Entrevista a Daniel Grao, actor de «Julieta», de Pedro Almodóvar. El encuentro tuvo lugar el lunes 4 de abril de 2016, en el vestíbulo del Cine Phenomena de Barcelona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Daniel Grao, por su tiempo, generosidad y cariño, a Ainhoa Pernaute, y al equipo de prensa de El Deseo, por su paciencia, amabilidad y simpatía, que además tuvieron el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación.
La película número 20 de Pedro Almodóvar (1949, Calzada de Calatrava, Ciudad Real) se abre de forma icónica y relevante. El plano nos muestra la forma de una vagina que inmediatamente, cuando el cuadro se abre, observamos que se trata del albornoz que lleva Julieta, la protagonista, e inmediatamente aparece el título de la película que inunda todo el cuadro. Julieta es el hilo conductor elegido por el cineasta para contarnos tres décadas de su vida, las que abarcan de 1985 hasta el 2015. Almodóvar se vuelve a su universo femenino, a centrarse en la maternidad, en el peso emocional que significa ser madre, el hecho de tener una hija y sobre todo, en las difíciles relaciones materno filiales. No obstante, desde su segunda película Laberinto de pasiones, las madres son una figura crucial e importante en su cine. Exceptuando a Gloria, la heroína de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, que representaba la tristeza y la soledad más extremas, y se debatía en sentirse viva con cualquier extraño o abandonar a su familia y vivir su vida. Las madres que aparecían en sus primeras películas, solían ser madres dominantes, castradoras y tremendamente manipuladoras. Aunque a partir de 1999, con Todo sobre mi madre, la imagen de las madres almodovarianas mudó de piel, se convirtieron en figuras protectoras, luchadoras que se desviven por el bienestar de sus primogénitos, actitudes que en algunos casos les lleva a tener relaciones complejas y dolorosas con sus hijos y entorno. Recordemos a la Manuela de la citada Todo sobre mi madre, la Raimunda e Irene de Volver, o la Julieta de ahora.
Julieta nace a partir del imaginario de la escritora premio nobel, Alice Munro (1931, Wingham, Cánada), unos relatos cortos que suponen la tercera película de Almodóvar basada en un texto ajeno – las anteriores fueron Carne trémula, de Ruth Rendell y La piel que habito, basada en Tarántula, de Thierry Jonquet -. Una película que originalmente se iba a llamar Silencio e iba a rodarse en inglés, pero el proyecto tomó otra forma muy diferente. La trama arranca en la actualidad, en un piso vacío, en una situación de despedida, de tránsito, de dejar algo, Julieta (maravillosa Emma Suárez, que se convierte en uno de esos personajes femeninos emblemáticos que construyen el universo Almodóvar, mujeres solitarias, perdidas y rotas de dolor) deja Madrid para empezar una nueva vida en Portugal junto a su chico Lorenzo. Un encuentro fortuito cambia sus planes, y decide escribirle una carta a su hija Antía, una carta que llevaba mucho tiempo intentando escribir. Julieta le cuenta una experiencia que le cambió la vida, y arranca treinta años antes. Nos trasladamos a 1985 (no es casualidad que el período temporal de la película sea el mismo período de vida de El Deseo, la productora de los hermanos Almodóvar) y allí, en una noche de temporal, en un tren, Julieta (emocionante Adriana Ugarte) conoce a Xoan del que se enamora (guapísimo y masculino Daniel Grao) un hombre, pescador de oficio, que funciona como arquetipo, como un símbolo premonitorio de la tragedia. Julieta empieza una nueva vida en Galicia, junto al mar. Allí nace su hija Antía y el tiempo va pasando. Algo sucederá que reventará la tranquilidad de la vida de pueblo marina, algo que lo cambiará todo y desencadenará el drama de la película.
El film viaja de una época a otra de manera sutil y tranquila, Almodóvar nos cuenta, a través de abundantes primeros planos con los que encuadra a su heroína, el drama de forma sencilla, avanzando lentamente, cuidando las situaciones con esmero, no adelantándose a los acontecimientos y dejando que todo vaya fluyendo. En relación a sus últimos melodramas, aquí el drama es diferente, otra vuelta de tuerca sabia de los infinitos recursos cinematográficos del manchego, que en esta ocasión, se cimenta a través del silencio, de la derrota psicológica y el interior emocional. Todo funciona de manera contenida, hay dolor, llanto, culpa y rabia, pero todo se desata en el interior de Julieta. Sí, estamos frente a una alma en pena que vaga sin rumbo y golpeada terriblemente por el peso del pasado, pero todo se sobrevive de manera callada, en silencio, no tiene fuerzas para gritar hacía fuera, y lo hace hacía dentro. El dolor la destruye y la mata, no es vida, se arrastra y no encuentra fuerzas para mantenerse en pie, pero hace todo lo posible para seguir hacía algún sitio, porque no es hacía delante, quizás su camino sea hacía el limbo de la pérdida y el dolor que mata pero no del todo. Almodóvar utiliza dos actrices para encarnar a la desdichada Julieta (cómo hacía Buñuel en Ese oscuro objeto de deseo, o Bergman en Persona, con la que comparte espejos deformantes de similitud y forma), resulta francamente extraordinario el momento que cambia de espacio temporal, en el mismo encuadre, en una elipsis de fuerza sobrecogedora, sólo utilizando una toalla.
Dos mujeres rubias, dos miradas que abarcan treinta años, tres décadas de cambio, de un país de luz a otro muy oscuro, de aquellos años de vida y alegría, a estos de ahora, invadidos por la negritud y la incertidumbre. El melodrama se siente, se huele, nace desde las entrañas de Julieta, de su dolor, su culpa, y su vida amarrada a una ilusión que se desvanece como las flores en invierno. Aquí no hay espacio para la comedia, Almodóvar prescinde de esos momentos marca de la casa, que contribuían a aligerar peso en medio de la tragedia de sus personajes femeninos, en esta no hay espacio, sólo silencio, no hay tiempo para reír, sólo para penetrar en el interior de Julieta, cómo nos propone desde el primer plano de la película. Almodóvar no quiere que te distraigas, quiere que permanezcas atento a la pantalla, que sólo tengas ojos para Julieta, que sigas su camino redentor, como un barco a la deriva, sin rumbo, que observes sin juzgar esa alma destrozada y apagada, pero fuerte, que se resiste a tirar la toalla.
Almodóvar viste sus películas con colores fuertes y vivos con predominio del rojo, que ya forman parte de un elemento característico en su cine, cada detalle y objeto están pensados y estudiados, nada es producto del azar, todo tiene su importancia, cada detalle por muy insignificante que parezca, forma parte de un todo. La luz de Jean-Claude Larrieu (habitual del cine de Isabel Coixet) impregna los encuadres de una forma tenebrosa y oscura en la parte de Galicia, (como la secuencia del tren con esa luz abstracta, casi de película de terror, escena que nos recuerda a momentos de la película Una noche, un tren, de André Delvaux) y esa luz apagada, que no brilla en los de Julieta adulta. La música de Alberto Iglesias (habitual del manchego en los últimos 9 títulos) envuelve a los personajes con unas melodías suaves que se agarran a fuego en la piel de Julieta. Como es habitual en el cine de Almodóvar, la dirección de actrices es extraordinaria, el director sabe manejar cada mirada y cada gesto dotándolo de las fuerzas necesarias, que aunque los personajes tengan menos apariciones, cada uno de ellos tenga su peso importante en la trama que se nos cuenta. El personaje de Inma Cuesta como la escultora Ava, o Beatriz, que interpreta Michelle Jenner, amiga de la infancia de Antía o Lorenzo, el hombre que viene al rescate que compone Dario Grandinetti. Almodóvar ha construido un melodrama clásico, como sus añorados Stahl o Sirk (con alusiones claras a Imitación a la vida), ese drama que se agarra al alma y no te suelta, que te conmueve desde la sutileza, sin aspavientos ni exaltaciones, a través de lo contenido, de ese dolor que crece en el interior, que no te deja, que te ahoga y te mata lentamente, cada día un poco más.
Dos niños de corta edad vagan sin rumbo, en busca de su joven madre ausente, caminan cansados y hambrientos por las calles nocturnas de un verano que para ellos se ha vuelto frío y lleno de soledad. El cineasta Edward Berger (1970, Wolfsburgo, Alemania), de amplia experiencia en el medio televisivo como guionista en series de renombre, salta a la gran pantalla con una cinta que nos somete a la triste y durísima experiencia de Jack, un niño de 10 años que tiene que acarrear y cuidar de su hermano Manuel de 7 años, debido a las ausencias de una madre Sanna, de 26 años, que a pesar que quiere a sus hijos (nacidos de dos relaciones diferentes) está más preocupada de salir con sus amigos y saltar de novio a novio.
Berger cuece su película a fuego lento, el recorrido emocional va entrando de manera cadenciosa, sin alarmismos ni secuencias histriónicas, no hay nada de eso, todo parece surgir lentamente, contado de manera realista y dramática, sin caer en ningún momento en excesos innecesarios ni subrayados tremendistas. Jack (excelente el trabajo de miradas y gestos del niño actor debutante Ivo Pietzcker) se ve envuelto en una realidad triste que le cuesta comprender en un principio, pero poco a poco, entenderá que tanto él como su hermano se encuentran solos y desamparados, y tendrán que luchar diariamente para seguir hacía delante, para más inquietud y preocupación en su vida, Jack tendrá que soportar el acoso y la violencia física que le somete un compañero en el centro de acogida. Ante esta gélida realidad donde las emociones se vuelven aristas llenas de miedo, el niño asume un papel que no le corresponde y se revela ante una sociedad que no le escucha y además, le separa de su familia, o al menos de los seres a los que quiere.
Berger firma el guión junto a Nele Mueller-Stöfen (que además actúa en el film como tutora en el centro de menores), un texto que se deja de detalles superfluos, y nos va digiriendo la información de manera sencilla y paciente, una película de pocos diálogos, anclada en el peso de las miradas, los gestos y ciertos detalles que nos van apaleando emocionalmente, nos colocan en medio de una sociedad no pensante, que se mueve a gran velocidad, y ha olvidado por completo el dolor ajeno y sobre todo, el desamparo y la falta de cariño de algunos padres hacía sus hijos, (unos progenitores mal llamados padres, porque se niegan a asumir su responsabilidad). La cinta de Berger nos remite a otros niños que también sufrieron la soledad y la ausencia de cariño como Edmund Kohler o Antoine Doinel, y otros más recientes como los hermanos de Nadie sabe (2004), de Hirokazu Koreeda, a los que su madre abandonaba a su suerte, o Cyril, el niño de 11 años de El niño de la bicicleta (2011), de Jean-Pierre y Luc Dardenne, que también huía del centro de menores, como hace Jack, para reunirse con un padre que no lo quería, y encontraba consuelo en una joven que se hacía cargo de él. Niños solos, niños sin amor, niños desamparados, y sobre todo, niños sin infancia, con un tiempo robado, de vidas quebradas emocionalmente, que vagan sin rumbo por un mundo que hace tiempo cambió de camino.
En La regla del juego, el talento del magnífico Jean Renoir ya puso en liza la falsedad y las apariencias que insanamente malvivían en un mundo dividido entre señores y criados. La cineasta brasileña Anna Muylaert, nacida en 1964 -año en que Brasil sufrió un golpe de estado que se alargó hasta el año 1985-, también aborda el tema donde ese orden entre ricos y pobres sigue prevaleciendo. Muylaert nos muestra la vida cotidiana de Val, una empleada del hogar de una familia adinerada de Sao Paulo, donde vive interna, además de cuidar al hijo adolescente, al que ha criado desde la infancia. La llegada de la hija de Val, Jéssica, que viene a hacer el examen de la selectividad, alterará el orden establecido de la casa, como sucedía en Teorema, de Pasolini.
La joven, como su madre, también procede de un origen humilde, pero ha crecido en un Brasil diferente, donde los ciudadanos han disfrutado de libertad y derechos. Las dos maneras de entender y ver las situaciones, dificulta las relaciones entre madre e hija, además de los diez años que llevan alejadas, así como también el frágil orden que impera en el microcosmos del núcleo familiar ajeno, el de los ricos. Muylaert nos habla de una realidad social cruda y tremenda, en un país donde algunas mujeres tenían que dejar sus hijos a otras personas, y de ese modo, poder criar, paradójicamente, a los hijos de las personas a las que servían para poder salir adelante y de paso facilitar una vida mejor que las suyas a sus hijos. La tercera película de la realizadora de So Paulo combina buenas dosis de comedia, donde aligera los momentos dramáticos que se cuecen a lo largo del metraje. Una película filmada casi en su totalidad en un único escenario, en esa casa de diseño, donde se vive en la exclusividad, con un padre aburrido que no encuentra que hacer, su señora snob y altiva de apariencia y adicta a un trabajo cool, y el hijo, que fuma marihuana y pasa de estudiar, donde hay una piscina donde Val tiene prohibido bañarse, donde hay lugares proscritos para la criada, en la nevera, el intocable helado del niño, y en el sótano donde está la habitación de Val, y todo un orden establecido donde hay personas de primera y segunda clase, un orden que Jéssica romperá y tras su llegada y estancia, nada volverá a ser igual, quizás ese gesto sirva para acercar más a madre e hija.
La maravillosa composición de la actriz brasileña Regina Casé (una de las intérpretes más reconocidas de su país) hace el resto de la función, dotando a su personaje de toda la calidez y humanidad necesarias, una mujer valiente y luchadora que ha tenido que lidiar con el terrible trauma que significa vivir alejada de su hija. Una película tierna y sincera, en favor de los desposeídos, de los desplazados, de los que luchan incansablemente para darles a sus hijos una serie de derechos y libertades que ellos no gozaron. Jéssica personifica todo ese Brasil diferente que ha nacido libremente y que puede llegar a estudiar en una universidad que en un principio está destinada para los de arriba. Una enriquecedora fábula de alto contenido social que crítica con fuerza la injusticia, y nos habla de un mundo que entre todos no podremos hacer que sea mejor, pero sí más humano y solidario.