Camino de la cruz, de Dietrich Brüggemann

kreuzweg-posterMaría y los lobos

El arranque de la película deja muy claras sus intenciones, tanto estilísticas como formales. Nos presenta a unos adolescentes sentados alrededor de una mesa, mientras escuchan a un párroco joven que les adoctrina los evangelios de forma estricta y servil. El grupo queda encuadrado en un plano fijo que permanecerá inmóvil los casi 15 minutos que tiene de duración. Dietrich Brüggemann (Munich, 1976), en su cuarto trabajo, se adentra en el terreno del fundamentalismo religioso, a través del via crucis particular que sufrirá María, una niña de 14 años habitante de una ciudad gélida de la Alemania actual. La niña pertenece a una familia, donde una madre posesiva, dominante e intransigente, lleva las riendas de su prole formada por padre, dos hermanos pequeños, Johannes –que padece una extraña enfermedad que le impide hablar- y María. La matriarca impone la doctrina de la iglesia a la que pertenecen, -una fe basada en la culpa y la sumisión que anula la identidad individual-, que sigue con vehemencia los preceptos y cánones de la Sociedad ficticia de San Pablo, reflejo de la Sociedad de San Pío X, que rechazó las reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965), que abogaban por la modernización del credo religioso, al considerarlas que traicionaban los preceptos religiosos tradicionales del catolicismo. María se ve envuelta en las dificultades propias de la edad, motivo por el cual mantiene una disputa interna consigo misma, que la debate entre la doctrina que recibe de su madre y sus deseos personales. Brüggeman, autor también del guión junto a su hermana Anna, sitúa a su personaje en la semana de su confirmación, en el tránsito que dejará de ser niña para convertirse en adulta, instante que empezarán a aparecer las situaciones de la adolescente que es, como conocer chicos y sentirse atraída o hacer otro tipo de actividades que le apetecen… Brüggeman es fiel a su narración, una estudiada y calculada estructura que, a través de una forma estilizada compuesta por 14 planos fijos de unos 15 minutos de duración, (Las 14 estaciones de la Cruz, que van desde que Jesús es condenado a muerte hasta que es sepultado después de morir clavado en la cruz) -ya practicada en su debut, Neun Szenen (2006), pero en un contexto de comedia-, donde los personajes se mueven como si actuarán encima de un escenario, extrayendo de cada uno de ellos todo su armamento emocional y complejidad. Un relato que va in crescendo, asfixiándonos suavemente, con paciencia, observando como la joven protagonista se ve arrastrada al abismo por una madre dictatorial y cruel que la consume y machaca en pos de la fe católica. Un relato hermosísimo y terrorífico, que hiela el alma. Una ejercicio muy emparentado con  Paraiso: Fe (2012), de Ulrich Seidl, otra película de la vecina Austria, que también planteaba un relato sobre los límites de la crueldad en favor de la catolización. Mención especial tiene la magnífica composición de la maltratada María por parte de la debutante Lea Van Acken, una maravillosa interpretación apoyada en unas delicadas miradas y gestos, que reflejan, a base de íntimos detalles, todo el desmoronamiento emocional que es sometido la niña. Una película galardonada con el Oso de plata en la Berlinale y la Espiga de Plata en la Seminci, dos grandes premios que certifican el discurso moral y religioso que imparte Brüggemann de forma brillante y certera.

Boyhood, de Richard Linklater

Boyhood_Momentos_de_una_vida-954973569-largeEl tiempo mientras vivimos

Imaginan ustedes que, François Truffaut hubiera recogido algunos momentos de las 5 películas, que dedicó a su personaje fetiche, Antoine Doinel, entre los años 1959-1978, y hubiese realizado una película con el título, Las aventuras de Antoine Doinel (igual que el volumen que publica los guiones de la serie). El resultado no estaría muy alejado del experimento que ha filmado el realizador norteamericano Richard Linklater. En el año 2002 convocó un casting en Texas, lugar del rodaje, y eligió a Ellar Coltrane, un niño de 6 años, que interpretará a Mason, el protagonista de una película que se filmaría durante los 12 años siguientes, a razón de una semana por año, acompañado de su familia de fcción, la hermana Samantha, a la que da vida, Lorelei, hija del director, y los padres, Patricia Arquette e Ethan Hawke (actor fetiche de Linklater), que toca un par de temas con la guitarra. Viajeros privilegiados de esta magnífica aventura con el objetivo de crear una experiencia cinematográfica sin precedentes, (Sólo en la BBC, existe algo parecido, la serie documental, The up series, de Michael Apted, que filma a 14 niños británicos desde los 7 años). Boyhood, es un melodrama de nuestros días, donde somos testigos de los cambios que sufre un niño hasta convertirse en un joven que va a empezar la universidad, un período que Linklater aborda de manera sencilla y sincera, dejándose de  sensiblerías, observando a sus personajes como si los mirase desde una mirilla. La separación de los padres, los intentos fructuosos de la madre por volver a crear una familia al lado de parejas que no resultan satisfactorias, la vuelta de su padre y los intentos por ganarse su confianza, hechos que provocan los continuos cambios de residencia, y los problemas de volver a empezar, en un lugar nuevo y diferente al dejado. Lidiar con estas situaciones y sobretodo, con las propias, son los momentos a los que se enfrenta el protagonista: los primeros amores, los primeros trabajos temporales friendo hamburguesas, la difícil cuestión de elegir los estudios que nos conducirán a un trabajo, su afición por la fotografía (guiño de Linklater a sus años mozos). Los 165 minutos del metraje nos atrapan siguiendo los caminos trazados en las anteriores obras del cineasta estadounidense, las mismas que hizo gala en la trilogía sobre la pareja de Antes de… amanecer (1995) …atardecer (2004) …anochecer (2013). Apenas hay movimientos de cámara, ausencia de narrativa, largas conversaciones de los personajes, situaciones realistas de la vida cotidiana y los conflictos que provocan, personajes de carne y hueso, banda sonora sazonada con música pop/rock, y una cámara que sigue a sus criaturas sin estorbar y sobretodo, sin juzgar. La apuesta de Linklater resulta convincente, y a ratos, extraordinaria, conmovedora y maravillosa. Premiada en la edición de este año de la Berlinale con el Oso de Plata al mejor director. Una certera y aguda reflexión sobre el paso del tiempo, y cómo nos va moldeando el rostro, y los cambios profundos que experimenta el cuerpo y nuestro carácter, ilusiones, sueños y esperanzas, en el difícil tránsito de la niñez a la adolescencia, hasta la primera juventud. Todo ello acompañado de la mirada de Mason, quizás lo único que el tiempo no puede cambiar…

Madre e hijo, de Calin Peter Netzer

Madre e hijo cartelMadre no hay más que una

En la última década el cine rumano ha demostrado con creces su buena salud, pariendo historias de gran crudeza con planteamientos estilísticos similares,  y filmadas de forma directa. Relatos de gran crudeza que han repasado su reciente historia, desde los últimos días de la dictadura de Ceausescu en la magnífica, 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007), de Cristian Mungiu, que se alzó con la Palma de Oro en el Festival de Cannes, así como otras cintas que planteaban historias situadas durante la post-dictadura y la Rumanía actual, como La muerte del Sr. Lazarescu (2005), de Cristi Puiu, 12:08 Al este de Bucarest (2006), de Corneliu Porumboiu, y Martes, después de Navidad (2010), de Radu Munteau, todas ellas valoradas internacionalmente en los certámenes más prestigiosos del mundo. Madre e hijo, de Calin Peter Netzer continúa la misma senda trazada por sus predecesoras tanto a nivel formal como argumental, sumergiéndonos en una historia durísima donde el amor de una madre hacia su hijo traspasa la frontera emocional convirtiéndose en una relación destructiva, posesiva y manipuladora. La historia arranca cuando Barbu, un joven desorientado que anda por la treintena, atropella y mata con su automóvil a un niño de 11 años. En ese momento, Cornelia, su madre, de clase alta y mujer influyente moverá todos sus hilos a su alcance para evitar por todos los medios el encarcelamiento de su hijo. Las tensiones entre madre e hijo no tardarán en florecer de manera brutal, los insultos y reproches destapan una relación enfermiza entre la madre y su hijo. La mise en scène de Netzer es agobiante, sigue con su cámara de manera asfixiante a sus criaturas, como si se encontrasen atrapadas en una telaraña que los ahoga. Las secuencias de gran tensión las filma con tomas largas en las que dos personajes dialogan en constante tensión a punto de saltar por los aires. Son especialmente significativas las protagonizadas por la madre: sobornando al testigo del accidente, otra con la novia de su hijo, y  la que tiene con su hijo. Destacar también, la secuencia que cierra la película, donde madre, hijo y nuera acuden a mostrar sus condolencias a la familia del niño fallecido, rodadas con planos cortos y sin música, elemento ausente durante toda la película. Un relato de personajes y las relaciones enfermizas que se generan entre ellos, en este melodrama familiar que fue galardonado con el Oso de Oro y el premio Fipresci de la crítica internacional en la 63º edición del Festival de Berlín por un jurado presidido por el cineasta Wong Kar Wai.  Unos actores magníficamente bien dirigidos, donde destaca de forma magistral la presencia de la actriz, Luminita Gheorghiu, que interpreta a esta madre devoradora, (que nos recuerda a la Lola Gaos de Furtivos), convertida en una de las figuras principales por su participación en buena parte de las películas de este nuevo cine rumano, que de forma humilde está generando historias muy contundentes y sólidas que están abriéndose paso de forma excelente en el actual panorama del cine.