El ladrón de perros, de Vinko Tomicic Salinas

EL LIMPIABOTAS Y EL SASTRE. 

“Es huérfano y es niño aquel que está desnudo de caricias”

Beatriz Villacañas 

En El limpiabotas (1946), de Vittorio de Sica, un par de chavales subsisten en la Italia de posguerra limpiando calzados y trapicheando en el mercado negro. Una supervivencia dura y solitaria, y sobre todo, carente de humanidad. Algo parecido le sucede a Martín, un joven huérfano que malvive en las calles de La Paz, capital de Bolivía, junto a su compañero de fatigas El sombras. Un día deciden secuestrar el perro de un sastre maduro y solitario para pedir un rescate. Así comienza el segundo largometraje de Vinko Tomicic Salinas (Santiago de Chile, 1987), el primero en solitario, porque El fumigador (2016), fue codirigido junto a Francisco Hevia. El director chileno firma el guion con la compañía de Samm Haillay, y vuelve a un retrato social, sin concesiones, y sin tampoco hacer “porno miseria”, la frase acuñada por el cineasta colombiano Luis Ospina, sino en mostrarnos una urbe masificada donde la población se agolpa en poco espacio, y donde la vida se ha convertido en una supervivencia constante. 

En un primer tercio la historia se centra en Martín, hilo conductor de la película, pero en el resto del tiempo conocemos la relación del chico con el Sr. Novoa, el sastre que vive junto a su perro. No estamos ante una película maniquea, de buenos y malos, porque el relato se aleja mucho de lo superficial y ahonda en el presente de Martín, dejando vacío el pasado, para así no convertir la película en discursiva o un alegato que iría en su contra. Tomicic Salinas capta un presente continuo, un aquí y ahora, entre dos personas antagónicas que, por circunstancias, se relacionan y con paciencia y naturalidad, la película irá construyendo una experiencia que va creciendo a medida que va sucediendo la película, sin crear expectativas ni tampoco construir ese tipo de historias de superación y cosas por el estilo que funcionan para una película con pretensiones puramente comerciales, pero no para una película que pretenda contarnos una historia, de verdad, sensible y delicada, sin caer en automatismos muy manoseados. Tiene mucho mérito la película en no dejarse llevar por la relación que plantea y no caer en juegos tramposos para conmover al espectador, sino bucear en las complejidades de una relación de dos seres tan diferentes que quizás no lo son tanto. 

La cinta cuenta con un extraordinario equipo técnico encabezado por el gran cinematógrafo chileno Sergio Armstrong, habitual director de fotografía de Pablo Larraín en su cine chileno, amén de Marialy Rivas y Lorenzo vigas, entre otros, del que vimos hace poco la argentina La mujer de la fila. Una construcción a partir de secuencias cotidianas donde se ahonda en la repetición diaria de nuestras existencias, y en planos cerrados e interiores y muy cercanos, donde se capta la profundidad de los dos “nuevos” amigos. Cabe destacar el uso de la luz, que capta con precisión la urbe y su entorno, con esa ladera repleta de construcciones sencillas, y todas las almas que por allí pululan. La música corre a cargo de Wissam Hojeij, que ha trabajado en países como Francia, Líbano, México y Colombia, entre otros. Su composición se cimenta a través de lo humano, de lo sensible y lo difícil, y sobre todo, la complejidad de lo que somos y cómo nos relacionamos y sentimos. El montaje lo firma la mexicana Urzula Barba Hopfner, directora de Corina, y trabajos como guionista, realiza una edición que captura muy bien las idas y venidas, tanto como la luz y la oscuridad del relato y de la propia país, donde somos observadores curiosos de la historia, que se cuenta sin prisas y con detalles precisos en sus 90 minutos de metraje. 

En el apartado interpretativo tenemos al joven debutante Franklin Aro que interpreta a Martín de forma convincente, natural y cercana. A su lado, el magnífico actor chileno Alfredo Castro, todo un gentleman de la interpretación, siendo el Sr. Novoa, el sastre que vive en soledad junto a su querido perro, tan sobrio, tan observador y tan callado, de vida sencilla y sin alardes de ningún tipo. El joven El sombras, íntimo de Martín, lo hace Julio César Altamirano. La veterana María Luque, que vimos en Blackthorn (2011), de Mateo Gil, es la señora Gladys que ayuda a Martín, y la mexicana Teresa Ruiz, que hemos visto en películas de Gregory Nava, Carlos Bolado, Felipe Cazals, entre otros, interpreta a la señorita Andrea, que trabaja en el sistema de adopciones. En nuestras carteleras se prodigan poco el cine del continente americano, que no sea estadounidense, así que con el estreno de El ladrón de perros, de Vinko Tomicic Salinas, es una buenísima oportunidad para ver cinematografías tan alejadas de lo comercial y previsible, porque la película cuenta con la producción de Bolivia, Chile, México, Francia e Italia, que evidencia el cine como una actividad comunitaria, de cooperación y de fraternidad, para que siga existiendo un cine diferente y resistente frente al sometimiento del mercantilismo feroz imperante. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

La mujer de la fila, de Benjamín Ávila

LA MADRE QUE RESISTE. 

“Resistir supone negarse a dejarse llevar a una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva”

Stéphane Hessel 

El arranque de la película es brutal y te deja en estado de shock. La historia se abre con una madre que se ha quedado dormida, mientras su hijo mayor de 18 años lleva a sus dos hermanos pequeños al colegio. Ella se levanta y relajada toma algo sentada en el sofá. De repente, la policía entra en su casa y empieza a removerlo todo. La escena es rápida, caótica y llena de incertidumbre y miedo. Una secuencia parecida vivió Andrea Casamento cuando en 2004 detuvieron a su hijo de 18 años y lo llevaron a la cárcel. A partir de ese momento, comenzó un vía crucis para ella y su familia en el que removió cielo, tierra, mar y aire para conseguir su liberación. A partir de ese hecho real, sucedido en Argentina, el director Benjamin Ávila (buenos Aires, Argentina, 1972), ha coescrito un guion junto a Marcelo Müller, con el que ya había trabajado en Infancia clandestina (2012), y en la serie encerrados (2018), en el que relata la experiencia dura y resistente de la citada Andrea, ahora convertida en una madre de tres hijos de clase media. 

La historia camina entre la crónica social y el thriller, mezclando las dos texturas, donde vida cotidiana se fusiona con la intensa actividad de una madre que se adentra en un universo de esperas, de visitas a la cárcel, de conocer a personas de otro extracto social y sobre todo, a esperar, desesperar, resistir, luchar, llorar, y demás situaciones emocionales que llevará como pueda, gracias a la ayuda de su madre, de un reo de su edad, compañero de su hijo, y las ganas de querer que las cosas cambien y se parezcan a lo que era su vida de antes, de antes de todo. Tiene la película ese aire de película sobre lo humano y sus consecuencias, muy del estilo de los Loach y los Dardenne, que siguieron el testigo de aquellos neorrealistas italianos y los británicos del Free Cinema. Un cine que mire la complejidad y la vulnerabilidad de lo humano enfrentado a sus problemas diarios con entereza, voluntad y sensibilidad, sin caer nunca en esos dramas sensibleros que conectan tanto con el público pero que son demasiado inverosímiles y buscan la lágrima fácil. Aquí no hay nada de eso, porque el director argentino, que empezó haciendo documentales sobre la memoria escarbando en hechos de la dictadura, nos cuenta un relato de verdad, con personajes de carne y hueso, y alejándose de ese heroísmo tan falso como estúpido. 

La película cuenta con un trabajo excelente en el apartado técnico en el que destaca la extraordinaria cinematografía del chileno Sergio Armstrong, que tiene en su haber casi medio centenar de películas con autores de su país como Pablo Larraín, con el que ha trabajado en 6 títulos, Marialy Rivas, Maite Alberdi, entre otros. Una luz mortecina que ayuda a impregnarse de todo esa dureza y dolor que cae como una losa en la vida de Andrea, en la que se acompañan de planos cerrados donde la cámara escruta cada gesto, mirada y silencio. La excelente música del dúo Daniel Godfrid y Sebastián Expósito, a partir de una composición que acompaña a los personajes y sus acciones de forma clara, expresiva y muy observadora, y también un par de temas que describen la desazón y la locura que se ha convertido la existencia de la atribulada protagonista. Otra pareja de editores con una extensa filmografía firman el montaje: Delfina Castagnino, con más de 37 títulos al lado de Lisandro Alonso, Matías Piñeiro y Santiago Mitre y más. Andrea Chignoli, con más de 70 filmes, con Andrés Wood, los citados Larraín y Rivas, y José Luis Torres Leiva. Una edición que se va a los 105 minutos de metraje en el que retratan con intensidad, reposo y sensibilidad el particular a los infiernos y la esperanza de Andrea. 

El estupendo reparto encabezado por la impresionante Natalia Oreiro, dando vida a Andrea. Un personaje que visita a su hijo en la cárcel como Emma Suárez en Josefina (2021), de Javier Marco. Una actriz con más de tres lustros de trayectoria que ya trabajó con Ávila en la mencionada Infancia clandestina, y otros como Mignona, Lucía Puenzo, Campanella, la chilena Amparo Nogueira como la 22. Una mujer de vida dura y gastada, vital para la protagonista, con casi 40 años de carrera al lado del citado Larraín, y películas como Carne de perro y Una mujer fantástica, de Leilo, y la presencia de Alberto Amman, un actor que transmite mucha verdad en su rol de Alejo, un tipo de pasado ajado. También participan en la película, las mujeres reales que visitan a sus hombres en la cárcel. Si tienen curiosidad de las historias reales bien contadas, que emanan verdad y sinceridad, y no olvidan lo humano y lo transmiten con pureza, sensibilidad y profundidad, su película es La mujer de la fila, de Benjamín Ávila, un duro drama sobre Andrea, una mujer resistente, coraje y valiente que se mete de lleno en un submundo de las mujeres que visitan las cárceles para ver a sus allegados, y lo hacen con un poso de tristeza, esperanza, rabia y no se sabe que más.   JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA