Magical Girl, de Carlos Vermut

Magical-GirlFascinante y cruel descenso a los infiernos

En 2011, Carlos Vermut (Madrid, 1980), sorprendió gratamente a todos aquellos que se acercaron a ver su opera prima, Diamond Flash, un terrible, poderoso y febril descenso a las profundidades que fusionaba drama, fantástico, terror y thriller, en la que cinco mujeres, por una serie de situaciones ajenas a sus deseos, cruzaban los destinos con Diamond Flash, un mágico y enigmático personaje. La película, producida con los ahorros del propio director, tuvo un coste de sólo 25.000 euros, no llegó a las salas, pero tuvo gran repercusión en internet, siendo una de las películas más vistas en la plataforma online, Filmin. Tres años después, Vermut aborda su segunda película, ahora son tres personajes, Alicia, una niña enferma, fascinada por el mundo del manga que sueña con ser una Magical girl y le pide un deseo a su padre, quiere un vestido de su heroína, Yukiko. Éste, Luis, un profesor en paro, que por una serie de situaciones, se tropieza con Bárbara, una joven casada con graves trastornos emocionales. El profesor chantajea a la joven con el fin de sacarle el dinero para adquirir el preciado vestido para su hija. También, aparece un hombre del pasado de Bárbara, Damián, profesor retirado, al que le une una extraña vinculación con la joven. Dividida en tres segmentos: Mundo, Carne y Demonio, que reciben como título cada una de estas historias entrecruzadas y fragmentadas. Vermut nos sumerge en su imaginario de una manera sencilla, brutal y fascinante, en su apariencia. El relato está contado con brillantez y estilo, mezcla diversos géneros, si en su arranque parece un drama social, luego se convierte en una poderosa paranoia de terror cotidiano, para acabar en un fascinante ejercicio de cine noir. La película está poblada de innumerables referencias e influencias, desde el mundo de los cómics, el cine coreano reciente, el giallo italiano, la España negra, oscura y trágica, las corridas de toros y la copla (maravillosa la inclusión del tema de Manolo Caracol, «La niña de fuego»), el cine onírico, despiadado y bruto de Buñuel, Belle de Jour (1967) o Tristana  (1970), lo metafórico y descarnado de Saura,  El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos  (1972), el universo de Almodóvar, y lo tenebroso e irreal de la escuela de Lodz, con Kieslowski, Sin fin (1985), No amarás (1988) y Polanski, Respulsión (1965). Vermut ha parido una película brutal y cálida, honesta y descarnada, vomitada desde lo más hondo, terrorífica en su armazón, que inquieta y también, enamora, que sabe explorar en lo más profundo del alma de estos personajes ambiguos y terriblemente cotidianos, extrayendo todo su jugo, exprimiendo sus emociones, inquietudes, complejos, deseos y ambiciones hasta el fin. Un cine local, que recoge eficazmente la idiosincrasia más nuestra, pero elaborando un cine universal y perfectamente comprensible en cualquier rincón del planeta. Un cuento cruel y fascinante que tendría a Alicia y El mago de Oz  entre sus aliados,  con la suave, cálida y etérea luz de Santiago Racaj, (habitual de las films de Rebollo), que navega entre lo trágico y lo ridículo, un puzzle argumental que invoca al espectador a completar con su imaginación las grietas, subterfugios y habitaciones oscuras que componen su tenebrosa y enmarañada. Vermut es un creador de personajes (maravillosos sus intérpretes) y atmósferas, compone un mundo de espejos transversales y sentimentales que pone en cuestión la difícil frontera que separa la emoción de la razón, la complicada convivencia entre dos maneras de ser y de enfrentarse a nuestras propias vidas.

Dioses y perros, de David Marqués

cartel_DiosesyPerrosLa maestra y el ex-boxeador

Pasca, tiene alrededor de 40 tacos  y vive en el barrio madrileño de Vallecas, junto a Toni, su hermano inválido, al que cuida, postrado en una silla de ruedas por un accidente de automóvil en el que perecieron sus padres. Se gana los cuartos ejerciendo de sparring, soportando hostias de jóvenes aspirantes a profesionales. Tuvo una carrera como boxeador, pero aquello quedó atrás, es algo que sucedió en otro tiempo y lugar, que casi ya no recuerda. Además, acarrea la amistad de Fonsi, ex boxeador y alcohólico, en el paro, con mujer e hijo, del que saca de más de un apuro. Repentinamente, su vida dará un inesperado giro cuando conoce a Adela, una joven maestra interina y de origen asturiana, que vendrá a darle un poco de luz y una posibilidad de redención a su oscura existencia. El realizador David Marqués, en el quinto título de su carrera, realiza un drama sobre la culpabilidad y las rencillas del pasado, utilizando un marcado tono realista y sombrío, atrapa con su objetivo a unos seres a la deriva, machacados por la crisis, con poco aliento, y sin mostrar ningún atisbo de mejoría. La cinta muestra un barrio deprimido, poblado de individuos solitarios, sin trabajo, o con empleos precarios, que a duras penas les da para seguir tirando. Su realización aguanta bien el tirón, nos cuenta la dureza sin caer en ninguna sensiblería, además, tiene tiempo para dosificar su relato con algunos toques de humor, que ayudan a aligerar el tremendo peso que arrastran sus criaturas. La película nos habla de frente, encajando los golpes que se van sucediendo, no se esconde en su discurso, que es honesto y sincero. Tiene ese aire a ciertas películas del Free cinema, o independientes americanas, donde la acción se detiene en pocos personajes, y una  trama sencilla, centrada en personas de carne y hueso,  trata de desvelarnos si finalmente estas almas en tránsito conseguirán su objetivo. La única objeción vendría a raíz de un final algo atropellado, que desluce en cierta manera el desenlace, quizás su cierre, pedía algo más de tiempo,  no en vano, el resultado final deja un buen sabor de boca.  Pasca guarda un lejano parecido a Terry Malloy, el maravilloso personaje que interpretó Brando en La ley del silencio (1954), el ex boxeador fracasado que desafiaba la impunidad mafiosa. Pasca, -magníficamente interpretado por Hugo Silva, que a un físico demoledor, le acompaña una mirada  fría y cálida- quiere cambiar su destino y su vida autoimpuesta relanzado por Adela -guapísima, dulce y parlanchina Megan Montaner- y ese golpe del destino que le pone en bandeja una oportunidad que no puede dejar escapar, porque quizás sea uno de los últimos trenes que pasan por su vida.