El arquitecto, de Stéphane Demoustier

EL GRAN ARCO DE SPRECKELSEN.    

“La perfección no es cosa pequeña, pero está hecha de pequeñas cosas”. 

Miguel Ángel 

En la inmortal El manantial (1949), de King Vidor, conocíamos la ambición del arquitecto Howard Roark, que luchaba contra lo estéril y lo convencional, anteponiendo lo individual a lo colectivo, manteniendo la firmeza de la libertad ante la esclavitud de las ideas. Algo parecido le ocurre a Joan Otto von Spreckelsen (1929-1987), el sorprendente arquitecto danés que ganó el mayor concurso de la historia que convocó el gobierno de Mitterrand en 1983 para construir el Arco de Defensa de París para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa. El quinto trabajo de Séphane Demoustier (Lille, Francia, 1977), está basada en hechos reales que recogen la novela “La Grande Arche”, de Laurence Cosse, y nos sitúan en el período que va de 1983 hasta 1987, y cuenta los pormenores que hubieron durante la construcción del mencionado Arco, y los enfrentamientos del arquitecto danés con los miembros del gobierno y otros colaboradores durante la magna obra que se llevó a cabo. El cineasta francés, del que hemos visto sus dos anteriores películas La chica del brazalete (2019) y Borgo (2023) se aleja del policíaco, pero no deja las difíciles relaciones humanas y las oscuridades y planteamientos alejados que se mantienen. 

En El arquitecto (en el original L’inconnu de la Grande Arche), estamos ante una trama sencilla y directa, basada en lo humano, en un férreo y arduo enfrentamiento entre la individualidad y la voluntad de hierro del arquitecto danés frente a los conflictos y posturas alejadas de los franceses, que lo componen un asesor del gobierno y un arquitecto francés que se convierte en maestro de obras. La actitud inquebrantable y tenaz de Spreckelsen choca de manera frontal ante esa barrera de burocracia y practicidad que representan los franceses. Hay muchos momentos que se habla de arquitectura, como no podía ser de otra manera, y de las diferentes formas de acercarse al hecho de construir, y no sólo de cómo hacerlo, sino de una forma de extensión de la vida, de la existencia y de las emociones. Todo esto queda reflejado en Italia, cuando el arquitecto se traslada para buscar el mármol de Carrara, el más bello del mundo, una secuencia que recuerda a otras dos, en las que se plantean los mismos deseos: en Il Pecatto (2019), de Andrei Konchalovsky, basada en la construcción de “La pietà”, de Miguel Ángel, y en The Brutalist (2024), de Brady Corbet, en la que la blancura desborda y transforma a los tres artistas en un mar de mármol infinito, donde el tiempo se detiene y todo tiene un sentido.

Demoustier se ha rodeado por dos cómplices como el cinematógrafo David Chambille, con el que trabajó en la citada Borgo, amén de grandes cineastas como Jean-Claude Brisseau, Bruno Dumont y Jean-Louis Petit, con una visión realista y nada amontonada, que deja luz y espacio a los diferentes personajes en unos espacios que van desde las estancias grandes de los edificios gubernamentales y los exteriores llenos de barro y suciedad donde se desarrolla la susodicha obra. El montaje lo firma otro cómplice como Damien Maestraggi, que ha realizado cuatro películas con el director francés, además de trabajar con Guillaume Brac, Justine Triet y César Díaz. Su edición sigue una línea convencional, aunque para nada desmerece a la historia, todo lo contrario, porque tiene un ritmo in crescendo, o lo que os lo mismo, un ritmo hacía las profundidades, donde todo se va tornando más oscuro, en sus intensos 105 minutos de metraje. La música corre a cargo de Olivier Margherita, nuevo fichaje, que tiene trabajos para películas de Nobuhiro Suwa, Dóminik Moll y André Techiné, entre otros. Una composición que nos lleva a aquellos primeros ochenta desde lo sutil, la intimidad y la naturalidad.

Un reparto bien elegido que actúa de forma transparente y nada impostada, encabezado por un soberbio Claes Band, el actor danés que conocemos por sus trabajos con Lone Scherfig, Ruben Östlund, y sus trabajos en la industria estadounidense como la serie The Affair y El hombre del norte, de Eggers. Su presencia y carisma ayudan a su personaje visionario y fuerte que tiene una idea obsesiva en la cabeza. Le acompañan la gran Sidse Babett Knudsen como su mujer Liv, el contrapunto de tanta obsesión y firmeza enloquecida. Y en la otra esquina tenemos a los franceses: Xavier Dolan, magnífico director y actor hace del asesor del gobierno, tan burocrático como legal, como impertinente. El siempre estupendo Swann Arland se mete en la piel de otro arquitecto, Paul Andreu, que hace de amigo malo en la obra del famoso Arco. Y finalmente, Michel Fau, que lo vimos en la mencionada Borgo, es François Mitterrand, un amigo de Spreckelsen, alguien con quién hablar, qué se entienden, pero las circunstancias de la política son como son. Si les gusta la arquitectura no deberían perderse El arquitecto, aunque también si no les gusta, también pueden verla, porque habla de la ambición personal, del deseo de convertir tu sueño en realidad, y sobre todo, de luchar con todas las fuerzas por las cosas que se creen, a pesar de los demás, de la política, y de lo que se ponga frente a uno. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Matthias & Maxime, de Xavier Dolan

DESATAR LAS EMOCIONES.

“La única verdad es el amor irracional”

Alfred de Musset

Los amores imaginarios, segunda película de Xavier Dolan (Montreal, Canadá, 1989) arrancaba con la cita que encabeza este texto. Una cita que asevera que el amor no tiene nada de racional, sino todo lo contrario, una especie de maná de sentimientos contradictorios que llevamos e interpretamos como podemos. La sentencia de Musset podría ser la definición perfecta del cine de Dolan, una obra abundante, 9 títulos en 9 años, en una especie de biografía ficcionada, en la que participan sus amigos y él mismo, sustentada a través de las emociones más fervientes, conflictos sentimentales que llenan un imaginario que ya deslumbró en el 2009, con sólo 19 años, con su impresionante debut Yo maté a mi madre, en que a medio camino entre la realidad y la ficción, el jovencísimo talento canadiense hablaba de la relación dificultosa con su madre. En la citada Los amores imaginarios, del año siguiente, dos amigos, él, homosexual, y ella, hetero, se encaprichaban de una especie de adonis.

En Laurence Anyways (2010), componía un certero retrato sobre la identidad, otra de sus elementos esenciales en su cine, cuando un hombre que parece que ha conseguido su éxito personal y profesional, se destapa ante los suyos explicándoles su intención de cambiar de sexo. En Tom à la ferme (2013), se centraba en el descubrimiento de amores ocultos de un fallecido por parte de su novio.  En Mommy (2014) volvía a las relaciones oscuras de madre e hijo imaginando una distopía. En Sólo el fin del mundo (2016), adaptaba la obra de Jean-Luc Lagarce, para hablarnos de un joven que vuelve a la casa familiar para comunicarles una terrible noticia. En Matthias & Maxime, vuelve a mirar a los suyos y así mismo, para elaborar un retrato de aquí y ahora, en el marco donde se desarrolla su obra, donde un par de amigos de toda la vida, a raíz de un tímido beso en el corto de la hermana de uno de sus colegas, se sentirán diferentes, sentirán que algo ha cambiado, o simplemente, han despertado algo que ocultaban por miedo a convertirse en la persona que han ido construyendo.

Dolan sabe construir imágenes sugerentes y transmisoras, mezclando con habilidad una estética pop, llena de colores y formas, rodeada de una estética sofisticada y nada manierista, que cambia según el estado de ánimo de sus personajes, desde el apartamento lúgubre y oscuro, hasta el colorido de otros pisos, donde la luz y la diversidad nos atrapan, bien combinando con esa música que combina varios estilos desde la música sesentera hasta la electrónica más actual, y el sonido, con el que juega sin prejuicios ni coacciones, sino de una forma libre y armoniosa, que capta la esencia intrínseca de los conflictos interiores que se desatan en sus películas. Tenemos a Matthias, Matt, para los colegas, con un trabajo de abogada en promoción, una mujer a la que ama, una familia que lo quiere, y unos amigos con los pegarse una farra de tanto en tanto, y por el otro lado, tenemos a Maxime, homosexual, ganándose la vida como camarero, con una madre ida, y sus dudas existenciales, aunque ha decidido que pasará los dos próximos años viviendo en Australia.

El relato se centra en ese tiempo de antes del viaje, un tiempo en que, los vemos paralelamente en sus respectivas vidas, imaginándose o soñando al otro en silencio, consigo mismos. Un tiempo en que tanto Matt como Maxime harán lo imposible por encontrarse y hablar sobre lo ocurrido, evitándose constantemente, como si fuesen amantes despechados o algo parecido, aunque el encuentro o mejor dicho, el reencuentro será inevitable y tanto uno como otro, deberán mirarse al espejo de las verdades y expresar todo aquello que sienten y ocultan a los demás y sobre todo, a sí mismos. Dolan rodea el conflicto a través del grupo de amigos, unos descerebrados con muchas ganas de pasarlo bien y disfrutar de las fiestas que asisten, quizás esa despreocupación de alrededor, aún hace más invisible y contundente la tensión sentimental y sexual que existe entre los dos protagonistas.

Dolan que escribe, monta, dirige, y protagoniza muchas de sus películas, toma el rol de Maxime, enfrascado en su propia contradicción de abalanzarse sobre Matt, pero con ganas de huir de una existencia mísera llena de conflictos, bien marcada por esa ausencia interna que refleja constantemente. Por su parte Matt, bien interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas, con ese aspecto varonil y fuerte, intentando parecer seguro aunque pro dentro este rompiéndose, es la antítesis de la fragilidad, tanto emocional como física que desprende Maxime, aunque quizás solo sea fachada y los dos están embarcados en  esa fragilidad emocional que tanto enferma a muchos en este mundo contemporáneo donde se habla mucho de banalidades, y se callan las cosas importantes, como las emociones que sentimos por los demás y ocultamos porque aquello no va con nosotros, la sarta de mentiras en las que vivimos, porque lo que se espera de nosotros, no tiene nada que ver con lo que sentimos realmente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA