Entrevista a Jaime Rosales

Entrevista a Jaime Rosales, director de la película «Morlaix», en los Cines Verdi en Barcelona, el jueves 13 de marzo de 2025.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Jaime Rosales, por su tiempo, sabiduría, generosidad, a Óscar Fernández Orengo, por retratarnos de forma tan maravillosa, y a Ana Sánchez de Trafalgar Comunicació, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad.  JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Morlaix, de Jaime Rosales

EL AMOR Y EL VACÍO. 

“Un día voy a escribir todo lo que siento. Y vas a leerlo y a preguntarte si se trata de ti. Y probablemente si. Y posiblemente ya no”. 

Mario Benedetti 

La coherencia y la búsqueda son dos elementos que encontramos en el cine de Jaime Rosales (Barcelona, 1970). Un cine que desafía y cuestiona su propio cine, revelándose en cada película como un nuevo comienzo, un nuevo camino y sobre todo, encontrar una nueva forma de mirar cada historia. Una filmografía compuesta por ocho títulos, con una primera mitad donde la ejecución se regía en espacios de experimentación y de incesante búsqueda de miradas trabajando con texturas y formatos y cuadros diferentes en cada una de las películas. Su deslumbrante debut con Las horas del día (2003), le siguieron la incómoda La soledad (2007), que lo aupó a un reconocimiento fuera de los circuitos independientes. Con Tiro en la cabeza (2008), levanta prejuicios y sensibilidades acercándose al terreno de ETA. Con Sueño y silencio (2012), cierra una etapa donde lo exterior en forma de accidente sobrecoge a sus personajes. Con Hermosa juventud (2014) abre una segunda etapa donde la intención es llegar a un público más amplio, sin renunciar a las cuestiones que provoca cada nuevo trabajo, adentrándose en una mirada sobre una juventud perdida, precaria y vacía. En Petra (2018), y Girasoles silvestre (2022), los jóvenes eran objeto de estudio desde perspectivas profundas e interesantes. 

Con Morlaix sigue indagando en la juventud y nos lleva a un pequeño pueblo costero y norteño de la Bretaña francesa. Allí, en un lugar donde nunca pasa nada, encontramos a Gwen, una joven en su último año de instituto y acaba de perder a su madre, y mantiene una relación sentimental poco satisfactoria, y donde llegará el parisino Jean-Luc, un tipo carismático, diferente y extraño. Rosales usa este encuentro para hablarnos del amor y los vacíos existenciales cuando eres joven, cuando todavía hay tanto por vivir y por hacer, o quizás no. A partir de un sobresaliente guion firmado a cuatro manos por Fany Burdino y Samuel Doux, que tienen en sus carreras nombres tan reconocidos como los de Joachim Lafosse, Cédric Khan, Laurent Cantet y Louis. Julien Petit, entre otros, la directora Delphine Gleize autora de filmes como los de Carnages y La permission de minuit, entre otras, y el propio director, donde logran una película sensible, transparente, muy dialogada y llena de matices y grises, donde los jóvenes hablan sobre la vida, el amor, el vacío y demás cuestiones esenciales y vitales donde vna exponiendo diferentes posiciones y conflictos. 

A través de un cuadro en 35mm para el blanco y negro y el 16mm para el color, por el que deambula tanto en los dos formatos y texturas, de forma bellísima y nada artificial, en un gran trabajo de Javier Ruiz Gómez, del que conocemos sus trabajos para Max Lemcke, en El cuadro, de Andrés Sanz y para el francés Jean-Christophe Meurisse, etc… y debutante con Rosales, en un extraordinario ejercicio de plasticidad y cercanía que convierte al espectador en un personaje más, convirtiéndose en testigo privilegiado. La excelente música de Leonor Rosales March ayuda a acompañar esos vacíos, miradas y gestos que informan igual que las palabras las vicisitudes y extrañezas que acompañan a los protagonistas. El magnífico montaje de Mariona Solé Altamira, que tiene trabajos con Gerard Oms, Unicornios, de Àlex Lora, y los documentales  El techo amarillo, de Coixet y Pepi Fandango, de Lucija Stojevic, entre otros, consigue una composición que nos acerca de forma reposada a la historia y sus personajes en sus intensos 124 minutos de metraje que para nada resulta pesado y reiterativo, sino lleno de reovecos y laberintos, en los que el artefacto del cine pasa a ser un reflejo de sus vidas y viceversa, porque sus historias se convierten en ficción y realidad a la vez, en otro profundo y sincero juego de metacine que nos deslumbra. 

Los repartos de las películas del director barcelonés nunca resultan baladí y son muy estudiados ejerciendo una personalidad sólida a sus historias, y en Morlaix sigue la misma senda que tan buenos resultados interpretativos le ha dado. La magnífica debutante Aminthe Audiard encarna a la mencionada Gwen, que no está muy lejos de las heroínas de Rohmer, con un estado de ánimo nada claro e insatisfactorio que no cesa de preguntarse por la vida, el amor y la muerte, en un incesante juego de miradas, gestos y silencios que sobrecogen. El otro lado del espejo lo compone Jean-Luc, el forastero, que hace un increíble Samuel Kircher, al que vimos en El último verano, de Catherine Breillat, donde captura toda esa indecisión vital y esa forma de amar tan pasional que no tiene término medio. Los adultos los hacen Mélanie Thierry, con casi 40 títulos entre los que destacan películas con Tavernier, Techiné, Guilliam, León de Aranoa, Arcand, Spike Lee y muchos más, en un personaje muy importante del que no desvelaremos nada más. Àlex Brendemühl, el único actor que está presente en muchas de las películas de Rosales tiene otro rol, igual de interesante. 

Las referencias de la película que inteligentemente no esconde sino que las realza por el bien de la historia que quiere transmitir. Empezamos por las muchas cercanías que comparte con La reconquista (2016), de Jonás Trueba, tanto en su forma de mirar la adolescencia, sus vacíos e inquietudes, y el amor que tienen y cómo lo experimentan, y después en la adultez, en el cuestionamiento de las decisiones tomadas y todas esas proyecciones al futuro que sólo quedaron en meros pensamientos y posibilidades teóricas. Los “cuentos” del citado Rohmer están presentes en la trama, y no sólo por el idioma francés, sino y sobre todo, por cómo los personajes hablan de la vida y el amor, cuestionando sus decisiones y tomando conciencia de la importancia de cada decisión no sólo ahora en la juventud sino en su significado futuro. La sombra de Bresson también está presente en la trascendencia de lo que sucede y cómo se cuenta, usando la tranquilidad y la reflexión, en una película muy hablada, pero para nada aburrida, sino todo lo contrario, donde cada palabra contradice la anterior y así sucesivamente, en un certero caleidoscópico de opiniones, reflexiones y demás. Nos hemos vuelto a emocionar con el cine de Rosales y sus Gwen y Jean-Luc, tan bellos, tan perdidos, tan enamorados y sobre todo, tan ellos y tan solos, recordándonos la fragilidad y la vulnerabilidad de nuestras existencias y sentimientos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Marguerite Duras. París 1944, de Emmanuel Finkiel

LA MUJER QUE ESPERA.

Estamos en el París ocupado por los nazis, en junio de 1944. Marguerite es una mujer de unos treinta años que participa en la resistencia junto a su marido, Robert Antelme. Un día, la Gestapo detiene a Robert y lo deporta. A partir de ese instante, comienza el particular vía crucis de Marguerite, en la que su única existencia se reduce a esperar, a convertirse en una sonámbula en su propio apartamento, y caminando sin cesar por las calles de París con el objetivo de encontrar algún indicio, por pequeño que sea, del paradero de su marido. Marguerite encuentra consuelo o rabia en Rabier, un policía colaboracionista que le facilita información del paradero de su marido, y también, sigue en contacto con miembros de la resistencia como Dionys. El director Emmanuel Finkiel (Boulogne-Bilancourt, Francia, 1961) ayudante de Tavernier, Kieslowksi o Godard, encuentra en el texto biográfico de “El dolor”, de Marguerite Duras (1914-1996) la base para construir su relato, un relato en el que también hace memoria de su propia familia, ya que muchos de sus miembros fueron deportados. Finkiel nos habla de las presencias, y sobre todo, de las ausencias y el tiempo, del dolor de una mujer que ha dejado de vivir, sólo existe para su marido, aquel que no está, aquel que no sabe dónde se encuentra, y sobre todo, que fue de él.

Finkiel acota su película en un período de un año más o menos, aquel que va desde junio del 1944 a abril de 1945, un espacio de tiempo, donde París será liberada y la alegría de unos, la mayoría, contrasta con la tristeza y la desesperación de unos pocos que ven que los suyos no regresan y el tiempo, el maldito tiempo, pesa como una losa, como si no quisiera avanzar, como si fuese esa agua estancada que huele a podrido, un tiempo pesado, dolorido y triste. La luz de Alexis Kavyrchine consigue encerrarnos en esa prisión de ausencia en la que se encuentra instalada, muy a su pesar, Marguerite, con ese rostro triste, de no vida, ese rostro en mitad de la nada, en mitad de no sabe dónde, con esa mirada caída, sin fuerzas, de una mujer herida, que sólo espera, como si su espera fuese un aliento de vida tan frágil que despertarse y caminar cada día en busca de noticias, fuese casi un milagro, como si fuese el último día, porque quizás mañana no tendrá fuerzas suficientes para emprender su rutina diaria.

Finkiel captura el alma triste y despojada de esa ciudad ocupada, entre colaboracionistas, delatores, deportaciones, y sobre todo, ese miedo que te entra en las entrañas y te desgarra por dentro, ese miedo instalado en cualquier rincón de la ciudad, donde todo se mueve con sigilo y nervios, donde cualquiera se ha convertido en extraño y enemigo, donde hasta el más perdido, puede delatarte. El cineasta francés ha hecho una película de corte clásico, pero tristemente actual por su contenido, en el que la ética y la moral tanto de unos y otros, vencedores o vencidos, se debate entre aquello que hacemos para conseguir con vida, aunque sea a costa de otros que en realidad son inocentes, y nuestra conducta ante la maldad cotidiana, esa que vemos y sabemos, pero que callamos por miedo a la represalia. Finkiel construye una intriga psicológica de gran calado cinematográfico, en el que seguimos la existencia durísima y triste de Marguerite, por un lado, y por el otro, el contexto de la guerra en las ciudades, donde la guerra era demasiado presente, donde el invasor y aquellos que le ayudaban, sembraban el terror en cada calle, en cada esquina y en cada apartamento, sin lugar a respirar, con un ahogo continuo donde nadie está a salvo.

Finkiel convierte en la ciudad en un personaje más, inundando sus calles de miedo, de dolor, de tristeza, como un espacio sin vida, reflejo del trasfondo psicológico que experimentan sus personajes, desde Marguerite, impresionante la composición de la actriz Mélanie Thierry (que habíamos visto como cooperante en la guerra de los Balcanes en Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa) en la que consigue con sutileza y sobriedad capturar todas las emociones que tiene su personaje, esa Marguerite rota por el dolor, con sus angustias y pesares, sin recurrir a las estridencias y la gestualidad tan recurrentes en este tipo de personajes tristes. Le acompañan Benoît Magimel, como colaboracionista, y completamente irreconocible, con bastantes kilos de más, con esa soberbia y prepotencia del vencedor, y esos trajes impolutos en los que demuestra su posición en tiempos tan amargos y de carencias, en una interpretación modélica, en la que como su partenaire, retrata desde la contención y el detalle más ínfimo, y esta terna la completa Benjamin Biolay como uno de los jefes de la resistencia, y principal apoya emocional de Marguerite, con ese aire de Belmondo, en el que compone una interpretación intensa y sobre todo, de miradas, desde la sobriedad del conjunto de la película. Finkiel ha creado una obra con mayúsculas, sin recurrir a trucos efectistas ni maniobras argumentales facilonas, sino todo lo contrario, mostrando la ausencia y ese dolor que provoca, ese dolor que se agarra al alma y no la deja respirar, que acaba corrompiendo tus sentimientos, tus fuerzas para seguir, tu coraje para seguir esperando, aunque sea lo más duro de tu vida, porque seguir alimentando la esperanza es lo único a lo que puedes agarrarte cuando ya nada más importa y existe.