en la cinematografía, con esa luz crepuscular que traspasa a todos, hipnotizadora y magnética que nos descoloca y nos abruma, con esa densidad y esa planificación que encierra a los personajes, todo un inmenso trabajo de composición y detalle, quizás la luz más espectacular de todas las películas de Serra, un Tort que también firma el montaje junto al propio director y Ariadna Ribas, toda una grande de la edición, que saben manejar una película que se va a los ciento sesenta y tres minutos de metraje, que va in crescendo, en la que nos van sumergiendo en esa espiral de (des) encuentros, derivas y demás lugares y personajes fantasmales. El impecable trabajo de arte de Sebastián Vogler, y el no menos empleo del sonido de Jordi Ribas, que ha estado en todas las películas de Serra, y la capacidad de sugestión de la música de Marc Verdaguer, con esas capas de onirismo y artificialidad que tanto van con el relato. Qué decir del inmenso trabajo del actor Benoît Magimel, metido en la piel de este pobre diablo que cree que sabe y que su labor de “pacificar” es un ejemplo, y se pierde en sus derivas emocionales y en su cansancio y soledad del que ha cabalgado ya demasiado por la vida, bien acompañado por todo un grupo de grandes intérpretes como Marc Susini como el putero y alcohólico almirante, un Sergi López, siempre natural como dueño de alguno de los antros con esa camisa y americana tan brillantes, la belleza exótica y fascinante de Pahoa Mahagafanau como Shannah, la femme fatale diferente del relato, Alexandre Mello como un portugués tan extraño como el resto, y finalmente, Lluís Serrat, el inolvidable Sancho Panza de Honor de caballería, que aparece en todas las de Serra, como un cliente más de los que aguantan el tipo o no.
Estamos ante la película menos cerrada del director gerundense, pero igual de compleja que las anteriores, tanto en su trama como en su forma, porque si en algo destaca enormemente Pacifiction es de su carácter y solidez cinematográfica, guste más o menos, porque la película consigue aquello que busca, aquello que quiere representar, desde su no complacencia, rebelándose sin pretenderlo contra ese cine convencional, y haciéndolo con las armas del propio cine, devolviendo al cine todo lo que el mercantilismo ha quitado, toda esa esencia de belleza plástica que profundiza sobre los complejos mecanismos de las emociones humanas. Un cine que plasma con sabiduría esa belleza oxidada de paraíso perdido, donde deambulan individuos de otro tiempo, seres que fueron, seres que ya no serán, seres enamorados o no, con historias de querer y no poder, seres evanescentes como aquellos cowboys de Peckinpah que exhalan su último pitillo llenos de polvo, aplastados por una modernidad que ya no los quería, un poder que los desterraba porque ellos no habían sabido ser ni estar, y sobre todo, ellos nunca habían comprendido que la vida poco tiene que ver con el progreso. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad”
Oscar Wilde
De la decena de títulos que componen la carrera de Geroge Miller (Brisbane, Australia, 1945), cuatro se los ha dedicado a Mad Max, el relato del vigilante de autopista en un futuro distópico donde escasea el agua, arrancó en 1979, convirtiéndose rápidamente en una cult movie, de la que rodó dos secuelas en 1981 y 1985. En el 2015 volvió a ese futuro que tantas alegrías le había dado con una nueva versión de título Mad Max: furia en la carretera. Entre medias, algunas películas para la gran industria como la comedia fantástica de Las brujas de Eastwick (1987), o el drama familiar de Lorenzo`s Oil (1992), incluso la animación con Babe, el cerdito valiente (1998), y las dos entregas de Happy Feet. Con Tres mil años esperándote, vuelve a su cine más personal, y más arriesgado, alejándose en cierto modo de la maquinaria hollywoodiense. Rescata un proyecto de los noventa, porque fue entonces cuando leyó el relato the Djinn in the Nightingale`s Eye, de A. S. Byatt, publicado en 1994, del que quedó fascinado, pero ha sido ahora, después del éxito de la nueva entrega de Mad Max que ha podido convertirlo en realidad.
Un guion que firman la debutante augusta Gore y el propio director, en la que su estructura recuerda a Las mil y una noches, el relato arranca con Alithea Binnie, una profesora de literatura fascinada con los cuentos y sus historias. De casualidad, en un viaje a Estambul, al que va a dar una conferencia, compra un curioso frasco que, cuando está en la habitación del hotel, lo frota y aparece un genio. A partir de ese momento, todo se agitará en la vida de Alithea, y el genio, también llamado “Djinn”, le concederá tres deseos, pero la mujer cauta y recelosa, no se decide por las consecuencias que le puede traer, así que, el genio le cuenta tres historias que ha vivido sobre los deseos y sus problemas venideros. Tres encuentros con tres mujeres. En el primero le cuenta su amor no correspondido con la reina de Saba y su condena al frasco. En el segundo le explica la frustración de no poder ayudar a una esclava que vivía en la corte de Solimán el Magnífico, y por último, la tristeza que le produjo su encuentro a mediados del XIX con Zefir, una mujer deseosa de conocer la naturaleza, de la que se enamora pero no acaba bien.
Miller construye una película muy íntima, cercanísima, en la que la trama sucede en una habitación de hotel entre los dos protagonistas, eso sí, las historias, esos cuentos maravillosos y tristes a la vez, suceden en otras épocas, cuentos llenos de magia y fantasía, en que la película enarbola una imaginación sublime y poderosísima, donde nos llevan en volandas por esos mundos de palacio movidos por el deseo, el amor, la traición, la locura y la sabiduría y demás. La película consigue una interesante mezcla de cine hablado, con unos diálogos y unas replicas fabulosas que nos mantienen muy alerta y sobre todo, en la que se plantea numerosas cuestiones sobre nuestra propia naturaleza, aquello que deseamos y aquello otro que tememos y queremos olvidar. Y luego, nos encontramos con ese otro cine, más de acción, espectacular, en el que la fantasía visual se apodera del relato, donde todo parece formar parte de un sueño que se convierte en pesadilla.
La parte técnica brilla con intensidad y espectacularidad en cada secuencia de las historias que cuenta el genio, en la que Miller se ha arropado de viejos cómplices como John Seale, que consigue una depuradísima cinematografía, donde lo íntimo se fusiona con la ingeniería visual y da lugar a un relato lleno de enigmas, hipnótico y magnético, corpóreo y tangible. Al igual, que el montaje de Margaret Sixel que consigue dar mezclar la pausa del hotel con el ritmo vertiginoso que se apodera de los cuentos del genio, en unos inmensos ciento ocho minutos de metraje. También, encontramos con cómplices de Miller como Doug Mitchell en la producción, Roger Ford en el diseño de producción, Lesley Vanderwalt en caracterización, y la excelencia de Kym Barrett en el vestuario. Una excelente pareja de intérpretes como Tilda Swinton y Idris Elba, tan diferentes y a la vez, tan cercanos y especiales, capaces de dar vida y naturalidad a la situación más extraña e inverosímil, bien acompañados por un buen grupo de actores y actrices que, casi sin hablar, dan vida a sus respectivos roles.
Tres mil años esperándote nos habla de nosotros, de nuestra capacidad para imaginar, para escuchar cuentos e historias de otras épocas y de esta, en un mundo cada vez más ensimismado en la tecnología, y menos capaz de detenerse a escuchar, y la película de Miller también, entre otras cosas, reivindica la escucha y la imaginación, y sobre todo, la humanidad, todos los valores que nos han llevado hasta nuestros días, porque como decía el poeta, mientras haya alguien que se detenga y se siente a escuchar mi historia, tengo el deber de contarla, y no solo contarla, imaginarla una y otra vez para que no se pierda en el tiempo, lo mismo que deseaba Ray bradbury en el precioso final de Fahrenheit 451, en el que los libros ya desaparecidos, unos a otros se contaban esas historias que permanecían en sus memorias, el deseo de contar y escuchar, como le ocurre a la protagonista de la película Alithea Binnie, que tiene un deseo, un deseo difícil pero no imposible, un deseo que su genio deberá cumplir, como pueda o como desee. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“Cuando toda esperanza se ha esfumado, no hay razón para el pesimismo”
Aki Kaurismäki
Si miramos a la cinematografía egipcia nos viene el nombre de Youssef Chahine (1926-2008), por encima de otros, ya sea por su prestigio internacional o por otras razones. El caso es que es difícil no recordar algunas de sus grandes obras como Estación Central (1958), La tierra (1969), Alexandria… Why? (1979), El destino (1997), entre otras. Así que, es muy de agradecer que, una distribuidora como Flamingo Films mire hacia esa cinematografía y podamos ver una película como Plumas, de Omar El Zahoiry (El Cairo, Egipto, 1988), un director que con su segundo cortometraje, The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375 (2014), compitió en el prestigioso Festival de Cannes y se alzó con varios premios alrededor del mundo. Mismo certamen que también acogió Plumas, la opera prima de El Zahoiry, y es una primera película nada convencional, porque nos cuenta una historia que es muy cotidiana, apegada a lo social y humanista, con una sinopsis nada extraña, en la que una madre con tres hijos menores a su cargo, se queda sola después que su marido desaparezca en extrañas circunstancias.
Uno de los aciertos de la película es su enorme forma, porque Plumas es una película con una forma muy particular, en la que la cámara se mantiene fija, nunca se mueve, y además, su peculiar sentido del humor en una historia de corte muy social, donde prima la austeridad en todos los sentidos, tanto de forma como de argumento. Un humor de varios niveles y múltiples capas, desde el surrealismo con ese arranque donde un truco de magia hace desaparecer al estúpido padre de familia, que recuerda a alguno de las películas de Woody Allen, y el mago se muestra incapaz de devolverlo sano y sano. También hay esperpento, muy valleinclanesco, en el que vemos a muchos personajes y situaciones de lo más extrañas, donde no falta el tropezón y el zapatazo muy a lo Tati, con lo surrealista impregnando cada secuencia y plano, como ese funcionario policial que nunca vemos, solo escuchamos, o esos empleados tarugos siempre manejando documentos que mueven y remueven, y cómo no, lo bressoniano está muy presente, en su minimalismo, con esas miradas y gestos, porque los personajes de la película apenas hablan, y si lo hacen, aún crean más confusión.
El cine del citado Chahine está muy presente en todo el metraje, con esa mujer que lucha incansablemente salir adelante y enfrentada a una sociedad patriarcal y machista, que no para de ponerle piedras en el carro, un camino de obstáculos y penurias, pero que nunca se muestra sensiblero y demás, porque la interpretación y las situaciones huyen de toda convencionalidad sentimental. El cine de Kaurismäki sobrevuela continuamente en muchos aspectos, desde esos rostros impasibles, aceptando la injusticia y la insolidaridad de los demás, batallando en una sociedad deshumanizada, en el que cualquiera aprovecha su oportunidad para aprovecharse de la desgracia del prójimo. Los maravilloso planos detalle del dinero, objeto indispensable para generar prejuicios y pobreza, con esa pequeña ceremonia de las manos contando billetes. Todo un prodigio de la película y su característica forma para hablar del sometimiento de la mujer en la sociedad árabe, pero construyendo una inteligente y sabia película, en la que no falta el humor negro, irreverente y comedido.
La gran labor del guion que firman Ahmed Amer y el propio director, la excelente cinematografía de Kamal Samy, con esos planos estáticos que muestran o no, donde es tan importante lo que vemos como lo que se nos oculta, y el pausado y relajado montaje que firma Hisham Saqr, que ya estuvo en el mencionado The Aftermath of the Inauguration of the Public Toilet at Kilometre 375, que acierta con el ritmo lento pero sólido en un film que abarca los ciento doce minutos de metraje. Los fascinantes y maravillosos intérpretes de la película, cada uno con ese aspecto como de otro tiempo, atemporal y lleno de simbolismo, entre los que destaca la magnífica interpretación de la debutante Demyana Nassar en el rol de esa madre obtusa, callada, siempre cabizbaja, con la mirada perdida que, casi sin hablar, consigue tirar hacia adelante, pese a quién pese, y sobre todo, en una sociedad muy hostil que rechaza a las mujeres. Todo un ejemplo de lucha incansable y sobre todo, de humanidad y paciencia, valores tan difíciles de encontrar en la sociedad mercantilista en la que nos ha tocado vivir. Omar El Zahoiry ha construido una película atípica y llena de aciertos e inteligencia, es de esas obras pequeñas, delicadas y llenas de amargura, pero para nada tristes, sino todo lo contrario, porque están llenas de humor, un humor que sirve para contarnos las miserias del mundo y todos aquellos que lo habitan. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA
“No compare, no mida. Ningún otro camino es como el suyo. Todas las otras sendas le tientan y le engañan. Deber recorrer el camino que tiene dentro de usted”.
Carl G. Jung
Erase una vez… un tipo llamado Nikolas, de unos treinta años y entregado a su pasión como radioaficionado. Después de morir su madre, quiere volver a su ciudad natal, Getxo, y esparcir las cenizas en alta mar, como expreso deseo de su progenitora. Y allá que se va. Podría tratarse de alguien más que hace algo, con la única diferencia que Nikolas tiene autismo. Este viaje es la primera vez que se enfrentará al mundo exterior, un universo ajeno e incierto para él, al que mirará en soledad, un mundo hostil que lo rechaza, porque Niko no es “normal”. El director Iker Elorrieta (Bilbao, 1977), ha trabajado en equipos de composición de imagen en cine de animación, ha editado y dirigido documentales para televisión y cine, y ahora, se lanza a producir y dirigir su opera prima, en una película diferente, nada convencional, que explora con sabiduría y solidez el autismo en la edad adulta, no alejándose de la verosimilitud que planteaba una película como Rain Man (1988), de Barry Levinson, donde conocíamos a Raymond Babbitt, interpretado magistralmente por Dustin Hoffman, componiendo un inolvidable personaje autista.
Elorrieta no construye una película condescendiente ni de lagrimita, sino todo lo contrario, porque el retrato de Nikolas enfrentándose al mundo es humano, realista y podríamos decir de carne y hueso. Contado como si fuese un cuento de hadas, peor con esa carga social que tanto ayuda a transmitir esa naturalidad y frescura que tiene toda la película. Una aventura cotidiana y demasiado real de Nikolas que, llegado a su Getxo natal, entablará una relación de amistad con Ane, una antigua compañera de colegio, y pagará su viaje trabajando en la limpieza de un pequeño velero. Allí, también sufrirá el rechazo de los otros empleados por ser como es, por ser diferente, por no ser como ellos. El estupendo trabajo de sonido que firma Xanti Salvador, que ha trabajado en los equipos de películas vascas tan importantes de las últimas hornadas como Handia y Dantza, entre otras. La excelente música de Aitor Etxebarría, al que hemos escuchado en la serie Intimidad, consiguiendo crear esa mezcla entre la dureza del norte y la vida junto a Ane en la que se sumerge Niko.
El cineasta bilbaíno no solo escribe y dirige, sino que también se responsabiliza de la enigmática y cálida cinematografía y del exquisito y ágil montaje que compone una película en la que suceden muchas cosas, tanto físicas como emocionales, en sus breves ochenta y siete minutos. Si la parte técnica y argumental funciona a las mil maravillas, la parte interpretativa no se queda atrás, porque lo que hace Falco Cabo, debutante en cine, es realmente impresionante, en un personaje que destila humanidad, sencillez, y sobre todo, alguien diferente y nada convencional, alguien que está en otra frecuencia, haciendo el símil de la película, alguien que es imposible no querer, adorar y sobre todo, entender aunque no resulte nada fácil, en ocasiones. Un personaje enorme, en su mundo, un tipo que recuerda a Fúsi, el protagonista de Corazón gigante (2015), de Dagur Kári, al que también le costaba adaptarse a un mundo que lo arrinconaba.
Nikolas necesita una especie de guía en este nuevo mundo que desconoce, y lo encuentra encarnado en Unsúe Alvárez que hace de Ane, al que hemos visto en breves papeles en series como Paquita Salas y en películas como 70 binladens. Su personaje es el que ayuda y se esfuerza en entender y sobre todo, en entrar en esa frecuencia en la que está Nikolas. Una persona especial que abrirá el mundo, la parte humana y cercana que también la ahí. Y finalmente, el otro lado del espejo, con el personaje de Lupo, que interpreta Jaime Adalid, con larga trayectoria tanto en televisión como en cine, uno de esos tipos que rechaza a Niko e intentará machacarlo. Elorrieta ha conseguido su difícil propósito: construir una película muy profunda y magnífica, con pocos elementos materiales, pero si mucho ingenio y una grandiosa labor de forma y fondo, porque El radioaficionado explica muchas cosas, y lo hace con inteligencia y sensibilidad, sin caer en la superficialidad ni nada que se le parezca, sino con acierto, intimidad y de verdad, esa verdad que tanto les falta a tantas producciones que pretenden contar una historia cercana pero con demasiadas ínfulas y alejadas a los propios personajes. Habrá que seguir los futuros trabajos de Elorrieta, al que esperemos que siga en esto del cine por muchos años y siga mirando la diferencia con la misma honestidad y sabiduría que lo hace en su primera película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA