La zona de interés, de Jonathan Glazer

EL HORROR ESTÁ AL OTRO LADO DEL MURO. 

“Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. 

Del libro: Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt. 

En la monumental Shoah (1985), de Claude Lanzmann, quizás la reflexión más humana y profunda de lo que significó el exterminio nazi, se obvian las imágenes de archivo, y se da el protagonismo al relato, al testimonio de aquellos que lo conocieron y sufrieron. La película se decanta por no mostrar, por no enseñar el horror y la muerte. Todas las imágenes que hemos visto en muchas ocasiones son imágenes que filmaron una vez que se liberaron los campos de exterminio. De las imágenes cotidianas en los campos no tenemos constancia, incluso los nazis no las filmaron. Así que, puestos a retratar ese horror, debemos inventarlas, o irnos hacia el otro lado, no mostrarlas. Obviando la mayoría de películas sobre el mismo tema que las inventaron, decisión que no comparto, nos vamos a centrar en esas otras, como Shoah, que las obviaron, y como se hizo en El hijo de Saúl (2015), de László Nemes, donde el off complementa esa ausencia del horror, que no vemos pero esta muy presente, porque lo escuchamos y sentimos. 

En La zona de interés, de Jonathan Glazer (London, Reino Unido, 1965), basada en la novela homónima del británico Martin Amis (1949-2023), se centra en Auschwitz, pero no en el campo y lo que sucedía allí dentro, sino lo que hay al otro lado del muro, la casa colindante del comandante jefe Rudolf Höss, su mujer Hedwig y sus cuatro hijos, y el servicio. El relato se centra en los quehaceres diarios de la casa, el detalle perfeccionista de Hedwig en mantener limpio y bello su gran jardín, y en ser una excelente anfitriona con sus visitas, y tener una dedicación a sus hijos. La película filma la “normalidad” de unas personas “normales”, como menciona Arendt en la frase que encabeza este texto. La naturalización del horror, porque no pasa en su casa, sino al otro lado del muro, donde nos vienen gritos, ráfagas de metralleta, ladridos de perros y el incesante humo de los hornos crematorios que se confunden con los sonidos de la cotidianidad del hogar, como ya anunciaba su ejemplar arranque con ese cuadro negro en el que escuchamos gritos de horror a lo lejos, y poco a poco, se van y aparecen el sonido de pájaros, el río y unos niños hasta que se abre y vemos una estampa familiar, la de los Höss pasando un día en la naturaleza. Un cuadro que llena de una naturalidad que inquieta y perturba hasta la extenuación, como esos instantes que vemos vestirse al comandante y mirándose al espejo, al que vemos de espaldas, con ese peculiar corte de pelo, y esa forma de caminar, tan seguro y tan convencida. 

Estamos ante una película de gestos, nada extravagantes ni estridentes, sólo cotidianos, filmados en un estatismo que incómoda y una forma cuadrada que evidencia ese voyeurismo en el que está planificada todas las secuencias, estamos ahí, miramos y escuchamos, y somos testigos del horror que no vemos, mirando a unas personas que lo provocan, y que viven así, como si nada. Un espectacular trabajo de cinematografía del polaco Lukasz Zal, del que conocíamos por sus películas con Pawel Pawlikowski en Ida (2013) y Cold War (2018), y en Loving Vincent (2017), y en Estoy pensando en dejarlo (2020), de Kaufman, en una exhaustiva planificación donde el plano se mantiene firme y sólido, con apenas algún movimiento, y con esa luz natural que duele, o podríamos decirlo de otra forma, que se mueve entre lo artificial y lo natural, entre lo bello y la fealdad, entre lo físico y lo emocional, en ese limbo e intermedio en el que todo convive, la vida y la muerte apenas separadas por los pocos centímetros de un muro. Un exquisito trabajo de sonido del dúo Johnnie Burn, del que lo conocíamos por sus trabajos con Lanthimos y la tercera colaboración con Glazer, y Tarn Willers, con una trayectoria de más de 70 títulos, construyen un sonido que se mueve entre la cotidianidad del hogar y las conversaciones, con aquellos que provienen del otro lado, que sin llenar el cuadro, también están presentes y se convierten en algo físico. 

El mismo trabajo del sonido podríamos decir de la estupenda música de Mica Levi, con un tratamiento entre lo perturbador, muy al estilo del cine de terror clásico, con algunas distorsiones que dan ese tono de horror en el que se vive sin más, una música que se convierte en un estado más de ese siniestro lugar, como ya hizo en películas como Jackie (2016), de Larraín, y en Monos (2019), de Alejandro Landes, en su segunda cinta con Glazer después de Under the Skin, donde también jugaba a ese sonido/musical que convertía la historia en un siniestro y perturbador cuento de terror muy íntimo, como hace en La zona de interés. El montaje de Paul Watts, que casi todo su trabajo ha estado vinculado al de Glazer, se mueve entre el corte limpio, y una edición donde prima los diferentes planos y encuadres desde varios puntos de vista, en el que nos muestran al detalle esa casa y su jardín, lo bello y lo normalizado en contraposición a lo que sucede al otro lado del muro, en una trama sencilla, directa y sobre todo, inquietamente natural en sus poderosos 106 minutos de metraje, que no dejan indiferentes y sobre todo, nos incomodan, sólo enseñándonos eso, junto a lo otro. 

Del reparto destacamos tres figuras esenciales para la película: tenemos a la deslumbrante y “perfecta” Sandra Hüller, que también protagoniza este año otro gran filme como Anatomía de una caída, de Justine Triet, hace de Hedwig, la señora de la casa, tanto en su forma de vestir, de peinarse, de caminar y toda su figura y su desplazamiento la hace de una normalidad que perturba, donde el horror no reside en lo que hace, que es de lo más sencillo y natural, sino en el lugar que ha convertido su hogar, que es la muerte para tantos. Le acompaña Christian Friedel que hace de su esposo, padre de sus hijos y comandante de Auschwitz, que ya lo habíamos visto en La cinta blanca (2009), de Haneke, y Amor Fou (2014), de Jessica Hausner, entre otras, su nazi no es un tipo que da pavor, sino uno más de la maquinaria, un funcionario que llevaba a cabo las órdenes sin rechistar y creyendo que hacía el bien de su ideología, nada más, por eso da más miedo, porque podríamos ser nosotros, y luego están otros intérpretes alemanes que dan esa profundidad tan necesaria en una película estática pero muy física. 

Glazer que hasta ahora se había en el género: el thriller en Sexy Beast (2000), el fantástico en Birth (2004) y en el terror en Under the Skin (2013), vuelve una década después con su mejor obra, por todo lo que hemos explicado anteriormente, y sobre todo, porque esa naturalización del horror tan presente en nuestros días, eso sí, al otro lado del muro de Melilla, de México, y de tantos otros muros de la vergüenza y el horror que los países enriquecidos alzan para que aquellos invisibles que provienen de los países empobrecidos sigan siendo “los otros”, los que no se muestran, los que mueren y los que desaparecen. Se habla mucho de la memoria, de recordar, de tener presentes los desmanes pasados, con museos y demás. Pero, ¿De qué sirve recordar? ¿Hemos aprendido algo? Seguramente, no. Visto el presente donde el orden mundial sigue alimentando guerras, injusticias y muros para que el horror quede al otro lado, y sigan habiendo funcionarios como los nazis que materializan tantas órdenes miserables que atentan contra la vida de los invisibles, desposeídos, de los nadies que mencionaba Galeano. En fin, un horror Quedémonos con películas como La zona de interés, de Glazer, que profundizan y reflexionan sobre lo que fuimos, lo que somos y en lo fácil que es convertirse en un monstruo y seguir siendo una persona “normal”. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna

EL PUEBLO MALDITO. 

“No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor”.

Alejandro Dumas

Entre la marabunta de estrenos cada temporada cinematográfica, de tanto en tanto resuenan en las salas un tipo de películas de producción modesta, sin pretensiones, con intérpretes desconocidos para el gran público, con las únicas bazas de contar una historia llena de tensión, de ritmo y miedo, como es el caso de Cuando acecha la maldad, de Demián Rugna (Haedo, Argentina, 1979), un director que almacena seis títulos, algunos codirecciones, en que el género de terror y la comedia negra son los elementos en los que se maneja. Los misterios indescifrables de la vida, como los del cine, han hecho que una película como la suya se convierte en eso que llaman los estadounidenses “sleeper”, algo así como en una de las películas revelación del curso, porque estamos ante un relato que se funde con lo clásico, es decir, que alimenta su historia de elementos que el terror de ahora ha olvidado, o simplemente, obvia, como el miedo desconocido, la cotidianidad enfrentada al mal, a un mal terrorífico que no entendemos y que debemos aprender para combatirlo, y sobre todo, unos personajes de carne y hueso, como nosotros, en un cóctel lleno de angustia y miedo, mucho miedo. 

Una película que bebe mucho de aquel terror de los treinta americano que hacía de lo sugerido y el fuera de campo toda una declaración de principios que conectó con el público, o aquel otro cine de serie B de los cincuenta y sesenta que hacía las delicias de los espectadores con relatos inquietantes y muy cercanos, y aquel otro cine de género setentero que indagaba en monstruos desconocidos que venían a este planeta a revolverlo todo. Un cine que hacía de su modestia su mejor baza, en apelar directamente a la imaginación del espectador, aquel que tiene más miedo de lo que imagina que lo que ve con sus propios ojos, como les ocurre a los personajes de la película. En algún pueblo remoto de la Patagonia argentina, un par de hermanos granjeros que unos ruidos los alertan y descubren un hombre partido por la mitad y en “embichado”, o “encarnado”, como lo definen ellos mismos, un tipo postrado en una cama lleno de pus, que recuerda al tipo de la “pereza”, de aquel monumento que fue Seven (1995), de David Fincher. A los dos hermanos se les une Ruiz, el terrateniente del lugar, y se quitan el problema de encima, trasladando al “monstruo”, lejos de allí, aunque consiguen el efecto contrario y el lugar se llena de una especie de mal que anula la capacidad de las personas y las convierte en terribles amenazas que matan a los demás. 

A partir de una música que añade más tensión y locura al relato que firma Pablo Fuu, con el gran trabajo de montaje de Lionel Cornistein, que ya estuvo en Aterrados (1997), del mencionado Demién Rugna, que añade grandes dosis de caos y miedo en sus impactantes 109 minutos de metraje, y la estupenda cinematografía de Mariano Suárez, habitual de otros cineastas argentinos del género como Daniel de la Vega y Fabián Forte, entre otros, que también trabajó en la citada Aterrados, en un detallista trabajo donde la noche y los claroscuros se convierten en la luz que mejor define lo que estamos viendo. Otro gran acierto de la película es contar con un ramillete de intérpretes de “verdad”, es decir, que compongan unos personajes de aquí y ahora, individuos que tienen miedo, que sientes su miedo, enfrentados a un mal destructivo del que no conocen nada, que lo único que pueden hacer es huir y esconderse y hacer lo que pueden. Unos personajes humanos, donde no hay heroísmo ni estupideces de ese tipo, bien interpretados por Ezequiel Suárez que hace de Pedro, el alma mater de la historia, un tipo de oscuro pasado que intenta hacer las cosas mejor. 

Otros intérpretes que acompañan, muy a su pesar, al citado Pedro, es el hermano pequeño del protagonista, que vive a su sombra, el callado y reservado Jimi, que hace el actor Demián Salomón y un habitual del universo de Rugna porque ya estuvo en Aterrados y en otras películas del director argentino. Les acompañan el veterano Luis Ziembrowski, de dilatada trayectoria, que le ha llevado a trabajar con nombres importantes de la cinematografía argentina como los de Diego Lerman, Albertina Carri y Marcelo Piñeyro, entre otras, haciendo el personaje de Ruiz, temperamental y dueño de la zona, y otra veterana como Silvina Sabater que hace de Mirtha, la “bruja” del lugar, la apartada, la que más conoce el mal y cómo combatirlo, la luz de una película con tantas tinieblas, que vimos en Alanis (2017), de Anahí Berneri, entre otras, y la presencia de Emilio Vodanovich que hace del hijo mayor y autista de Pedro, que ha participado en películas de Claudia Llosa y Miguel Cohen, y luego, un ramillete de intérpretes que dan profundidad y verosimilitud a todas los conflictos que se van generando. 

No dejen escapar una película como Cuando acecha la maldad, y dense prisa porque ante la marabunta de estrenos, hay películas que valen la pena como esta, que se quedan sin el tiempo suficiente para hacer correr el boca a boca tan necesario para darles la oportunidad que se merecen, porque a parte de apoyar un cine modesto y sencillo, que no simple, pasarán un rato bueno en el cine, y no lo digo de forma irónica, porque pasarlo mal de vez en cuando viendo una película como esta siempre es agradable, porque alimenta esa idea ya olvidada, que el cine es más interesante cuánto menos muestra y sugiere más, y digo esto, no porque no haya películas con estas características, pero debería haber muchas más, y por eso nos alegramos enormemente de la existencia de esta película, que reivindica el cine de género de forma honesta y sencilla donde el espectador no quedará decepcionado, como se suele decir, porque da mucho más de lo que aparentemente pueda parecer y eso, en el mundo actual en el que vivimos, es muy importante. Así que, prepárense a pasar miedo, pero miedo de verdad, del que se mete en las entrañas y no te suelta, con esa tensión y agobio del que uno nunca se olvida. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Bosque maldito, de Lee Cronin

TU HIJO ES EL MAL.

“Are you a witch, or are you a fairy? Or are you the wife of Michael Cleary?”

[«¿Eres una bruja? ¿Eres un hada? ¿Eres una mujer que murió asesinada?»]

(Canción infantil irlandesa)

Sara es una mujer que quiere huir de un pasado de maltrato y para ello, junto a su hijo Chris decide instalarse a las afueras de un pueblo de leñadores, donde tanto ella como su vástago empezarán una nueva vida entre su trabajo en una tienda de objetos y el nuevo colegio de su chaval. Aunque, todo lo que parece tranquilo y en paz, se torna diferente, extraño, como si su hijo estuviese cambiado, como si fuese otro. Sara deberá enfrentarse a sus problemas internos de olvidar su pasado y hacer frente a un presente endiablado en el todo parece indicar que se debe a un gigantesco cráter en mitad del bosque. El director irlandés Lee Cronin que ya había despuntado en el mundo del cortometraje con películas como Ghost Train (2013) en el que nos contaba una historia sobre dos hermanos, un parque de atracciones abandonado y una misteriosa muerte del pasado, con el que arrasó en premios por los festivales. Ahora nos llega su puesta de largo con un relato intimista y doméstico que protagonizan dos personajes, una madre que intenta construirse una nueva vida huyendo de la violencia y un hijo Chris que empieza en una nueva escuela, en otro ambiente y en otra casa.

El director irlandés construye una atmósfera arquetípica con esa casa alejada del pueblo y ese bosque frondoso y apabullante tan cerca, como deja bien claro en sus interesantes títulos de crédito iniciales con esos planos cenitales y amenazantes sobre el automóvil que transporta a los protagonistas que recuerda a aquellos homónimos de El resplandor. Cronin juega bien sus cartas y sabe extraer de lo mínimo lo máximo, moviéndose por un paisaje conocido que ya había transitado por sus anteriores trabajos, cuidando la estética para realzar ese ambiente opresivo y siniestro que amenaza constantemente a las vidas de los protagonistas, y en esa idea de menos es más, como los demás personajes, breves pero muy intensos, que saben mucho más de lo que cuentan o aparecen para crear más confusión a la protagonista, en la disyuntiva de la película, entre el mito y la realidad, entre la realidad y la ficción, entre lo que arrastra ella y lo que realmente sucede en el lugar.

Cronin no oculta sus referencias, de hecho la película no esconde sus huellas cinematográficas, sino todo lo contrario, las renombra construyendo un sincero y mágico homenaje a todas ellas, como el hijo pródigo que recuerda la herencia magnífica del padre, en la que la ciencia-ficción estadounidense de los cincuenta y sesenta tienen una especial relevancia en sus imágenes con esa idea de la invasión extraterrestre silenciosa, la que llega sin hacer mucho ruido como Vinieron del espacio (Llegó del más allá), La invasión de los ladrones de cuerpos o El pueblo de los malditos, entre otras, o algunos grandes títulos de los setenta en la que se hace referencia a esos niños malvados como aparecían en La semilla del diablo, El exorcista o La profecía, el mal convertido en lo más cercano, en lo más querido y la lucha encarnizada contra esas fuerzas malignas e invisibles. El director irlandés nos conduce pausadamente por su relato sin hacer mucho ruido, en una trama misteriosa in crescendo, como ese personaje de la vecina, la tal Doreen (interpretada por Kati Outinen, fiel actriz del universo de Kaurismäki) una mujer rota y ausente, una especie de zombie o fantasma, que vaga por el recuerdo de la muerte de su hijo, que viene a advertir a la protagonista que no se deje guiar tanto y busque en su interior, en aquello que siente, en lo más visceral, o la siniestra conversación con el marido de Doreen donde descubrimos una verdad que se oculta por miedo o simplemente por desconocimiento de la auténtica verdad.

Una película que tiene a sus intérpretes en otra baza esencial en un cuento de terror que inquieta y abruma, como la excelente interpretación de Seána Kreslake dando vida a Sara, una mujer atormentada que escapa de un fuego para meterse, muy a su pesar, en un infierno maligno y desconocido, bien acompañada por James Quinn Markey, que debuta en el cine con el personaje Chris, el pequeño adorable convertido en un demonio terrible, que nos recuerda a la pinta que hacía el chaval de El cementerio viviente, la versión del 89, basada en una novela de Stephen King, especialista en crear relatos donde el terror suele ser doméstico y muy cercano, donde la maldad nos acaricia y se desata en nosotros o muy cerca. Una película de terror convencional que consigue lo que se propone con pocos elementos y mucho acierto, hacernos pasar un rato de miedo, un rato lleno de intriga, un rato tenebroso, donde todo se debate entre aquello que somos y en quién nos podemos convertir, entre la leyenda y la realidad, entre lo que sentimos y lo que vemos, entre aquello desconocido y oculto, sea o no de este mundo, o en realidad, pertenezca a nuestras peores pesadillas, la película y su relato nos invita a descubrirlo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA