El extranjero, de François Ozon

EL CRIMEN DE MEURSAULT.  

“Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me amaba por eso, pero que quizás un día le repugnaría por las mismas razones ”. 

De la novela “El extranjero” (1942), de Albert Camus 

Las tres últimas películas de François Ozon (París, Francia, 1967), se ejecutan a partir de un crimen: en Mi crimen (2023), una aspirante actriz se ve involucrada en el asesinato de un famoso y odioso productor en el París de los treinta. En Cuando cae el otoño (2024), la cosa gira en torno a una abuela, su hija y su nieto y unas setas tóxicas. Dos películas y dos tonos diferentes. La comedia vodevil de la primera, y la cotidianidad y lo oscuro de la segunda. Ahora toca el turno de El extranjero (“L’étranger”, en el original), basada en la novela homónima de Albert Camus (1913-1960), publicada en 1942 por uno de los padres del existencialismo, el absurdo y el sinsentido de la vida, que ya fue llevada al cine en 1967 con el mismo título y dirigida por Luchino Visconti y protagonizada por Marcello Mastroianni. 

En El extranjero, con un guion del propio director con la colaboración de Philippe Piazzo, con el que ha trabajado en 6 películas, el director parisino hace una adaptación fiel a través de su enigmático protagonista Meursault, el oficinista que vive en el Argel francés de los treinta. Un arranque que nos retrotrae al de Casablanca, con dibujos e imágenes de la época para situarnos en una ciudad de franceses e indígenas en las que el citado tipo vive sin más, trabaja, va de aquí para allá pero sin el menor atisbo de esperanza o mera ilusión como demuestra en el contundente arranque en el entierro de su madre, hecho que le resignifica a lo largo y ancho de la trama. Ozon que se ha labrado una interesante filmografía a lo largo de sus 24 títulos en veintisiete años desde que debutara en Sitcom (1998), en la que se ha detenido en lo oculto de la psique humana a través de unos personajes rebeldes y nada convencionales que desean lo imposible, o quizás, lo que menos se ve, aquello que se anhela desde lo más profundo del alma. Su Meursault no está muy lejos de algunos de sus personajes, aunque el citado personaje de Camus podría ser el retrato más complejo y apático que ha hecho en todo su cine, porque lo encontramos cercano y a la vez, muy distante, porque no logramos saber que siente y mucho menos porque hace lo que hace. En realidad, es tan misterioso y oscuro como podemos imaginar, alguien demasiado honesto e indiferente en una sociedad donde todo es superficialidad y aparentar. 

El cineasta francés ha vestido su encuadre con un magnífico, cálido y pesado blanco y negro que firma el cinematógrafo Manuel Dacosse, que ha trabajado junto a Hèléne Cattet, Bruno Forzani y Lucile Hadzihalilovic, amén de 5 películas con Ozon. Sus planos llenan cada espacio y se mueven entre la belleza y lo oscuro de la cotidianidad y sobre todo, del alma de Meursault, en una especie de limbo donde lo absurdo de la existencia humana se desprende de una soledad demasiado dura. La música de Fatima Al Quadri, de la que conocemos sus trabajos para Atlantique, de Mati Diop, y La abuela, de Paco Plaza, escenifica esa dualidad por la que se mueve el protagonista, una faceta que ha explorado enormemente en su cine el director galo. El montaje de Clément Selitzki, del que hemos visto sus trabajos con el director Nicolas Bedos en Los amantes del engaño y Alphonse, es metódico, lleno de intensidad y muy físico, en que seguimos incansablemente la inexistencia del personaje principal, que sigue su vida como si nada, abatido en una especie de ensueño falso, a partir de una ilusión inventada y sobre todo, sintiéndose un extranjero de sí mismo en una sociedad en la que no encaja, que va de prisa y no significa nada y que hace pero no siente nada, en una sociedad desesperada por que todo siempre tenga un sentido. 

El reparto de la película, como suele suceder en el cine de Ozon, brilla con intensidad, sobre todo, en los detalles, en todo aquel submundo que no vemos pero está ahí, y no resultaba tarea nada fácil encontrar al actor que encarnará al protagonista y se ha encontrado en la mirada y el cuerpo de Benjamin Volsin, que ya nos deslumbró en Las ilusiones perdidas, otro personaje cumbre de la literatura francesa escrito por Balzac. El parisino se mete en la piel de Meursault, en una composición de altura, nada impostada en el que transmite esa desidia y ausencia de su personaje, que vimos en Verano del 85, de Ozon. Le acompaña una sensible y bellísima Rebecca Marder, que estuvo en la mencionada Mi crimen, siendo Marie que conoce al protagonista. Pierre Lottin es un vecino metido en problemas que vimos en la citada Cuando cae el otoño, haciendo un personaje también esencial en la trama. El gran Denis Lavant se mete en la piel de otro vecino que se pelea con su perro. Swann Arlaud es un sacerdote que tendrá su encuentro con el susodicho que tendrá su importancia capital en la historia. Jean-Charles Clichet es otro de los intérpretes que aparecen en la película. 

La empresa de adaptar la novela no resultaba nada sencillo para un cineasta como François Ozon, pero la cosa no ha ido mal, todo lo contrario, porque la película sabe captar el alma y la esencia del libro de Camus, y situarnos en la piel de un Meursault que no resulta un personaje que guste, y tampoco disguste, quizás en esa indiferencia, pero no tanto, en una especie de limbo en el que no sabemos si nos agrada o no, o tal vez, no nos gusta porque, en realidad, conocemos que su forma de estar y no relacionarse con la sociedad y el resto tiene mucho que ver con esa estupidez y sin sentido en el que nos vemos cada uno de nosotros en nuestras torpes y vacías existencias, o podríamos decir y citando a Rebecca Solnit, la inexistencia de la que habla en sus memorias, porque como le sucede a Meursault y su crimen del que será juzgado, o no, porque el estado francés colonialista, clasista (como se evidencia en el cine sólo para franceses), y explotador, deviene una forma de ley donde no se espera que seas libre para sentir, sino que sientas lo que está aceptado socialmente, o simplemente, lo que toca en cada momento, sometidos a una moral donde no importa la verdad de cada uno, sino lo que se debe hacer para ser uno más en la sociedad, alineado y sensible a lo que toca, no a lo que uno siente de verdad. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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