Lean on Pete, de Andrew Haigh

CRÓNICA DE UN NIÑO SOLO.

“Es cierto que somos débiles y enfermos y feos y pendencieros, pero si eso es todo lo que siempre fuimos, hace milenios que habríamos desaparecido de la faz de la Tierra”

John Steinbeck

El anhelo y la soledad son las dos emociones que más nos remiten después de ver el cine de Andrew Haigh (Harrogate, Reino Unido, 1973) tanto en Weekend (2011) donde hablaba del shock emocional que sentían un par chicos gais después de una noche de sexo, como en 45 años (2015) donde el pasado irrumpía de forma brusca en un matrimonio septuagenario. Mismos motivos los volvemos a encontrar en su cuarto trabajo, basado en la novela de Willy Vlautin, que deja su Inglaterra natal para adentrarse en los ambientes de Portland y el oeste estadounidense, donde conocemos a Charley Thompson, un chaval de 15 años, que vive junto a un padre que lo deja sólo muy a menudo, en esa América alejada de los neones fluorescentes y el éxito individual, para adentrarse en la más absoluta cotidianidad, que se alojan en casas prefabricadas y matan su vida en empleos precarios, sin más futuro que el pasa en el momento. Charley encuentra en los caballos una forma de cobijo y empatía con los animales que no encuentra con su padre y en su entorno más cercano. Una manera de sentirse útil y arropado, aunque sean con un trabajo casi nulo, un empleo sin más, en el que su jefe, un tipo sin escrúpulos que se gana la vida en las carreras de caballos, y la aparición de Bonnie, esa jinete que es como su hermana mayor.

Aunque, la vida de Charley no es fácil, todavía es demasiado joven para enfrentarse el sólo al mundo, a su vida, y circunstancias del destino, deberá emprender su propio camino huyendo del destino marcado que se cierne sobre él. Haigh nos habla desde la sinceridad y la honestidad, planteándonos una película sobre la búsqueda de uno mismo a una edad muy temprana, en ese tiempo de transición entre la infancia y la edad adulta, en el su joven protagonista aprenderá que nuestras emociones difieren mucho de la sociedad que nos ha tocado vivir. El cineasta británico plantea un relato dividido en dos partes, en la primera, Charley encontrará su refugio en las carreras de caballos y la relación, más o menos sana, que mantiene con Montgomery y ese mundo brillante, por su relación con los caballos, y oscuro, por las artimañas en las formas que se gasta Montgomery. En la segunda mitad, todo cambia para Charley, y emprende una huida sin rumbo ni destino, con la compañía de uno de los caballos, “Lean on Pete”, un pura sangre que quieren vender porque su tiempo ha finalizado.

El abrasador desierto, la soledad como una sombra impenetrable, y ese caminar sin más ayuda que la de uno mismo, serán las jornadas cotidianas a las que Charley tiene que enfrentarse. Si la película en un primer momento nos adentraba en lo social, ahora, siguiendo con esa idea, se fundía en un anti western, con la huella de Peckinpah o Hellman, pero sin épica ni héroes, sino todo lo contrario, sólo el devenir de un alma triste que camina sin cesar en busca de algo o alguien que lo acoja, o simplemente le dé un abrazo. Haigh huye de toda sensiblería o condescendencia al uso, y con un tono de sobriedad y limpieza visual, mira a su protagonista desde la distancia justa, construyendo una admirable retrato sobre la soledad, dejando de lado esas películas de niño con animal y las buenas obras, aquí, también hay un niño y un caballo, pero se acerca más a una amistad entre aquellos que han abandonado, aquellos desfavorecidos, aquellos que la sociedad ya no necesita, en la línea de Crin blanca, de Lamorisse o Kes, de Ken Loach, dos estupendas películas en las que tanto el niño como el animal se ayudan ante las intransigencias y ataques de una sociedad que todo lo alinea y oculta.

La contenida y brillante luz de Magnus Nordenhof Joenck (autor de la cinematografía de A War (Una guerra) entre otras, ayuda a capturar esos claros oscuros de la primera parte, para fundirse en esos desiertos rojos y polvorientos de la segunda mitad, donde el inmenso trabajo de Charlie Plummer (que hemos visto hace poco haciendo de Jean Paul Guetty Junior en Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott) brilla a gran altura, dando vida al desdichado chaval, le acompañan dos intérpretes de gran calado en este tipo de relatos como Steve Buscemi o Cloë Sevigny, dando vida al jefe complejo del chaval, y a la jinete que le echa un capote al niño, respectivamente. Haigh ha hecho una película valiente y compleja, una cinta que nos atrapa desde la honestidad del relato bien contado, en una película que nos habla del desamparo, de sentirse solo, de no saber hacia adonde ir, de caminar sin descanso, de saber que los demás pueden prescindir de ti, que nadie te quiere de verdad, en una película de corte social, pero desde todos los prismas posibles, y también, en una road movie a pie junto a un caballo, donde nos habla de esos desfavorecidos, de los que tienen donde caer muerto, de aquellos para los que cada día, la vida es un milagro, donde comer algo ya es todo un logro, todos esos que vagan por el mundo.

Entrevista a Ariane Ascaride

Entrevista a la actriz Ariane Ascaride, con motivo de la presentación de la película «Una casa junto al mar» en la Filmoteca de Cataluña en Barcelona. El encuentro tuvo lugar el miércoles 14 de marzo de 2018 en la sala de invitados de la Filmoteca de Cataluña en Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ariane Ascaride, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a la maravillosa labor de la traductora, y a Lorea Elso, de Prensa Golem, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño.

Una casa junto al mar, de Robert Guédiguian

EL TIEMPO QUE FUE, EL TIEMPO QUE VENDRÁ.

“El pasado es la única crítica completa del presente”

Pier Paolo Pasolini

En el cine de Robert Guédiguian (Marsella, 1953) podemos encontrar lazos y lugares comunes que se suceden en sus trabajos de manera continua, como si se tratasen de retazos o trozos de vida que funcionan de manera propia, pero que pertenecen a una especie de álbum familiar de un lugar, un tiempo y unas vidas. El lugar sería Marsella y sus barrios, con su puerto y sus cotidianidades, el tiempo, el que abarca su filmografía, con 20 títulos, que arrancó en 1981 con Dernier été (Último verano)  y las vidas, la que conforman su trío actoral cómplice formado por Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (que aparecen en casi la totalidad de sus películas) que conforman entre todos ellos no sólo un grupo de cineastas que vuelven a reencontrarse para contar historias, sino una familia cinematográfica especial, casi única en toda la historia del cine. Un cine del cineasta marsellés preocupado por los más débiles, los de abajo, aquellos que se levantan cada día con la esperanza de seguir manteniendo su trabajo y que sus ilusiones no caigan en saco roto. Unas gentes que pertenecen a la clase obrera, a la que lucha, a la que protesta, a la que resiste en ese mundo cada vez más deshumanizado y terrorífico.

La casa junto al mar, es una película que podría mirarse como un compendio de muchas de las preocupaciones del cine de Guédiguian, aunque aquí su mirada, aunque sea cargada de melancolía y algo sombría, siempre deja algún lugar, aunque sea minúsculo, para mirar con esperanza los días que vendrán, porque a veces, es lo único que tenemos las gentes de nuestra condición. Ya desde su precioso arranque, cuando Ascaride se baja del taxi y llega a ese escenario, entre bucólico y fantasmal, donde no vemos a nadie a su alrededor, como si el tiempo hubiera aplastado sin contemplación ese lugar, mira a su entorno, como si reconociera el lugar y sobre todo, ese tiempo que pasó allí, cuando fue feliz, cuando todo era diferente, cuando había gente. De repente, bajo ese manto de soledad y quietud, una voz amiga la llama y la reclaman desde la terraza de una vivienda. Le esperan Armand (Gérard Meylan) el hermano que decidió quedarse y llevar el restaurant familiar, Joseph (Jean-Pierre Darroussin) el profesor retirado que tiene una novia muy joven Bérangère (Anaïs Demouster) y el padre, que debido a un ataque se ha quedado postrado y ido. Ella es Angèle, una famosa actriz de teatro que vive en París.

Guédiguian nos sitúa en una pequeña cala, cerca de Marsella, alejada del mundanal ruido, entre un mar abierto y una montaña, con ese omnipresente viaducto por donde pasan trenes a toda velocidad. El lugar donde su padre construyó su casa y el restaurant, ese lugar, una arcadia feliz o lo fue, durante un tiempo, donde pasaron tanto tiempo de infancia y juventud, ese lugar que vivió tantos años de esplendor, pero que ahora parece olvidado, detenido en algún lugar de la memoria, perdido entre las brumas del tiempo, porque la película se detiene en el reencuentro de estos tres hermanos y sus recuerdos, que forman parte de su vida, en un momento de sus vidas que parecen quietos, sin camino que caminar, sin tiempo que vivir, alejados de sus vidas, y sus esperanzas. El mundo cambiante ha pasado por encima de ellos, robándoles aquello por lo que vivían, sus luchas, su trabajo, su vida, conduciéndolos hasta un tiempo y un lugar que ya no existe, sólo en sus memorias, en aquel tiempo, la enfermedad y ausencia emocional del padre es toda una metáfora del estado emocional de sus hijos, con ese contrapunto con los más jóvenes, con otros ideales y otras formas de vida tan diferentes a las de ellos, y la amenaza exterior, como los especuladores a bordo del yate o la polícia.

Pero, Guédiguian no se detiene a juzgar que tiempo fue mejor, si aquel que pasó, o este que vivimos ahora, o el que está por venir, nada de eso, su cine es más complejo y rico en ese sentido, su investigación reside en como ese tiempo ha pasado por estos tres personajes, que ha dejado en ellos, y sobre todo, como lo han vivido, y que recuerdan, que sienten ahora mismo, y si al menos, en el tiempo de la película, en este instante, les queda algo de esperanza. Los vecinos ancianos de toda la vida, representan a aquellos que siguen al pie del cañón, o al menos quieren creerlo así, y sienten que también su tiempo pasó, como cuando uno de los personajes mira a su alrededor y observa todas las casas cerradas y se pregunta por lo ocurrido, y el anciano le exclama en tono triste, que lo que ha pasado es el dinero. El cineasta marsellés nos habla del paso del tiempo, de la vulnerabilidad de la vida y los cambios constantes, y lo hace desde el presente (aunque introduzca dos episodios del pasado, como la fiesta de navidad, cuando la gente poblaba el lugar, o las secuencias de la película Ki lo sa?, el momento más hermoso de la película, protagonizada por los mismos actores y filmada en el mismo lugar, pero en 1985, cuando esos mismo personajes, con 30 años menos, representaban la vida, las ilusiones y la esperanza por un mundo mejor) un presente rodeado de quietud, melancolía y recuerdos, algo así como una caja de pandora del que ninguno de los personajes quiere abrir para no darse de bruces con cosas que quería olvidar o pensaba olvidadas.

La película nos habla de la importancia del teatro o la cultura como medio de refugio para soportar los avatares de la vida y una herramienta esencial para reflexionar sobre nosotros, con esas secuencias de seducción y enamoramiento entre Angèle y el marinero, sobre los amores pasados y presentes, como el amor generacional, en el que somos testigos de uno que se extingue y otro que acaba de arrancar. Guédiguian estructura su película de forma sencilla y honesta, yendo al grano de su exploración, apoyándose en la naturalidad de sus intérpretes, y construyendo a fuego lento su trama, con esos diálogos ingeniosos y algunos llenos de amargura, como  los que va soltando Joseph (el personaje que interpreta Jean-Pierre Darroussin) como esa frase que podría definir muchos de los aspectos de la película y del tiempo en que estamos ahora,  “Piensan a la derecha y se sienten a la izquierda”, sin olvidarnos, de la elegancia y sobriedad de su mise en scène, donde el director francés economiza su narrativa para darnos el tiempo suficiente para conocer a sus personajes, escucharlos y sobre todo, no juzgarlos. Detenerse en sus vidas pasadas, presentes y futuras.

La introducción de los refugiados en el último tramo de la película, parece desenterrar antiguos ideales de los hermanos, que encuentran en el hallazgo de tres niños inmigrantes desamparados la forma de reengancharse a todo aquello por lo que lucharon en el pasado y ahora, parecía olvidado y oxidado, o simplemente sin sentido en esta sociedad individualizada y mecanizada. Podríamos ubicar la película en un melodrama familiar, pero en este caso contadas “a cau d’orella”, recordando aquel tiempo, ese otro tiempo, en que el rumor del mar entraba por la ventana una tarde de verano cálida y tranquila, mientras una leve brisa marina inundaba toda la estancia, y  los últimos rayos de luz iban desapareciendo lentamente, mientras a lo lejos escuchábamos a los últimos bañistas recogiendo sus cosas y encaminándose para encarar la noche que se antojaba larga y alegre, como todas las de verano. Una película política, revolucionaria, de resistencia, contada de manera libre y sencilla, una fábula moral, como todo el cine de Guédiguian, en la que se describe la compleja condición humana, con sus miedos, recuerdos e inseguridades, en la línea de las películas de Renoir, Rossellini o Kiarostami, donde se habla de lugares, personas y vidas, o Kaurismaki y El otro lado de la esperanza, un cine humanista de cualquier tiempo, lugar y vida, en el que los personajes como cualquier ser humano de cualquier época, desean algo tan frágil y ala vez tan difícil como estar bien y rodearse de los suyos.