Yuli, de Icíar Bollaín

EL NIÑO QUE NO QUERÍA BAILAR.

“La soledad no te abandona nunca”.

Existen muchas maneras de abordar el género biográfico en el cine, aunque las más habituales suelen ser aquellas películas en las que se sigue de forma lineal y convencional la vida en cuestión de los retratados. En la mayoría de los casos resultan cintas meramente ilustrativas de las partes más exitosas y amables de las vidas de las personas en cuestión, y en muchos casos, se obvian de manera intencionada las partes más oscuras y complejas, creando una imagen totalmente falseada y poco creíble de sus existencias. En otros casos, en los menos, las biografías van mucho más allá, en las que el material biográfico adquiere una dimensión distinta, tanto en su forma como en su fondo, experimentando y resolviendo con holgura aquellas partes menos complacientes, aquellas que, en muchos casos, nos dan una visión más certera y sincera del personaje que tenemos delante, dotándolo de una veracidad y naturalidad que se convierte en otro aliciente muy interesante de la película, marcando esa fuerza y magnetismo que caracteriza al baile de Carlos Acosta y su magia a la hora de bailar y transmitir ese magma de sensaciones y sentimientos.

Aunque el cine de Icíar Bollaín (Madrid, 1967) siempre ha sido sensible a los problemas de índole personal y social, nunca antes había abordado la biografía de alguien real, sin embargo, su película nos sumerge en otro estado, mezclando con acierto y sabiduría la ficción y el documental, en la que el propio retratado, Carlos Acosta (La Habana, Cuba, 1973) se interpreta a sí mismo, y reinterpreta en forma de danza encima de un escenario las partes de su vida, con la ayuda de su compañía de ballet, y por otro lado, se acude a la ficción para relatar su vida desde que era un niño y se negaba a bailar, y también, en la juventud, cuando se convertirá en la primera figura del «The Royal Ballet» en la Opera House de Londres. Bollaín vuelve a contar con la figura del guionista Paul Laverty (Calcuta, India, 1957) como lo hiciese en También la lluvia (2010) y en El olivo (2016) y apoyándose en No Way Home, la autobiografía escrita por el propio Carlos Acosta, para contarnos con suma delicadeza y honestidad la historia de Carlos, apodado “Yuli” por su padre que le obliga a bailar, a comienzos de los 80, en un barrio humilde de La Habana, cuando la isla gozaba del apoyo soviético y las cosas funcionaban de otra manera.

Bollaín nos acerca a la realidad cubana desde el observador que explica cada relación humana y detalle, sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia, midiendo con sumo cuidado la distancia elegida y la complejidad del relato que tiene entre manos, narrando con pulso firme y reposo una historia durante casi 40 años, donde la realidad cubana pasa por muchas situaciones: la ruptura familiar de la madre de Carlos, a finales de los 80, las necesidades sociales y económicas de los habitantes de Cuba, y el éxodo migratorio de los 90 cuando el amparo soviético terminó, todo ligado de manera sencilla y natural con la vida de éxito de Carlos, sus hazañas encima del escenario, su vida fría y solitaria den Londres, entregado en cuerpo y alma a su arte, y la difícil distancia con su familia a la que ve poco, y no menos durísima relación con un padre demasiado autoritario y encerrado en sí mismo. La película goza de una luz brillante y oscura de Álex Catalán, que ya había estado en También la lluvia (otra producción rodada en territorios americanos) y el certero y sensible montaje de Nacho Ruiz Capillas (habitual de Bollaín) y qué decir de la agradable y sensual música del gran Alberto Iglesias (que repite con asiduidad con la directora) y las brillantes coreografías de Maria Rovira, filmadas con elegancia y pasión, que nos envuelven en ese aroma del tiempo y la memoria que recoge la película, reinterpretando la historia y aquello que tiene que ver con lo más personal e íntimo.

Un reparto poderoso y cercano hacen el resto, arrancando con la estupenda interpretación del niño Edilson Manuel Olbera, dando vida a Carlos de niño, un niño atrapado en el baile y en la maraña dictatorial de una padre severo, y Kevin Martínez, bailarín profesional que hace de Carlos de joven, y no menos, la presencia de Santiago Alfonso como padre, una figura esencial en el ballet cubano, y el propio Carlos Acosta, con su figura imponente y elasticidad, que consigue sumergirnos en su vida a través del ballet, de esos cuerpos en movimiento y volando, logrando entender y hacernos comprender que todo lo vivido, tanto bueno como malo, tiene momentos brillantes y también, oscuros, incluso muy oscuros, porque la película nos habla de las relaciones humanas, de la familia, del abandono, de la ausencia, de la distancia, de todo un país, y sobre todo, nos habla de nuestras raíces, de nosotros mismos y de todos aquellos que nos rodean y en definitiva, de quiénes somos y hacia adónde vamos, que caminos tomamos y aquellos que dejamos de tomar o nunca tomaremos.

Girl, de Lukas Dhont

LA LUCHA INTERNA.

Todos los que hemos experimentado la adolescencia conocemos ese período de cambios, un espacio de transición entre la infancia que vamos dejando y la edad adulta a la que llegamos llenos de dudas e incertidumbre. Todo nuestro alrededor cambiará drásticamente, nuestras ideas, nuestros objetivos, nuestros miedos y sobre todo, nuestro cuerpo, un cuerpo al que iremos descubriendo nuevamente, como si la vida y nuestro cuerpo se reiniciarán y todo empezase de nuevo. Un cuerpo que en algunos momentos nos satisfará, y en otros, en cambio, nos disgustará y mucho. Lara nació Víctor. Ahora, tiene 15 años y vive como una mujer, y trabaja duro por seguir su sueño, ser bailarina de danza. La puesta de largo de Lukas Dhont (Gante, Bélgica, 1991) se desarrolla en el marco de la adolescencia, de alguien que a los 15 años deberá de ser contra sí misma y contra su entorno social, una chica que quiere ser ella misma, y se levanta cada mañana para demostrarse a sí misma que puede hacerlo, que nada ni nadie significará un obstáculo en su camino.

El cineasta belga que ya había tocado la danza, la transformación y la identidad en sus anteriores trabajos, se lanza a contarnos una fábula actual, de tremenda cotidianidad, en el que seguimos la vida de Lara, su lucha contra ese cuerpo que es masculino, pero ella hace lo imposible, incluso dejándose la salud, para convertirlo en femenino, o al menos que tenga ese aspecto para los demás, mientras espera (im) pacientemente el día de la operación. Su ansiedad, sus conflictos físimos y sobre todo, emocionales, provocarán en Lara diversos cambios de actitud y carácter que le harán meterse en un pozo oscuro. El apoyo incondicional y humanista de Mathias, ese padre sin esposa (porque la madre de Lara está ausente) y el hermano pequeño Milo. Dhont propone un retrato íntimo y transparente de la cotidianidad del instituto y las clases de danza, de la exigencia de Lara y los problemas físicos y emocionales que le provoca su cuerpo, convertido para ella en una especie de condena de la que quiere escapar cuanto antes. La película nos habla de identidad, de género y la perseverancia de conseguir lo que uno quiere en su vida, y de perseguir sus sueños, cueste lo que cueste, aceptando las dificultades del camino y superando los diferentes obstáculos que se vaya encontrando.

Su tono frío y desangelado, acompañado por esa ciudad pequeña, donde parece que todo funciona con normalidad, ayuda a entrar y conocer mejor la vida de Lara, sus miedos e inseguridades, su soledad y sus conflictos con ella misma, con su cuerpo, convertido en su mayor enemigo, y las dificultades de tener una relación con los demás, como las tensiones con sus compañeras de danza, o con el chico que le gusta. Dhont teje un intenso y áspero drama, a medio camino entre el documental y la ficción, sobre la transexualidad en la adolescencia, sobre nuestro lugar en el mundo y nuestra identidad, sobre todos los problemas internos que nos ocasiona nuestro físico y la incapacidad de la sociedad por aceptar al diferente tal y cómo es, sin cortapisas ni prejuicios. El inmenso y extraordinario trabajo de los actores principales encabezados por Víctor Polster dando vida a Lara, nuestra heroína cotidiana que luchará contra ella misma, su cuerpo y su entorno para entender y entenderse, para llegar al final de su proceso, donde emocionalmente y sobre todo, físicamente, se sentirá bien con su cuerpo y podrá desarrollarse emocionalmente como siempre ha deseado, a su lado, Arieh Worthalter, que interpreta a Mathias, ese padre coraje que estará al lado de su hija y de sus problemas, aunque deberá ser paciente para aceptar todos esos cambios y ayudar a Lara cuando esta se deje ayudar.

Dhont cimenta con maestría y aplomo una película sin juicios ni sentimentalismos, con un par de personajes dentro de un entorno académico y vital que se convertirán en jueces implacables para el devenir de Lara, una mirada que bebe del cine inmediato con raíces en el documental que tanto practicaban Pialat o Vittorio De Seta, y más recientemente, los hermanos Dardenne, donde explican con minuciosidad y detalle los conflictos morales, físicos y emocionales de sus personajes, y sobre todo, de su entorno, una sociedad que le cuesta aceptar a todo aquello que desconoce, que desaprueba socialmente, en las que las películas se convierten en durísimos y desgarradores dramas sociales en el que impone una manera de narrar donde tanto la forma (con esas cámaras inquisitivas que se mueven con naturalidad y se erigen como espejos deformantes sobre nosotros y la sociedad en la que vivimos) como su contenido, en el que priman las dificultades de los más desfavorecidos, tanto a un nivel social como emocional.