La nube, de Just Philippot

LA AMENAZA INTERIOR.

“Toda historia no es otra cosa que una infinita catástrofe de la cual intentamos salir lo mejor posible”.

Italo Calvino

Erase una vez una madre soltera llamada Virginie, al cargo de dos hijos, Laura y Gaston, que vivía en su granja, y trabajaba incesantemente para hacer productiva su actividad de saltamontes comestibles. Pero, las cosas no le iban bien, nada bien, las deudas se acumulaban, y los precios de mercado no hacían viable la cría de saltamontes. Un día, todo cambiará, y por casualidad, encontrará el remedio que tanto ansiaba, la sangre hace reproducirse a los acrídidos mucho más rápido y su producción comienza a crecer considerablemente, y su negocio comienza a prosperar. Centrándose en su hilo argumental, La nube, un guión escrito por Jérôme Genevray y Franck Victor, es un retrato social sobre las dificultades de una mujer por sacar adelante su familia y su trabajo, también, nos habla de los cambios en la producción agrícola entre lo convencional y las nuevas formas ecológicas.

Si bien, la película añade el componente thriller y fantástico, cuando los saltamontes se reproducen bebiendo sangre, y sin darnos cuenta, la película se convierte en una oscura y terrorífica película de catástrofes. Aunque estos continuos saltos de género, se hacen desde la sutileza y la sobriedad, sin perder en ningún instante la textura y la intimidad con la que está contada la historia. La opera prima de Just Philippot (París, Francia, 1982), se desarrolla en el marco certero para este tipo de fábulas que hablan de nosotros y nuestra relación con la naturaleza, tiene mucho de ese tipo de cine donde lo social y lo fantástico se anudan de tal forma que coexisten por el bien del relato, como por ejemplo sucedía en Los pájaros, de Hitchcock, en Cuando ruge la marabunta, de Byron Haskin, Alien, de Ridley Scott o Take Shelter, de Jeff Nichols. Cine para explicarnos las devastadores acciones del ser humano en una naturaleza que se rebela en contra de la ambición desmedida o esas ansías de más y mejor de la naturaleza humana, sin prever las terribles consecuencias que generan.

Los pocos personajes también ayudan a cumplir esa máxima del cine, menos es más, y esa otra, la que dice que si todo puede ocurrir en un mismo escenario mucho mejor. Una madre agobiadísima por sus deudas, encuentra una especie de milagro para sus saltamontes, imbuida a esa locura que lentamente se le volverá en su contra. Frente a sus hijos, Laura, en plena adolescencia, rebelde y protestona con su madre, y Gaston, más pequeño, enamorado del fútbol. Dos hijos que crecerán muy rápido en un entorno difícil donde su madre cada vez está más obsesionado con su trabajo, convirtiéndose en una adicción, otro de los males modernos, y olvidándose de los suyos, como ocurre con su vecino y amigo Karim, un viticultor que ayuda a Virginie, una relación ambigua entre la amistad y algo más. La grandísima interpretación de Suliane Brahim dando vida a Virginie, en un proceso parecido al de Dr Jekill y Mr. Hide, que deberá afrontar las consecuencias de sus actos, y cuidar de su familia ante la amenaza que les acecha, bien acompañada por Sofian Khammes como Karim, el amigo, el posible amor y el confidente ante tanta penuria y oscuridad, y finalmente, Marie Narbonne es Laura, la hija rebelde, y Rapahel Romand es Gaston.

La cámara que se mueve con suavidad, siempre en movimiento y con esa cercanía que traspasa a los personajes con esa luz natural y la vez intensa, obra del cinematógrafo Romain Carcamade, y el ágil y rítmico montaje de Pierre Deschamps, ayudan a La nube a convertirnos a los espectadores en una pesadilla laberíntica de consecuencias irreversibles. Uno de los elementos más elaborados e inteligentes de la película son sus efectos digitales obra de una eminencia como Antoine Moulineau, unos efectos que recuerdan a los de las películas de Cronenberg, porque casan completamente con el relato, esos organismos que van mutando, aportando esa sensación de oscuridad y suciedad, con esa tormenta que se avecina, el mal que sobrevuela constantemente en el aire malsano que se va apoderando de la película. La nube tiene la textura y el aroma de fábula, de esas donde los animales nos están contando cosas de nosotros, y de nuestra idiosincrasia, y sobre todo, de nuestra forma de vivir y trabajar, de nuestro tratamiento en pos a la naturaleza y de todos los seres vivos que la habitan, porque como nos mencionaban en Frankenstein, de Mary Shelley, no hay más monstruo siniestro y violento que el que habita en nosotros, y alimenta nuestras pesadillas más reales. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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