Dogman, de Luc Besson

EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS. 

“Dónde quiera que haya un desafortunado. Dios envía un perro”. 

Alphonse De Lamartine 

El prestigio de Luc Besson (París, Francia, 1959), se cimentó en títulos como Kamikaze 1999 (1983), Subway (1985), El gran azul (1988), Nikita (1990), Leon (1994), y Angel-A (2005). Un cine de género bien construido, de estupenda atmósfera, con personajes complejos y que conectó con el público. Con El quinto elemento (1997), su cine se volvió mucho más comercial, con vocación internacional y rodado en inglés, donde las historias se volvieron menos interesantes para un público menos exigente. Una deriva que alejó a espectadores como el que suscribe, ávidos de un cine más profundo y personal, en el que no todo fuese hacer caja, y donde primase el cine que intenta explicar una historia y unos personajes. Con Dogman, el cine de Besson, quizás cansado de tanta parafernalia vacía, ha vuelto a la casilla de salida, a sus orígenes, en que la historia y el personaje estaban por encima de todo, donde el fx era una herramienta más y no el fin. Douglas, el personaje desafortunado y solitario de la película no está muy lejos de Fred de Subway, ni de Jacques de El gran azul, ni de Nikita en la película homónima, ni mucho menos de León en la citada película, ni de André de Angel-A. Todos ellos personas solas, arrastrando algún trauma que otro, y llenos de miedo y coraje ante una sociedad que los sacude sin piedad. 

Besson construye en Dogman un relato que bebe mucho de la estructura de películas como Sospechos habituales, de Singer, entre otras, donde a modo de declaración escuchamos a Douglas explicar su vida a una psiquiatra, mediante flashbacks que van recorriendo una vida de maltrato y abuso en la que fue encerrado en una jaula con perros a los que liberó y se hizo amigo de ellos. Una vida en la oscuridad, de discapacidad, de miedos e inseguridad, pero también de valor y arrojo donde ha vivido de todo, incluso de artista transformista. La película desenvuelve al Besson más oscuro, más cineasta y sobre todo, más autor, donde prima la historia, con un excelente y complejo personaje y una historia digna de contar, donde lo importante no está en su resolución sino en su construcción, en la que mezcla todo tipo de géneros, de tonos y estructuras, cargado de una intensa y agobiante atmósfera, recorriendo los submundos de la ciudad, que podría ser cualquier ciudad grande, donde en los lugares más desdichados y abandonados podemos encontrar almas como la de Douglas que, a pesar de los pesares, sigue manteniendo una dignidad asombrosa junto a sus amados canes. 

Una cinematografía arrolladora, llena de claroscuros y sombras, casi como un cuento de terror gótico a lo Hammer, donde el Frankenstein, de Shelley sería el mejor referente, o incluso El fantasma de la ópera y sus derivaciones, que firma Colin Wandersman, donde se describe con inteligencia los altibajos emocionales de un protagonista tan complicado como Douglas, igual que el imprescindible diseño de producción de Hugues Tissandier, 11 películas junto a Besson, que alimenta todo aquello que debemos ver para comprender una vida tan tortuosa que ha tenido el protagonista, llena de abusos, dolor y mierda. El conciso y pausado montaje de Julien Rey, 9 películas con Besson, que no sólo impone una cadencia que se va llenando de sensibilidad y terror, sino que consigue una fábula de las que se agarran inmediatamente en sus casi dos horas de metraje. He dejado para el final la labor del músico Eric Serra, que ha estado en 16 películas de las 18 que ha hecho el cineasta francés, no sólo su mejor cómplice sino el que mejor ha entendido el universo complejo de cine de autor y comercial del citado cineasta, con unas composiciones que son tan importantes como las imágenes de sus películas, no se puede entender una sin la otra, lleno de belleza, de profundidad, de dureza y dulzura. 

Con Dogman, el cineasta francés vuelve a demostrar, como ya hacía en sus primeros trabajos, que es un gran director de actores, que sabe sacar lo mejor de cada uno de sus intérpretes y hacerlos indispensables para encarnar a sus personajes torturados y solitarios. Douglas lo encarna Caleb Landry Jones, un actor con un rostro y un cuerpo muy característicos, al que hemos visto con directores tan importantes como David Lynch, los hermanos Coen, David Fincher, Neil Jordan, Joon Boorman, Martin McDonagh, Sean Baker y Jarmusch, entre muchos otros. Su “Dogman” es un personaje de esos que no se olvidan fácilmente, un Bigger than Life,  grande y pequeño, valiente y cobarde, capacitado y discapacitado, artista y vagabundo, un tipo oscuro y lleno de luz, alguien que resiste a pesar del mal que ha sufrido y sufre, que tiene en los perros sus mejor amigos, aliados y familia. Le acompañan Jonica T. Gibbs como Evelyn, que hemos visto en las recientes Vidas pasadas y Civil War, la psiquiatra asignada, la mejor escuchadora para la vida de Douglas, tan llena de maldad y amor, y otros intérpretes como Christopher Denham, Clemens Schick, entre otros, y la maravillosa y breve presencia de un mito como Marisa Berenson.

Olvídense del cine comercial que ha hecho Besson en los últimos años y sobre todo, no lo confundan con Dogman, porque se estarán equivocando y mucho, porque su última película nos devuelve al mejor Besson, y no lo digo por decir, compruebenlo acercándose a los cines y dejense llevar por su historia, porque les llevará a un viaje que no olvidarán, en el que hay terror, como ya les he comentado, thriller, no del efectista, sino del que explica mucho la sociedad en la que vivimos y sus complejas consecuencias, también descubrirán realismo, pero el de verdad, el de muchos seres torturados que se ocultan y sobreviven como outsiders que habitaban en el cine de serie B y en el de Ray, Fuller y los mencionados Lynch y Jarmusch, y como las buenas de terror gótico también hay amor, el amor que sirve para seguir adelante y no matarse a pesar del sufrimiento y el dolor que nos infringen, y el otro amor, en este caso, el de los animales y más concretamente, el de los perros, tan fieles y confiantes, quizás eso es lo que les hace tan vulnerables a ojos del que sólo busca la maldad, como vemos en la película, los diferentes rostros de amos y lo que les imponen a los canes, tan ciegos e inocentes. No les entretengo más, y no se olviden de conocer la historia que cuenta Dogman, se lo agradecerán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Annette, de Leos Carax

LOS ABISMOS DEL AMOR.

“El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio”.

Stendhal

Seis largometrajes en 37 años podría parecer una filmografía escasa, pero claro está, en el cine como en cualquier arte, siempre prima el contenido a la acumulación, y el caso de Leos Carax (Suresnes, Francia, 1960), es paradigmático en ese sentido, porque el cineasta francés ha construido una carrera heterogénea aparentemente, pero llena relaciones y revelaciones entre sus películas y su propia vida, como si hubiese empezado un periplo vital de sus personajes a mediados de los ochenta y hubiera continuado a lo largo de treinta y siete años. Todos los personajes de Carax se enamoran perdidamente. Viven amores mágicos y enfermizos. muy alejados de la realidad, sometidos a un destino implacable donde la tragedia siempre los acompañará. Un amor difícil y complejo, como son los amores más intensos y profundos, amores desgarrados, fascinantes, trágicos, llenos de vida y de muerte, todo es extremo, nada complaciente, todo pende de un finísimo hilo que siempre está a punto de romperse. El amor como motor y representación de la vida, de la propia existencia que nos arrolla, nos divide, nos desarbola, y finalmente, nos mata, convirtiéndonos en otro, en un ser extraño de nosotros mismos, sumergido en una vorágine donde todo vuela y cae al mismo tiempo, donde todo es alegría y tristeza, donde todo es y no es.

Carax siempre anda al borde del abismo, tanto a nivel emocional como formal, ninguna de sus películas se parece y a la vez, todas se parecen, todas nos hablan de tragedias cotidianas, acaso no es el amor una gran tragedia en nuestras existencias, que tiene y saca lo mejor y lo peor de todos nosotros. El amor fou, que acuño Buñuel, es el amor de Carax, tomándolo como una parte fundamental de un todo, donde cada plano y encuadre de sus películas rompe con lo establecido, con lo esperado, con lo inevitable. Todo radica en el misterio, en la aventura, en la trasgresión y sobre todo, en lo siniestro como forma de enfrentarnos a la vida y sobre todo, al amor. Podríamos dividir la filmografía de Carax en un par de bloques. En el primero, encontraríamos una trilogía sobre el amor fou en las que estarían Chico conoce a chica (1984), Mala sangre (1986) y Los amantes de Pont-Neuf. Tres obras protagonizadas por Denis Lavant y Juliette Binoche, las dos últimas, una pareja continuamente en el abismo, enfrentado a situaciones que los superan, desarraigados de la sociedad y a la deriva, pobres diablos con un espíritu batallador que no se saldrán con la suya, pero lo intentarán hasta el último aliento.

El segundo bloque lo inaugura Pola X (1999), una película que ya aventurará un cine mucho más radical si cabe del que había hecho, donde la representación será el centro de todo, el medio de experimentación, adentrándose en otros universos y otras formas de mirar, un cine diferente que irá en consonancia a los vaivenes trágicos de su vida personal. Le sigue Holly Motors (2012), una película radicalmente extenuante, donde recupera a Lavant, interpretando a un tipo que es a la vez muchos personajes, completamente diferentes, que van desde la bondad a la oscuridad. Una propuesta cinematográfica sin término medio, o entras o no, y si entras, es una fascinante aventura arrolladora sobre el cine, sus formas de representación, su misterio, todo aquello que está y es invisible, y todos los demonios que lo encierran. Ahora llega Annette, un musical irreverente, como no podía ser de otro modo, que nace de un álbum de los Sparks, el dúo de los hermanos Ron y Russell Mael. No debería extrañar este giro musical en la filmografía de Carax, porque en el pasado ya filmó secuencias que bien podrían estar en cualquier musical que se precie, muchos recordarán esos grandes momentos con Lavant bailando el “Modern Love”, de Bowie, en el maravilloso plano secuencia de Mala sangre, o el no menos brillante instante de nuevamente Lavant con otros acordeonistas en Holy Motors. Carax nos envuelve en su mundo mágico, tenebroso y gótico ya desde su maravillosa “Apertura”, donde juega a la vida y la ficción, cuando la película se abre con el propio director de espaldas dirigiendo una grabación en un estudio, aparece su hija, Nastya (la que tuvo con la malograda actriz Yekaterina Bolubeva, protagonista de Pola X), que como hacía en Holy Motors, vuelve a darnos la bienvenida a la película. Inmediatamente después, la música empieza, los Sparks se levantan y mientras van cantando un tema con muchísima fuerza arrolladora y rítmica, se les van juntado los Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Heldberg, y más interpretes y técnicos de la película, salen del estudio, recorren las calles y despiden a los intérpretes. Títulos que tendrá su reflejo en la escena de “Clausura”, para los espectadores pacientes, que disfrutarán con el mismo grupo despidiendo la función-película.

Annette cuenta un relato sencillo, aunque muy absorbente y fascinante, como todas las películas de Carax. Henry, un humorista de éxito, se enamora de Ann, una cantante de ópera en la cima de su carrera. Se casan y tienen una preciosa hija a la que llaman Annette. La astucia del cineasta francés convierte a la hija en un muñeca de madera con movimiento, una metáfora de la fragilidad y la sensibilidad enfrentado a un padre que se atormenta por el amor que siente, un amor que lo destruye y lo convierte en un ser despiadado, inherente y perdido. Un musical, si, pero más cercano a las ópera rock como Tommy, Hair, Jesucristo Superstar, Quadrophenia o The Wall, y más cercana al tono, la oscuridad y el terror de El fantasma del paraíso de De Palma, y La novia cadáver, de Burton. El romanticismo y la poesía de Hoffman y Rimbaud están muy presentes en esta fábula sobre la vida, la muerte, el amor y la tragedia inevitable, entre los miedos y las alegrías, las tristezas y sobre todo, todos esos fantasmas que nos acechan, que forman parte de quiénes somos y nos van acercando y alejando de aquello que más deseamos.

En Annette hay dos películas. En la primera, asistimos a una historia de amor, un amor diferente, de dos seres antagónicos, pero con la misma pasión de emocionar al público, uno con el humor y la otra con la tragedia, un mismo reflejo para convertirse en otros y emocionar a extraños. Dos seres que son otros, que se aman en algún momento de sus existencias, donde nunca sabemos dónde empieza y acaba el otro, el personaje que son, las múltiples formas de representación que ya había investigado Carax en Holy Motors, donde en muchos momentos de la película volvemos a sus reflejos, a esas secuencias paralelas que nos remiten continuamente a la anterior película, como esa obsesión por el verde neón que continua en esta película. En la segunda mitad, todo cambiará, la luz se volverá más oscura, y Henry, cambiará en una especie de hombre de la noche, como una bestia que va adquiriendo su ser y su maldad, donde la niña Annette, y su prodigiosa voz que los llevará alrededor del mundo adulados por todos.  La noche, una noche fantástica, de sombras y de espectros, muy inquietante, como en las viejas películas mudas y de los treinta, con esa casa con piscina rodeada de vegetación, más propia de las mansiones góticas y cierta casa de Sunset Boulevard donde aparecían guionistas asesinados, una luz que nos envuelve en ese universo oscuro, como ese grandioso instante del barco con la tormenta, donde el cine de los orígenes nos asalta, y el mar y la tragedia se dan la mano, donde la literatura de aventura siniestra y misteriosa envuelven la pantalla.

Una película que sabe jugar con el artífico y la falsedad del cine, que además lo hace evidente, en un grandioso trabajo de la cinematógrafa Carolina Champetier, una grande que ha trabajado con Godard, Rivette, Straub e Huillet, etc…, que repite con Carax después de Holy Motors. El torbellino de imágenes bien encauzadas por el talento de la montadora Nelly Quettier, indispensable para Claire Denis, y con Carax desde Mala sangre. Un gran reparto, que aparte de cantar en directo, unas canciones de gran carácter, ritmo y sensibilidad,  interpretan unos complejos personajes con verosimilitud y cercanía, con un estupendo Adam Driver (que también es coproductor), como el atormentado Henry, un hombre de muchas caras, una especie de fantasma del infierno-paraíso, muy bien acompañado de una dulce e intensa Marion Cotillard, una mujer que muere cada noche para volver a nacer en el amor, con ese peinado cortísimo que nos recuerda tanto a la Binoche o la Minogue, seguramente la misma mujer con sus diferentes capas, aspectos y miradas. Y finalmente, Simon Heldberg, el talentoso músico enamorado de Ann, y fascinado por el talente de la pequeña Annette. Carax ha vuelto a hacer una película brillante, conmovedora, sensible, llena de fantasía, dura, cruel, terrorífica, poética, y sobre todo, muy siniestra, donde el cine, tanto en su forma artificial y real, y la representación y sus formas vuelven a ser parte indiscutible de cada secuencia, donde todo parece indicarnos que el universo de Carax ya no es solo una historia que contar, sino que además, es también muchos universos dentro de este, donde la oscuridad y la luz se unen para crear algo diferente, algo mágico, poético y fantástico, una hermosa metáfora de lo que es el amor o lo que sentimos que es, una plenitud llena y vacía que nos arma y desarma, que nos fascina y aterra, una especie de limbo más allá de nosotros y de este mundo, donde habita el amor, esa extraña sensación que nos condena y nos libera. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA