Game Over, de Alba Sotorra

poster-game-overEL SOLDADO TRISTE

La joven cineasta Alba Sotorra (Barcelona, 1980) hace su puesta de largo en el cine contándonos la historia de Djalal, un joven de 24 años que tiene que decidir su vida, tomar su camino y empezar a andar. Nació en una familia de clase media en un pueblo de Barcelona, desde niño lo agasajaron con armas, primero de juguete, que luego se volvieron más sofisticadas y de verdad, hasta que Djalal comenzó a grabarse en video en operaciones y aventuras militares y colgarlas en youtube, convirtiéndose de esta manera en Lord_Sex, un personaje mundialmente conocido en el ciberespacio. Su camino y sus ansías de acción y guerra, lo llevaron a alistarse al ejército e irse de voluntario al frente de Afganistán como francotirador. Pero las guerras de hoy en día, no son como las que presentan en el cine, así que Djalal, después de 6 meses combatiendo, volvió a su casa.

Sotorra, cineasta inquieta y de acción, comprometida con las nuevas formas de expresión audiovisual, e interesada en buscar nuevas miradas y viajar al origen del conflicto, con su cámara al hombro para no perderse ningún detalle, y reflexionar sobre los conflictos que acechan a mujeres, política, guerra, sociales… En una de sus instalaciones audiovisuales tropezó con la historia de Djalal (algo así como el reverso del sargento localizador de explosivos que describía la directora Kathryn Bigelow en su film, En tierra hostil, un tipo que sólo en la guerra encontraba su modus vivendi), y arranca su película en la actualidad, en esa casa que Djalal comparte con su padre, Hansi, iraní, con el que no habla mucho, porque critica con extrema dureza la actitud bélica de su hijo. Una vivienda que tienen que vender porque el padre no tiene trabajo y las deudas se acumulan. También, está la madre, Anna, ya separada de su padre, que a diferencia del progenitor, actúa de forma protectora y comprensible con las decisiones de su hijo. También, conoceremos a la novia del chico, mitad barbie, mitad compañera, le ayuda y comparte con él sus sueños frustrados, las ilusiones perdidas de ser un soldado de acción, su deseo de convertirse en mercenario, y soñar con una guerra que no fue, que no es real, que sólo existe en las películas de acción, y en su cabeza.

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Un guion de Isa Campo, brillantemente compuesto, (estrecha colaboradora de Isaki Lacuesta) en el que se opta por una estructura fracturada, en consonancia con la familia que se nos muestra, nos va diseccionando mediante flashbacks que nos desentrañan la maraña emocional que se respira en el seno familiar, una trama que utiliza varios formatos y texturas audiovisuales (grandísimo el trabajo de Jimmy Gimferrer, uno de los cinematógrafos más interesantes del panorama actual): los vídeos domésticos que van de la boda de la pareja, Djalal de niño en viajes con sus padres, abriendo regalos bélicos, tiempos felices y cotidianos que ahora sólo forman parte de un recuerdo vago y lejano, imágenes que se van intercalando con los vídeos que Djalal filmó en el frente, cuidando los encuadres y la belleza del plano, antes de disparar al enemigo, donde vemos los tiempos muertos y hastíos de la guerra, y sobre todo, como el joven utiliza el vídeo para confesar su estado de ánimo y el desencanto de lo que está viviendo (que nos recuerdan a las filmaciones de los soldados de Redacted, de Brian De Palama), y los vídeos realizados por Djalal cuando se convierte en su alter ego militar, (que parecen sacados de alguna película bélica propagandística que asolaron en los años 80 con los Rambo, Comando y demás héroes del tío Sam), un mosaico de filmaciones que retratan no sólo la personalidad de Djalal y su entorno, sino también, un contexto familiar complejo y difícil, donde todos ellos son responsables de una manera u otra de la situación actual que viven. Pero la cineasta no se queda ahí, profundiza aún más en las causas y efectos, quizás la responsabilidad no es sólo del propio Djalal o paterna, la película analiza de forma interesante y veraz una sociedad basada en el consumismo atroz y salvaje, y construida en base al entretenimiento con el fin de codiciar y amasar grandes cantidades de dinero. La película nos ofrece una hermosa y cuidada reflexión sobre la dificultad de la paternidad, la propaganda televisiva, y las nuevas formas de relacionarse a través de las redes sociales, en el que nos revela a Alba Sotorra como una de las voces más comprometidas, inquietantes y sinceras que, habrá que seguir su pista en futuros trabajos, ya sean en el campo cinematográfico u otro medio audiovisual.

La Casa de la Morera, de Sara Ishaq

aaff_OCTUBRE_2015_castVOLVER A LAS RAÍCES

La cineasta Sara Ishaq, nacida en 1984 en el seno de una familia acomodada del Yemen, que a los 17 años, asfixiada e impregnada por las restricciones de su padre, decide irse a Edimburgo a vivir junto a su madre escocesa. En febrero del 2011 volvió al país donde creció para visitar a su familia yemenita, en la ciudad de Saná. Su intención era filmar aquel encuentro y las relaciones íntimas y personales que se establecían con sus familiares. El recuerdo que había dejado y cómo ahora se encontraba con una realidad totalmente distinta, su primo Waleed encarcelado por traición, y un pueblo levantado y resistente que pide a gritos, a través de multitudinarias manifestaciones, el fin del poder tirano del presidente Alí Abdullah Saeh que lleva 33 años en el poder imponiendo un régimen dictatorial y autárquico que ha arruinado a la mayoría de la población.

Ishaq se ve envuelta en las primaveras árabes, y documenta todo lo que sucede, no sólo en la calle, filmando clandestinamente, sino también como toda la situación de inestabilidad política afecta e influye a cada uno de los componentes de su familia. Su objetivo traspasa la intimidad familiar para acercarnos a cada persona, a cada ser, nos hablan de sus sentimientos, anhelos e ilusiones, debaten y discuten entre ellos ante el desolador panorama que está viviendo su país. Ishaq filma la cotidianidad envuelta y golpeada por las terribles noticias de tragedias que escupen los informativos de televisión. También, hay espacio para el diálogo donde cada uno expone sus argumentos, reflexiones y posiciones, analizando los movimientos democráticos de lucha y resistencia que han explotado y sobre todo, el futuro de todo eso, cómo se desarrollaran los acontecimientos, piden y rezan a Dios que los ayude en derrocar al dictador y comenzar otra vida. Ishaq huyó de un país patriarcal y restrictivo, que imponía a las mujeres su forma de ser y pensar, y ahora vuelve al mismo país, que continúa con el patriarcado, pero que el poder político ha arrasado entre las esperanzas y futuro de los más jóvenes.

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La mirada honesta y sincera de la directora yemení-escocesa no juzga, registra con pasión y subjetividad los acontecimientos que van aconteciendo, toma y documenta el pulso de la intimidad del hogar, con especial acercamiento a su padre, que se encuentra entre un pasado de creencias firmes y rectas, y ahora, viviendo un presente, con sus hijas que reclaman otro tipo de vidas, más libres y personales, al igual que demanda ese país que protesta y lucha en la calle con el peligro de ser detenido y encarcelado, o asesinado. Ishaq también tiene espacio para filmar a su abuelo, que representa ese pasado, donde los padres dirigían la vida de sus hijos, también a sus hermanos, que alguno de ellos, los más mayores, sueñan con un país diferente donde se viva y decida en libertad. Y también hay lugar para las mujeres, seres que viven una vida en la sombra, de obediencia y respeto al hombre. La joven directora pertenece a esa mujer árabe que ha sido educada en una cultura occidental, y centra su trabajo en hablar de las injusticias, ya sean en el interior del hogar o el exterior de las calles, se traten de lo personal o lo colectivo.