Ex Libris: La biblioteca pública de Nueva York, de Frederick Wiseman

LAS ENTRAÑAS DE LA INSTITUCIÓN. 

“Para empezar para mí no existe “la” biblioteca. Cada una es diferente. (…) Mucha gente piensa que son almacenes de libros y yo creo que el núcleo son las personas que quieren adquirir conocimientos. Y eso se puede hacer a través de los libros o por muchas otras vías. Se trata de un proceso de aprendizaje a largo plazo, a través de generaciones. Las bibliotecas son, no son tan solo. Tienen una importancia cultural, pero también económica. (…) También es importante que una biblioteca refleje las necesidades de una ciudad, la investigación, como archivo de la ciudad, el préstamo de libros… con este edificio en mente, yo sueño con atmósferas distintas, diferentes maneras de estudiar… (…) Cuando la diseñamos en 1991, todo el mundo me decía: “En el futuro ya no necesitaremos bibliotecas”. Y es una opinión que sigue vigente. ¿La oís muy a menudo? Y es porque se sigue pensando en las bibliotecas como almacenes de libros. La gente piensa en las bibliotecas de su infancia. Muy poca gente sabe qué está pasando en las bibliotecas de hoy y lo necesarias que son”

Francine Houben, arquitecta

Jorge Luis Borges, que fue bibliotecario en su juventud, relacionó el paraíso con algún tipo de biblioteca. Brillante y aguda reflexión que pone de manifiesto la importancia de la biblioteca como espacio de conocimiento, de aventura y sobre todo, humanista, un lugar donde las personas entran en ese paraíso al que se refería Borges para saber, y también, para conocerse más. Una fuente de sabiduría inagotable, inmensa y sumamente liberador, en el que las personas comienzan el viaje más intenso y profundo de sus vidas. Un lugar que es el punto de partida para viajar a lo más profundo de nuestra alma. Bajo el título de Ex Libris: La biblioteca pública de Nueva York, y sus maravillosos y audaces 197 minutos de metraje, la mirada inteligente, intensa y sutil de Frederick Wiseman (Boston, EE.UU., 1935) penetra en las entrañas de la institución de forma clara y transparente, abriéndonos sus paredes y ventanas para profundizar en una de las bibliotecas más importantes del mundo occidental contemporáneo, recorriendo y escuchando sus espacios, pasillos, reuniones, sus 92 sedes repartidas por la ciudad, respirando con sus responsables y usuarios, mostrando las diferentes realidades sociales y humanas que se relacionan en las distintas sedes.

Asistimos a las innumerables actividades que se acogen en la biblioteca: desde conferencias sobre su funcionamiento, tanto público como social, en beneficio de la comunidad, encuentros con figuras de las artes o humanidades como Elvis Costello o Patti Smith, actividades educativas para adultos o niños, conciertos de música, reuniones informativos y cursos sobre aspectos sociales, laborales, económicos, históricos, etc…, clubs de lectura, y todo tipo de actividades para ofrecer apoyo a las diferentes necesidades de los usuarios-ciudadanos. Wiseman ha dirigido más de 42 documentales, donde ha retratado las múltiples y diversas experiencias humanas más cotidianas en relación a las instituciones sociales, por su objetivo han pasado hospitales, institutos, departamentos de policías, museos… convirtiéndose en uno de los más grandes cronistas de la sociedad norteamericana, muchos recordarán sus fabulosos retratos en Titicut Follies (1967) en la que debutó, High Scool (1968), Ley y orden (1969), Primate (1974), Central Park (1991), La Danza (2009) o National Gallery (2014) y su única ficción La última carta (2002).

Wiseman ha construido un archivo inmenso y magnífico lleno de películas que no solo recogen el funcionamiento humano e institucional de los diferentes sectores públicos de la sociedad, sino que retratan las experiencias más íntimas y cotidianas de las personas en relación a éstas, donde Wiseman ha creado un universo esencial e inmenso para conocer con exactitud y sabiduría buena parte de la sociedad estadounidense desde mitad del siglo XX en adelante. En Ex Libris: La biblioteca pública de Nueva York, Wiseman aborda el lugar desde su peculiar mirada observacional, sumergiéndonos en el alma del edificio, sus sonidos y sus espacios, cuando está deshabitado y cuando está ocupado por personas, creando de forma sutil e intensa una estructura dramática, en la que el cineasta norteamericano mira y observa, sin necesidad de hacerse notar, mostrando su invisibilidad, sí, pero una invisibilidad corpórea y concreta, mirando más allá, creando el espacio cinematográfico necesario para que las cosas sucedan de la forma más natural y transparente, siendo uno más, pero desde fuera, convirtiéndose en una de las personas que está participando de forma muy activa en aquello que estamos viendo.

Wiseman nos sumerge adoptando todo aquello que captura desde su cámara, con su fiel colaborador John Davey, una parte física más del director estadounidense, filmando todo aquello que estamos viendo, que escuchamos, y sobre todo, aquello que estamos sintiendo, construyendo una eficaz y estimulante amalgama de colores, luces, sonidos, etc… Wiseman nos traslada de un lugar a otro, desde el edificio central de la biblioteca, con sus grandes escaleras y espacios, asistiendo a esas reuniones del equipo, donde se debaten la parte humana, social y económica de la institución, como ocurría en National Gallery, a algunas de las sedes, siempre utilizando el mismo método, el plano general desde el otro lado de la calle, y luego, con un precio corte, en el interior donde prevalecen los rostros, las miradas y los gestos de las personas que participan, capturando todo aquello que está ocurriendo de manera in situ, de forma instantánea, documentando lo efímero del momento, todo bien urdido y ensamblado en el montaje, obra de Wiseman, al igual que el sonido, una edición milimétrica, exhaustiva y profunda en la que va tejiendo con precisión quirúrgica todos las secuencias y planos de la película, creando esa sensación de ligereza, intensidad y profundidad bien armada e inteligente, en la que el sonido ambiental se convierte en una pieza fundamental en la película, exceptuando de la música extradiegética, salvo en el instante del parque, donde suena el popular tema de Scott Joplin al piano para la película El golpe.

Wiseman, convertido en una figura esencial, no solo para estudiar el documental como herramienta necesaria y fundamental para mirar el mundo contemporáneo, sino para entender la trastienda de ese mundo que se nos escapa por culpa de la hipérbole en la que estamos instalados en nuestras vidas. Un cineasta que consigue en su cine algo que está al alcance de muy pocos cineastas, una clarividencia absoluta en aquello que está filmando, sin ser intruso ni invasivo, en un cronista capaz de registrar aquello que está sucediendo de forma natural, sin necesidad de ser uno más, en esa capacidad de ser y estar, sin ser ni estar, mostrando el edificio, el quipo humano que lo habita y su funcionamiento institucional de la mejor forma posible, dejando al propio espectador como una especie de detective que irá descubriendo la película, una experiencia que no lo dejará indiferente en absoluto, dejando un poso muy profundo en la forma de relacionarse con el espacio cuando lo vuelva a ocupar en su cotidianidad, invitándolo a descubrirlo nuevamente, y sobre todo, a descubrirse a él mismo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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