En los márgenes, de Juan Diego Botto

LA DIGNIDAD DE LOS NADIES.

“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la Liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número. Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica Roja de la prensa local. Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

Fragmento de “Los nadies”, de Eduardo Galeano.

En el imprescindible documental La dignidad de los nadies (2005), del gran Pino Solanas, se situaba en el centro del relato a las historias y los testimonios de la resistencia social Argentina frente al feroz y caníbal neoliberalismo. En la película En los márgenes, la opera prima de Juan Diego Botto (Buenos Aires, Argentina, 1975), la voz se la cede también a los de abajo, a todas aquellas personas que sufren las terribles consecuencias de eso que algunos llaman mercado liberal.

La primera vez que me fijé en Botto en el cine fue como actor, en la película Ovejas negras (1989), de José María Carreño, en la que daba vida a Adolfo, un chaval solitario del Madrid de los cincuenta con miedo a la religión, al pecado y casi todo. Luego siguieron películas industriales, y otras más comprometidas con cineastas de la talla de Montxo Armendaríz, Adolfo Aristarain, John Malkovich, Joaquín Oristrell, entre otros. Amén de su compromiso y activismo social y político, que nunca ha ocultado ni renegado. Por todo eso, no nos extraña en absoluto que para su debut en la gran pantalla, opte por una película social y activista, dos pilares fundamentales en su vida personal y profesional, y lo hace desde la verdad, sin edulcoramientos ni condescendencia, y mirando hacia los desahucios, que junto al desempleo, son los problemas más importantes del país. Habíamos visto un par de películas de ficción interesantes sobre el mismo tema en Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, y Cerca de tu casa (2016), de Eduard Cortés.

La historia que cuenta la película, en un magnífico guion que firman el propio directo y Olga Rodríguez, periodista especializada en los conflictos de Oriente Medio, del que le ha dedicado buena parte de su trabajo y algunos libros, que debuta con esta película, tiene el desahucio como epicentro de la trama, pero pivota por diferentes historias del entorno, en un guion que se centra en veinticuatro horas vertiginosas, feroces y llenas de tensión, en una trama apropiada del cine negro, donde conoceremos una realidad amarga, que duele mucho y llena de tristeza y desilusión. Tenemos a Azucena, amenazada de desahucio, intentando pararlo como sea, en el banco que no la escuchan y en la asociación que la ayudan. Teodora, una madre que abaló a su hijo, Germán, y ahora están a punto de desahuciarla, y Rafa, un abogado activista, que ayuda a todos los que puede, en ese día, intenta localizar a una madre marroquí para informarla que su hija se la ha llevado la policía por desamparo. Un compromiso que le está afectando en su relación de pareja y en la relación con su hijastro. Será con Rafa, al que la cámara sigue como una parte más de su cuerpo, con el que conoceremos las diferentes realidades.

Un espectacular trabajo del cinematógrafo Arnau Valls, que ha trabajo con Javier Ruiz Caldera, Kike Maíllo y en Tarde para la ira, de Raúl Arévalo, otro gran actor-director. Una música que ayuda a explicar sin manipular al espectador, en una estupenda composición de Eduardo Cruz, al que hemos escuchado en Volver a nacer, de Sergio Castellito y en Competencia oficial, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. El cuidadoso y concienzudo trabajo de montaje de Mapa Pastor, que tiene en su filmografía los nombres de Daniel Monzón y Cesc Gay, entre otros, en una película que mezcla con inteligencia lo físico de la propuesta con lo emocional, sin regodearse en absoluto en el tremendismo y en la porno-miseria que diría nuestro querido Luis Ospina. Botto ha tenido mucho cuidado en acompañarse de un reparto que fusiona caras muy conocidas como Penélope Cruz, con la que estudió en la escuela de Cristina Rota, madre de Juan Diego, y compartieron amores y desengaños en La celestina (1996), de Gerardo Vera, en este maravilloso reencuentro cinematográfico en que la actriz de Alcobendas recupera esos personas rotos por la vida y las circunstancias que ha hecho con el citado Castellito, Almodóvar, Coixet y Medem, donde no hay maquillaje y si mucha verdad, mucha calle y mucha tristeza. Su Azucena es una mujer de barrio, de entereza, de lucha y sobre todo, de dignidad.

Otro de los rostros de la película es Luis Tosar, su Rafa es pura pasión por ayudar al necesitado, al débil, al que no puede, pero también, se desayuda a sí mismo, y a los de su alrededor, la dura tarea de ayudar sin desayudarse, todo un reto mayúsculo para su personaje, en otro rol inolvidable para el lucense que nos tiene muy acostumbrados a tipos llenos de furia pero su con corazoncito. Aunque la película también opta por caras menos conocidas pero igualmente poderosas, como Aixa Villagrán, que siempre nos encanta, ya sea haciéndonos reír como encogernos el alma como hace con su Helena, la sufrida pareja de Rafa, Adelfa Calvo es otro de esos rostros auténticos, su Teodora es la que más duele, por su valentía y su arrojo, a Christian Checa, que le hemos visto en algunas series, hace de Raúl, ese hijastro que vivirá muchas cosas en ese día junto a Rafa, Font García al que hemos visto mucho en televisión, es Germán, el hijo de Adelfa, un tipo que se oculta por miedo y vergüenza, Nur Levi es una activista que tendrá su importancia en la conciencia del mencionado Raúl, y finalmente, Juan Diego Botto, que se reserva un papel, con una secuencia memorable, que es mejor no detallar por su importancia en la película, breve pero muy intensa.

En los márgenes nunca se le pude reprochar por ser una película que mire a la realidad más inmediata, y por hacerlo como lo hace, porque no embellece nada ni nadie, y centra en personajes e historias no de una sola pieza, sino sumamente complejas, y muestra algo de esperanza, la que hay que luchar y trabajar diariamente, la que cuesta, porque en esta sociedad todo cuesta mucho, desgraciadamente, porque es una película digna, llena de humanismo, que nace de las entrañas, al mejor estilo del cine de Loach como Ladybird, Ladybird y Mi nombre es Joe, entre otras, donde se habla de trabajo, de su falta, de los problemas cotidianos de gentes sin nombre, gentes-nadie, gentes anónimas, invisibles, sombras de un sistema atroz, salvaje, aniquilador y lleno de terror e implacable con el más débil y necesitado. El bonaerense adoptado por Madrid, no solo ha hecho una película, sino también un documento sobre el “problema” de este país, ese problema que los medios solo hablan cuando hay muertos y mencionan sus números, cifras sin rostros, sin vidas y sin nada, Botto les da su importancia, sus vidas, sus rostros, sus cuerpos, su dolor, su amargura, sus ilusiones enterradas, esas vidas sin vida, esos recuerdos echados en los contenedores de algún vertedero olvidado.

En los márgenes es una película social, de las pocas que se hacen en España, y tanta falta hacen, para entender que ocurre y porque ocurre, y sobre todo, para que cuando pasen los años y miremos atrás, tengamos documentos y archivo de todo lo que nos pasa porque nos pasa, de donde viene toda esa miseria, todo esa pobreza, toda esa sociedad individualizada y competitiva, una sociedad que se ha olvidado de la vida y solo piensa en por y para el dinero, y olvida a las personas y sus necesidades. La película de Botto las coloca en el centro, para que todos las veamos frente a frente, a sus rostros, porque quizás un día, nosotros también seamos ellos, y como mencionaba Martin Niemöller, quizás cuando venga a por nosotros, ya sea demasiado tarde. Miren a su alrededor, porque quizás su vecino o ese amigo que habla poco, tiene el “problema”, y por miedo, por tristeza o por vergüenza se calla y no dice nada. Hemos de estar atentos porque esta sociedad es una aniquiladora de vidas y no tiene piedad con nadie. Hay que organizarse, compartir los problemas y el dolor, porque juntos somos más. Sean valientes, nunca dejen de luchar, codo con codo, y nunca pierdan la dignidad, como nos explicaba el personaje de Darín en Luna de Avellaneda, porque si la pierden, lo perdieron todo. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

El autor, de Manuel Martín Cuenca

TODO POR UN SUEÑO.

Pablo López era el tipo que se obsesionaba con la adolescente en La flaqueza del bolchevique. Mikel era el ex presidiario que buscaba a un antiguo compinche para ajustar cuentas. Óscar era el segurata que quería olvidar el pasado y a su hermana en La mitad de Óscar. Carlos era el sastre respetable que comía mujeres en Caníbal. Todos ellos tipos solitarios, amargados, frustrados y obsesivos, encerrados en unas existencias sombrías y oscuras, movidos por la codicia humana, y sobre todo, manipuladores contra todos aquellos que, en algún momento les interese, para materializar sus objetivos insanos y malvados. A esta terna de canallas de nuestro tiempo se une Álvaro, un pobre tipo que se gana la vida como escribiente en una notaría en Sevilla, aunque su sueño es escribir una gran novela, pero a pesar de la pasta gastada en innumerables talleres y cursos de escritura, se muestra incapaz de escribir algo que merezca la pena, y paradojas de la vida, su mujer, Amanda, sin pretenderlo, se ha convertido en una escritora de best seller, y en todo aquello que él solo sueña. Después de perderlo todo, se muda a un apartamento del centro, y guiado por su profesor, se dispone a escribir esa novela personal e intransferible, que rezuma y sangre verdad.

El quinto trabajo de Manuel Martín Cuenca (Almería, 1964) basado en la novela primeriza “El móvil”, de Javier Cercas, se instala en la existencia de Álvaro y su obsesión, pero como no es una persona creativa, ni imaginativa, ni tampoco inteligente, no hace otra cosa que espiar a sus vecinos, como L. B. Jefferies, el personaje que interpretaba James Stewart en La ventana indiscreta. Pero en el caso de Álvaro, su modus operandi va mucho más allá, porque comienza a intervenir en sus vecinos en pos a su novela, interactuando con ellos, manipulando sus vidas y sus realidades para llevarlas a su terreno con el único objetivo de escribir su novela. En este viaje al sinsentido novelístico, a los traumas y frustraciones de una vida que, muy a su pesar, se vuelve obsesiva y vil contra todos aquellos que le rodean y se erigen en su materia de estudio y trabajo. Unos personajes anónimos, terriblemente cotidianos que, arrastran sus conflictos, tanto interiores como exteriores, arrancando con la portera, infeliz en un matrimonio, chismosa y metomentodo, encuentra en el nuevo inquilino un desfogue tanto sexual como de cariño, ya que en su casa hace mucho tiempo que desapareció, luego está el del quinto, el Sr. Montero, militar retirado, fascista de convicción, muy solitario, algo huraño y un hidalgo de capa y espada, que le entusiasma el ajedrez, y además guarda un botín en las paredes de su piso, y finalmente, los vecinos de al lado, un matrimonio de mexicanos y sus hijos (que nunca veremos) y los problemas económicos que atraviesan.

Ese microcosmos cotidiano que podría ser de cualquier comunidad de vecinos, le sirve a Martín Cuenca para crear esa atmósfera de luces y sombras, como las que decoran el piso del protagonista, todo blanco, sin apenas muebles, sólo caracterizado por esa mesa, el ordenador y la impresora, todo a punto para escribir. Y su contrapunto, las oscuras vidas de sus vecinos, empezando con esas figuras humanas en sombras proyectadas en la pared, y las conversaciones que escuchamos, agazapados y en la oscuridad, como hace Álvaro. La realidad, y su posterior manipulación, se convierten en materia de su novela, ejerciendo una influencia terrorífica en las vidas de sus vecinos, moviéndose entre las zonas oscuras del edificio para introducirse en sus vidas y manipularlas a su antojo. Después del mundo sórdido y angustioso de Caníbal, el director almeriense abre las ventanas y deja entrar esa sutil ironía, y deja aparecer la comedia negra en su relato, convirtiendo su historia en una comedia que hace reír, eso sí, pero introduciendo esa amargura que a veces nos hiela la risa, porque a veces no sabremos si nos estamos riendo de Álvaro, de su vida, su novela en ciernes, del ambiente deprimente que lo rodea, o de nosotros mismos, en una trama valiente, sincera y bestial, que nos habla de los procesos creativos, de eso que llamamos talento, y nuestras obsesiones perosnales, sobre a que estamos dispuestos en nuestra vida para conseguir materializar nuestros sueños, y sobre todo, hasta donde estamos dispuestos a llegar.

Un guión (coescrito con Alejandro Hernández, socio y colaborador de toda la filmografía de Martín Cuenca) preciso y sutil que, avanza in crescendo, en una espiral de cada vez un poco más, en este descenso a los infiernos sin tregua ni salvación, en el que todos sus personajes entran, algunos sin saberlo, en la mente enfermiza y salvaje del protagonista, y se convierten en sus almas manipulables de su novela. Un reparto fantástico y heterogéneo que ayuda a la credibilidad de la historia, el fantástico Javier Gutiérrez que, convoca a todos los fantasmas habidos y por haber para conseguir un un tipo mentiroso y enfermizo, de apariencia amable y simpática, los brillantes María León como su mujer, imagen de todo aquello que el protagonista nunca será, y Antonio de la Torre, en un registro diferente a los habituales, la maravillosa Adelfa Calvo como la reportera, un gran descubrimiento, por su fisicidad y mala uva, el matrimonio de mexicanos, encarnados por Tenoch Huerta, y la estupenda Adriana Paz, él, sentido y acompañante de su esposa, y ella, con su atractivo y confianza que, intentará acercarse en todos los sentidos a Álvaro, y finalmente, Rafael Téllez como el Sr. Montero, un señor de los pies a la cabeza y de antigua nobleza. El montaje de Ángel Hernández Zoido (editor de todas las obras de Martín Cuenca) y la fotografía de Pau Esteve (que repite después de Caníbal) convierten la película en un viaje a las obsesiones de la mente, a la capacidad inherente de los seres humanas de materializar nuestros deseos y voluntad, cueste lo que cueste, en pos a nuestro objetivo, sea o no bueno para nuestras vidas. Una obra magnífica y valiente, un relato lleno de personajes vivísimos y humanos, convertidos en títeres de esa alma enfermiza, que lo pierde todo, trabajo, moral, dignidad, que se desnuda en cuerpo y alma para conseguir aquello que lo obsesiona hasta límites insospechados.


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