El siglo XX estuvo caracterizado por la explosión de efervescencia de la música moderna, que emergió con nuevas ideas, caminos y una exaltación de nuevos intérpretes y grupos que llenaron las listas de éxitos con sus nuevas melodías y ritmos innovadores y frenéticos. Un siglo que también dejó en la cuneta a algunos de esos grandes músicos jóvenes de excepcional talento que ha dado la historia del rock. Una vida de éxitos, fama, alocada, y de desenfreno, donde las drogas y el alcohol se convertían en su refugio particular donde exorcizaban sus demonios personales y existenciales. Muchos de ellos dejaron este mundo a la temprana edad de 27 años, lo que algunos han venido a denominar «El club de los 27», cortándose así unas existencias que podrían haber seguido cosechando más logros y fracasos.
La última en sumarse a esa lista negra ha sido Amy Winhouse, fallecida el 23 de julio del 2011, una joven chica humilde de familia judía, de un barrio del norte de Londres, que dotada de una voz única, conquistó el mundo entero con sólo dos álbumes. Asif Kapadia (Londres, 1972), realizador de Senna (cinta basada en la vida del malogrado piloto de fórmula 1, Ayrton Senna) que logró buenas críticas y el beneplácito del público, convirtiéndose en el documental más taquillero de la historia del Reino Unido, se sumerge en el archivo personal de la cantante y en el de sus amigos y familiares, para descubrirnos la chica que había detrás de la artista famosa, y lo hace con la compañía de su equipo, James Gray-Rees, en la producción, y Chris King, en la edición, todos ellos se detienen en contarnos la vida de Amy Winhouse, pero no la que todos hemos visto, sino aquella centrada en sus inicios, en cuando era una joven que tocaba la guitarra, escribía canciones, y soñaba con cantar jazz. La película rescata material de archivo (grabaciones domésticas con sus amigos, algunas filmadas en vídeo y otras en móvil), que se complementan junto a algunas canciones inéditas, otras conocidas, actuaciones, la intimidad de su vivienda, de una fiesta…, entrevistas, de las que sólo escuchamos la voz, donde en la propia voz de Amy o la de sus amigos, managers, su ex marido, y todos aquellos que la conocieron y se relacionaron con ella. Los éxitos de sus discos, los premios y el aplauso del público, dejan paso a su compleja e impetuosa relación de pareja, sus terribles adicciones al alcohol y las drogas, sus vanos intentos de desintoxicación, la exposición permanente a unos paparazzis ávidos de miseria y sangre.
Un caleidoscopio humano y penetrante que además de hablarnos de la desaparición de un ser intenso, visceral y frágil, también reflexiona sobre el negocio de la música actual, de la hipocresía que engloba todo un sistema que explota los éxitos hasta límites inhumanos, con el único fin de codiciar más y más dinero. Una joven que tuvo una relación difícil con su progenitor, (que los abandonó para irse con otra mujer), y la cinta registra toda esa situación, desde un punto de vista sincero y directo, mostrando la grandeza y la miseria, las alegrías y las dificultades de alguien que escribía música como terapia, donde expulsaba toda su negrura y oscuridad en unas canciones desgarradas que hablaban de su lucha interna constante en amar y ser amada, sus miedos, su fragilidad y sobre todo, su incapacidad en vivir de otra manera.
Entrevista a Juan Schnitman, director de «El incendio». El encuentro tuvo lugar el lunes 27 de abril de 2015, en el hall del Teatro CCCB de Barcelona, dentro del marco del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Juan Schnitman, por su tiempo y generosidad, al equipo del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, por su paciencia y amabilidad, y a Oscar Fernández Orengo, magnífico fotógrafo, autor de la imagen que ilustra la publicación.
En La regla del juego, el talento del magnífico Jean Renoir ya puso en liza la falsedad y las apariencias que insanamente malvivían en un mundo dividido entre señores y criados. La cineasta brasileña Anna Muylaert, nacida en 1964 -año en que Brasil sufrió un golpe de estado que se alargó hasta el año 1985-, también aborda el tema donde ese orden entre ricos y pobres sigue prevaleciendo. Muylaert nos muestra la vida cotidiana de Val, una empleada del hogar de una familia adinerada de Sao Paulo, donde vive interna, además de cuidar al hijo adolescente, al que ha criado desde la infancia. La llegada de la hija de Val, Jéssica, que viene a hacer el examen de la selectividad, alterará el orden establecido de la casa, como sucedía en Teorema, de Pasolini.
La joven, como su madre, también procede de un origen humilde, pero ha crecido en un Brasil diferente, donde los ciudadanos han disfrutado de libertad y derechos. Las dos maneras de entender y ver las situaciones, dificulta las relaciones entre madre e hija, además de los diez años que llevan alejadas, así como también el frágil orden que impera en el microcosmos del núcleo familiar ajeno, el de los ricos. Muylaert nos habla de una realidad social cruda y tremenda, en un país donde algunas mujeres tenían que dejar sus hijos a otras personas, y de ese modo, poder criar, paradójicamente, a los hijos de las personas a las que servían para poder salir adelante y de paso facilitar una vida mejor que las suyas a sus hijos. La tercera película de la realizadora de So Paulo combina buenas dosis de comedia, donde aligera los momentos dramáticos que se cuecen a lo largo del metraje. Una película filmada casi en su totalidad en un único escenario, en esa casa de diseño, donde se vive en la exclusividad, con un padre aburrido que no encuentra que hacer, su señora snob y altiva de apariencia y adicta a un trabajo cool, y el hijo, que fuma marihuana y pasa de estudiar, donde hay una piscina donde Val tiene prohibido bañarse, donde hay lugares proscritos para la criada, en la nevera, el intocable helado del niño, y en el sótano donde está la habitación de Val, y todo un orden establecido donde hay personas de primera y segunda clase, un orden que Jéssica romperá y tras su llegada y estancia, nada volverá a ser igual, quizás ese gesto sirva para acercar más a madre e hija.
La maravillosa composición de la actriz brasileña Regina Casé (una de las intérpretes más reconocidas de su país) hace el resto de la función, dotando a su personaje de toda la calidez y humanidad necesarias, una mujer valiente y luchadora que ha tenido que lidiar con el terrible trauma que significa vivir alejada de su hija. Una película tierna y sincera, en favor de los desposeídos, de los desplazados, de los que luchan incansablemente para darles a sus hijos una serie de derechos y libertades que ellos no gozaron. Jéssica personifica todo ese Brasil diferente que ha nacido libremente y que puede llegar a estudiar en una universidad que en un principio está destinada para los de arriba. Una enriquecedora fábula de alto contenido social que crítica con fuerza la injusticia, y nos habla de un mundo que entre todos no podremos hacer que sea mejor, pero sí más humano y solidario.
Entrevista a Laurent Cantet, director de “Regreso a Ítaca». El encuentro tuvo lugar el Jueves 16 de abril en Barcelona, en la Filmoteca de Catalunya.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Laurent Cantet, por su tiempo y sabiduría, a Lorea Elso, de Golem Distribución, por su generosidad y paciencia, y que amablemente tomó la fotografía que encabeza la publicación, y a Pilar García, de la Filmoteca, por su colaboración y amabilidad.
La frase pronunciada en Perceval, de Chrétien de Troyes, vuelve a servirle a Eric Rohmer, que ya adaptó a este poeta del siglo XII en su Perceval le Gallois, en 1978, vuelve, cinco años después, a utilizarlo, en francés arcaico, para encabezar su relato Pauline à la plage (1983), tercera incursión del maestro de las relaciones amorosas y la ligereza humana, en sus Comedias y proverbios. Aquí no se tratan situaciones morales, como en sus memorables cuentos que tanto éxito proporcionaron al genio francés Rohmer en los años setenta, aquí nos propone situaciones psicológicas, nos adentra en una serie de personajes que pasan unos días, los últimos, en las playas de Normandía, donde conoceremos a Pauline, una adolescente de 15 años, a cargo de su prima Marion (Personaje surgido en los años 50 inspirado en Briggite Bardot), mayor que ella, de exultante belleza y atractivo, diseñadora de moda, que se reencuentra con su viejo amigo Pierre, un joven atractivo, profesor de windsurf, que se siente profundamente enamorado de Marion. Sin embargo, ésta se siente muy atraída por Henri, maduro atractivo, etnólogo de profesión y aventurero de oficio. En este juego amoroso, también intervendrán el adolescente Sylvain, del que se enamora Pauline y, por último, Louissette, una vendedora ambulante por la Henri se siente atraído. Una vez planteados los sentimientos de los personajes, Rohmer, lanza unos a los otros para que estalle, emocionalmente hablando, claro está. Marion cae en los brazos de Henri, y Pierre, como es habitual, estalla en celos, por lo que Marion le invita a seducir a Pauline, pero a Pierre no le atrae su juventud. Por otro lado Pauline se enamora de Sylvain, al que considera más transparente y sincero, pero aquí no cesan los amoríos. Henri seduce a la vendedora, y casualmente Pierre los descubre, pero ante la llegada de Marion, Henri le hace creer que la vendedora y Sylvain se han liado. Marion, al estar enamorada, lo cree, ante los vanos intentos de Pierre de hacerle creer que Henri no es de fiar. En cambio, Pauline se mantiene firme y le cuesta creer que Sylvain sea así. La mentira y las dobles intenciones se han desatado y arrastran a todos los personajes. Rohmer no tiene piedad por ninguna de sus criaturas, si exceptuamos a Pauline, que aquí actúa como testigo mudo de un relato vertebrado a través de la mentira, la desorientación y, sobre todo, de la inmadurez de unos adultos cuyos años no los han llevado a comportarse como tales, como lo señala el crítico J. M. López Llaví: Un agudo episodio en clave de comedia, hecho de anécdotas y de emociones interesantes y corrientes, a vueltas desproporcionadas, en torno al mundo de los sentimientos, que dejan al descubierto, el desconcierto, la soledad y la inmadurez y la falta de puntos de referencia en que se mueven la mujer y el hombre actuales en su relación actual, en una generación i en unos estamentos que han rechazado los moldes morales heredados y el si de una civilización en crisis. Aquí Rohmer, cuyo relato bien podríamos definir como una fábula de los sentimientos, es infiel por primera vez a su quehacer cinematográfico: si bien hasta ahora sus historias se estructuraban a través de un único punto de visto a través del cual seguíamos el relato de un solo narrador, aquí encontramos a un personaje que mira, nuestra querida Pauline. El maestro francés cambia de registro y nos muestra su obra con diferentes puntos de vista, según el personaje que vive la situación o la cuenta. A partir de esta película cambiará esta regla en su cine. Harry Moseby, el detective interpretado por Gene Hackman, protagonista de la excelente La noche se mueve (1975), de Arthur Penn, confiesa no gustarse el cine de Eric Rohmer porque en él “se ven crecer las plantas”. Esta confesión un tanto burlona y caricaturesca, encierra en el fondo un sentido homenaje a ese cine fabricado en el viejo continente que tanto han admirado los cineastas los cineastas como Penn, que hicieron de su cine valiente, arriesgado y alejado de lo establecido, su marca registrada. Rohmer podría asemejarse a esta manera de hacer cine, una contemplación de la vida, de los seres que la habitan y de las relaciones que mantienen los unos con los otros. El crítico Ruíz de Villalobos lo define de la siguiente manera: En el cine de Rohmer lo más asombroso, lo que apasiona más, es la facilidad que tiene para hacernos llegar, a través de la imagen fílmica, esas pequeñas cosas de la vida cotidiana, esos diálogos tan escuchados, esas situaciones tan habituales que él rodea de una aureola mágica, verdaderamente espectacular, aunque su cine, aparentemente, no sea nada espectacular. Pauline à la plage encierra un relato articulado a través de los diálogos que van manteniendo todos los personajes. La palabra es característica fundamental en el cine de Rohmer: qué sería de su cine sin el apoyo incondicional de esta herramienta que tenemos los seres humanos para relacionarnos, o como ocurre en la película, para confundirnos, desorientarnos, no ser sinceros con nosotros mismos ni con los demás, para manifestar todo lo contrario de lo que pensamos, para dar por hechos sentimientos que no tenemos, etc… Rohmer enfrenta a sus criaturas y las hace mentir, ser cómplices de la palabra y, sobre todo, dejarse llevar por los demás y dejar de ser uno mismo. El cineasta nos viene a decir algo así como que deberíamos hablar mucho menos y ser más sinceros con nosotros mismos, y así lo seremos con los demás, o quizás, en el fondo, la materia de la que estamos hecho los humanos no da para más y es éste nuestro destino. Rohmer baña a sus personajes con una luz limpia, luminosa y clara, sacada directamente de los cuadros de Matisse. Una luz blanca, poderosa, atravesada por colores planos como los del cuadro La blouse roumaine que está colgado en casa de Henri. Una fotografía para la que contó con la inestimable ayuda del genio de Néstor Almendros –barcelonés de nacimiento, pero que desarrolló casi toda su carrera en el país vecino trabajando con Truffaut y el propio Rohmer, entre otros- que dotó a la imagen de una gran sencillez, de una gran pureza ausente de grandes contrastes y sombras marcadas. Una luz y una película realizada con muy pocos medios, rodada en su totalidad con una sola toma y con un reducidísimo equipo en el que incluso los actores ayudaban en los decorados o el vestuario. Su excelente trabajo como director se vio recompensado con el premio a la mejor dirección en el Festival de Berlín de 1983. No quisiera olvidarme del excelente reparto en el que todos los actores interpretan sus roles con naturalidad y con unos diálogos y movimientos que los hacen pertenecer a ese mundo tan maravilloso que durante más de cincuenta años fue creando Rohmer a través de sus relatos románticos en los que nada es lo que parece y, por supuesto, todo lo que parece resulta extraído de una realidad maravillosamente cotidiana, por el propio Rohmer, un consumado observador de la vida y un retratista de los paisajes emocionales y naturales. Ya que el cine de Rohmer nace en gran parte de la literatura clásica, quisiera despedirme con una cita de Blaise Pascal: … no tenemos más remedio que admitir que si el corazón tiene sus razones que la razón desconoce, es que ésta es menos razonable que nuestro corazón. Les dejo con la película Pauline à la plage, un retrato agridulce e irónico sobre las relaciones amorosas en el que Rohmer nos llevará de la mano a las playas de Normandía a conocer a unos personajes que aunque parezcan algo patéticos podrían ser alguno de nosotros, o el compañero de butaca que tenemos al lado. Y todo ello baja la atenta mirada de una adolescente de 15 años que nos mira y escucha.