Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa

MADRE E HIJA.

¿Por qué dignificamos tan poco lo doméstico ni nos paramos a pensar en el esfuerzo o tiempo que hay detrás de las personas que nos cuidan? ¿Cómo vamos a dignificar algo que no valoramos?

Alauda Ruiz de Azúa

De un tiempo no muy lejano aquí, muchas madres han hablado de la maternidad desde una posición íntima y real, muy alejada de esa abnegación silenciosa que falsamente se relacionaba con la maternidad. Hemos leído libros, escuchado canciones y visto películas, y demás, y las que quedan por venir, donde el hecho de ser madre ha cambiado mucho, se mira desde su realidad, profundizando en todas las situaciones bellas y no tan bellas, explorando las alegrías y las tristezas que conlleva un cambio emocional y físico tan importante en la vida de una mujer. Películas como Tenemos que hablar de Kevin (2011), de Lynne Ramsay, Tully (2018), de Jason Reitman, y escrita por Diablo Cody, Madres paralelas (2021), de Pedro Almodóvar, entre otras, retratan aspectos de la maternidad desde lo humano, desde el otro lado, más autentico y sobre todo, muy real, en que la recién llegada es a ratos bueno y en otros, muy oscuro.

Cinco lobitos, la sorprendente y honesta opera prima de Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978), que debuta en el largometraje después de dirigir varias películas cortas, trabajar como asistente de dirección y script, con una historia que habla desde dentro y sin cortapisas, que se mueve entre las oscuras grietas de ser madre y también, de ser hija, de mirar a nuestros padres, aquellos que nos cuidaron, desde otra posición, una posición que nos acerca y nos cambia nuestra forma de mirarlos y sobre todo, de relacionarnos con ellos. La historia que plantea es bien sencilla. A saber, Amaia, treintañera y con un empleo reconocido y que le gusta, acaba de ser madre, una situación que la supera y le impide la conciliación laboral, aprovechando una ausencia de su pareja por motivos laborales, viaja a casa de sus padres, en un pueblo costero del País Vasco, y allí, recibirá la ayuda física y emocional que tanto necesita. Aunque también allí, se dará cuenta de la importancia del cuidado y sus diferentes roles, tanto el de madre como el que había olvidado más, el de hija.

Una película de interiores, muy intimista, donde lo doméstico adquiere una importancia considerable, en el que Amaia convive junto a sus padres, Begoña, de fuerte carácter y dominanta, y Koldo, más apagado y sumiso, y donde todo lo que parecía de una forma, adquirirá otra dimensión, otro aspecto, otra textura, en el que Amaia entenderá muchas cosas de las que les están ocurriendo, y se relacionará con sus padres desde una cercanía y una mirada que hasta entonces ni imaginaba. La sutileza y la cercanía de la cámara ayuda a crear esta atmósfera que traspasa a los personajes, creando ese espacio orgánico y vivo, en un impresionante trabajo del cinematógrafo Jon D. Domínguez, al que conocíamos de sus trabajos con Nacho Vigalondo, Borga Cobeaga y de esa fantástica maravilla que es El hoyo, de Galder Gaztelu-Urrutia, y qué decir del gran trabajo de edición de Andrés Gil, cómplice de la directora en sus películas cortas, consiguiendo un ritmo estupendo, en que condensa a las mil maravillas los ciento cuatro minutos del metraje, en el que nos cuentan mucho tiempo de vida.

Una película como esta, basada en los personajes y sus relaciones, donde las miradas y los gestos cotidianos adquieren un valor extraordinario, necesitaba un plantel de intérpretes a la altura de lo que se cuenta como una impresionante Laia Costa, que nunca la habíamos visto tan humana, tan frágil y tan vulnerable, que recuerdo algo a aquel personaje que hacía en Victoria (2015), de Sebastian Schipper, que rodó en Alemania, eso sí en un registro completamente diferente. Su Amaia es uno de los personajes del año, una auténtica delicia de matices, complejidades y tan humana. A su lado, otra grande como Susi Sánchez, que engancha otro personaje a la altura de su inmenso talento, como el que hizo en La enfermedad del domingo (2018), de Ramón Salazar, dando vida a Begoña, la madre, la que lleva la voz cantante, a la que la vida le aguarda una relación más estrecha con su hija, donde el rol de cuidadora cambiará. Ramón Barea es uno de esos actores tan buenos y tan sencillos que tanto ayudan a dar profundidad a una película, y que siempre miran tan bien sin decir nada, como los grandes. Su Koldo mira muy bien, y también, calla y desaparece cuando las cosas aprietan y es mejor ausentarse, o al menos, así lo cree él. Y Finalmente, Mikel Bustamante es Javi, la pareja y padre de Ione, la hija de Amaia, un tipo que se ausenta por trabajo y quiere a sus dos “mujeres”, aunque está poco, peor Mikel hace con veracidad y atención.

Alauda Ruiz de Azúa ha construido una película magnífica y cercanísima, de esas tramas que no se olvidan fácilmente y permanecen en nosotros, relatos que nos invitan a penetrar en lo doméstico, en ese espacio reservado e íntimo, en ese lugar donde solo el cine es capaz de mostrar e investigar, y lo hace desde la verdad, por su forma de mirarlo y filmarlo, y también, por su forma de acercarse, desde lo humano y alejándose de lo condescendiente y sentimentaloide, capturando personas y tramas que nos ocurren a nosotros o conocemos, hablándonos desde la verdad y la autenticidad de la familia, de sus cosas buenas y no tan buenas, de todas las relaciones que se generan y las que no, y sus grandes cambios, reflexiona sobre la maternidad, desde su verdad y experiencia de haber sido madre e hija, en una película que nos mira de frente y qué mira de frente a todo su entorno y sobre todo, a sus personajes, unos individuos humanos, mostrando sus secretos, sus tristezas, sus silencios, sus reconciliaciones, y su desnudez y vulnerabilidad ante los demás. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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