En Lincoln (2012), Steven Spielberg centraba su mirada sobre la figura de Abraham Lincoln, reconstruyendo uno de los momentos cruciales de la historia de los EE.UU., cuando en 1865, en plena contienda de la Guerra Civil, el mandatario luchó lo indecible, ofreciendo bienes y todo tipo de recompensas a sus adversarios políticos, para que votaran a favor de la 13ª enmienda que prohibía la esclavitud, que finalmente consiguió aprobar. La realizadora afroamericana Ava DuVernay (EE.UU., 1972) en su tercer trabajo, centra su relato un siglo después, en 1965, en otro momento histórico para la comunidad afroamericana estadounidense. Cuando el pastor bautista y activista político Martin Luther King Jr. (1929-1968) emprende una protesta pacífica por los derechos civiles, con el fin que se apruebe una ley que permita a los negros votar libremente como ciudadanos de pleno derecho. La marcha del domingo 7 de marzo de 1965, que partió de Selma a Montgomery, en el estado de Alabama, que acabó con los manifestantes apaleados y alguno de ellos asesinado, por un destacado grupo de policías y una muchedumbre blanca que los esperaba para detener su marcha. La película habla de todos estos momentos históricos, centrándose en la figura del Dr. King, y sus colaboradores, las dudas y miedos de un hombre amenazado por los radicales, que padeció atentados y todo tipo de boicots para frenarle en su deseo de libertad para los suyos. Sigue el relato de los biopic reivindicativos, aunque su línea se bifurca ofreciendo propuestas y alternativas en otros términos. Película asentada sobre una mirada crítica y humana hacía todo el movimiento, los continuos debates y diferentes puntos de vista de la manera de afrontar la lucha de los diferentes grupos y asociaciones, la postura del líder negro Malcolm X, más radical e impetuosa, todos ellos bajo la inteligencia y la paciencia de un Luther King, que maneja como puede su liderazgo y la intimidad del hogar, alejado de su mujer e hijos. La película nos muestra el otro pensamiento, la postura blanca, el retrato que se hace del presidente Lyndon B. Johnson, que sustituyó al asesinado Kennedy, como un hombre atrapado entre sus propios intereses económicos blancos, y la injusticia hacía los negros. También, nos presentan la figura del gobernador del estado, el racista George Wallace, que hace los imposibles para que el movimiento se reduzca utilizando la violencia. Estamos ante una obra honesta y sincera, sencilla en su planteamiento, y formalmente clásica, de ritmo pausado, haciendo hincapié en todo aquello que resulta contradictorio y complejo. La figura de King está retratada de una forma similar a como Spielberg retrató a la de Lincoln, un hombre de su tiempo que dijo NO a la injusticia y no cesó en su idea para que su nación avanzase poblada de hombres libres que se les reconociera como seres humanos. Destacar el enorme y brillante trabajo de David Oyelowo, componiendo un King de claroscuros que se debate entre el hombre y el activista líder que pone en pie a la gente, lo acompañan los efectivos Tom Wilkinson y Tim Roth, la mirada y humanidad que desprende el trabajo de Carmen Ejogo como mujer de King, y la presencia de Oprah Winfrey (productora de la cinta), que protagoniza uno de los momentos tristes de la película, cuando se inscribe para votar y el funcionario blanco la desprecia cruelmente. La incipiente carrera de DuVernay está rompiendo barreras, alzándose con premios o siendo nominada por primera vez en categorías que habían ignorado el trabajo de los creadores de raza negra. Su anterior trabajo, Middle of nowhere (2011) se alzó con el premio en Sundance, y con Selma, se ha convertido en la primera vez nominada a los globo de Oro, y en los Oscar, la película ha sido considerada al premio. Logros para una directora que acomete una película interesante, difícil y didáctica sobre la reciente historia de los EE.UU., una película necesaria y desgraciadamente de rabiosa actualidad, como atestiguan los recientes hechos de Ferguson (Missouri), donde el asesinato de un joven negro por disparos de un policía blanco, provocaron un estadillo de protestas y violencia en varias poblaciones. Desde aquella marcha y protestas, donde se consiguió abolir una ley injusta y fascista, se ha caminado mucho, pero viendo estos casos, todavía queda mucho por caminar.
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Foxfire, de Laurent Cantet
Hace 6 años, Laurent Cantet deslumbró al mundo cinematográfico con La clase, un retrato sincero y emotivo que reflejaba de manera brillante y eficaz los problemas que un profesor de literatura se enfrentaba a diario con sus alumnos en el transcurso de un año escolar en un instituto de la Francia laica y republicana. La película cosechó excelentes críticas y se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes. Ahora, apoyado nuevamente en las dificultades que se enfrentan los adolescentes, presenta un relato ambientado en 1953, en una pequeña ciudad obrera estadounidense, sobre un grupo de chicas que se rebela contra el machismo y la servidumbre imperante que las someten los hombres. Lo que empieza como unos actos de protesta más cercanos a una aventura, derivará en un grupo femenino que aboga por la cooperativa, rechazando cualquier mercantilismo y propiedad capitalista. Su medio para ganarse la vida lo encontrará en desvalijar a los hombres maduros que previamente han seducido mediante sus dotes femeninas – como hacia el grupo de jóvenes de La carnaza (1995), de Bertrand Tavernier -. Lo que en un principio es un grupo homogéneo en el que todas van a una y creen a pies juntillas en la causa organizada y frente común, degenerará en las habituales tensiones y conflictos normales que se van originando debido a las dificultades domésticas y personales en las que se van encontrando. Cantet es un cineasta interesado en los temas sociales que afectan a los ciudadanos en su vida diaria y cómo estos, les impiden realizarse como personas en la sociedad actual. Es la primera vez que sitúa una de sus historias fuera de la actualidad, y rueda en otro idioma (inglés), aunque sigue fiel a su estilo, continúa retratando individuos que protestan y se rebelan contra lo establecido y proponen nuevas fórmulas para combatir un sistema capitalista cegado por los números y no por las personas. El realizador francés propone un cine humanista, un cine que reflexione firmemente sobre los problemas de las sociedades modernas, y que además no sea un mero vehículo de entretenimiento, un cine que profundice sobre los temas observándolos de manera inteligente y madura. Cantet vuelve a inspirarse en una novela, como ya hiciera en La clase, en esta ocasión dirige su mirada hacía el texto Puro fuego, de Joyce Carol Oates – ya llevado al cine en 1996 con el título de Jóvenes incomprendidas, con Angelina Jolie -. El protagonismo del relato se reserva a Legs y Maddy, figuras gérmenes y líderes del grupo, para centrarse en el verdadero sentido de la amistad, el paso a la madurez, la lucha que deriva en violencia, y de unos ideales basados en la libertad y en el colectivo, en contraposición con el American Way of Life, que había llevado a la sociedad a un ensimismamiento por lo material. Estructurada a través de un prólogo y epílogo, donde el personaje de Maddy, ya adulta e instalada en el convencionalismo de los años 60, nos cuenta a modo de recuerdo y en off, aquella aventura que vivió en su adolescencia. Relato naturalista, modesto y sincero, su principal virtud se basa en desentrañar ciertos valores, que desgraciadamente andan muy caducos en la sociedad actual. Podríamos ver la película como una forma de homenaje a las ideas que llenaron de ilusión y esperanzas a una generación que soñó con un futuro mejor – el personaje del viejo socialista sería ilustrativo – pero que finalmente no llegaron a reflejarse en la sociedad, y el tiempo las fue olvidando.

