Entrevista a Ignacio Vilar, director de “A esmorga». El encuentro tuvo lugar el Martes 5 de mayo en Barcelona, en el vestíbulo de los Cines Girona.
Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Ignacio Vilar, por su tiempo y generosidad, a Sonia Uría, de Suria Comunicación, por su generosidad y paciencia, a Laura Fernández, de Vía Láctea Filmes (Productora de la película), por su simpatía y amabilidad, y a la Editorial Galaxia, por apostar por el libro y reeditarlo en castellano.
Dese su publicación en 1959, A esmorga, de Eduardo blanco amor (1897-1979), se convirtió en todo un fenómeno en las letras gallegas, considerándose una de las grandes novelas del siglo XX. Novela anclada dentro del realismo social, aquel que sobrevivía bajo el yugo del franquismo, como los textos de Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama (1955) o Tiempo de silencio (1961), de Luís Martín-Santos, entre otros… A esmorga, ya tuvo una adaptación al cine en 1976 de la mano de Gonzalo Suárez, bajo el título de La parranda (epígrafe con el que se publicó en Argentina en 1960). El libro narra las 24 horas vertiginosas, llenas de locura, brutalidad, sexualidad y fatalismo que emprenden tres individuos marginales (el Castizo, el Bocas y el Milhombres) por la vecina Auria, trasunto imaginario de la conocida Ourense, tres hombres que huyen de la guardia civil, ya que uno de ellos, el Bocas, ha cometido un terrible crimen, que no veremos (la utilización del fuera de campo en la película es uno de sus múltiples hallazgos), los otros dos le siguen, uno por cómplice, y el otro, por amistad.
El realizador Ignacio Vilar (1951, Ourense) en su quinto título, se enfrenta a tumba abierta a un texto brutal, sin concesiones, una tremenda borrachera en una jornada interminable que no tiene fin, ni vía de escape para los tres parranderos, un viaje a los miedos y anhelos más profundos de cada uno. Vilar ha parido una obra mayúscula, un retrato descarnado, y sin concesiones de esa Galicia profunda de mediados de los 50, de seres ahogados en un paisaje sombrío, de lluvia, de frío, de cantidades ingentes de aguardiente que hielan el alma y destrozan la vida, de represión sexual, de homosexualidad latente y oculta, de brutalidad descarnada en cada esquina, de miseria física y moral, de gentes que se mueven de un lugar a otro, sin rumbo, sin conciencia, y sin futuro, dejando tras de sí regueros de porquería (bosques desolados, tabernas sudorosas, prostíbulos decadentes). Vilar se ha enfundado el traje de demiurgo para encajar todos los elementos que convergen en el relato, la trama avanza sin apenas descanso, la camaradería entre los tres amigos, que en algunos instantes parecen tres almas en pena o zombies metidos en una cinta de terror, los grados de embriaguez que van contaminando sus organismos sin descanso, una atmósfera sucia y mugrienta, a ratos nauseabunda, de un color ceniza, tirando a negro, donde el trabajo de luz y ambientación de la película es de órdago, un western físico y carnal, donde los cuerpos se mueven entre pasos lentos y cortados, un caminar o deambular sin rumbo ni espera, como aquellas películas de Peckinpah o Hellman, donde sus personajes se sometían a un camino más psicológico que físico, hombres que huían de algo o de ellos mismos, pobres diablos que con poca suerte iban hacia delante a enfrentarse a un destino fatalista.
Tiene mucho la película de ese cine patrio ambientado en zonas rurales donde la violencia convive de manera natural entre los individuos, como La venganza, Furtivos o Los santos inocentes… Un cine serio, falado en galego, (con tres intérpretes en estado de gracia, soberbias las composiciones de Miguel de Lira, Karra Elejalde y Antonio Durán “Morris”) tres bestias sedientas, tres animales salvajes, que se desplazan entre el patetismo y la servidumbre, que parecen llevarse por delante a to’ dios, aunque quizás en este descenso a los infiernos, también se lleven por delante a ellos mismos. A esmorga, se erige en una muestra más de ese poderoso cine gallego que está emergiendo como una experiencia reflexiva y contundente, que aborda temas de su propia idiosincrasia, capturando los límites profundos y más arcaicos de su imaginario, consiguiendo renovar y ofrecer enfoques inteligentes, dotando de interesantes miradas a la narración cinematográfica.
La tercera obra del realizador Francesco Munzi (Roma, 1969), se centra en la “Ndrangheta” (término calabrés proveniente del griego y que significa “coraje” y “bondad”). Se trata de una organización criminal italiana cuya radio de acción se desarrolla en la zona de Calabria. Quizás no es tan conocida como las otras actividades delictivas, la Camorra o la Cosa Nostra, pero se ha convertido en el elemento criminal más poderoso de Italia desde los años 90. La trama penetra en la familia Carbone y sus tres hermanos. El mayor, Luciano, es pastor, como lo era su padre, que fue asesinado por una familia rival del pueblo, lugar donde vive alejado de los tejemanejes de tráfico de drogas de los otros dos, Luigi, “il capo”, impulsivo y frío, y Rocco, el “cuello blanco” de la organización. El cuarto en discordia, es Leo, hijo de Luciano, que a diferencia del padre, se siente fuertemente atraído por la vida criminal de sus tíos. El conflicto estallará cuando Leo ataca un bar de una familia rival, hecho que abrirá la veda de la rivalidad entre clanes. Entonces, los tres hermanos se reunirán en el pueblo para encontrar una solución.
Basada en la novela Anime Nere, de Gioacchino Criaco, el relato se vertebra entre dos mundos, el de Luciano, la vida tranquila del pastoreo en un pueblo montañés, y en olvidar el asesinato de su padre, postura que le enfrenta a sus dos hermanos, que continúan la tradición familiar dedicándose a asuntos turbios y oscuros. Entre ellos, a modo de puente, está Leo, el joven curioso y descerebrado que admira la figura de su tío Luigi, al que considera su modelo a seguir. Una historia compleja y realista (la enorme labor respetando los dialectos calabreses y mezclando actores profesionales con habitantes de Africo). Film de gran crudeza, y fuertes contrastes, el norte moderno, sofisticado y corrupto, y el sur, primitivo y atávico. Munzi posa su cámara tranquila y observadora, deteniéndose en lugares sin alma, sin vida, donde la violencia latente respira en cada lugar, a la espera que alguien abra el fuego. Una amistad aparente y tensa entre las familias, donde cada uno de ellos lleva el arma a mano y cargada. Unos personajes que se debaten entre la tradición y la modernidad, entre el odio y la venganza, por la muerte del padre, y el olvido, y el perdón por el que aboga Luciano. Munzi tiñe su película de oscuridad y sombras, haciendo gala de una sobriedad de altura, donde retrata a unas personas engullidas por la violencia, atrapadas por una vida abocada al honor y la muerte.
El director romano no juzga a sus «almas negras», las conduce hasta su propio dilema moral, donde cada uno deberá averiguar que parte le toca interpretar, en este túnel negro en el que respira su familia. Su retrato de la familia mafiosa no es edulcorado o simplista, sus personajes sufren la pérdida y el dolor. Si bien, es una cinta centrada en las figura masculina, el retrato que se hace de las mujeres, esas almas en la sombra, tampoco se queda en la superficie, están las que sufren en silencio, las que callan y dicen no saber, las que claman venganza, y las anuladas por sus maridos. Una aguda y reflexiva exploración sobre la mafia calabresa, que sigue de forma brillante la tradición de cine mafioso, emparentada con El Funeral (Abel Ferrara, 1996) y también, con Gomorra (Matteo Garrone, 2008), dos brillantes muestras de la familia imbuida por las tradiciones familiares envueltas por la violencia y la tragedia.
Dos años después de su excelente policíaco, Grupo 7, Alberto Rodríguez vuelve a adentrarse en las entrañas del mismo género. En esta ocasión, sitúa su relato 7 años antes, en Septiembre de 1980, pero ahora se ha trasladado a un pequeño pueblo, si en la citada, era desde un escenario urbano como Sevilla, ahora se ha ido a lo opuesto, a lo rural, escenificado en las marismas del Guadalquivir, zona acotada por el inmenso río, caminos polvorientos, casas abandonadas y los humedales que lo rodean. El andamiaje que estructura el cine de Rodríguez está cortado por el mismo patrón, un par de personajes, uno, con métodos muy personales y de pasado turbio, enfrentado a otro, más joven, que utiliza métodos legales, dos almas opuestas, sí, pero que podrían convertirse en el mismo individuo. Otro de los grandes aciertos del cineasta sevillano, es el buen uso de los paisajes, dotándoles de una atmósfera asfixiante, donde se respira un clima de violencia latente y la tensión se palpa en cada rincón y agujero malsano del lugar, resulta extraordinario el clímax, con esa persecución envuelta en una lluvia torrencial. Una realización intensa e arrolladora, apoyada en un guión de hierro, repleta de grandes detalles, donde destacan unos memorables títulos de créditos iniciales, donde nos muestran las marismas desde las alturas -auténticas protagonistas soterradas de la función-, unos planos que nos insertarán a lo largo del relato, mostrándonos otros ambientes, como si nos anunciasen los diferentes capítulos que divide la trama. Un escenario que los encierra en un ambiente opresivo, donde parece que la única salvación posible es la huida hacía otro lugar, donde al menos, no se respire con tanta dificultad. Nos encontramos a comienzos del otoño del 80, en plena transición -aún quedan dos años para el triunfo socialista-, en las aulas todavía presiden los retratos de Franco, junto al del Rey, un tiempo muerto, que se resiste a desaparecer, y otro, nuevo, que todavía no ha empezado a despertar. Acompañados por el calor que todavía resiste, ante su inevitable marcha, dos policías de la capital han sido enviados para resolver la desaparición de dos hermanas menores. Uno, bajito y bigotito, de oscuro pasado, que se vale de métodos duros y violentos para sacar la información, el otro, más joven, alto, con patillas y mostacho, sigue el reglamento, y actúa según la ley. Rodríguez maneja los tiempos del género, encajonando y maniatando al espectador a su antojo, una gran dirección de actores, con dos soberbios Gutiérrez y Arévalo, acompañados por un grupo de excelentes secundarios: el niñato guapo y enterao que seduce a hermosas niñas, un padre desesperao y rebotado con su mala vida por su poca cabeza, una madre que calla y habla cuando debe o puede, un furtivo que conoce la zona como la palma de su mano, una niña, enamorá y muerta de miedo, forman entre todos, una serie de individuos complejos, que callan más que hablan, y se mueven por un sur azotado por el escaso y paupérrimo trabajo, y el contrabando. Un cine no muy alejado de los clásicos, ni del cine policíaco de los 60 y 70, tiene ese aire a títulos como Furtivos (1975), de Borau, y otros como El arreglo (1983), de José A. Zorrilla, serían dos buenos ejemplos donde mirarse. El realizador andaluz nos sumerge en un escenario que duele y mata, nos va desvelando su película a fuego lento, y nos retuerce lentamente, en una trama carga de tensión, que como es habitual en este tipo de género, nada nunca es lo que parece, y todos ocultan cosas, como si nos hubiera sumergido en el mismo fondo de las marismas, donde la única salida posible es salir a flote como se pueda, que ya es mucho.