Nina, de Andrea Jaurrieta

LA VENGANZA TIENE NOMBRE DE MUJER.   

“¿Estás de su lado o del nuestro, Vienna? 

– Yo no estoy del lado de nadie”

Frase de Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

Si pensamos en westerns donde las mujeres llevan la voz cantante, por desgracia, encontramos muy pocos. Hay dos grandes excepciones: la Altar Keane que hacía Marlene Dietrich en Rancho Notorious (1952), de Fritz Lang, y la Vienna con Joan Crawford en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray. Dos mujeres que no se amedrentaban por las sacudidas machistas de pistoleros y se hacían valer y de qué manera. Las directoras contemporáneas han venido a hacer cine, y sobre todo, a contar sus historias, muchas de ellas con mujeres fuertes y rotas, valientes y con miedo, y sobre todo, mujeres que se enfrenten a quién haga falta, mujeres que sientan el peso de la historia, como tantas veces a ocurrido con los hombres. Porque ellas también están, ellas no se esconden, como le ocurre a Nina, la protagonista de la película homónima de Andrea Jaurrieta (Pamplona, 1986), una mujer que viene de un pasado muy oscuro, que vuelve a su pueblo natal, al lugar de los hechos, a un paisaje hostil y frío, vuelve a la niña que fue, a la niña que se atacó, vuelve a recuperar lo perdido, pero ahora adulta, con ganas de justicia y de todo. 

Partiendo del texto “Nina”, de José Ramón Fernández, que a su vez, ya adapta libremente el clásico “La Gaviota”, de Chéjov, la directora navarra lo lleva a su terreno, y lo sitúa en el norte que conoce tan bien, en el pequeño pueblo costero de Arteire, arrancando en una noche negra y lluviosa, donde la citada Nina llega a lo que fue su vida hasta los 15 años. La película navega por los dos tiempos indistintamente, con la Nina adolescente del pasado y la Nina adulta en la actualidad. Un entramado narrativo en el que Jaurrieta no oculta sus referencias, el western y su clasicismo, con su amigo que le ayuda y la escucha como Blas, un pueblo ocupado en sus tradiciones y fiestas, y un objetivo: Pedro, el escritor, el maduro que se aprovechó de su ingenuidad y su soledad con un padre tan ausente. Un western con tintes de melodrama, un western contemporáneo sin caballos pero con venganza, con pasado tortuoso, donde se arrastran muchas cargas y mucho dolor. Segundo trabajo de la directora, después de su sorprendente Ana de día (2018), donde investigaba los aspectos psicológicos sobre la identidad de una mujer enfrentada a una réplica idéntica. 

Con Nina no se aleja de su aspecto psicológico, aunque añade otros elementos como lo espiritual y lo filosófico, en una interesante mezcla de género con profundidad y complejidad, en una intenso y detallista trama que se agarra y no te suelta, con mucha tensión y oscuridad, con la inquietante atmósfera gélida y silenciosa de su entorno y personajes, con ese estado de ánimo tan propio de los tipos que pululan las películas de Melville, tan callados y tan torturados, porque Nina es un personaje muy melvilleniano, tanto en su aspecto, su silencio y su dolor. Una parte técnica que brilla con ejemplaridad, con dos cómplices que ya estuvieron en la mencionada Ana de día, como el cinematógrafo Juli Carné Martorell, donde el rojo copa la película que contrasta con ese tono frío y neutro del norte, un rojo que acapara el sentir de su protagonista, como ocurría en el cine de Sirk, ahí volvemos al melodrama, que también capturó Fassbinder, y desarrolló Almodóvar en su obra cumbre Mujeres al borde de un ataque de nervios, un rojo de la pasión, de la sangre, del corazón y sobre todo, de la venganza. El otro habitual es el editor Miguel A. Trudu, que mantiene el ritmo entre el reposo y la agitación en un relato de poquísimos días pero muy intensos donde nunca hay respiro, o lo que hay poco, en un trama que se va a los 105 minutos de metraje. 

La nueva incorporación al universo de la navarra es la gran Zeltia Montes, como nos gustaron sus trabajos para Que nadie duerma y El buen patrón, tan diferentes y tan geniales, que compone una soundtrack que debería estudiarse al detalle en cualquier lugar con estudiantes de música, porque sus cuerdas y su composición son magníficas, creando la mejor compañía para la historia que quiere contarse, con esa lija que incómoda y aturde yendo al compás de la protagonista. Si en Ana de día, Ingrid García Jonsson tenía un reto por delante que solventaba con claridad y naturalidad, no digamos de la Nina que hace Patricia López Arnaiz, otro reto mayúsculo encarnar a un personaje que habla tan poco, que siempre está en silencio, que mira mucho y desprende muchas sombras sombras e inquietud, pero la actriz lo agarra del pescuezo con firmeza y valentía, en una composición memorable, otra más de l actriz vitoriana, que bien interpreta, con tanta sutileza, con tanta carga y con tanta fuerza, y tanta tristeza, como los pistoleros que cabalgaban meses para volver a su casa, con todo lo que habían dejado atrás y con tantas derrotas, y si no que le pregunten al Jeff McCloud de Hombres errantes (1952), otra vez volvemos a Ray, y a Ethan Edwards de The Searchers (1965), de Ford, dos tipos que si hubiesen sido mujeres serían interpretados por actrices como López Arnaiz. 

Bien acompañada por un enorme y sobrio Darío Grandinetti, ¿alguna vez está mal este inmenso actor?, haciendo el “malo”, pero no un villano público, sino uno que se esconde, que son los peores, que además no se siente malvado, que es mucho peor, porque entonces era un maduro escritor, cuando se aprovechó impunemente de una adolescente y ahora un anciano venerado en el pueblo, un monstruo bien considerado como suele pasar, que la gente no quiere ver ni escuchar. La joven Aina Picarolo hace de Nina adolescente, que vimos en un papel corto en La casa entre los cactus, en una gran interpretación, con todo ese candor e inocencia de su edad, de gran parecido con su Nina adulta, en una composición estupenda de una actriz que le deseamos un gran futuro, porque se lo ha ganado con creces con su espectacular Nina, con su sutileza y esa sonrisa que llena todo el cuadro. Como buen western que se tercie, la película tiene esos individuos de reparto tan bien compuestos como Iñigo Aramburu como Blas, que hemos visto en películas vascas tan interesantes como Handia, HIl Kanpaiak e Irati, entre otras, Mar Sodupe, Ramón Agirre y Silvia de Pé, entre otros. 

No dejen escapar una película como Nina, y no lo digo para que acuden al cine a verla, que sí, pero también, porque se atreve a romper muchas cosas, y a tejer con paciencia y angustia un relato noir, de los que se recuerdan mucho más con los años, un western con la rabia, la melancolía y la pérdida que tenían los crepusculares que empezaron a adueñarse de las carteleras a partir de los cincuenta, cuando el cine dejó de épicas y empezó a mirar el alma de sus cowboys, unos tipos solitarios, alejados de todo, y empeñados en luchar por un amor perdido que nunca llegaron a tener. La Nina de Andrea Jaurrieta también nos habla de alguien con alma oscura, no porque no haya intentado olvidar, pero es un olvido que duele demasiado, y el destino le tiene guardada un último aliento, una vuelta a los hechos, a su pasado, a ese pasado que un día huyó de él, un pasado que grita mucho, incluso demasiado, y ella sólo sabe que podrá callarlo haciendo lo que tiene que hacer, o quizás no, vean la película para salir de dudas, y si pueden, hablen de ella, porque les aseguro que la experiencia de ver esta película queda en el alma, y su protagonista y su viaje no deja nada indiferente. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Extraña forma de vida, de Pedro Almodóvar

EL AMOR VUELVE CABALGANDO. 

– ¿A cuántos hombres has olvidado? A tantos como mujeres recuerdas tú. -¡No te vayas! No me he movido. -Dime algo bonito. Claro. ¿Qué quieres que te diga? – Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Te he esperado todos estos años. -Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto. Habría muerto si tú no hubieras vuelto. -Dime que me quieres todavía, como yo te quiero. Te quiero todavía, como tú me quieres. -Gracias, muchas gracias. 

Diálogo entre Johnny y Viena en Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray 

El primer encuentro entre el western y Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949), fue en Mujeres al borde de un ataque de nervios  (1988), cuando Pepa Marcos, actriz de doblaje, ponía su voz quebrada a la mítica secuencia que hemos reproducido al inicio de este texto, en la que el genio manchego fundía ficción y realidad ficcionada en uno de los grandes momentos de su filmografía. La segunda, que nosotros sepamos, fue su no a hacer la película Brokeback Mountain, una historia apasionada entre dos vaqueros a principios de los sesenta, que finalmente dirigió en 2005 con gran éxito Ang Lee. Han tenido que pasar 21 largometrajes y unos cuántos cortometrajes, entre ellos los recordados La concejala antropófaga (2009), en el que Carmen Machi explotaba su gran vis cómica, y The Human Voice (2020), rodado en inglés, con una grandísima Tilda Swinton enfrentándose al texto de Cocteau. 

Ahora, nos llega Extraña forma de vida, con sus 31 minutos de duración, y nuevamente filmado en la lengua de Shakespeare, y con el paisaje de Tabernas, en Almería, escenario de tantos espaguetis, que recupera el clasicismo del género, con su tragedia griega revoloteando, y esos amores del pasado que vuelven, marca de la casa Almodovariana, y por ende, la estructura más usada del oeste, aunque la idea no es repetir hasta la saciedad, sino mirarla desde otro lugar, no pretendiendo ser original, que sería absurdo, sino conseguir acercarse al género sin desmerecer, acompañándolo de la personalidad y el carácter del director español. La trama se resume rápido, Silva, un tipo cruza a caballo el desierto y llega a Bitter Creek. Allí se reencuentra con el Sheriff Jake, antiguo amigo de correrías cuando andaban en cuadrilla como outlaw. Entre ellos hay muchas cosas del pasado que les unen, pero ahora en el presente, también hay muchas que los separan, como el hijo de Silva, acusado por Jake de asesinato, y otras que preferimos no desvelar. Su apertura es magnífica y muy reveladora, con el fado cantado de Amalia Rodrigues, que desvela algo así como que no hay existencia más extraña que la que se vive de espaldas a los deseos. 

Encontramos al “equipo de Almodóvar”, a José Luis Alcaine en la cinematografía, nueve películas juntos, que recoge la grandeza del género con ese color tierra en los exteriores, y los contrastes en los interiores, el montaje de Teresa Font, que después del fallecimiento de Pepe Salcedo, ha recogido el testigo y llevan cuatro películas, consigue una edición rítmica y concisa, donde se explica lo necesario, con ese viaje al pasado, a una pedazo de secuencia que recuerda a un momento de El Quijote, o una de las secuencias más memorables de Parranda (1977), de Gonzalo Suárez. El arte de Antxón Gómez, otro puñado de películas juntos, que consigue dotar de grandeza e intimidad cada espacio de la película. La estupenda música de Alberto Iglesias, trece títulos juntos desde Todo sobre mi madre (1999), que funde lo clásico de Steiner con las guitarras de Morricone en otra de sus grandes composiciones para el cine de Almodóvar. No podemos olvidar el diseño de vestuario de Anthony Vaccarello, director creativo de Saint Laurent, compañía que coproduce la película, como hiciese con Lux Aeterna (2019), de Gaspar Noé, donde brillan los colores de Silva, con esa impresionante chaquetilla verde, que contrasta con el negro de Jake, y ese pañuelo rojo que los une y separa. 

No podemos olvidar a Juan Gatti con su enésimo diseño del cartel de la Almodóvar Factory que recupera al “Elvis pistolero”, de Warhol, y a su vez, tiene reminiscencias de aquel pistolero que nos apuntaba en Asalto y robo de un tren  (1903), de Porter, el primer western de la historia. Otro de los grandes elementos del cine del director español es la confección de su reparto en el que vemos jóvenes como José Conde y Manu Ríos que hacen la juventud de los protagonistas, con la aparición de Jason Fernández y Daniel Rived, reclutados por dos de las mejores directoras de reparto del país como Eva Leira y Yolanda Serrano, así como la participación del siempre efectivo Pedro Casablanc, en una gran secuencia con el sheriff, y Sara Sálamo, una de las tres mexicanas. La pareja protagonista, y nunca mejor dicho, son dos grandes. Tenemos a Ethan Hawke como el Sheriff Jake, un hombre que ha olvidado su pasado delictivo y se ha pasado al otro lado, aunque quizás no tanto. Una existencia tranquila que trastoca y de qué manera la llegada de Pedro Pascal como Silva, el viejo amigo, el compañero, el amor que vuelve cabalgando, esa pasión reprimida y olvidada, que, quizás, tiene otro capítulo más o no. 

La filmografía de Almodóvar está llena de amores de todo tipo, pero un amor tan salvaje y prohibido como el que tienen Jake y Silva, no lo habíamos visto desde aquel que mantenían Pablo y Antonio, los enamorados de La ley del deseo (1987), que mantenían aquel amor desaforado, aquella pasión destructora, el deseo irrefrenable por el otro, por lo prohibido, por lo que te mantiene vivo. Con Extraña forma de vida nos ocurre que nos encantaría seguir con los dos personajes ideados por Almodóvar, y ahí reside nuestro contradicción, porque como cortometraje es conciso, emocionante y humano, con la duración perfecta, pero, nos gustaría seguir con ellos, conocerlos un poco más, seguir en esos paisajes, con esas miradas y ese amor, porque estamos ante una historia compleja y magnífica, porque no sólo es el relato de un reencuentro y de un ex amor, es más que un western, porque recoge lo clásico, y también, lo crepuscular y el antiwestern de Peckinpah y Leone, la suciedad, el pasado, y lo extraño, con un desaforado amor, de esos que te hacen vivir y morir, de los que no se olvidan, de los que siempre recuerdas por muchos que vengan después, porque ya lo saben ustedes, siempre hay un amor del pasado que nunca olvidamos, un amor que sabemos que si aparece por nuestra puerta sería nuestra perdición, porque nos desmonta, nos mata y sobre todo, nos hipnotiza, y no sabemos por qué este sí, y otros no, quizás el amor es eso, aquello que no sabemos explicar pero sí que sentimos, y cómo sentimos, algo que se tiene que vivir y experimentar, como les ocurre a los dos pistoleros y amigos de la película. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA