La gracia de Lucía, de Gianni Zanasi

LA MADONA SE ME APARECE.

“¿Has hablado con los hombres?”

“Oye, yo no hablo con los hombres, ¿no crees que ese es tu negocio?”.

Lucía es una joven treintañera, madre soltera de una hija adolescente muy rebelde, de vida sentimental confusa y vida profesional a tiro de mata (maravilloso su momento pícaro con el que la película presenta al personaje). Su gran oportunidad le viene con la construcción de un gran complejo turístico del ayuntamiento a las afueras de su ciudad de provincias, con el encargo topográfico del terreno. Todo parece sonreírle, aunque las ilusiones comenzarán a lastrarse cuando los planos son inexactos y peligra el ambicioso proyecto. Y no sólo eso, la aparición de una extraña mujer que se presenta como la Virgen María aún desestabiliza la vida personal y profesional de Lucía. Entre la incredulidad y el espanto, la Madona le comunica a una Lucía perpleja en todos los sentidos, que debe detener la obra e instar a los hombres a construir una iglesia. El nuevo trabajo de Gianni Zanasi (Vignola, Emilia-Romagna, 1965) gira en torno a una tragicomedia, una aventura personal y alocada sobre una joven que tiene ante sí un verdadero dilema, contar lo que le sucede con la Virgen y perder su ansiado trabajo, o mantener silencio y seguir como si nada, además de colaborar en un proyecto fraudulento que está saltándose los términos legales debido a la falsedad de los planos.

Lo que empieza como una crónica más o menos social sobre muchas mujeres jóvenes que se ganan la vida como pueden, y además, tienen que tirar su casa e hijos palante, irá desembocando en una comedia a ratos social, reivindicativa, excéntrica, romántica y sobre todo, fantástica, todo ello mezclado con grandes dosis de comedia loca, peor con los pies en el suelo, donde todo se desarrolla desde una mirada personal, que va desde lo absurdo hasta lo ecológico, pasando por los vaivenes emocionales que va sufriendo Lucía, que dentro de su caos vital, aún más se le añade la aparición de la Madona. Una Virgen María que recuerda a las apariciones del universo de Pasolini, muy alejada de la imagen icónica del arte, y más cerca a esa idea humanística, donde lo terrenal y lo místico se cruzan, creando una mujer próxima y muy emocional. Zanasi apoya su película en el rostro de Alba Rohrwacher (que ya habíamos visto como actriz en las películas de su hermana, la directora Alba Rohrwacher, y en otros títulos de nombres importantes como Bellocchio, Garrone o Guadagnino) acompaña de ese cuerpo inquieto y en continuo movimiento, al borde de un ataque de nervios, como diría Almodóvar, que se mueve entre prisas y torpezas, entre creer o no, entre ser una niña o no, entre su deber laboral o su deber espiritual, si es que todavía se acuerda de que lo tiene, o algo que se le parezca.

La cosa se complica aún más, con esa hija adolescente que no lo pone fácil, y para más conflictos, su ex, de nombre Arturo, quiere volver con ella y se le acerca, y encima, trabaja en la construcción. El mensaje ético y existencial de la Madona viene a decirnos que la codicia y la maldad de los hombres tiene que parar, y ella, Lucía, que va desde la incomprensión inicial a tomar partido, a su manera y con el escepticismo que la caracteriza, en el problemón que tiene frente a su vida y su existencia futura. Si la aparición de San Dimas era un cuento para revitalizar el maltrecho balneario en Los jueves, milagro, de Berlanga, la llegada de esta Virgen es para detener una obra corrupta y fraudulenta, y para abrir los ojos a Lucía, la interlocutora contra el más allá divino y la tierra de los hombres. Zanasi construye una tragicomedia, donde hay risas y carreras, y momentos surrealistas y caóticos, muy de aquella comedia clásica donde mujeres muy desorientadas y confusas emprendían aventuras sin pies ni cabeza, algunos a su pesar, como le ocurre a Lucía, con el fin o no, de conseguir algo o a alguien que esperaban les cambiase la vida o algo parecido, como aquel atribulado personaje que hacía la Hepburn en La fiera de mi niña, o el que hizo años después la Streisand en ¿Qué me pasa, doctor?, emulando a la primera.

Lucía sabe que algo tiene que hacer, que seguir con el proyecto y callarse no está bien, que su corazón bulle hacia la verdad, aunque todas estas reflexiones la llevarán a vivir en un tsunami emocional de aquí te espero,  pasando por muchos estados emocionales y vitales durante los 110 minutos de metraje, que mantienen un ritmo excelente y lleno de situaciones a cual más rocambolesca y vergonzosa (como ese desternillante momento de la fiesta del proyecto, cuando Lucía es zarandeada por la Madona, sin que esta se vea, ante las miradas atónitas de los allí presentes) con esa ligereza con contenido, que la hace divertida y también, reflexiva, y no en excesivo, manteniendo ese toque mágico entre la comedia y el drama, entre la vida y Dios, entre el trabajo y el deber místico, entre lo que creemos y lo que debemos creer, entre mantener el espíritu de ese niño que continua en nuestro interior, o dejarse llevar por los deberes adultos, sean o no lícitos, en definitiva, qué somos y hacia dónde vamos, se nos aparezca la Virgen María o no.

Llenar el vacío, de Rama Burshtein

kinopoisk.ruAmor y fe

 Shira tiene 18 años y está emocionada porque va a contraer matrimonio con un joven de su misma edad. Vive en alguna ciudad de Israel, junto a su familia, que pertenece a la comunidad judío ortodoxa. Pero los planes de boda de Shira, sufrirán un inesperado giro cuando su hermana mayor fallece tras dar a luz. Ante el temor de la abuela de perder a su nieto, instigará a su hija Shira a casarse con su hasta ahora cuñado. Rama Burshtein, nacida en New York, pero de origen hebreo, que debuta en la dirección con esta historia ambientada en la actualidad y en el seno de un entorno profundamente religioso, nos presenta un relato que brota desde el corazón, lleno de intensidad, emocionante, directo, sin concesiones, alejado de cualquier tipo de manierismos. Burshtein, practicante del credo judío ortodoxo, utiliza el vehículo del cine como medio para dar voz y presentar al mundo su comunidad: su vida diaria, sus fiestas, canciones,  oraciones, las relaciones personales y familiares… Llenar el vacío, es una fábula de nuestro tiempo, que se vale de un tratamiento formal muy estilizado, los planos de equilibrada y ajustada definición, son asfixiantes y muy cercanos, combinada con una ausencia en movimientos de cámara y música extradiegética, así como, de un entramado que se desarrolla en cuatro paredes, ya que la mayoría de sus localizaciones se focalizan en interiores. Un ajustado planteamiento que deriva en una historia construida a través de nuestros sentimientos más profundos. En un mundo dominado por hombres, donde las mujeres comparten un segundo plano, emerge la figura de una mujer joven, Shira, que tiene que buscarse a sí misma y mirarse en su espejo interior para descubrir la naturaleza de sus sentimientos, para descubrir sus propias necesidades, saber que quiere, como lo quiere y con quién quiere. La responsabilidad de la tradición familiar enfrentada a las necesidades del individuo es el discurso donde se vértebra  este sincero y emotivo cuento. Destacar el magnífico trabajo de dirección de actores de Burshtein, donde la interpretación de la joven actriz Hadas Yaron, galardonada con la Copa Volpi a la mejor actriz en la Mostra de Venecia del 2012, en un registro donde la mirada y el gesto de la intérprete adquieren una fuerza mágica y llena de luz, convirtiéndola en el alma de la función y en la auténtica pieza maestra de todo el entramado emocional del relato.  Algunos espectadores encontrarán en la película rasgos y abundantes señas de Yentl (1983), de Barbra Streisand, la fábula de la joven que no le quedaba más remedio que disfrazarse de hombre para poder estudiar y desarrollarse como persona. Shira, como le sucedía a Yentl, pertenecen a esas mujeres que luchan con todas sus fuerzas a su alcance para hacer valer lo que sienten, y sobretodo, a no tener miedo por lo que sienten ante una sociedad que las discrimina y las empuja a convertirse en lo que no desean.