Los miserables. El origen, de Éric Besnard

UN HOMBRE LLAMADO JEAN VALJEAN. 

“No hay malas hierbas ni hombres malos, sólo hay malos cultivadores”.

Frase de “Los miserables”, de Víctor Hugo 

Existen alrededor de medio centenar de adaptaciones al cine de la clásica novela “Los miserables”, de Victor Hugo publicada en 1862. Encontramos cine mudo, sonoro, series de televisión y musicales. Aunque la nueva película de Éric Besnard (París, Francia, 1964), no es una adaptación total de la citada novela, sino de sus primeras 150 páginas ambientadas en la Francia de 1815 en la que nos habla de la vida de Jean Valjean, recién salido de presidio después de una condena de 19 años. El individuo vaga sin rumbo, cansado y señalado por todos. Sólo encuentra consuelo en la casa, que antes fue corral, del obispo Myriel, un hombre concienciado que dejó la riqueza de su posición para compartirla con los más necesitados y miserables. A pesar de los recelos de Magloire, la sirvienta no ve con buenos ojos la presencia del ex reo, que contrasta con la aceptación de Baptistine, la hermana viuda que no encuentra conflicto alguno con Jean. Un encuentro y una noche que cambiará sus vidas, aunque los personajes todavía lo desconocen. 

De los diez títulos como director hasta la fecha de Besnard, de los últimos cuatro, tres están situados entre finales del XVIII, en la que situaba Delicioso (2021), sobre la creación del primer restaurante. Un siglo después encontramos La primera escuela (2024), que retrata la apertura de una pequeña escuela rural y laica, y ahora, nos vamos al mencionada 1815, en el primer tercio del XIX, donde se desarrolla esta historia sobre la bondad, en que lo humano tiene una presencia capital en la historia, porque nos habla de la circunstancias vitales que llevan a las personas actuar de una forma u otra. En el acertado guion del propio director no se juzga ningún comportamiento, sino que se muestran unos hechos, unas circunstancias y sobre todo, la parte invisible de cada ser humano, aquello que no se ve pero que dicta las conductas y las decisiones que tomamos. El director francés, como ya había hecho en las citadas, opta por un planteamiento sencillo y muy íntimo, a través de unos encuadres concisos y llenos de detalles, en que la cámara se acerca enormemente a los personajes, observando sus miradas, gestos y silencios. La magnífica estructura de western con la llegada del forastero a un lugar desconocido,  apartado por todos y que encuentra refugio en el representante de Dios que ha dejado la hipocresía para convertirse en un hombre que ayuda al necesitado, con esa atmósfera y tono tan característico del cine de Fritz Lang en EE.UU., donde también profundiza sobre los temas de la moral y la estigmatización.

Como sucedía en las anteriores películas de Besnard, el apartado histórico y técnico está cuidado hasta el más mínimo detalle, construyendo todo un universo con pequeños detalles y desde la intimidad del hogar y de un pequeño lugar. El cineasta parisino se ha vuelto a rodear de técnicos cómplices como el cinematógrafo Laurent Dailland, que ya estuvo en La primera escuela, planteando unos planos que aboga por lo físico, por lo tangible, en un gran trabajo de sonido, en el que cada cosa que vemos y escuchamos tiene la autenticidad que necesita una película de tales características. La música de Christophe Julien, seis películas con el director, que sin ser invasiva, consigue puntualizar y marcar todo aquello que lo necesita, dejando el adecuado espacio para que los espectadores podamos ver y sentir cada cosa que sucede, en una trama que se cuenta con paciencia y despojada de artificios. El montaje de Lydia Boukhrief, tercera colaboración con el realizador después de Delicioso y La primera escuela, en otra película con menos metraje, 98 minutos, que están contados de forma tranquila y reposada, sin prisas, generando esa ambivalencia instalada en el personaje de Valjean, que ayuda a conseguir esa idea de inquietud y serenidad por la que se sitúa la noche en cuestión. 

Como ocurre con el equipo técnico, en el apartado artístico, el director también ha contado con sus “cómplices habituales” entre los que destaca la presencia de Grégory Gadebois, protagonista de sus últimas cuatro películas, metiéndose en la piel del desafortunado Jean Valjean. Un actor con un temple brutal, capaz de ser lo que requiere el desdichado personaje, que parece sacado de alguna película de Peckinpah, diendo alguno de aquellos tipos estigmatizados por una sociedad que no piensa y juzga muy a la ligera, llevada por las mentirosas apariencias. Le acompañan Bernard Campan metido en el rostro y el gesto del peculiar obispo Myriel, un actor con muchas comedias en su filmografía aquí destacado en un rol de gesto silencioso, poca palabra y mirada que traspasa, acompañada de una actitud que deja a cuadros a Valjean, con una bondad y una confianza que no ha conocido el expresidiario. Las dos mujeres de la función son Isabelle Carré, la hermana del obispo, que ya estuvo en Delicioso, convertida en una mujer enamorada de las hierbas y su recogimiento, frente al personaje que hace Alexandra Lamy, la criada malhumorada que no se fía del recién llegado, muy a las antípodas de la maestra sensible que hizo en La primera escuela.

Seguramente los muchísimos lectores de “Los miserables”, estarán expectantes para ver esta adaptación, que como menciona su título español Los miserables. El origen (en el original, Jean Valjean), la película escarba el comienzo de todo, o quizás sería más conveniente aclarar que su comienzo se remonta mucho antes, como se explica en certeros y adecuados flashbacks, cuando el joven Valjean se ve envuelto en una miseria atroz y decide robar un trozo de pan y así, la impecable e insensible mal llamada justicia, le destroza la vida y lo condena a 19 años de prisión. La película arranca con esa salida, con la “libertad” de alguien condenado de antemano. Una película que antepone lo que somos como seres humanos y cómo castigamos los delitos, como la bondad, ese gesto de pura antipatía tan olvidado en los tiempos que vivimos, siga teniendo un significado, como se expone en la trama, en un hipotético enfrentamiento entre lo humano y lo irracional, o lo que es lo mismo, los que ayudan al otro, y los que se ayudan del otro para pisotear, escalar y convertirse en seres altivos y clasistas y amparados por una ley injusta y atroz que sólo dignifica lo humano a través de lo material y la posición social. Como pueden observar, la película no pasa de actualidad, porque los temas que tratan son sobre el alma humana, esa parte invisible de todos que, en demasiadas ocasiones, es muy negra. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Éric Besnard

Entrevista a Éric Besnard, director de la película «Delicioso», en el Hotel Casa Fuster en Barcelona, el martes 14 de diciembre de 2021.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Éric Besnard, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, a Joana Artigas, por su gran labora como intérprete, y a Miguel de Ribot de A Contracorriente Films, por su generosidad, cariño, tiempo y amabilidad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Delicioso, de Éric Besnard

LA BUENA COCINA AL SERVICIO DE TODOS.

«¡Mantequilla, mantequilla! Trabajo, energía y mantequilla. Vamos, señores, sean generosos. Hielo para el pescado y fuego para la caza. ¿Cómo está esa carne? El pichón, poco hecho. La verdura crujiente y el pichón poco hecho. No basta con cocinar, hay que cocinar bien, hay que sobresalir, hay que cocinar con sabor. Hay que hacer disfrutar”.

Nos encontramos unos meses antes de la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. Pero no estamos en la urbe parisina, sino alejados de ella, en la Francia rural, y siguiendo los pasos de Manceron, un cocinero al servicio del Duque de Chamfort. Aunque todo cambiará en la vida de Manceron, porque en uno de esos ágapes con los que la nobleza agasajaba a sus invitados, el cocinero introduce una idea a su menú, presentando “Delicioso”, una empanada elaborada con patata y trufa. Tanto el clero como el marqués rechazan la propuesta porque todo lo que nacía bajo tierra era innoble, y el cocinero es expulsado del paraíso. Entonces, Manceron se refugia junto a su hijo en la casa familiar y se dedica a ser granjero. La llegada de Louise, una misteriosa mujer que quiere ser aprendiza de cocinera, hará despertar en Manceron viejas ilusiones.

El séptimo trabajo de Éric Besnard (Francia, 1964), se desvía de sus anteriores películas, ya que es la primera de época, adentrándose en el Siglo de las Luces y la Revolución, pero desde la cocina, y más concretamente, desde la clase más humilde, posicionando la cocina como centro de la acción, en un momento en que solo la nobleza tenía el privilegio de la buena cocina, dejando a la pleve de los platos más corrientes y vulgares. El tono de la película juega con el momento político del momento del momento, mostrándonos todo ese universo de nobles que disfrutaban de la vida, y el resto, el pueblo, que lo servía sin rechistar. Hay costumbrismo en la película, en un espectacular trabajo de ambientación que firma Sandrine Jarron (que ha trabajado con grandes nombres como los de Polanski y Ozon), la excelente partitura musical de Christophe Julien, cinco trabajos con Besnard, el exquisito y ágil montaje de Lydia Decobert, en una película muy activa, ya que hay constantes cambios de giro, y la magnífica y cálida luz de Jean-Marie Drejou, cuatro películas con el director, que sabe acercarnos todo ese mundo de la cocina que en palabras de Manceron está compuesto por gesto, fuego, instrumento y paciencia.

El guion que firman el director y Nicolas Boukhrief (que ya colaboró con Besnard en la película 600 kilos de oro puro del año 2010), plantea una película de pocos personajes, peor muy bien definidos. Tenemos a Manceron, el cocinero que desea volver a las órdenes del Marqués, Louise, la mujer que parece una antigua cortesana que guarda un secreto, el citado Marqués, representando a esa nobleza aburrida y vacía que solo disfrutaba de sus privilegios comiendo y de fiesta, Hyacinthe, el criado del Duque, ese lacayo que cree en las clases, aunque él las sufra, Jacob, el hijo de Manceron, que lee a los filósofos de la ilustración, y está al día de los aires revolucionarios que se avecinan, y finalmente, el abuelo, cazador furtivo y borrachín, que desea que su hijo y nieto sean felices. La trama de la película se mueve entre ese tono de fábula amable, con aires románticos y sensuales, a través de la cocina y la elaboración de los platos, y la introducción del noir con el suspense de por medio, y con los movimientos revolucionarios que van llegado al lugar, en que la película maneja con soltura los diferentes marcos pasando de forma pausada de uno a otro, sin aspavientos, ni nada que se le parezca.

La idea del primer restaurante de París, con su idea, creación, funcionamiento, y sus continuos altibajos, es el centro de una historia que escenifica con exactitud todo lo que se cocía en la última década del XVIII, donde la cocina representaba todas las injusticias que anidaban en una sociedad en que la nobleza vivía y derrochaba y el pueblo se moría de hambre. Un gran reparto encabezado por un maravilloso Manceron, al que daba vida Grégory Gadebois, que habíamos visto en películas de Polanski, Ozon, Maddin, etc…, un actor grande, tanto en su físico como en su naturalidad y en sus miradas, un cruce entre el Dépardieu de los setenta y el Gabin de siempre, bien acompañado por una estupenda Isabelle Carré, la partenaire perfecta, la mujer llena de voluntad, perseverancia y belleza, que ya estuvo a las órdenes de Besnard en L’esprit de familie, igual que Guillaume de Tonquedec que hace de Hyacinthe, Benajmin Lavernhe como el Duque, un actor que era el discapacitado de Pastel de pera con lavanda, que rodó Besnard en 2015, Lorenzo Lefebvre es Jacob, el hijo revolucionario, y finalmente, Christian Bouillette, como el viejo padre de Manceron. El director francés ha construido una película tan deliciosa como la empanada que da nombre al título, recogiendo el cine francés de época a la altura de Ridicule, de Leconte, pero desde la cocina y la gente cotidiana e invisible, todos esos campesinos que protagonizaban La Marsellesa (1938), de Renoir, porque siempre han sido las personas más anónimas las que han cambiado el mundo y sobre todo, la forma de ver y hacer las cosas. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

La historia de Marie Heurtin, de Jean-Pierre Améris

La_historia_de_Marie_Heurtin-814895053-largeCANTO A LA EDUCACIÓN

Cuando el cineasta Jean-Pierre Améris (1961, Lyon. Francia), -autor de películas muy notables como La vida (2001), Concha de Plata en el Festival de San Sebastián, y Tímidos anónimos (2010)-, conoció la historia de Marie Heurtin, una niña de 14 años sorda y ciega, que a finales del siglo XIX fue recluida en un asilo de monjas para recibir educación, no lo dudó un instante, y se trasladó hasta los escenarios reales donde aconteció la historia, en el Instituto de Larnay, cerca de Poitiers. En ese espacio, Améris edifica el entramado argumental de su película. La historia arranca cuando los padres de Marie incapaces de educar a su hija, la llevan hasta el asilo, allí, debido a su grave minusvalía, la madre superiora rechaza su ingreso, pero la obstinación y perseverancia de la monja Sor Marguerite la hacen cambiar de opinión y la llevan a aceptar a la niña.

Así empieza este cuento hermosísimo sobre la superación de un ser que vive en la más absolutas de las oscuridades y silencios, una niña a la que se le ha negado la capacidad de comunicarse, y además se ha pasado casi toda su vida viviendo como una animal salvaje. El trabajo incansable, paciente y extraordinario de la monja, que en algunos momentos más que sesiones de aprendizaje, parecen combates de lucha, harán posible que Marie se convierta en una persona, primero, y luego, en una mujer inteligente, sensible y humana. Améris sustenta su película a través de sus dos personajes, y la amistad y el amor que entablan la monja Sor Marguerite (estupenda Isabelle Carré) y Marie (cálida la debutante Ariana Rivoire), que se erigen como el pilar de esta historia emocionante y contenida. El realizador francés adopta la línea emprendida por obras antecesoras que planteaban historias similares como El milagro de Anna Sullivan (1962, Arthur Penn), donde una institutriz se enfrentaba a una niña, Helen, también sorda y ciega, o El pequeño salvaje (1970, François Truffaut), donde el genial cineasta francés recogía la historia de Victor de Aveyron, un niño criado solo en el bosque, que era rescatado por un doctor que lo educaba.

El punto de partida de las tres obras es similar, aunque Améris ofrece una mirada propia, abre una senda diferente, sitúa su historia en la naturaleza, al principio, una parte de la educación se ubica en las cuatro paredes del convento, pero el desarrollo de los sentidos y su interrelación se produce en la naturaleza, en el contacto con los rayos de luz, la brisa que acaricia el rostro, las  hierbas que se mecen por el viento, las flores que adoptan formas, colores y multitud de significados… La desbordante e indescriptible emoción de quién aprende algo por primera vez, que relaciona las cosas que le rodean, que las conoce y sabe relacionarlas entre sí. Un cuento humano y poético, donde los pequeños e insignificantes detalles de los que estamos rodeados adquieren una gran importancia, en el que asistimos a la emocionante alegría que siente el que enseña con cada pequeñísimo paso que obtiene el que está aprendiendo. Un espacio donde el sentido del tacto lo es todo, y onde Marie se enfrentará al descubrimiento de la alegría y la felicidad, pero también a los sinsabores y la ausencia. Un delicado y dulce relato sobre la voluntad de superación de cada uno a pesar de los obstáculos más firmes y difíciles que nos podamos encontrar. Una maravillosa lección de pedagogía que rubrica el grandísimo valor del lenguaje, sea de la forma que sea, como elemento indispensable para que todo ser humano pueda comunicarse y relacionarse entre sí y los demás.