El hijo de Saúl, de László Nemes

El_hijo_de_Sa_l-670313002-largeREPRESENTAR EL HORROR.

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.»

Theodor Adorno

Después del holocausto nazi, el cine (como cualquier otra arte) tiene pendiente la cuestión de cómo representar el horror que aconteció en aquellos lugares de terror y barbarie. Noche y niebla, de Resnais, abrió el camino de cómo replantearse cinematográficamente las imágenes de archivo y cómo filmar en su momento aquellos centros de la monstruosidad, a sí mismo, Lanzmann invirtió 10 años de su vida para filmar Shoah, que logró presentar en 1985, su camino fue diferente, se apoyó en la palabra como vehículo para representar el horror nazi. Godard se manifestaba en la falta de compromiso con las imágenes de lo que allí sucedió. La cuestión formal sobre la manera de afrontar la representación del horror es una de las incertidumbres que el cine, como forma de expresión, tiene todavía que resolver.

El debutante László Nemes (Budapest, Hungría, 1977) – asistente de Béla Tarr en el segmento Visiones de Europa y en el film El hombre de Londres – ha emprendido un camino diferente, una forma de afrontar la representación del horror a través de lo que no vemos, y sólo escuchamos. La primera imagen de la película deja claras sus intenciones formales y artísticas. Arranca la acción con una imagen borrosa de un campo por la mañana, mientras escuchamos el ruido ambiente, casi ininteligible, alguien se acerca, y lentamente, vamos viendo un hombre y luego un rostro. Estamos en Auschwitz, en 1994, y el hombre es Saúl Auslander, un hombre con el rostro impertérrito, de mirada ausente y gacha, se mueve como un autómata, se trata de un trabajador en un sonderkommando, los prisioneros que eran esclavizados a trabajar por los SS, en conducir a los deportados hasta las cámaras de gas, donde los obligaban a desnudarse y luego los introducían en el interior donde morían, luego, recogían sus cadáveres, los transportaban a los hornos crematorios, y limpiaban las cámaras, y las dejan preparadas para el próximo convoy. Los turnos eran extenuantes, se trabajaba a un ritmo brutal en esa fábrica de la muerte y el horror.

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Nemes resuelve su cuestión moral, colocando su cámara enganchada a Saúl, – como hacía Klimov en su magnífica Ven y mira – recorremos ese mundo pegados a su nuca, vemos ese mundo laberíntico y claustrofóbico a través de sus ojos, a través de su mirada carente de humanidad, un mundo donde sobrevivir es una cuestión de suerte, nada más. El joven realizador húngaro resuelve la cuestión de la representación a través de dejar desenfocado la profundidad de campo, y capturando todo lo que queda fuera del cuadro a través del sonido, sin espacio para la música diegética, sólo ese sonido atronador, donde se mezclan los diferentes lenguajes que allí se hablan, los gritos de auxilio, las órdenes de los SS, que apenas vemos, todo se mezcla, todo es confuso. Nemes nos sumerge durante dos jornadas en el abismo del horror, en un espacio fílmico orgánico, a través de la fragmentación, nos introduce mediante tomas largas en ese mundo inhumano, donde no hay tiempo para pensar, todo va ocurriendo de forma mecánica, sin respiro, sin tiempo para nada. Nemes se aleja de esos filmes ambientados en campos de concentración, donde dan protagonismo a las historias heroicas y de supervivencia, con múltiples puntos de vista, dejando un aliento de esperanza a lo que se cuenta. Aquí no hay nada de eso, no hay espacio para lo humano, o hay tan poco que apenas se percibe.

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El cineasta ha empleado una cámara de 35 mm, y un formato de 4:3, filmando con una lente de 40 mm, para registrar ese submundo sin vida, completamente deshumanizado, para que no veamos directamente el horror, que nos lo imaginemos, que reconstruyamos el horror en nuestro interior, o al menos una parte. El conflicto que plantea la película es muy sencillo, casi íntimo, en un instante de su infernal jornada, Saúl cree identificar a su hijo muerto, en ese momento, da inicio a su vía crucis particular, aparte del que ya vive a diario, centrado en recuperar el cadáver, encontrar un rabino para que le rece el kaddish y así, darle un entierro digno. Esa idea, de extrema y compleja  ejecución,  lo lleva a enfrentarse a la resistencia del campo, que no ven necesaria su causa, y le piden que se centre en el objetivo de resistir y enfrentarse a los SS. Nemes ha parido una obra brutal y magnífica, donde el espejo del horror se nos clava en el alma, se acerca a ese espacio de barbarie de forma contundente y ejemplar, teje una obra de inmensa madurez fílmica, a pesar de tratarse de su primer largometraje. Un proceso exhaustivo de documentación de las formas y cotidianidades de trabajo de estos comandos del horror, han hecho posible no sólo una película que nos habla de un ser que, a través de su fin intenta sobrevivir moralmente en ese espacio del vacío, donde no hay nada, ni hombres ni seres humanos, – resulta esclarecedora la secuencia con la mujer en el barracón, el silencio se impone, no hay palabras, sólo miradas -. La película de Nemes se erige como una obra humanista, moral y necesaria, sobre la memoria y nosotros mismos, donde asistimos a una experiencia brutal como seres humanos. Como nos contaba Primo Levi – superviviente de Auschwitz – en su obra Si esto es un hombre, donde recordaba los días en los campos de exterminio, donde no había tiempo, de los que allí encontraron la muerte, y los otros, los que lograron sobrevivir, los que tienen la obligación de contar lo que vieron.

Mai és tan fosc, de Èrika Sánchez

mai-es-tan-fosc-cartelUn humanista extraordinario

La película arranca con unos datos demoledores: «Hemos dado a la banca 4,6 billones de dólares, suficiente para acabar con el hambre en el mundo 92 veces». Estas palabras reales y tristes, pertenecen a Arcadi Oliveres (Barcelona, 1945), economista y activista desde que era un estudiante. La puesta de largo de Èrika Sánchez, es un retrato lúcido, íntimo y personal de un hombre extraordinario, un ser que desprende una humildad intachable, un ciudadano que siempre ha luchado incansablemente en favor de que este mundo sea un lugar más humano, justo y solidario. La cinta rodada discontinuamente durante dos años, del 2011 al 2012, se acerca a esta maravillosa figura de un modo cercano y honesto, le sigue incansablemente a través de su peregrinaje anticapitalista particular, viaja a su lado por los diferentes lugares de Cataluña y el resto de España, donde a través de conferencias y sus clases en la universidad, explica la situación económica que nos imponen los gobiernos y las corporaciones económicas. Una obra surgida a través del encargo de Justícia i Pau, de la que Arcadi Oliveres es miembro activo, –ong cristiana que tiene como finalidad la promoción y defensa de los derechos humanos, la justicia social, la paz, el desarme, la solidaridad y el respeto al medio ambiente- con el objetivo de realizar un reportaje divulgativo del trabajo de la entidad, y producida por Únicamente Severo Films -que ha levantado entre otras, Más allá del espejo (2006), de Joaquín Jordà, Danza a los espíritus (2009), de Ricardo Íscar…- y la aportación de 350 micro mecenas a través de crowdfunding).  El estallido del 15M, en el año 2011, cambia radicalmente la película, Arcadi Oliveres, activista en una y mil causas (sindicatos estudiantiles durante el franquismo, campañas a favor del auto-gobierno en Cataluña, objeción fiscal, guerra del Golfo, Banca ética, guerra de Irak, movimientos antiglobalización…) se convirtió en una de las voces visibles que hablaban a las gentes que salieron a la calle a reivindicar una democracia real y justa. El documental adquiere su verdadera dimensión cuando asistimos al otro Arcadi, el que llega a su hogar y se relaciona con su familia, en un ambiente íntimo donde el objetivo de la cámara penetra con sumo respeto e integridad. La muerte de uno de sus hijos en el 2011, en plena revolución social del 15M, supone una mirada sincera de como unos hechos que ocurrían en la sociedad, se impregnaban en un hombre que sufría, pero que su lucha contra el sistema actuaba como bálsamo, una gran ayuda para continuar el camino de seguir creyendo en las causas justas y honradas. Una película que recoge aquella realidad confundiéndose con ella, un documento que se funde con lo que está pasando, sin dejar de mostrarnos a un hombre sencillo, a alguien que cree en las personas, y ayuda con su discurso a que adquieran la conciencia necesaria para que ellos mismos sean capaces de cambiar su mundo, y la sociedad que les rodea. Arcadi Oliveres no estaría muy alejado del discurso final del profesor francés Albert Lory –magníficamente interpretado por Charles Laughton- en la extraordinaria película de Jean Renoir, Esta tierra es mía (1943), donde hablaba de una sociedad corrupta que funcionaba a través de mentiras, y donde la verdad era castigada. Espléndidamente fotografiada por el cineasta Ricardo Íscar, esta road movie de lo íntimo y la cercanía, es un excelente documento que retrata a esos seres anónimos que hacen la revolución social desde los lugares más reducidos e íntimos, las asociaciones de vecinos, centros cívicos, ong’s, movimientos vecinales y sobretodo, es un homenaje sincero a todos aquellos hombres y mujeres del mundo, que se levantan cada día pensando y actuando activamente en que esta sociedad se puede cambiar.