Ciento volando, de Arantxa Aguirre

EL PAISAJE, LA FORMA Y LOS ENCUENTROS. 

“El arte está ligado a lo que no está hecho, a lo que todavía no creas. Es algo que está fuera de ti, que está más adelante y tú tienes que buscarlo”. 

Eduardo Chillida

Es verano, amanece en San Sebastián. Junto al mar, donde las olas rompen contra la piedra, en la ubicación de la escultura del “Peine del Viento”, de Eduardo Chillida (1924-2002), se persona la actriz Jone Laspiur, que nos encantó en Ane (2020), de David Pérez Sañudo, en Akelarre (2020), de Pablo Agüero y Negu Hurbilak (2023), del Colectivo Negu, entre otras. La actriz nos guiará por Ciento volando (que acoge como título una frase recurrente del escultor), la séptima película de Arantxa Aguirre (Madrid, 1965), que está dedicada a la vida y obra de Chillida, que el pasado viernes 10 de enero hubiera cumplido 100 años. La película no se dedica a mostrar sus obras y a acompañarla de expertos y admiradores de su obra que nos vayan resplandeciendo tanto su figura como su trabajo, como a veces ocurre con este tipo de trabajos. El largometraje de Aguirre no va por ahí, se decanta por otros menesteres, que escribía Cervantes, porque su trabajo nos invita a la quietud y el silencio, y nos convoca a bucear nuestra alma, sin prisas pero tampoco con excesiva pausa, y no usa mejor vehículo que un gran paseo por Chillida Leku, el museo al aire libre convertido en la obra cumbre del escultor. 

Una película se nutre de la escultura de Chillida, como no podía ser de otra manera, a través de la contemplación de sus obras, acompañada de algunas referencias históricas de su vida y obra, mediante un archivo escueto, porque la película quiere romper el tiempo convencional y restaurarlo, es decir, hablar del pasado y el futuro siempre con el presente por delante, donde el tiempo se esfuma, se revierte hacia un sentido mucho más amplio del término, despojándose de su espacio convencional para abrirlo a más formas, texturas, ideas, reflexiones y sobre todo, dibujar una obra imperecedera, sin tiempo ni lugar, aunque el cielo oscuro y plomizo del norte vasco tenga una importancia cumbre en el hierro y forjado que usaba el escultor. La película abraza el paisaje, no tiempo y los encuentros a partir de la curiosidad de la citada Jone Laspiur que, actúa como un guía inquieto y tremendamente observador, como los narradores Shakesperianos, que va dialogando con familiares, compañeros y amigos de Chillida para contarnos la parte más humana y desconocida del genio, en la que la presencia de su mujer Pilar Belzunce en su vida fue capital para entender y saber su camino como escultor y también, su pasión por su trabajo, su tierra, sus obras y todo el universo invisible y espiritual que la rodea. 

La obra de Aguirre tiene un acabado formal y narrativo exquisito, donde cada encuadre es conciso y sobrio, porque era muy fácil caer en un exceso de belleza, pero la película tiene mucho tacto en ese aspecto, porque no se recrea ni con el entorno ni con las obras. Un trabajo de cinematografía que firman tres grandes nombres de la industria vasca como Gaizka Bourgeaud, que tiene en su filmografía nombres como Ana Díez, Asier Altuna, Telmo Esnal y Lara Izagirre, entre otros, el de Rafael Reparaz, que ya hizo Dancing Beethoven (2016), con Aguirre, amén de Ira, de Jota Anorak, Asedio, de Miguel Ángel Vivas, y Carlos Arguiñano Ameztoy. Una imagen elegante y cercana, cogiendo todos esos colores grisáceos que van tan bien para mirar las obras como para descubrir su interior, El magnífico trabajo de montaje de Sergio Deustua Jochamowitz en su segunda película con la directora después de La zarza de Moisés (2018) sobre la longeva compañía teatral de Els Joglars. El gran trabajo de sonido que cuida y mima al detalle cada leve ruido que escuchamos, de un grande como Carlos de Hita, que ha trabajado con Gerardo Olivares, en documentales sobre naturaleza con Joaquín Ruiz de Hacha y Arturo Menor, e Icíar Bollaín, entre otros. 

Si no les gusta la obra de Chillida, o quizás, tampoco estén interesados en la escultura y mucho menos en su estilo, o tal vez, no tengan ni idea ni sepan interpretar sus obras, no teman, porque la película está abierta a todos los públicos, tanto los seducidos como los descreídos, porque no es sesuda ni para intelectuales, como se decía antes. Ciento volando, de Arantxa Aguirre sigue la estela de anteriores trabajos de la directora madrileña, siempre en el campo de las artes y sus creadores, los ya citados que hablaban de danza y teatro, los que ha dedicado a grandes músicos en Una rosa para Soler (2014), El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados (2018), y la pintura en Zurbarán y sus doce hijos (2020). Las obras de Aguirre son curiosas y muy inquietas, porque nos muestran universos complejos y biografías alucinantes, pero lo hace dejando la ceremonia y el bombo de otros títulos, para recorrer de una forma íntima y profunda todos los lados, texturas y formas de la obra del autor en cuestión y además, traza una incisiva y natural acercamiento a la persona, a su intimidad, a sus quehaceres cotidianos, a sus amores o no, y si faltaba alguna cosa, los devuelve al presente, los hace visibles, los hace contemporáneos y sobre todo, los hace muy cercanos y transparentes, los saca de la pompa y los hace cotidianos para que cualquier espectador pueda conocerlos, reconocerlos o simplemente descubrirlos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Maija Isola. Ella, el color y la forma, de Leena Kilpeläinen

LA MUJER Y LA ARTISTA.   

“El diseño industrial necesita las bellas artes detrás para estar vivo”

Maija Isola

Muchos desconocíamos la figura de Maija Isola (Rrihimäki, Finlandia, 1927 – 2001), posiblemente la diseñadora y pintora textil más importante de la segunda década del siglo XX y más allá. La artista hizo más de 500 dibujos y diseños para objetos del hogar como manteles, delantales, cuadros, ropa de vestir y para aerolíneas, y mucho más. Un trabajo que la convirtió en la artista más icónica de todos los tiempos en la marca Marimekko, a la que le dedicó treinta y seis años de trabajo desde la década de los cincuenta hasta finales de los ochenta. La directora finesa Leena Kilpeläienn, con formación en Moscú, cinematógrafa y directora del documental The Voice of Sokurov (2013), que dedicó a la figura del genial cineasta ruso, vuelve con otro retrato, un retrato sobre la figura de Maija Sola, construyendo un recorrido muy exhaustivo y profundo desde su nacimiento hasta sus últimos días, pero aunque opte por una estructura lineal, la película no es nada convencional, adecuándose al arte de la Maija Isola.

A saber, la vida de la artista es contada por la propia artista, a través de sus documentos, reflexiones y demás, también participan su hija y nieta, que han seguido sus pasos en el universo textil. Además, la película se nutre de importantísimas imágenes de archivo, tanto personales como externas, tanto actuales como del pasado, donde nos contextualizan la época y los diferentes lugares por los que pasó la insigne artista. También se recurre a la animación para dar vida a los innumerables diseños y dibujos de Isola. Todo este puzle de textos, voces, imágenes se desarrolla a través de los tres pilares del trabajo de la artista: la luz, el color y la forma, que se nutrían de la naturaleza, el folk y los incontables viajes que realizó Maija Sola. La película es mucho más que un retrato de una artista, porque ante todo está la mujer, una mujer que rompió esquemas y todos los moldes posibles de la sociedad conservadora de mitad del siglo XX, porque siempre quiso ser ella, completamente independiente, amó con pasión y sin cortapisas tanto su trabajo como los hombres con los que estuvo. Una mujer que no es solo un referente para el diseño industrial, sino también por su forma de vivir y estar en el mundo y en la sociedad, porque fue una incansable amante de la vida, de los lugares y de las personas.

La cinta huye de cualquier atisbo de condescendencia y sentimentalismo, y no solo hace un retrato profundo y personal de Maija Isola, sino que nos sumerge en el significado de su trabajo, en el arte en sí mismo, en su actitud frente a sus diseños y sobre todo, en la parte humanista que encierra toda una forma de búsqueda, experimentación y de movimiento, donde la luz resulta fundamental, los llamativos y fusión de colores vivos, intensos y llenos de vida, sin olvidar las diferentes formas, texturas y mezclas que proponía la artista, y la alejaron del conservadurismo de la época y rompió definitivamente con los estampados y las formas clásicas, dotando al mundo del diseño textil de nuevos caminos y rutas por las que transitar, totalmente inciertas, llenas de aventuras y sobre todo, llenas de pasión y vida infinitas. Porque aparte de la artista, la película nos muestra esa otra parte interior, donde encontramos una mujer modernísima, a contracorriente de todo, con un mundo espiritual absorbente y lleno de luz y color, conociendo sus diferentes parejas, recorriendo sus diferentes travesías por lugares como su Finlandia natal, donde huía de las pequeñas urbes conservadoras y vacías, adentrándose en la naturaleza como refugio para experimentar y sentirse viva, ese París tan lleno de vida y formas que experimentar, la España del sur y la colonial, donde perderse por la cultura árabe y sus diferentes formas de vestir y vivir, ese Estados Unidos donde ver, conocer y sentir, y muchísimos más, donde Maija vivía, buscaba y encontraba formas y caminos que conocer y atrapar.

Nos alegramos que existan trabajos como Maija Isola. Ella, el color y la forma, con un subtítulo muy revelador de la figura que nos vamos a encontrar en este camino por su vida, sus pensamientos, sus hijas, sus viajes, sus amores, sus experiencias, y sobre todo, sus diseños que siguen maravillando a todos y todas las personas que los descubren por primera vez, como le ha ocurrido al que escribe todo esto, porque con el trabajo de Isola ocurre que ya lo habíamos visto, pero no sabíamos que eran de ella, por eso esta película es tan importante, porque tiene ese espacio didáctico, que el arte siempre ha de tener, descubrirnos y mostrar a personas que no deberían tener esa invisibilidad, porque Maija Isola, no solo es una gran artista, sino que fue una mujer que abrió muchas puertas, ventanas y mundos a todas las otras artistas que le sucedieron, y eso es muy grande, y no todas las personas dejan un legado tan impresionante tanto a nivel artístico como humano. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

 

Acuarela, de Silvio Soldini

ADAPTARSE AL OTRO.

“Nosotros, aunque quisiéramos no podemos quedarnos en la apariencia. Tenemos que ir más allá”

La primera secuencia de la película nos sitúa en una pantalla totalmente negra, no vemos absolutamente nada, solo escuchamos voces, voces de una serie de personas que lentamente nos irán descubriendo que están asistiendo, junto a una monitora, a un ejercicio en el que deben transitar e interactuar por un espacio completamente en negro, a oscuras, en el que tendrán que dejarse llevar por sus otros sentidos, experimentando las situaciones cotidianas que deben vivir las personas invidentes en su devenir diario. El nuevo trabajo de Silvio Soldini (Milano, Italia, 1958) se mueve entre estos parámetros, en los que sus personajes deberán adaptarse al otro, a una situación completamente ajena a ellos, a un nuevo conflicto que deberán lidiar. El cineasta italiano, con una trayectoria de más de tres décadas dirigiendo películas, nos sumerge en una comedia ligera con algo más, me explico, tenemos por un lado a Teo, un cuarentón de buen ver, que se dedica a la publicidad, ese mundo que vende apariencias, y tiene una vida sentimental desordenada y extremadamente superficial, yendo de flor en flor, y lanzando embustes a diestro y siniestro, y además, tiene una relación nula con su madre y los hijos de esta. Pero, un día conoce a Emma, que reconocerá como la monitora del ejercicio que abre la película, aunque ella es osteópata y además, ciega.

Lo que empieza como una sucesión de citas sin más, se irá convirtiendo en algo más, en algo que los va atrapando desde la intimidad y lo más sencillo, donde Teo, el hombre de su tiempo, de vida y polvos frenéticos, que todo lo hace deprisa y al día, descubrirá otro mundo de la mano de Emma, un mundo diferente, un universo lleno de colores, texturas y aromas, un mundo desconocido para él, que requiere reposo y lentitud, saboreando cada instante, cada momento, observando las cosas imposibles a la vista, utilizando de forma directa e intensa todos los demás sentidos, dejándose llevar por un mundo invisible, asombroso y solamente al alcance de aquellos que quieran explorarlo y sobre todo, explorarse. La película con un desarrollo desigual y a veces, demasiado reiterativo, funciona como una deliciosa y tierna comedia romántica, que critica con vehemencia el ritmo y la velocidad de la actualidad, con tiempos impuestos por esa carrera competitiva a ver quién vende más y trabaja más para vender más.

Otro de los puntos fuertes de la película es su visión sobre el mundo actual de los invidentes, pero no lo hace desde la compasión o el dramatismo, sino desde todo lo contrario, abriéndonos todos los ángulos posibles, sumergiéndonos en la vida de Emma, una ciega completamente independiente, que vive su profesión y su cotidianidad de manera natural, con los conflictos propios de alguien de su edad, que también da clases de francés a una adolescente que acaba de perder la vista, e incluso, juega al beisbol y siente que su vida cada día es una gran aventura. En cambio, Teo es un tipo con la quinta marcha todo el día, que nunca ha querido a nadie, y se debate entre un trabajo que le fascina, y esas amantes que le llenan ese vacío del que no sabe ni intenta querer a los demás, empatizar y sobre todo, mirar al otro, con sus defectos y virtudes, adaptándose al otro, sintiendo que una relación se construye a través del otro, caminando juntos y yendo desde el mismo lugar y compartiendo la alegría y la tristeza.

Una pareja protagonista sólida y cercana consigue convencernos e introducirnos en la trama de manera tranquila y sin demasiadas estridencias. Por un lado, tenemos la experiencia de una actriz sólida y convincente como Valeria Golino, que resuelve con acierto y sobriedad su ceguera y sus ritmos emocionales y demás, creando un personaje sincero y honesto que funciona como contrapunto perfecto al personaje de Teo, interpretado con solvencia y sinceridad por Adriano Giannini, un actor que tiene en su currículo a gente como Olmi, Tornatore o Minghella. Soldini construye una película ligera, pero con contenido emocional, que se ve con interés y emoción, aunque esa visión del hombre moderno en momentos resulta algo estereotipada, sin embargo, los mejores momentos de la película son los encuentros de Emma y Teo cuando se encuentran solos y van descubriéndose el uno al otro, abriendo su interior y disfrutando de aquello que son, con sus diferencias, peculiaridades y demás emociones. Quizás, la parte final de la película, cuando el personaje de Teo se enfrentará a sus propios espejos emocionales y tomará un rumbo que no esperaba, el conflicto adquiere su forma más atrevida y sincera, explorando aquellos lugares oscuros del alma humana, aquellos que nunca queremos visitar, aquellos a los que no somos capaces de enfrentarnos, lugares en los que anida lo mejor de nosotros aunque tengamos que sufrir para sacarlo a la superficie.