La invasió dels bàrbars, de Vicent Monsonís

VENCEDORES Y VENCIDOS. 

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. 

Milan Kundera 

La imagen que abre La invasió dels bàrbars, de Vicent Monsonís (Valencia, 1968), tiene un significado muy poderoso ya que nos sitúa en una posición reflexiva ante lo que vamos a ver. La imagen es la  mano de una niña cogiendo unas moras de unas zarzas. Un leve gesto que nos lleva a pensar en la inocencia frente a lo salvaje, a lo irracional. Un relato que nos lleva a dos lugares: la Valencia de la primavera del 39, cuando la “Nueva España” imponía sus normas violentas y asesinas contra una población cansada, hambrienta y derrotada. El otro lugar es un pueblo cercano a Valencia 80 años después, cuando un grupo de personas lucha por abrir una fosa donde hay sepultados represaliados. La película que nació en las tablas de la mítica Sala Russafa de la mano de Chema Cardeña, coproductor de la cinta, se instala en el ayer y en la actualidad y lo hace desde la intimidad y la cercanía de una serie de personas que, desde diferentes posiciones, luchan por la memoria y otros, por la ley del silencio y el olvido.

Monsonís es un outsider del cine valenciano, su ópera prima Dripping (2001) realizada en la periferia de la industria que cosechó grandes elogios tanto de la crítica como del público. Un cineasta que ha trabajado en muchos lares, en series de televisión diaria como Bon dia, bonica, en tv movies, y cine en comedias y dramas como Matar al rey y de corte histórico como Un cercle en l’aigua. Ahora vuelve al drama histórico con una historia ambientada en dos sitios, en la del 39  sigue a Esperanza, una conservadora del Museo del Prado interrogada por la pintura desaparecida, auténtico Macguffin del relato, que da nombre a la película firmada por Ulpiano Checa de finales del XIX. En la actualidad, su nieta Aurora lucha por abrir la fosa con la oposición del alcalde de derechas de turno. La cinta está contada desde lo más profundo de los personajes: sus posiciones, sus deseos y sus dignidades, en que cada detalle está muy pensado y donde cada cosa tiene su razón de ser como el acto nazi en el ayuntamiento en el que se deja muy claro los tiempos atroces que campaban entonces. No es una película de buenos y malos, sino de unas personas que lucharon por la dignidad, la libertad y la democracia, y otros, que imponían sus ideales de terror, violencia y poder.

Monsonís ha sabido sacar el máximo rendimiento a una película modesta pero de gran factura como evidencia los diferentes aspectos técnicos como la cinematografía de Ismael Issa, con gran trayectoria en la industria británica, amén de documentales como Morente y series como Cristo y Rey, entre otras. Su luz áspera y tenue ayuda a penetrar en las vidas de unos y otros, en la que se opta por mostrar de manera natural sin ser invasivo en la sofisticación. El montaje que firman el dúo Ernesto Arnal, que tiene en su haber nombres como los de David Marqués y Guillermo Polo, y Vicente Ibáñez, con más de 30 años de experiencia en el sector, contribuyen a darle consistencia y solidez a las dos historias y los dos tiempos en sus casi dos horas de metraje que resulta interesante y nada plomizo. La excelente música de Vicent Barrière, uno de los nombres detrás del nuevo auge del cine valenciano al lado de cineastas reconocidos como Adán Aliaga, Claudia Pinto, Alberto Morais y Avelina Prat. Su composición es audaz y brillantísima acogiendo cada encuadre y cada secuencia y elevándose con gran elegancia y cercanía. Mencionar los apartados de producción, arte, vestuario y caracterización porque acompañan de forma estupenda a todo lo que se cuenta y cómo se hace. 

El apartado interpretativo, al igual que el técnico, está poblado por talento valenciano, amén de tres intérpretes catalanes, entre los que destacan una fantástica Olga Alamán que hace de Esperanza, una mujer que es el alma de la película y mucho más allá. Una actriz que lleva más de dos décadas dando el callo en mil y un proyectos. Alamán tiene esa imagen de actriz de cine mudo donde todo lo expresa con una mirada y un gesto que traspasan la pantalla, erigiéndose en el verdadero pilar de la historia con esos grandes momentos que tiene con el magnífico Jordi Cadellans como el teniente franquista, un actor que lleva muchos años siendo un rostro visible en las producciones. Rosa López hace de Aurora, la nieta que lucha por la fosa que se enfrenta al alcalde de derechas que también interpreta Jordi Ballester. También encontramos a Pep Munné, actor que ya estuvo en el citado Dripping, como coronel franquista, la presencia de Fermí Reixach en su última aparición en el cine, Gloria March, Pepa Juan, Enric Benavent y Pep Molina, entre otros, que conforman un excelente reparto en el que todos brillan y dan profundidad a la historia. 

Desde estas humildes páginas recomiendo enormemente una película como La invasió dels bàrbars y lo hago con tanto entusiasmo porque es una obra hecha con el corazón, con un gran implicación y esfuerzo de todo su equipo a pesar de los problemas de financiación que se encontró su director. Porque a pesar de tantos obstáculos la película es estupenda, tiene garra, tiene relato, y sobre todo, no diré la manida palabra necesaria, sino que optaré más por la relevancia de contar este hecho que desconocía por completo, la de aquellos primeros meses de posguerra en Valencia, el último lugar que cayó en manos del fascismo, seguro que los más inquietos recordarán el horror del puerto de Alicante. Nos quedamos con el nombre de Vicent Monsonís, un verdadero francotirador del cine, un tipo que, a pesar de los pesares, y de los múltiples impedimentos de unas políticas que valoran la ganancia frente a lo artístico, que después no es así, porque el cine de Monsonís gusta al público en los festivales donde se ha proyectado. Quizás la falta de memoria de algunos con poder, como explica la película, es la culpable de encerrarse en unos ideales caducos y explotadores y olvidar de dónde venimos con los problemas que genera en las generaciones venideras. En fin, gracias a Vicent y a todo su equipo por la película, por volver a hablar de memoria, de fosas, de desaparecidos, de represaliados, por contarnos nuestra historia, que por muy horrible que haya sido, es nuestra historia. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA 

Un bany propi, de Lucía Casañ Rodríguez

EL BAÑO DE ANTONIA.

“Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio”. 

Virginia Woolf

En la amalgama de producción nacional resulta muy estimulante una película como Un bany propi, ópera prima de Lucía Casañ Rodríguez (Valencia, 1996), formada en la UPC de su ciudad natal y luego, en el Máster en Dirección de la ESCAC. Porque lo que propone la película es un viaje emocional muy íntimo y profundo de una mujer como Antonia, una ama de casa de 65 tacos de vida muy rutinaria y anodina. Tomando como referencia el ensayo “Una habitación propia”, de Virginia Woolf (1882-1941), el relato se sitúa en los pliegues de la invisibilidad, es decir, en ese espacio donde cada uno de nosotros/as necesitamos encontrarnos y hacer eso que no le contamos a nadie, ya sea por pudor o vete tú a saber. Antonia sueña con escribir historias, pero necesita un lugar tranquilo, un lugar en el que nada ni nadie le moleste, y ese lugar lo encuentra en los baños, ya sean públicos o privados. Ese es su sitio, “su lugar”, el momento en que olvida quién es, su vida diaria y se convierte en una escritora que analiza las vidas de conocidos o desconocidos a través de sus baños. 

La trama se centra exclusivamente en Antonia, una señora aburrida y cansada de su monótona existencia, y su viaje doméstico por los baños y sus “análisis” y cómo su vida se va tornando diferente y muy interesante, tanto en sus quehaceres cotidianos que la lleva a conocer a personajes muy alejados a ella como Bob, un punki de gran corazón, que alquila como empleado doméstico, y se muestra distante con su familia, en especial con su marido Alberto, empleado en la sombrerería familiar de toda la vida y un carácter callado y reservado. Una antítesis para Antonia que, en su pequeña hazaña de encontrar su espacio para escribir deberá vencer los recelos ajenos como los de su amiga Conchi, y los propios miedos para llevar a cabo su idea a pesar de todos y todo. No estamos ante una película extravagante ni demasiado extraña, porque se sitúa en lugares y personajes comunes y tremendamente cercanos, eso sí, nos sumerge en aquello que no vemos, en todos esos deseos ocultos y silenciosos que todos tenemos y callamos a los demás. En todos esos mundos propios, incluso universos, y sus lugares, todas esas habitaciones propias e íntimas de las que habla Woolf.

Otro de los aspectos que más llaman la atención de Un bany propi es que hace alarde de su modestia, porque acoge una atmósfera atemporal, que podría remitirnos a finales de los setenta y principios de los ochenta, pero que introduce elementos actuales como los teléfonos móviles, aunque siempre manteniendo esos espacios interiores como idea de laberinto e invisibilidad. Un gran trabajo de cinematografía del casi debutante Borja V. Salom, con una textura que nos acerca a la comedia negra de los cincuenta, en color eso sí, pero un color de colores apagados que contrastan con los colores más vivos del baño de Antonia, en que el trabajo de arte de Maje Tarazona (de la que hemos visto la exitosa serie valenciana L’alqueria Blanca y el largo de ciencia-ficción Kepler Sexto B, entre otras), ha sido muy importante y detallista en este aspecto. La música de Vicent Barrière (con una gran trayectoria al lado de cineastas como Adán Aliaga, Claudia Pinto. Alberto Morais y Avelina Prat, entre otros), ayuda a generar ese reposado traza entre lo cotidiano y lo diferente por el que se transita la historia. El montaje de Pepa Roig, que ha trabajado en cortos y documentales, ayuda a mantener esa línea leve y ascendente que mantiene con pausa la trama, sin acelerarse y sobre todo, cuidando cada gesto y mirada, en sus interesantes 102 minutos de metraje. 

Encontrar una actriz que encarne a la encantadora y novelesca Antonia no era tarea fácil, pero la composición y la sensibilidad que aporta una actriz como Núria González es magnífica, porque hace un personaje muy cercano, sin caer en la parodia ni en la risa fácil, sino generando esa empatía de alguien que busca su lugar, su espacio y sobre todo, dar un aliciente diferente a una vida vacía y triste. Le acompañan Carles Sanjaime, actor visto en muchas series y películas, que hace de Alberto, lo contrario a su mujer Antonia, heredero del negocio familiar y una vida demasiado acomodada pero al contrario que su esposa, él no ve nada más. Amparo Báguena es Conchi, una amiga de Antonia que pertenece a su mundo y no al que ella quiere montar, pero ayuda a ser un gran complemento del conflicto. Y finalmente, la presencia de Antonio Martínez “Ñoño”, un tipo raro en el mundo de Antonia que, no parecerá tan así a medida que avance la trama. Tiene Un bany propi, el aroma del universo de Tati, el tono de fábula y cuento moderno del cine de Jeunet y Caro, y el universo cotidiano y extraño de gentes como Juan Cabestany y Julián Génisson, y el espíritu surrealista de lo cotidiano de escritores como Tom Wolfe y Quim Monzó. No se pierdan la película de Lucía Casañ Rodríguez, porque les gustará y sobre todo, les hará cuestionarse muchas cosas de su vida, quizás tantas como le sucede a Antonia, ya me dirán. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA