Shayda, de Noora Niasari

UNA VIDA SIN MIEDO. 

“Cada momento es una nueva oportunidad para elegir el amor en lugar del miedo”

Louise Lynn Hay

Los primeros instantes de Shayda, la ópera prima de la iraní Noora Niasari son de puro terror, se palpa la tensión, la inquietud y el miedo. La cámara se encierra en el rostro de la protagonista, la magnífica Zar Amir Ebrahimi, envuelta en un mar de dudas e incertidumbre, junto a Mona, su hija de tan sólo 6 años. Momentos de angustia que van de la llegada al aeropuerto y el posterior traslado a la casa donde se refugian otras mujeres maltratadas como ella. Apenas son necesarias las palabras, porque la angustia y el silencio están tan presentes que van más allá de la pantalla y se meten en nuestras conciencias. No sabemos de qué huye, lo sabremos más adelante, pero esa sensación de huir, de dejar atrás algo malo, y buscar refugio, una mirada cómplice y un abrazo que dé paz y tranquilidad. Shayda es una mujer iraní que ha pedido el divorcio de su marido iraní en algún lugar de Australia, lejos de su país, aunque su marido actúa como si siguieran en él. Así empieza la película, una forma que nos sujeta bien fuerte y no nos soltará hasta el final. 

Como sucedía con Aftersun (2022), de Charlotte Wells, con la que tiene mucha de hermandad en su tono, la directora Noora Niasari expone en su primer largometraje sus vivencias de niña y su relación con el mundo de los adultos, si en aquella eran unas vacaciones en Grecia junto a su padre, ahora, estamos en la otra parte del mundo, en otoño, y junto a su madre. El tono documento y de verdad de la historia viene de los años en que la directora viajó por el mundo realizando documentales como Casa Antúnez, entre otros, porque la directora construye una película que nace de la memoria, en la que se mete de lleno en temas como empezar de nuevo dejando un pasado de horror, la fraternidad entre las mujeres del refugio, la sensación de sentirse acompañada, pero también, en constante peligro, y la eterna y espeluznante burocracia para quedarse en un país cuando eres extranjera. Temas de ahora y de siempre que la película trata con sencillez y honestidad, sin alardes argumentales ni nada por el estilo, sino desde la mirada, el gesto y el diálogo pensado y transparente, introduciéndonos en una intimidad, sensibilidad y ternura que ayudan a paliar un relato muy duro y de puro terror, en muchos momentos. 

La parte técnica va al unísono con lo que se cuenta, desde la cercana y cámara-testigo que firma Sherwin Akbarzadeh, en la que cuenta y detalla cada mirada y gesto, siguiendo la mirada de las protagonistas, situándose en esos pliegues donde la película se mueve, en una línea muy frágil entre la alegría y la esperanza en construir una nueva vida y por ende, un hogar, un lugar de paz, con esos otros momentos en que la película se enfila, donde el marido iraní aparece y las cosas se tornan turbias, frías y muy peligrosas. El montaje de Elika Rezaee es ejemplar, porque explica sin mareos ni estridencias técnicas una historia sumamente compleja que se mueve entre unos personajes vulnerables y a punto de derrumbarse como el personaje principal con esos toques de leve esperanza con esos otros donde la violencia entra a saco. Un relato que consigue cimentar con pausa y sin prisas muchas realidades de mujeres que deben huir y refugiarse para encontrar una vida, sea donde sea, porque es una realidad que, desgraciadamente, existe en cualquier parte del planeta, en sus 118 minutos de metraje, que explican muy bien una realidad que, lejos de solucionarse, sigue creciendo. 

Ya he mencionado a la maravillosa Zar Amir Ebrahimi, que nos encanta, por su intensa mirada, su forma de moverse en el cuadro, y cómo habla y sus silencios que transmiten todo lo que está viviendo y sobreviviendo su Shayda, que hace muy poco la vimos en Tatami, que codirigía y cointerpretaba. A su lado, la sorprendente Selina Zahednia como Mona, la niña de 6 años que está estupenda, sin olvidarnos de los demás intérpretes como Osamah Sami como Hossein, el marido iraní, Mojean Ari como un amigo, Leah Purcell como Joyce, la encargada de la casa refugio, Jillian Nguyen y Rina Mousavi, y demás, dotan de profundidad a la historia que se cuenta y consigue esa naturalidad y complejidad tan necesaria en una película de estas características. Debo mencionar una de las productoras ilustres que ha tenido la película que no es otra que la gran actriz Cate Blanchett a través de Dirty Films junto a sus dos socios como Andrew Upton y Coco Francini, que da una visión más amplia de la magnitud de la historia de la directora Noora Niasari, tanto su importancia como su forma de abordar un tema tan candente y muy preocupante. Acérquense a ver una película como Shayda, porque les va hacer reflexionar y sobre todo, les va a mostrar muchas realidades ocultas e invisibles que, ahora mismo, siguen luchando por una nueva vida, y les dará un poquito de esperanza porque verán que todavía existe, aunque muy poco, valores como la solidaridad, la hermandad y la fraternidad, y eso, en el mundo qué vivimos, es muy grande. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Fortuna, de Germinal Roaux

LAS RAZONES DEL CORAZÓN.

“El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”

Evangelio de Juan, 3:8.

La joven Marie y el burro Baltasar están sometidos al maltrato y la violencia de sus dueños. Solo en la intimidad de su fiel amistad encontrarán el consuelo y el amor que se les niega como nos explicaba Bresson en su magnífica Al azar de Baltasar. Algo parecido le ocurre a Fortuna, una niña etíope de 14 años, sola y reservada, que vive refugiada en un monasterio y sin más cariño que la de su fiel burra Campanita. El segundo trabajo de Germinal Roaux (Laussane, Suiza, 1975) sigue la línea del encuentro con lo real que expone en su filmografía, abordando temas sociales como la discapacidad intelectual, las jóvenes que ejercen la prostitución para comprarse una vida lujosa, o la inmigración como en el caso de Fortuna. El relato nos sitúa en un lugar aislado rodeado de montañas, durante un gélido invierno en el que la nieve lo cubre todo. Un espacio peculiar, el de un monasterio que debido al desbordamiento de inmigrantes, sirve como refugio para muchos de ellos, donde asistiremos a la difícil convivencia entre una comunidad eclesiástica católica, dedicada al recogimiento espiritual y al silencio, frente a su labor cristiana de dar cobijo al necesitado.

En mitad de todo ello, la película se centra en la mirada y el gesto de Fortuna, una niña inmigrante que está sola y sin más futuro que su cotidianidad, que encuentra amor en los animales que cuida diariamente. Aunque toda esa aparente existencia cambiará cuando la niña descubre su embarazo y se lo comunica al padre, Kabir, un joven mucho mayor que ella, refugiado como ella, que le insta a abortar. La circunstancia aún la dejará más sola y abandonada, y entregada a un futuro mucho más incierto, debido a su estado y las presiones de la burocracia por deshacerse de la criatura que espera. Roaux compone una intimista y sensible fábula, extraordinariamente filmada con ese cuadro de 4:3 y la excelsa imagen con el preciosismo del blanco y negro, obra del cinematógrafo Colin Lévèque. Una obra muy cercana, de piel, casi sin diálogos, apostando fuertemente por las miradas y los gestos de sus personajes, para hablarnos de la tragedia de la inmigración, en su conjunto y en la intimidad de los menores no acompañados, de la dificultad por parte del estado de gestionar conflictos de gran calado humano.

El tema candente que plantea la película es la complejidad que existe entre los diferentes puntos de vista de los monjes que, si bien desean ayudar a los inmigrantes, por otro lado, ven alterados su fe y descanso debido a esas circunstancias, una situación que nos recuerda a la vivida por aquellos monjes de De dioses y hombres, de Xavier Beauvois, que se veían envueltos en una guerra y la indecisión de abandonar su monasterio, su intervención o continuar con su fe. El conflicto entre la fe espiritual y el deber como cristiano que sufren los monjes tiene su zenit en la maravillosa y reflexiva conversación del padre prior, protagonizado por un sobrio Bruno Ganz (en su último personaje para el cine antes de su fallecimiento) con el responsable social de ofrecer una salida a los inmigrantes, donde se habla profundamente sobre el deber de un verdadero cristiano y sobre la dificultad de hacer el bien, considerando que ese “bien” no siempre es lo mejor para las personas implicadas, como ya planteaba Buñuel en su extraordinaria Nazarín, donde un cura humilde recorría México ofreciendo ayuda y haciendo el “bien”, actitud que le generaba multitud de conflictos.

El cineasta suizo nos habla desde lo más profundo del alma de sus criaturas, llenas de conflictos internos, crisis de fe e identidad, y abrumados por todo esa humanidad de inmigrantes con ilusiones, deseos y frustraciones. La película trata todos estos elementos con honestidad y transparencia, mirando la inmigración con toda su complejidad desde el drama personal, la soledad de los más vulnerables y las situaciones de abandono que muchos reciben, y también, hace hincapié en la inoperante burocracia que mide todos los casos de igual manera, sin detenerse en las necesidades reales de cada caso. Fortuna es un relato de pocos personajes y pocos diálogos, que constantemente interpela a los espectadores, sumergiéndolos en una historia sencilla en apariencia y compleja en su contenido, en la que el centro de todo recae en la dificultad y necesidad de una niña que se siente atrapada, sola y desamparada en un mundo de adultos demasiado enquistado en sus leyes y estructuras, que frecuentemente olvidan el lado humano de las personas que tienen delante.

Roaux cuenta con un reparto que resulta muy natural y convincente, empezando por la niña Kioist Siyum Beza que interpreta a Fortuna, expresándolo todo con ese rostro, todavía de niña pero con signos de juventud prematura, de una niña que tendrá que crecer de golpe por todo lo que se le viene encima, con esa inocencia quebrada y mutilada. Frente a ella, Kabir, al  que da vida Assefa Zerihun Gudeta, un tipo vivo y egoísta que se aprovecha de quién sea para sobrevivir en un espacio donde la policía puede presentarse en cualquier momento. Con las estupendas presencias del citado Bruno Ganz, y Patrick D’Assumçao, siempre perfectos en sus roles, como ya demostró en El desconocido del lago o La muerte de Luis XIV. El director suizo cuenta su relato desde la mirada de Fortuna, de esa niña que se desenvuelve en ese espacio como si no le perteneciese, en el que se siente rechazada,  en constante huida, buscando su lugar en el mundo, ese lugar apacible y acogedor donde recoger miradas de cariño y ternura, como las que tiene con su inseparable Campanita, como les ocurría a Marie y Baltasar. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA