The Duke of Burgundy, de Peter Strickland

dAgDAYnZjFYdM55arJNkLbbG6koEL RITUAL DEL DESEO.

Rodeadas por un mundo artificial, en el que el tiempo se ha detenido o no existe, en un ambiente en el que se respira pulcritud y excelentes formas, encerradas en las cuatro paredes de una casa en medio de la naturaleza, dos mujeres, Cynthia, estudiosa de las mariposas y las polillas, mantiene una relación peculiar y oscura con su amante Evelyn. Las dos asisten a un juego sexual basado en un ritual que consiste en someter la voluntad del otro, los roles de amo y esclava, en la que una domina y la otra obedece, un extraño ritual en el que las dos se sienten unidas por el placer más profundo.

Peter Strickland (1973, Reading, Reino Unido) se ha situado en la vanguardia del cine contemporáneo con sólo tres obras. Su debut se produjo en Katalin Varga (2012) en el que nos sumergía en un viaje tenebroso en el que se sometía su protagonista para enfrentarse a un pasado terrible que pretendía ocultar en su alma, en su siguiente filme, Berberian Sound Studio (2012) un ingeniero de sonido se trasladaba hasta Italia para trabajar en una película “giallo”, y allí se introducía en un ambiente malsano en el que confundía realidad y ficción. En su nueva película, vuelve a explorar las relaciones humanas, construyendo un relato sobre el amor, y las relaciones de poder que se generan, un amor basado en el placer y en el sadomasoquismo fetichista, en el que todo parece irreal, como si estuviésemos metidos en un sueño macabro, en un lugar muy profundo y oscuro, y en el que parece que no tenemos escapatoria. Strickland nos sumerge con habilidad y elegancia en ese mundo aislado, en el que las leyes naturales han desaparecido o simplemente han dejado de existir, en que el amor se basa en la dominación hacía el otro, que obedece como un simple servidor de nuestros deseos y filias más profundas, como un ser que su única razón de existir fuese únicamente para satisfacer nuestro placer y nada más. Una imagina y la otra escenifica. Un juego macabro y siniestro en que las verdaderas razones del amor quedan supeditadas bajo el yugo del placer y el sexo.

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El cineasta británico prescinde de todos aquellos elementos que nos distraigan de su propuesta, crea una mise en scène ajustada y formalista, en el que asistimos a una amalgama de colores, sonidos y sabores, y de planos cortos y medios, y la importancia esencial del sonido, que refuerza la sensación de irrealidad y capta con detalle todos los elementos sensoriales cruciales en la construcción de la película, en el que la importancia de los detalles inunda la pantalla, los rostros, inertes y doloridos, según el caso, de las protagonistas, la belleza de sus cuerpos, presentados fragmentalmente, los objetos de la casa y las prendas de vestir que funcionan como partes esenciales del juego sucio al que asistimos. Un película eminentemente femenina, la presencia masculina queda anulada, y construida a través de los personajes, y todas sus sensaciones y complejidad psicológica, aparecen algunos personajes más, como la vecina cotilla que intrigada pregunta para conocer los detalles que se cuecen detrás de las puertas de esa casa, o las compañeras amantes de las mariposas y polillas en las conferencias que asisten, filmadas de modo aséptico en las cuales la irrealidad se manifiesta con más firmeza, la seriedad e incapacidad de mostrar emociones de las asistentes, o esos maniquíes adecuadamente situados entre ellas.

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Amén de los rituales de fetichismo que está elaborada con sumo cuidado la película, la ropa, las pelucas, la bisutería y demás detalles y complementes que utilizan las protagonistas para escenificar sus instintos sexuales y de dominación más profundos. Un par de actrices que se desnudan emocionalmente en este descenso a los infiernos (como lo fueron sus anteriores obras), una historia sexual sin ser explícita en el que Sidse Babett Knudsen,  como elegante y dominatrix de la función, y Chiara D’Anna (que ya estuvo en la anterior película de Strickland) como la sometida y aniñada que, reivindicará su condición con una sorpresa. El cine de Buñuel, con su sexualidad oculta y latente, incluso el cine bizarro de los 70 (el proyecto surgió como remake de una película de Jess Franco, con sus mujeres vampiras y sexo sangriento), sin olvidarnos de la música obra de Cat’s Eyes, elemento primordial para adentrarnos en esta historia sobre el amor, el sexo, el poder de las relaciones humanas, y sobre todo, sobre nuestros más bajos instintos sexuales y sociales que se manifiestan en nuestro interior, y se escenifican en las demás personas con las que nos relacionamos.

Entrevista a Enrique Rivero

Entrevista a Enrique Rivero, director de “Pozoamargo”. El encuentro tuvo lugar el miércoles 27 de abril de 2016, en el marco del Festival Internacional de Cine de Autor de Barcelona, en la terraza del Candela Bar, junto a la Filmoteca de Barcelona.

Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a las personas que han hecho posible este encuentro: a Enrique Rivero, por su tiempo, generosidad y cariño, a Eva Calleja de Prismaideas, por su paciencia, amabilidad y simpatía, a Pablo Caballero de Márgenes Distribución, por su apoyo y cariño, a Óscar Fernández Orengo, buen amigo y mejor persona, que tuvo el detalle de tomar la fotografía que ilustra esta publicación, y al equipo del D’A, atentos y buena gente.

Pozoamargo, de Enrique Rivero

Poster Pozoamargo-TAMANO A4(21X 29.7cm)-outlineLA HUIDA IMPOSIBLE.

El arranque de la cinta anticipa el trabajo de concisión narrativa en el que está construida la película, vemos, en primerísimo primer plano, y con abundante luz, una jeringa penetrando en un brazo, pasamos a corte a un plano en penumbra, de una pareja haciendo el amor, y volvemos al hospital a conocer los resultados de los análisis. Una forma precisa y contundente, en que el sonido inunda todo el encuadre. Enrique Rivero (mexicano nacido en 1976 en Madrid) ya había demostrado sus maneras de gran narrador en sus anteriores trabajos, en Parque Vía (2008), galardonado con el Leopardo de Oro y FIPRESCI en Locarno, y en Mai morire (2012), que también viajó por múltiples festivales. Dos obras de gran calado narrativo, en el que tanto la forma como el fondo casaban de forma explícita y sencilla en todo lo que se contaba. Dos relatos profundamente oscuros, en el que dos personas de marcada naturaleza interior, tenían que lidiar con un exterior al que temían, tanto físico como emocionalmente.

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En este nuevo trabajo, se enfrasca en la existencia de Jesús (interpretado por el debutante Jesús Gallego) un hombre de mediana edad, de rostro duro y trabajado (recuerda a los viejos pistoleros de los westerns de Peckinpah o al Daniel Fanego de Los condenados) que ante la adversidad en forma de enfermedad venérea, opta por huir de su mujer embarazada y refugiarse en sí mismo. El viaje físico lo lleva hasta Pozoamargo, un pueblo de la Castilla rural y profunda, en el que las gentes se ganan el pan vendimiando. El cineasta mexicano opta por una estructura dividad en dos, con tonos diferentes, en el primero, con una duración cercana a la hora, somos la mirada de este hombre, acarreando a sus espaldas el sufrimiento que lo azota diariamente de culpa y castigo, una alma en pena, que huye de sí mismo, pero no encuentra alivio, y serenidad en su interior, y en el último tercio, la película se transforma, en un ejercicio en blanco y negro, con rasgos muy significativos del cine del este, con Tarkovski o Tarr a la cabeza, y nos introduce en otra dimensión de la existencia de Jesús. Rivero consigue sumergirnos, casi sin darnos cuenta, en esa atmósfera opresiva, utilizando pocos diálogos, a través de un paisaje árido y vacío, y pocas cosas que hacer, y unos personajes de pueblo, cerrados y parcos en palabras. La existencia de Jesús transcurre entre el trabajo en el campo, alguna partida en el bar, y la relación algo tormentosa con la dueña del bar, y los cantos de sirena de la putita del lugar (extraordinaria la caracterización como “lolita” de Natalia de Molina). Una vida sin vida, un alma sin corazón, una forma de ocultarse de los miedos y las inseguridades de alguien que no es capaz de enfrentarse a una realidad dura y difícil, un cobarde que prefiere la huida a aceptar los palos vitales.

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Rivero ha construido una obra de corte cinematográfico bellísimo, pero de contenido muy doloroso, a través de un armazón de puro hierro, en una obra de gran sentido vital, que profundiza en la oscuridad de lo humano, aquello que nos impide ser quiénes somos, y afrontar nuestra propia vida. Un brutal descenso a los infiernos, a través de una forma elegante y demoledora, que no deja respiro, que nos ahoga y nos invita a reflexionar en nuestra propia naturaleza, en las zonas oscuras de nuestro interior. Una película impregnada de las huellas del cine mexicano contemporáneo en el que los universos de Reygadas, Escalante, entre otros, se dejan intuir en la cinta. Una película física, agreste, con una animalidad absorbente y esculpidora, con una maravillosa fotografía de Gris Jordana (asistente de cámara en Mai morire, que ha destacado en Family tour, de Liliana Torres y en El adiós, de Clara Roquet) en la que priman los contrastes de la luz de Castilla, con los interiores opacos u oscuros que reinan toda la película), y el excelente trabajo de arte de Miguel Ángel Rebollo (habitual del cine de Javier Rebollo y Jonás Trueba) a través de la concisión y la desnudez de las localizaciones, sin olvidarnos, del gran trabajo de montaje, del propio director y Javier Ruiz Caldera (responsable de las ediciones de las anteriores películas de Rivero, y director de Tres bodas de más y Anacleto: Agente secreto) en un ejercicio de economía narrativa, en el que casi sin respiro, nos van introduciendo en el interior de un hombre acosado por los miedos, la culpa y el castigo, que no encuentra redención para su mal.


<p><a href=”https://vimeo.com/141942738″>Pozoamargo – Trailer oficial</a> from <a href=”https://vimeo.com/user21891033″>Una Comunion</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>