A propósito de Llewyn Davis, de Ethan y Joel Coen

Cartel-A-proposito-de-Llewyn-Davis_02“Es una película hecha en Nueva York, por neoyorquinos, llena de neoyorquinos, sobre un tiempo en Nueva York que cambió este país y creo que también el mundo”.
Oscar Isaac
 
«No tienes que ser genial para nadie, solo se genial para ti.» 
Bob Dylan

Tarde de cine en los Renoir Floridablanca. La elegida es A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013). Estamos en 1961, en la ciudad de New York. Nos encontramos en Greenwich Village y más concretamente en un local llamado Gaslight, – que recibe el mismo nombre que aquella espléndida película de Cukor dónde un malvado Charles Boyer martirizaba a una joven y bella Ingrid Bergman-, sobre el escenario, bajo una luz mortecina y apagada, que le acompaña toda la película, Llewin Davis, un joven músico de folk. De esta manera, arranca la nueva película de los hermanos Coen, unos cineastas que llevan más de treinta años relatándonos los sinsabores, amarguras e infelicidad de la otra cara de los EE.UU., la que no nos quieren enseñar otro tipo de películas. ¿De qué trata esta cinta?  Tenemos a este joven, que a modo de Ulises deambula por esta road movie intentando, sin conseguirlo, hacerse un hueco en el difícil mundo de la escena musical neoyorquina, un éxito que se le niega. En cierto momento, un magnate judío, en un club vacío como entorno, después de escucharlo le suelta que no ve dinero. Quizás, así se podría resumir la vida de este personaje homérico, este individuo que todos sus intentos en llevar una vida más «normal», resultan vanos y cada vez peores. Los Coen vuelven a su tema predilecto, el viaje, y a La odisea, de Homero, cómo ya habían hecho en O brother! (O brother, where art you?, 2000), dónde tres fugitivos, en plena Gran depresión, hacían lo imposible para volver a casa, también con la música como telón de fondo. Llewin Davis nos recuerda  a aquellos y en muchos aspectos a Barton Fink (1991), otro artista sin suerte que viaja a Hollywood y se veía incapaz de escribir la película que el magnate le exigía. Libremente inspirado en el libro de memorias de Dave Van Ronk, El alcalde de la Calle MacDougal  (The mayor of MacDougal Street), nos sumerge en un personaje fiel a sí mismo, con su guitarra a cuestas y una bolsa con sus cosas, que es todo lo que posee Un naufrago sin isla, un vagabundo que transita por ambientes amargos y no tiene dinero para comprarse un abrigo para combatir el  frío invierno, que duerme en los sofás prestados por amigos, y tiene una hermana que le reprocha la existencia que soporta por seguir fiel a sus principios,  y además, un padre ido, al que nunca ve, que pasa sus últimos días en una residencia. Para redondear su triste existencia, hay una chica, maravillosa Carey Mulligan, que ha dejado embarazada pero resulta que es la novia de su mejor amigo. Una vida que se mueve por antros oscuros,  días sin fin, y mendigando por las frías y heladas calles sin alma de una ciudad sin vida. Su viaje a Chicago tampoco mejora las cosas, quizás las empeora más. Un artista que no logra ganarse la vida con su música y si colecciona palos por doquier. Podría haber sido ese tipo de películas en las que asistimos a un dramón de no te menees con semejante panorama, pero el talento de los Coen se niega a plantearse una historia de tales características, en cambio, vemos mucha ironía, quizás es la película más triste y desoladora de los Coen, pero tiene momentos muy suyos, su universo sigue plagado de seres curiosos y extraños, la retahíla de personajes secundarios que se topan con el músico no tiene desperdicio, la pareja de ancianitos judíos que regenta la discográfica que acumula discos que no encuentran compradores, el matrimonio judío esperpéntico y grotesco, que son dueños del gatito pardo, de nombre Ulises, no podía llamarse de otra manera, que acompaña a Llewyn en su periplo diario, el soldado músico, y John Goodman, un seboso, cínico y yonqui, y su criado, un joven macarra y silencioso, que algunos les recordará a uno de los matones de Fargo (1996), que interpretaba Peter Stormare, en uno de los momentos más raros y siniestros de la película, ese viaje a Chicago que parece que va a ocurrir cualquier cosa, muy en la línea de los planteamientos que pululan por el universo Coen. Destacar el buen hacer de Oscar Isaac, actor nacido en Guatemala de padre cubano y criado en florida, que nos brinda una hermosísima interpretación, dotado de una gran mirada que expresa todo su malestar y ese sentimiento fundido que rompe el alma.  Una maravillosa balada triste y nostálgica, como es la música folk, que nos interpela a nosotros. Su estructura circular, a modo de bucle, aún hace la existencia de Llewyn más difícil, en que aparentemente y  atendiendo el discurso de la cinta parece no tener salida, aunque los cineastas norteamericanos no se decantan por ninguna opción y en una estrategia que les honra, nos ceden el testigo de la elección a nosotros, sus espectadores. Una nueva clase magistral de estos cineastas que no se cansan en ofrecernos la otra cara del sueño americano, o mejor dicho, su pesadilla que quizás nunca existió. Una buena película que nos devuelve la mejor tradición del cine americano, aquella que nos contaban los Ray, Penn, Fuller, Peckinpah… historias de loosers, personajes perdedores que no encuentran su camino y los que encuentran les llevan a sentirse más perdidos y abocados a un fracaso personal y existencial.

Vida en sombras, de Llorenç Llobet-Gràcia

'Vida en sombras'El 13 de febrero es una fecha especial en mi vida. Ese mismo día, pero de 1895, los Hermanos Lumière patentaron el invento del cinematógrafo. Por este motivo he querido homenajear al cine recuperando la crítica que escribí sobre Vida en sombras (1948), de Llorenç Llobet-Gràcia para Cineclub Sabadell, el Jueves 11 de noviembre de 2010.

«Quien ama el cine, ama la vida”

François Truffaut

 Esta cita del genial director francés, que junto a un nutrido grupo de colegas, revolucionó este invento llamado cine, a finales de los cincuenta y lo dotó de un nuevo lenguaje que cambiaría para siempre los conceptos cinematográficos, podría atribuirse a Llorenç Llobet-Gràcia, un cineasta que amó el cine y la vida, y ya desde su adolescencia comenzó a hacer películas en el campo amateur hasta que por fin pudo dar el gran salto al terreno profesional y se metió en la aventura y desventura que significó su “opera prima” Vida en sombras,  un proyecto que empezó con recortes al guión por parte de la censura que, tras realizar algunos cambios, fue aceptado y pudo empezar el rodaje. A medio rodaje el productor se quedó sin dinero y Llobet-Gràcia, que no quería que su película quedase en vía muerta, se empeñó hasta las cejas pidiendo dinero a sus amigos para concluir lo que era la ilusión de su vida. Al terminar la película, Llobet se enfrentó a un nuevo problema: la Junta de Clasificación, no le otorgó la primera categoría y, después de luchar frenéticamente, pudo conseguir la segunda categoría, pues en un principio se le había concedido la tercera categoría. Esto significó que la película se estrenó cinco años más tarde, con más pena que gloria, por las salas cinematográficas, dónde por entonces se nutrían de un cine muy afín al régimen franquista: Alba de América, Inés de Castro, Doña María la brava o Locura de amor, de Juan de Orduña, que se convirtió en todo un acontecimiento en aquel tiempo, dónde la maldita posguerra se había instalado en un país hambriento, perseguido y donde reinaba la ley del silencio, impuesta por la hordas fascistas. En aquellas circunstancias se estrenó Vida en sombras, una película a contracorriente, atípica, diferente, extremadamente moderna y radical, antes y ahora, que ha trascendido su tiempo y que hay que reivindicar por su valía, su grandeza, y sobretodo, hay que aplaudir que exista y dar las gracias a todos aquellos que la hicieron posible y a todos los que – y me acuerdo de Ferran Alberich-  la rescataron del injusto olvido al que fue sometida y nos la mostraron a las nuevas generaciones para que pudiéramos disfrutar de tamaña obra, convertida en un clásico imperecedero de nuestro cine. Llobet-Gràcia nos muestra un relato que es un homenaje a su pasión, el cine, a los maestros que admiraba – Meliès, Chomón, Chaplin, Grifith, Murnau, entre otros- y a imaginar la vida a veinticuatro fotogramas por segundo. El héroe/antihéroe de su historia, Carlos Duran, viene al mundo en una barraca de feria dónde se hacía una sesión de cinematógrafo, la fotografía en movimiento. Desde entonces la vida de ese niño gira en torno al nuevo invento, y asistiremos al cine con Carlos y su amigo Luis, veremos Cartas animadas, del genial Meliès, La moneda rota, Carlot en la calle de la Paz, también a Eddie Polo. Luego presenciaremos como intercambia cromos para conseguir uno de Charlot. Más adelante, con una cámara Pathé Baby, rueda su primera película, con la ayuda de Luis, y así, poco a poco, el sueño infantil se va convirtiendo en una pasión adulta, que le proporciona un trabajo como operador. Nuestro protagonista se enamora y da su primer beso viendo el Romeo y Julieta, la adaptación que hizo George Cukor de la célebre obra de William Shakespeare. Aunque será su amor por el cine lo que lo llevará a una profunda depresión y un alejamiento total de su pasión, y será con el mismo cine, y más concretamente, con la genial película del maestro Alfred Hitchcock, Rebeca, la que le devuelve al ruedo cinematográfico. Estamos ante una película de estructura circular donde se hace uno de los más importantes y admirables homenajes al cine y a la pasión que despierta en los individuos. Uno de los mejores testimonios que se han hecho sobre el cine en nuestro país, a la altura de obras, como: La noche americana (La nuit americaine, 1973), de François Truffaut, dónde los cineastas dan rienda suelta a su cinefilia y nos proponen un viaje maravilloso a las entrañas del cinematógrafo. En palabras del crítico y cineasta, Esteve Riambau: Aquests elements, expressats a través d’insòlits moviments de càmera i, fins i tot, un pla seqüència de vuit minuts, fan d’aquest film una obra decididament anticipada al seu temps. Tot i les deficències tècniques pròpies d’una producció absolutament modesta, la modernitat que destil.len les seves imatges és absoluta i, a través del que Borau denomina “passió letal pel cinema”, s’anticipa a una altra pel.lícula maleïda del cinema español, com és Arrebato d’Ivan Zulueta. Vida en sombras m’angoixa i m’espanta, va dir Borau, “perquè revela la bogeria pel cinema que ens afecta a molts dels que estem presents en aquesta sala. La película está llena de hallazgos cinematográficos, el maravilloso tratamiento de la elipsis, -el encuentro de Carlos y Ana en el quiosco, se suben al tranvía, y en el siguiente plano, Carlos cuelga un retrato de la pareja posando en el campo- sólo por citar uno de ellos;  amén del espectacular plano secuencia de ocho minutos y las transiciones del relato, brillantemente resueltas, a pesar del ajustado presupuesto del que disponía la película. Film muy influido por el expresionismo alemán, en uno de los momentos vemos a Carlos escribiendo con máquina de escribir el guión de su película, mientras en la pared se proyecta la sombra de un zootropo primitivo girando. Destacar tanto el equipo técnico, habitual del director Carlos Serrano de Osma, amigo personal de Llobet-Gràcia, y el plantel artístico, encabezado por el genial Fernando Fernán Gómez, haciendo aquí su primer papel dramático, y realizando aquí uno de su mejores trabajos junto a María Dolores Pradera, su esposa por entonces, e Isabel de Pomés… Disfruten de una de las grandes películas de nuestro cine, y parafraseando a nuestro protagonista, Carlos, les dejo con una de sus citas: El veneno del cine, ese tóxico tan actual, al que no sabe uno nunca renunciar.

 

 

Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont

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«No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa jamás de explorar, un paisaje (ya sea árido o apacible) de una belleza única. No hay experiencia mas noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía».

Carl Theodor Dreyer

Tarde de cine en los Boliche. La elegida es Camille Claudel 1915 (2013), de Bruno Dumont. La austeridad y la sobriedad son los pilares en los que se fundamenta esta aproximación del cineasta francés a la figura de la famosa escultora. La película, séptima de su carrera, huye del biopic al uso, a Dumont no le interesa la vida, obra y milagros del personaje, su película va más allá, quiere mostrarnos a la persona, no al personaje. Nos sitúa en 1915, en los albores de la Gran Guerra y nos muestra una mujer de unos 50 años, desesperada y aislada,  abandonada por su familia, encerrada tanto física como emocionalmente en las cuatro paredes de un sanatorio situado en Montdevergues, cerca de Avignon, dónde estuvo los últimos 40 años de vida. Solamente las visitas de su hermano Paul le ayudan a soportar tan tremenda e injusta situación, una vida alejada de su París y su trabajo de escultora. Estructurada a través de algunas jornadas, un relato dónde abundan los planos fijos y las tomas largas, apenas se aprecian leves movimientos de cámara, y sin música, y apenas diálogos, apenas tres situaciones, el hermano de Camille con ella, con el clérigo y con el director del sanatorio. El realizador se apoya en dos conceptos: la magnífica interpretación y el rostro/primer plano de Juliette Binoche. Es la primera vez que Dumont trabaja con una actriz profesional, en las anteriores películas utilizaba gente anónima de la calle. Su ejercicio resulta admirable, despoja la imagen que tenemos de Binoche y la convierte en un ser no ser, que soporta una no vida, una no persona, en un muerto viviente rodeada de enfermos mentales reales, los espectadores nos convertimos en lo que siente la actriz y sentimos su aislamiento. Una obra plagada de pequeños detalles que la hacen más profunda y extraordinaria, he rescatado dos momentos: en uno de ellos, Camille camina por un jardín y coge un trozo de barro que empieza a moldear, pero en ese instante, detiene sus manos y estruja el barro y lo lanza, o el arranque de la película, cuando se nos muestra a Camille de espaldas a nosotros, le despojan su ropa, nos fijan un plano de la bañera y de golpe, por la derecha, entra el cuerpo desnudo de Camille que se introduce en la bañera. La película juega a presentarnos un estado de ánimo, el de Binoche/Claudel, a presenciar unas situaciones de alguien que sufre por su pasado, por un amante que la dejó, por la obsesión que la persigue, por una familia que no la entiende y que por miedo, la encierran y la destrozan. Una mujer de su tiempo y muy avanzada, que intentó vivir cómo ella sentía, pero se encontró con la oposición de una familia y una sociedad demasiado tradicionalista y superficial. Una mujer que nos recuerda a otras heroínas particulares que a pesar de la sociedad lucharon por ser ellas mismas. Tomando como referencia el libro de Paul Schrader, El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson y Dreyer, dónde encontramos afiliaciones y paralelismos con la obra de Dumont. Tres autores y tres maneras de filmar: Yasujiro Ozu y la trilogía de Noriko, Primavera tardía (Banshun, 1949)El comienzo del verano (Bakushû, 1951)Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, 1953), Robert Bresson con El proceso de Juana de Arco (Procès de Jeanne d’Arc, 1962) y Mouchette (1967) y Carl Theodor Dreyer con La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928) y Gertrud (1964), obras protagonizadas por mujeres libres y solas, como actitud ante la vida, que huyen de lo establecido y quieren vivir su vida, pero debido a la idea imperante de una sociedad acomodada y tradicional y exasperadamente conservadora, se sienten empujadas a vivir según lo establecido y a sentirse infelices ya que hacen lo que no quieren y se sienten encerradas en una manera de vivir que no es la suya. Formalmente, Dumont también se acerca a la obra de estos cineastas, los espacios desnudos, los planos estáticos, la economía en los diálogos, una narrativa cinematográfica que busca un estilo alejado de lo puramente visual, apelando directamente hacía nuestro interior, a lo que sentimos, a nosotros mismos, a un estado de ánimo, que tiene que ver más con el espíritu. Una manera de sentir y mirar lo que se nos cuenta, mucho más allá de lo que vemos en la pantalla. Les dejo con una reflexión de Bresson: No filmar para ilustrar una tesis o para mostrar a hombres o mujeres limitados a su aspecto externo, sino para descubrir la materia de la que están hechos. Alcanzar ese ‘corazón’ que no se deja atrapar ni por la poesía, ni por la filosofía, ni por la dramaturgia.


¡Viva la libertad!, de René Clair

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«La igualdad de la riqueza debe consistir en que ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro, ni ninguno tan pobre que se vea necesitado de venderse».
Jean-Jacques Rousseau

Tarde dominical de Filmoteca, la elegida, todo un clásico de la cinematografía vecina, ¡Viva la libertad! (À nous la liberté!, 1931), de René Clair. Era mi primera vez, y ha sido en la gran pantalla. Todo un lujazo para mis sentidos, a veces, los que amamos el cine, no somos conscientes de la gran fortuna que tenemos de poseer un cine que realice sesiones de clásicos como éste. Vayamos al asunto en cuestión, que no es otro que dar habida cuenta de lo visto esta tarde. Fábula sobre la vida, sobre las circunstancias que nos llevan a hacer una cosa u otra, fíjense en su sencilla trama: dos compañeros de cárcel deciden fugarse, el día de autos, las cosas se tuercen y uno de ellos, al verse sorprendido por los guardias, decide no poner en peligro a su compañero y le facilita la huida sacrificando la suya propia. Una vez fuera, el huido, buscavidas por naturaleza, se hace riquísimo con el fructífero negocio de las gramolas. Posee una inmensa fábrica dónde se trabaja esclavizado y en cadena fabricando aparatos en masa. Aquí, hasta el espectador más despistado verá que todos estos elementos influirán posteriormente al genio de Chaplin en su «Tiempos modernos», recordarán algunos que incluso el propio Goebbles, si recuerdan bien, ministro de propaganda nazi, al percatarse de las semejanzas entre las dos películas, insto a Clair a denunciar a Chaplin por plagio, la demanda no prosperó, Clair se sentía muy halagado por haber servido de inspiración al gran cómico. Pues bien, recuerdan a los dos amigos de la cárcel, pues la trama se dispara cuando por azares de la vida, o del amor, más bien. El compañero se evade de la cárcel, en una secuencia que nos recuerda a Jean-Pierre Leaud intentando suicidarse en aquella fábula tragicómica de «Contraté a un asesino a sueldo», de Aki Kaurismaki. Los dos antiguos compañeros se vuelven a encontrar, hombre rico, hombre pobre, pero se ayudan y se divierten. Qué grande y esperpéntica la cena en la que presentan digamos en sociedad al viejo amigo. Relato de perdedores, de seres que no logran lo que quieres, porque otro u otros llega antes que ellos y se lo arrebata. El bigotudo, rico con el gramófono, se ve estigmatizado por su pasado carcelario, y el otro, se enamora de la joven que quiere a otro. La película no cae en la desgracia, ni mucho menos, saca lo mejor de estos individuos desgraciados y desplazados por la caprichosa fortuna. Clair fabrica un canto hermoso a la vida, a la amistad, y al amor. Su ritmo vertiginoso vertebrado a través del sonido y sobretodo de la música, la cinta es una mezcla de géneros magistral, hay melodrama, comedia, romanticismo, musical, incluso vodevil y esperpento, no falta de nada. Estamos en 1931, los nazis están a punto de asolar con su maldita guerra Europa y posteriormente el mundo, a pesar de eso, de esos aires negruzcos que comienzan a aparecer, Clair nos insufla de puro optimismo, de alegría y buenos sentimientos. He rescatado la imagen del final, los dos amigos, ahora vagabundos, viendo ese mundo utópico donde sólo trabajan las máquinas y los humanos se pasan el tiempo divirtiéndose y sobretodo viviendo. Imagen que nos lleva a «Boudou salvado por las aguas» que realizará al año siguiente el talento maravilloso de Jean Renoir, que plantean la situación que quizás para ser completamente libres no hay otra que no tener nada. Las máquinas trajeron muchas cosas, pero no las que necesitamos, que no era otra cosa que tiempo para vivir, reír, soñar y ser nosotros mismos, al fin

Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta

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Con motivo del estreno de El último de los injustos, de Claude Lanzmann, recupero la reseña que hice sobre Hannah Arendt, de Margarethe von Trotta, cuando se estrenó a principios de verano (21-06) del año pasado.

El mal no es nunca «radical», sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie.

Hannah Arendt

Tarde de cine en los Renoir, la elegida ha sido Hannah Arendt (2012), de Margarethe von Trotta. Cineasta alemana de 71 años, nacida profesionalmente en el seno de la corriente del Nuevo cine Alemán, dónde se encontraban autores de la talla de Wim Wenders, Rainer Werner Fassbinder, Alexander Kluge, Werner Herzog o Volker Schlöndorff, que fue pareja sentimental durante 20 años de Von Trotta. Autora de películas tan importantes como Las hermanas alemanas  (Die bleierne Zeit, 1981), con la que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia, o Rosa Luxemburgo (1986), dónde Babara Sukowa ganaba el premio a la mejor interpretación femenina en el Festival de Cannes, entre otras. Un cine humanista y emocionante centrado en la figura de la mujer independiente y de carácter. Hannah Arendt es el título número 15 de su carrera. En un momento de la película, el mentor de Hannah, Heidegger, le menciona: Pensar es una actividad solitaria. Hannah Arendt (1906-1975) judía de nacimiento, dedicó su vida al pensamiento y a la reflexión sobre el mundo que le rodeaba y todas sus consecuencias. La cinta se centra en uno de los momentos más difíciles a los que tuvo que enfrentarse tan insigne filósofa, que cómo se explica en la película se tratan de Los tiempos oscuros. El juicio de Adolf Eichmann, uno de los nazis más importantes. Nos encontramos en 1961, Arendt, vive en New York, práctica la docencia y vive exiliada y plácidamente en su refugio norteamericano. Eichmann es condenado a morir en la horca y Hannah redactará un artículo para un diario que después, se convertirá en un libro. Dicha publicación se levantará contra ella por humanizar al dirigente nazi y no convertirlo en un monstruo. Las argumentaciones de Arendt se basan a que se limitó a recibir órdenes, a no pensar y eso lo convirtió en un ser no humano. También, pone en jaque el papel de las autoridades judías durante la guerra. El revuelo que causa es monumental, todos sus amigos se vuelven en su contra, pero ella, sigue fiel a sus reflexiones y las defiende a capa y espada contra todo aquel que las reprocha o las juzga. La cinta se ve bien, Von Trotta, le hace uno reflexionar sobre la banalidad de mal y sobre las terribles consecuencias de los señores del poder que, se limitan a obedecer órdenes sin plantearse sus convicciones morales y éticas. La película huye de cualquier biopic al uso hollywoodiense y se muestra directa, reflexiva y alejada de cualquier fórmula academicista. Mención especial tiene el inmenso trabajo de Barbara Sukowa, que ya había trabajado en otras ocasiones con von Trotta, algunos la recordarán como la maravillosa heroína en aquella Europa (1991), de Lars Von Trier. Su registro de Hannah Arendt es un trabajo interpretativo sincero y muy digno. Un ejercicio emocionante que nos devuelve la mirada a enfrentarnos a unos tiempos convulsos en los tuvo que vivir Hannah Arendt y sobretodo, a defender sus ideas que estaban muy avanzadas a su tiempo

Tú y yo, de Bernardo Bertolucci

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Tú y yo, si no tuviésemos más que un punto de vista, seríamos iguales. Sí, sin un punto de vista, dejaríamos de estar el uno contra el otro y aceptaríamos la realidad tal cual es, sin juzgarla. 

Tarde de cine en los Renoir de Barcelona en buenísima compañía, la elegida, Tú y yo (Io e te, 2012), de Bernardo Bertolucci, después de 9 años larguísimos sin rodar. El director italiano, que fuera ayudante de dirección de Acattone (1961), de Pier Paolo Pasolini, rodó postrado en una silla de ruedas aquejado de una enfermedad, hay otros casos en la historia del cine, como los de John Huston, que rodó en la misma situación Dublineses (The dead, 1987), aunque eso no fue motivo para volver dónde solía el cineasta transalpino, a aquellas historias dónde lo político se imponía en la trama, La estrategia de la araña (La strategia del ragno, 1970), El conformista (Il conformista, 1970),  Novecento (1976), entre otras. ¿Pero que nos ofrece en esta nueva incursión cinematográfica el talento de Bertolucci? Quizás tenemos en mente Soñadores (Dreamers, 2003), aquella fábula que transcurría durante los días de aquel mayo parisino del 68, protagonizado por tres jóvenes que a parte, era un gran sentido homenaje al cine, que no sólo amó Bertolucci, sino un gran número de cineastas que empezaron en el cine en la década de los sesenta. Tú y yo, es una historia íntima, sencilla, todo ocurre en un sólo espacio, a ritmo pausado, sin grandes giros dramáticos ni por supuesto, grandes alardes técnicos. El director italiano nos relata la vida de Lorenzo, un chico adolescente que sólo quiere estar sólo y no encuentra otra manera que para conseguir su objetivo que mentir a la madre y refugiarse en un trastero en el mismo edificio de dónde vive. Su aparente soledad y tranquilidad se verá enturbiada por la aparición de su hermanastra, Olivia,  mayor que él, y sus historias de drogadicción y amantes casuales. Los dos jóvenes ausentes del mundo y náufragos de sí mismos, se conocerán e intimidarán durante esa semana de reclusión aceptada. Uno, busca soledad para entender el resto del mundo y la otra, busca un lugar dónde refugiarse de su adicción. Dos seres solitarios, incomprendidos y sobretodo, infelices, porque ni pueden ser ellos ni les dejan. Los dos a su manera, responsabilizan a su adorable padre de su situación de desarraigo emocional, quizás el progenitor sea el causante de tan maraña actitud familiar. Uno de los momentos más extraordinarios y bellísimos de toda la película, cuando el genio septuagenario cineasta italiano, esos momentos que te hacen levantarte de tu butaca y te invade la emoción, es cuando los dos jóvenes escuchan y se ponen a bailar pegaditos el tema de Bowie Space Oddity,  uno de sus grandes hits que el artista británico versionó en italiano con el título de Ragazzo solo, ragazza sola. De cualquier modo, Bertolucci nos hace partícipe de un rato agradable y también, porque no decirlo, de sentirnos a veces solos y acompañados a la vez.

Plácido, de Luis García Berlanga

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«Generalmente, se puede asegurar que no hay nada más terrible en la sociedad que el trato de unas personas que se sienten con alguna superioridad sobre sus semejantes»

Mariano José de Larra

Nochebuena de cine. La elegida no es otra que Plácido (1961), de Luís García Berlanga. Érase una vez… en una ciudad de provincias, donde vivía un señor que respondía al nombre de Plácido, que tenía un motocarro y que, para que siguiera siendo de su propiedad, necesitaba satisfacer una letra de 7000 pesetas, y participaba con el vehículo en una campaña benéfica patrocinada por la marca de ollas cocinex, que recibía el nombre de «Siente un pobre a su mesa», y todo esto ocurría en Nochebuena. Con esta premisa, Berlanga se puso a trabajar en lo que significaría un cambio de rumbo a su carrera, que hasta entonces se había caracterizado por un costumbrismo poético y por la bondad humana. Después de su anterior trabajo Los jueves, milagro, que sufrió innumerables cortes de censura hasta el punto de que toda la segunda parte la reescribió un cura, Berlanga estuvo inactivo cuatro años, unas veces debido a la temible censura, que le prohibió dos guiones, donde se alinearon una serie de aspectos importantes. Esta fue su primera colaboración en el guión con el genial Rafael Azcona, un hecho que imprimió a la película buenas dosis de humor negro. También fue la primera película producida por Alfredo Matas, al que le uniría un matrimonio artístico; fue el debut cinematográfico de «Cassen» que encarna al sufrido Plácido. Berlanga explicaba una vez: Mis películas hablan de individuos que quieren conseguir algo y durante toda la acción lo intentan y al final, no lo consiguen, así de contundente se muestra el universo berlanguiano, unas fábulas que nos dejan sin esperanza, que nos enfrentan a este mundo en el que todos habitamos, y donde cada uno tira de su carro sin importarle el del prójimo. El genial cineasta, insistirá el tema de su película: Lo que quería poner de manifiesto era el problema de la incomunicación entre los seres humanos Independientemente de su condición social, de su fortuna o de su ideología, las gentes son incapaces de comunicarse entre sí. Y así fue a partir de Plácido, todo su cine habla del mismo tema: unas veces eran verdugos que no querían serlo; otras, señores que querían vender porteros telefónicos, y así una retahíla de individuos que siempre se quedaban con la miel en los labios e intentaban en vano salir airosos de sus pequeñas empresas. La intención de Berlanga y Azcona queda patente ya en la designación del título Siente un pobre a su mesa, que recogía el lema de una campaña navideña que hizo el gobierno franquista en los años cincuenta. En censura se lo prohibieron cuando empezó el rodaje en Manresa. salvo unos interiores que se hicieron en Barcelona, se llamó Los bienaventurados, título que también fue denegado; luego pasó a llamarse Los desgraciados, y finalmente, tal como la conocemos: Plácido, el señor que nos sirve de hilo conductor en este cuento navideño que tiene mucho de mala uva, de sordidez humana, de caridad bienintencionada, de realidad y sobretodo, nada de solidaridad. el grupo humano en juego: los aristócratas, los burgueses, por un lado, que rifan qué pobre les tocará, y el proletariado, por el otro; ninguno de ellos sale bien parado, al contrario, son descritos con toda la crudeza y sordidez humanas. porque, si una cosa deja clara la película, es que no hay quien pueda salvarse y, tanto unos como los otros merecen el peor de los castigos o, mejor dicho, déjenlos solos que ellos mismos se matan. No solamente se hace una radiografía de esa España franquista, hipócrita, moralista, pretenciosa, bien pensante, católica, sino que la fuerza de la película le hace describir una España eterna, un país con los males de siempre, donde el individualismo impera e impregna a todos sus habitantes. En palabras del desaparecido crítico Ángel Fernández Santos: Uno de los filmes más originales y profundos que se han hecho sobre el vacío, la frustración y la inexpresividad que reposa bajo la incontinente verborrea de los hombres reprimidos de España. La película es una cascada de palabras, una sucesión febril de conversaciones entre tipos que nos e dicen nada, absolutamente nada, los unos a los otros. Jamás el silencio se expuso con tanto ruido» (El País, 31 de julio de 1976). Técnicamente, la película inaugura lo que será marca de la factoría belanguiana: el plano-secuencia, que aglutina a todos los seres que navegan sin rumbo por la película; la cámara sigue impertérrita el deambular de los personajes, sigue su movimiento, aunque también el fuera de campo está presente en toda la narración; no siempre lo que vemos es lo más importante. Berlanga dice que lo utilizó por dos razones: Por economía de medios, ya que de esta manera se rodaba mucho más deprisa; y porque estaba de moda». No debemos olvidarnos del excelente plantel de actores, encabezados por Cassen, inolvidable en su Plácido, José Luís López Vázquez, encarnando al sirvengüenza Quintanilla, y a todos los demás que componen, posiblemente, uno de los repartos más ajustados y maravilllosos con los que cuenta, no sólo la filmografía de Berlanga, sino el cine español. Y, como todas las buenas películas, tiene un broche de oro final antológico con ese villancico que ocasionó a Berlanga muchísimos problemas con los censores, un villancico que apela a la falta de caridad de esta tierra en la que todos nos movemos, como pollos sin cabeza, cada día de nuestras vidas. No me gustaría cerrar esta crítica sin hacer mención de dos datos importantes que cosechó la película: estuvo en el Festival de Cannes y obtuvo una nominación a los Oscar de Hollywood en la categoría de mejor película extranjera de habla no inglesa, que acabó llevándose Ingmar Bergman, con Como un espejo. En este 2013 que estamos a punto de despedir , la película ha cumplido cincuenta y dos años y sigue tan vigente como el primer día. Berlanga y Azcona nos regalaron un dulce navideño envenenado en el que todos nos sentimos, por suerte o por desgracia, uno más. Disfrútenla de nuevo, si ya la vieron, y si es su primera vez, seguro que les hará reír o llorar, o ambas cosas a la vez.