Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes

UM FILME LIDO. 

“Nosotros hemos exiliado la belleza; los griegos tomaron las armas por ella”.

Del ensayo “El exilio de Helena”, de Albert Camus

Un aspecto determinante en el cine de Rita Azevedo Gomes (Lisboa, Portugal, 1952), es el vaciado del artificio y la ornamentación del cuadro para así rebuscar en él todo su orígen, esencia y profundidad, con la idea que la transmisión hacia el espectador de lo que se pretende sea lo más clara, nítida y directa posible. Mi descubrimiento fue con La venganza de una mujer (2012), en la que los convencionalismos del cine llamada histórico dejaba paso a una magnífica pieza de cámara con el sello de Brecht, con la interpretación capital de Rita Durâo acompañada de los elementos técnicos, generaba una aura llena de plasticidad e intimidad sobrecogedora. Su cine, ya sea de ficción o documental, siempre ha estado rebuscando en su materia prima para desarrollar un cine que bebe de muchas fuentes, sobre todo, el literario, en el que cada película ha significado una vuelta de tuerca más para tropezarse con lo más puro del arte cinematográfico, creando una filmografía muy reconocida a nivel internacional que nos invita a viajar por la historia desde los pliegues de lo oculto y lo íntimo. 

En El trío en mi bemol (2022) con su inseparable Durâo seguía trabajando en lo mínimo a través de de una obra de Rohmer, en el que dos amantes filosofan sobre su relación en un espacio natural, alejado de todo y todos, donde la capacidad de lo inesperado alimenta cada gesto, cada mirada y cada diálogo. Con Fuck the Polis sigue la estela iniciada con la mencionada, porque la propia Rita emprende, acompañada de un grupo de jóvenes, un viaje por las Cícladas griegas siguiendo las huellas de un viaje pasado que hizo en 2007 cuando superó una grave enfermedad. De aquella experiencia-travesía surgió el cuento “A Portuguesa”, de Joâo Miguel Fernandes, que nos va narrando el viaje, y el personaje de Irma, que la directora lo acoge para trazar una suerte de viaje-diario fragmentario con un itinerario azaroso, repleto de (des) encuentros que reflexiona sobre la belleza en un mundo de horror, a partir de voces extranjeras sobre Grecia, como las que extrae de “El exilio de Helena”, de Camus, y poemas de John Keats, Lord Byron, y la voz de la cantante Maria Farantouri, entre otras voces. Estamos frente a una película libre, que se mueve por distintos formatos y texturas, en que hay imágenes de toda índole, como fragmentos de Broken Blossoms” (1919), de Griffith, tanto propias como extrañas que convergen y dan unidad a una mirada reflexiva y directa sobre la capacidad de volver a la belleza clásica griega frente a un horror incesante que no desaparece de nuestro tiempo.  

A partir de un guion que firman Regina Guimarâes, que conocemos por sus trabajos junto a Paulo Rocha, y la propia directora, donde la sorpresa, lo inesperado y el accidente del viaje y la experiencia de mirar sin prisas y con pausa, se acaba imponiendo como acto revolucionario en una sociedad cada vez más veloz, febril y ansiosa. Una película que huye de los diálogos para plantear diferentes lecturas de los propios personajes, como la de la propia directora que arranca leyendo un pasaje del ensayo que encabeza este texto, y demás lecturas que se van leyendo los unos a los otros. Los acompañantes de la directora, que son intérpretes-lectores y técnicos de la película son Bingham Bryant, Mauro Soares, João Sarantopoulos, Maria Novo, y Loukianos Moshonas. La música muy presente en la película es obra de Alexander Zeke, que ya trabajó con la directora lusa en Correspondencias (2016), amén de cineastas de la talla de Sârunas Bartas, Marcela Said y Pierre Léon, entre otros. El exquisito y revelador montaje que hacen Lura Gama Martins y la propia directora acogen en sus breves y cautivadores 75 minutos de metraje toda la fragmentación que comentábamos en un viaje físico y muy emocional sobre la memoria, el presente, el turismo masivo, la belleza, el horror, la reflexión sobre la importancia de los clásicos como refugio ante las maldades contemporáneas. 

Si Manoel de Oliveira, con el que trabajó la directora, hizo Um Film Falado (2003), en la que nos invitaba a una travesía por el mediterráneo y sus grandes obras a través de diferentes personajes en que cada uno se expresaba en su idioma, en la que había tiempo para hablar de las maldades humanas. Un mismo camino que hizo antes la eterna Viaggio en Italia (1954), de Rossellini  que, al igual que Fuck the Polis, de Rita Azevedo Gomes también nos plantea la capacidad humana de encontrar belleza tanto en imágenes, escritos y piezas desde el silencio, la quietud y la experiencia íntima y personal como refugio ante el ruido, la agitación, las prisas, las guerras y el ultraconsumismo en el que transitamos como pollos sin cabeza diariamente. Ante todo eso, que no nos lleva a ninguna parte, la cineasta portuguesa, con su sabiduría, detalle, concisión y sobriedad, nos transporta a un gazpacho de mundos presentes, pasados, sin tiempo, en el que su revolución es detenerse, mirar a nuestro alrededor y experimentar el paso del tiempo, lo que vemos, recuperar el acto de mirar, embriagarnos de poesía, porque, al fin y al cabo, quizás sea la poesía nuestro último refugio, el que tenemos ante tanta efervescencia que nos aísla y nos conduce al abismo más oscuro. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Entrevista a Amat Vallmajor del Pozo

Entrevista a Amat Vallmajor del Pozo, director de la película «Misión a Marte», en el marco del D’A Film Festival, en el Hotel Regina en Barcelona, el miércoles 29 de marzo de 2023.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Amat Vallmajor del Pozo, por su tiempo, sabiduría, generosidad y cariño, y a Íñigo Cintas y Andrés García de la Riva de Nueve Cartas comunicación, por su amabilidad, generosidad, tiempo y cariño. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

Misión a Marte, de Amat Vallmajor del Pozo

DOS HERMANOS Y UN DESTINO. 

“Vivir satisfecho de uno mismo ha de ser muy aburrido, por eso no hay mejor cosa que meterse en aventuras”.

Juan Benet

Conocí a Amat Vallmajor del Pozo (Verges, Girona, 1996), como protagonista del largometraje Cineclub  (2020), de Mireia Schröder y Carles Torres, una rareza y guerrillera película filmada sin medios por estudiantes de Comunicación Audiovisual de la UPF. Dos años antes habían rodado el cortometraje Cendres, con Amat como cinematógrafo. Recuperando ese espíritu de hacer cine con amigos, que mencionaba los cahieristas, con escasos medios pero con una ilusión desbordante, nos encontramos con Misión a Marte, la ópera prima del mencionado Amat, surgida del máster de la Elías Querejeta Zine Eskola, apoyada por la distribuidora Vitrine Filmes España en su primera producción y Muxica Cinema, ambas de Donosti, en una cinta que escapa de cualquier clasificación convencional, porque Vallmajor del Pozo coescribe un guion junto a Carles Txorres, el mismo Torres que ahora se llama así, con ese espíritu libre y salvaje, que se apoya en la relación de dos hermanos: Txomin y Gerardo “Gene”, que son sus tíos maternos. Un par de tíos muy diferentes entre sí, pero con la misma sed de aventura, porque el primero es arqueólogo en paro, libre, activista y revolucionario, que lee El Quijote y huye de un sistema desigual e injusto, el segundo, enfermo de cáncer, más cerebral y menos activista. 

La película nos introduce en Eibar, en un País Vasco postindustrial, con los ecos del rock radical vasco que hizo furor en los ochenta, en una misión que lleva a los dos hermanos surcando el norte de España hasta Marte, cerca de Verges, la localidad natal del director. A la mitad de la misión, la salud de Gene se debilita y son “rescatados” por Mila, la hermana, que actúa como madre protectora. El relato se mueve por muchos espacios y texturas, de forma libre y un tono crepuscular, capturando una vida que fué y ya no es, o quizás, una vida que pasó y nunca pudo ser. Encontramos ecos de la pandemia que vivimos, con esas llamadas a lo “Gran Hermano”, de protección con esas máscaras anti gas, que nos remite a la ciencia-ficción estadounidense que nos apabulló en los años cincuenta apuntando amenazas alienígenas como Ultimátum a la tierra, El enigma de otro mundo o Invasores de Marte. Un cine que remite a la infancia de los protagonistas, así como el universo Corman, donde lo importante es más todo lo que provoca que lo que vemos. 

Encontramos el aroma de los westerns de viajes de vuelta, de aquellos tipos ya en retirada que hacían esa última travesía a modo de despedida de un tiempo y un sentimiento como las de Peckinpah, las últimas de Ford, y todas las setenteras del género como las que hizo Pollack, Roy Hill, Penn, Cimino y muchos más. Ese cine de género con profundidad y humanismo recorre la película, a partir de una película-documento que no es, porque se habla de familia, de hermanos y hermana, sí, pero siempre desde un prisma de película de ficción. Hay realidad pero también irrealidad, hay drama pero hay más humor, y sobre todo, hay vocación de retratar a dos seres la mar de peculiares y diferentes, pero con algo en común, ese deseo de aventura salvaje y libre lejos del mundanal ruido tan convencional y rígido en leyes y demás disparates. Esa textura y grueso del 16mm con una cámara de la Elías Querejeta Zine Eskola que firma el tándem Jorge Castrillo y Alba Bresolí, ayuda a situarnos en ese espacio postapocalíptico que acompaña a los dos hermanos deambulando por esos parajes vacíos y aislados en busca de su tesoro particular, o lo que es lo mismo, la excusa para encontrar y peritar ese meteorito caído vete tú a saber dónde. 

El montaje del citado Carles Txorres, Shira Hochman y del cineasta Michael Wharmann, del que vimos por aquí su interesante Avanti Popolo (2012), fundamentado en un ejercicio breve y conciso con sus escasos e intensos 71 minutos de metraje. La música que nos acompaña es el rock vasco ochentero como hemos citado, y la banda punk vasca Hertzainak, que dan ese toque de gamberrismo, inconformismo y espiritual que sigue la estela y el espíritu de estos dos hermanos. Amat Vallmajor del Pozo quiere hacer disfrutar al espectador, pero no con algo facilón y de fast food, que tanto se lleva en estos tiempos, sino que le guía ese espíritu libre y salvaje, donde hay tiempo para mirarse hacia adentro, reírse de uno mismo, como hace la película constantemente, y en general, de casi todo, del propio cine y de su estructura. Misión a Marte  alimenta esa idea que el cine puede ser muchísimas cosas, incluso la más delirante imposible, aunque, en realidad o no, lo que siempre debe dar el cine es una historia sobre nosotros y sobre los demás, y por ende, del catastrófico planeta que destrozamos diariamente, porque todo gira en lo mismo, y si no que lo digan a esta interesante y gamberra pareja de hermanos, disfruten y rían con ellos, y también reflexionen. Recuerden sus nombres: Txomin y Gene del Pozo. Para servirles a ustedes. ¡¡Hasta la próxima misión!!! JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA