La venganza de una mujer, de Rita Azevedo Gomes

473694LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

“La civilización extrema arrebata al crimen su aterradora poesía, y así, en este tiempo de inefable y delicioso progreso, el crimen ha adquirido una extraña fisonomía”

Un narrador (que recuerda a los que nos guiaban en las obras de Shakespeare) es el encargado de introducirnos en la película, y nos irá abriendo los diferentes capítulos que la componen. Nos presenta a Roberto, un dandy fatuo y hastiado, que recuerda con cierta nostalgia, los tiempos de pomposas fiestas en palacios y amores libertinos con nocturnidad y alevosía. Una noche, mientras regresa de una fiesta, se encuentra a una joven que lo invita a su casa, con el fin de proporcionarle una noche de placer y desenfreno, aunque todo cambia de rumbo, y la mujer le abre su corazón y le cuenta algo que le ocurrió en el pasado y sigue dominando sus emociones más profundas. La cineasta portuguesa Rita Azevedo Gomes (1952, Lisboa), que tuvo a Manoel de Oliveira (1908-2015) entre uno de sus mentores, al que dedicó una película, lleva un cuarto de siglo dirigiendo películas centradas en el universo femenino.

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En la que nos atañe ahora, producida en 2012, desarrolla una adaptación libre de un relato homónimo incluido en Las diabólicas (1874), de Jules Barbey D’Aurevilly. La cineasta lisboeta acomete la película, centrada en una sóla noche, desde el punto de vista de la mujer, una desdichada señora que se casó con uno de los hombres más ricos de España, pero al que no quería, su infortunio se produjo cuando se enamoró del primo de su marido, y todo desembocó en una tragedia, que le confinó a una vida miserable, encerrada en cuatro paredes y vendiéndose a todos los hombres que se interesan por sus favores carnales. No estamos ante una película de época, sino una representación de época, una máscara, artificial, con un propósito y sentidos concretos, con múltiples referencias de poesía, pintura y teatro, enraizados en una trama que se desarrolla en dos tiempos, el presente, y el pasado, que penetra de forma natural contaminando todo lo que está sucediendo. Una mise en scene estilizada, y de calculada y milimétrica elaboración (en la que predominan las tomas largas, suaves movimientos de cámara que encuadran a los personajes, y planos generales)  nos conduce por los diversos decorados, y sobre todo, por la casa de la mujer, donde se desarrolla principalmente la historia, a través de maravillosos juegos de luces y espacios, en los que el tiempo no existe, desaparece, se aleja a nuestros sentidos, en el que nos atrapa, de forma irreversible, un espacio fílmico de abrumadora belleza, en el que se imponen los colores oscuros y apagados con predominio del rojo, ese rojo de sangre, de vida, de amor y muerte.

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Gomes nos relata una historia terrible y de gran crudeza, huyendo de dramatismos y condescendencias, sumergiéndonos de forma sencilla y honesta en el oscuro pasado de una mujer muerta en vida, desgraciada en el amor, y desgarrada de emociones, que ya no vive, sólo respira para arrastrar su no dignidad, vendiendo su cuerpo a decenas de amantes ocasionales, para vengarse de aquel que le hizo daño, aquel que no la entendió, quién la convirtió en lo que es. Una película que recupera el aroma del romanticismo, de las historias de amor fou, relatos oscuros de amores arrebatados, de locura, sin razones, en las que las almas enamoradas se dejan llevar hacía el abismo, hacía la nada. Un film que nos devuelve a la memoria heroínas desdichadas en el destino del amor como la Gertrud de Dreyer o las aproximaciones al mundo romántico de Rohmer con La marquesa de O, Perceval le Gallois o El romance de Astrea y Celadón, obras de fuerte carga emocional y conceptuales que nos invitan a dejarnos llevar por historias de amor de verdad, de las que se sienten y padecen. El exquisito trabajo de luz y composición de Acácio de Almeida (colaborador de Tanner, Ruiz, Oliveira…) que en cierta manera, recuerda al trabajo que hizo Storaro para Goya en Burdeos, y el magnífico montaje de Patrícia Saramago, refuerzan la idea formalista y teatral con la que nos presenta su historia la realizadora portuguesa. El gran trabajo de la actriz Rita Durâo (coladora en la filmografía de la directora) que compone el personaje de forma admirable, dotándolo de matices y miradas, a una protagonista envuelta en amargura y rabia, que la mata por dentro, un espectro sin rumbo que se mueve entre sombras. Y su paternaire, el actor Fernando Rorigues que impone dignidad a un tipo venido a menos y cansado, algo así como un caballero errante. Gomes ha parido una obra de grandísima belleza, que nos hipnotiza, a través de una concepción formal abrumadora, y nos sumerge en el alma oscura y terrible de una mujer desconsolada que se mueve por inercia, sin capacidad para sentir, con el alma rota y vacía, con el fin de invadir de soledad a aquel que la dejó así.


<p><a href=»https://vimeo.com/163432396″>Trailer LA VENGANZA DE UNA MUJER (Rita Azevedo, 2012)</a> from <a href=»https://vimeo.com/numax»>NUMAX</a> on <a href=»https://vimeo.com»>Vimeo</a>.</p>

Joana Biarnés, una entre tots, de Òscar Moreno y Jordi Rovira

image002LA FOTÓGRAFA QUE DISPARA CON EL CORAZÓN.

Joana Biarnés (1935, Terrassa) nunca tuvo vocación de fotógrafa. Siendo niña ayudó a su padre en el laboratorio familiar. De hecho, quería ser telefonista, pero después de probar, y escuchar los sabios consejos de su padre, desistió, y probó en la pintura. Su primer dibujo fue un desastre, y el maestro convenció a su progenitor que su hija buscase otro oficio. Mientras ayudaba a su padre, descubrió la fotografía artística junto a otros colegas, que compaginaba registrando los eventos deportivos de su ciudad a los que su padre no podía acudir. Fue en ese instante, cuando Joana comenzó a apreciar el arte fotográfico y decidió ser periodista, se licenció y empezó a hacerse un espacio en su profesión.

El trabajo de Òscar Moreno (que viene del medio televisivo en el que ha trabajado haciendo reportajes) y Jordi Rovira (periodista de carácter social con reportajes sobre países en guerra y hambrunas) realiza un retrato intimo y cercano de la figura de Joan Biarnés, la primera fotoperiodista que hubo en este país. Con la ayuda de sus innumerables fotografías, archivo de prensa, alguna imagen audiovisual rescatada, y los diversos testimonios, entre los que se incluyen los de ella, y su marido y algunos amigos íntimos de su vida, los directores nos convocan a un recorrido personal y profesional por la mirada de esta mujer avanzada a su tiempo. La película arranca en 1935 con su nacimiento, y los años de hambre y antesala de guerra civil, recorre sus primeros años, el descubrimiento de la fotografía, el paso por la universidad y su reportaje del matadero, y luego su gran reportaje de calado emocional que fue el de las riadas de su ciudad Terrassa en 1962. Su traslado a Madrid para trabajar en el diario Pueblo, el cambio que supuso conocer al hombre de su vida, el reportaje a The Beatles, metiéndose en el lavabo del avión para sacarles fotos, y luego colarse en la suite del hotel de Barcelona para conseguir “La foto”, porque, según dice Joana, siempre puedes tirar muchas fotos, pero necesitas “La foto”, esa imagen que sabe captar ese momento fugaz e inolvidable que se instalará en la memoria.

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Su paso por el cine como foto fija, la cantidad de amigos, artistas y todo tipo de figuras relevantes del toreo, la artistocracia… de los entretenidos años 60, y su amistad con Raphael, al que siguió por todo el mundo. Los baños nudistas de los hippies en los 70, montó con unos colegas su propia agencia, artistas de Hollywood que nos visitaban, todos aquellos que pasaban por el ojo de Joana quedaban seducidos por esta mujer fascinante, moderna e independiente, de espíritu libre y combativo, que supo nadar a contracorriente en un mundo dominado por hombres y prejuicios, siempre con la memoria de su padre por delante, con una gran capacidad emocional y valentía que le permitieron derribar muros y fronteras que existían en su época. A principios de los 80, cuando el mundo del fotoperiodismo se había instalado en la mediocridad y la superficialidad extrema, Joana decidió dejarlo, no iba a convertirse en una paparazzi, y abrió una nueva etapa en su vida, dedicándose a la restauración abriendo un local en Ibiza junto a su marido. Un cuarto de siglo después, unos seguidores de su arte la han devuelto al ruedo y Joana ha vuelto a coger la cámara para hacer lo mejor sabe hacer. Moreno y Rovira han hecho una película de justicia, didáctica, valiente y honesta. Un documento que rescata del olvido una figura esencial, injustamente olvidada, una mujer y su trabajo que nos sirven para entender cómo funcionaba el periodismo de aquellos años. Una película que registra un tiempo perdido, mágico, romántico, de juventud, de libertad interior, de ser uno mismo, y sobre todo, de sentir que el mundo era un lugar al que podía mirarse de frente, con orgullo, sin miedo a nada ni nadie.

Nahid, de Idah Panahandeh

Poster Nahid 70x100.aiSER MUJER EN IRÁN.

La mayor parte de la potente e interesante cinematografía iraní que llega a nuestras pantallas, se ha especializado en retratar las dificultades sociales, económicas, políticas y culturales que padecen sus habitantes en un estado regido por leyes extremadamente tradicionales y patriarcales. Muchos de esos cineastas han focalizado sus películas en retratar a las mujeres, las más perjudicadas por las imposiciones estatales. Desde Kiarostami en Ten (2002) o Shirin (2008), Panahi en El espejo (1997) o Offside (2005), Samira Makhmalbaf en La manzana (1998) o A las cinco de la tarde (2003), o Asghar Fahardi en A propósito de Elly (2009) o Nader y Simin, una separación (2011), han sabido extraer la parte sociológica y emocional de estas mujeres que se ven inmersas en situaciones dolorosas y terribles por reivindicar su feminidad e independencia.

La debutante Ida Panahandeh (1979, Teherán, Irán) – que lleva desde el 2005 realizando cortometrajes, documentales y tv movies, retratando a las mujeres y sus dificultades vitales y cotidianas – coge el testigo de sus otros colegas iranís para sumergirse en Nahid, una mujer que vive al norte de Irán, y se enamora por primera vez de Masoud, un apuesto maduro que regenta un hotel a las orillas del Mar Caspio. La intención de la pareja es contraer matrimonio, pero Nahid, cuando se divorció de Ahmad, una bala perdida que le hace la vida imposible, acordó mantener la custodia de su hijo si no volvía a casarse. Ante este difícil conflicto, la pareja opta por un matrimonio temporal, que aunque no está prohibido por la ley, lleva a Nahid a un laberinto sin salida donde deberá enfrentarse a su entorno familiar que rechaza su decisión. Panahandeh, con la ayuda de su coguionista, Arsalan Amiri, construye una película fría y gris, filmada durante el otoño, en una ciudad pequeña y austera, sumergiendo a sus personajes en existencias tristes y solitarias, donde emerge la mirada de Nahid, plagada de detalles y gestos, dotada de una profundidad que inquieta y conmueve. El conflicto kafkiano en el que se verá sometida diariamente hará mella en su interior, los problemas injustos e inhumanos que, no sólo la somete el estado, sino también su familia, la dejará en un callejón oscuro de difícil salida. Panahandeh huye del drama panfletario y paternalista, se interesa por el drama humano en el que se ven esclavizadas muchas mujeres iraníes que no les dejan llevar una vida en libertad e independiente.

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Un relato social, pero también profundo y humanista, que nos descubre a una mujer valiente y fuerte que deberá luchar para ser ella misma, en una sociedad represiva y dictatorial, y en continua amenaza, como ese mar violento que mira cuando se ve con su amante a escondidas. Nahid es una mujer joven, que además de tener que lidiar con un hijo rebelde y difícil, tiene que soportar a su ex, un adicto al juego de vida oscura, y además, enfrentarse al rechazo de una familia que la juzga y la encierra. Su única ilusión es mantener la custodia de su hijo y comenzar una nueva vida con Masoud, el hombre que la escucha y trata como una mujer y, sobre todo, como una persona libre, independiente y feliz. Queda patente el esfuerzo de Panahandeh en encauzar todos sus elementos narrativos, y construir una trama que va in crescendo, con planos cortos y cerrados en su mayoría, donde imprime esa angustia y vacío que siente su protagonista, que Sareh Bayat interpreta llena de matices creando una composición maravillosa y entregada (que muchos recordarán por su personaje de Razié en Nader y Simin, papel que desencadenaba el conflicto y le valió el reconocimiento en el Festival de Berlín) componiendo un personaje cimentado a través de sus miradas y silencios, convirtiéndose en uno de los grandes aciertos de este drama emocional, de vocación realista, donde un mujer de hoy tiene que enfrentarse a todos y todo, por su maternidad, y el amor que siente por el hombre que la ama.