Relic, de Natalie Erika James

LA ABUELA HA DESAPARECIDO.

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”

Pablo Neruda

En las últimas décadas mucho del cine de terror se ha decantado por el susto fácil, llenos de guiones tramposos, abundantes efectos y personajes demasiado planos, alejándose de aquellos títulos clásicos, que colocaron el género en una posición de privilegio durante muchos años dentro del panorama cinematográfico. Relic (que se podría traducir como “reliquia”), viene a alimentar ese espacio de cine de terror bien filmado, con un guion férreo que habla de temas como el envejecimiento o la angustia de la demencia, y cómo esos cambios afectan a los otros familiares, y todo ese entramado narrativo y formal, lo cuecen con un intenso y agobiante cuento de terror con reminiscencias clásicas, como aquellos que producían en los años treinta en la Universal, los góticos de la Hammer, o las producciones independientes estadounidenses de los setenta, incluso podría ser un memorable capítulo de la mítica serie The Twilight Zone (aquí llamada “La dimensió desconeguda”, cuando TV3 la pasó alrededor de la medianoche a mediados de los ochenta).

La cineasta japonesa-australiana Natalie Erika James debuta en el largometraje, con un guion que firma junto a Christian White, en la que parece seguir muchos de los pasos de la película clásica de terror: la casa encantada perdida en uno de esos pueblos aislados donde vive poca gente, una casa habitada por una señora mayor que vive sola y está perdiendo la cabeza, unos vecinos que huyen de ese lugar, y sobre todo, una familia que se relaciona cero. Todos esos ingredientes son comunes en este tipo de cine, aunque la directora afincada en Melbourne, los usa para contarnos un drama familiar muy actual, la de una hija Kay que hace tiempo que no visita a su madre, y cuando la abuela desaparece, se presenta en el lugar junto a su hija Sam. Madre e hija, con la ayuda de otros vecinos, buscarán incansablemente a la abuela desaparecida. Un día, como por arte de magia, la abuela aparece como si nada, pero se comporta de forma extraña e inquietante, madre e hija descubrirán a que se debe lo que está padeciendo la abuela Edna.

Seguramente, el espectador ávido de ese cine efectista, vacío de contenido, y empecinado en descubrir al asesino, no conectará con una película que utiliza el género de terror para hablarnos de una forma honesta y transparente del envejecimiento vivido en soledad, y de todos los males psicológicos que sufren muchas personas mayores, y como se gestionan todos esos cambios y transformaciones que no tienen vuelta atrás, con la duración de esos 89 minutos en los no sobra ni falta de nada. Con una atmósfera sombría, inquietante y doméstica (que firma el cinematógrafo Charlie Sarroff, que ya había trabajado con la directora en sus cortometrajes), ya que buena parte de la película nos encierran en esa casa antigua y decrépita, que guarda muchos secretos y habitaciones y pasadizos ocultos, en la que asistimos en forma de diario a la transformación de la abuela, y las reacciones de la madre como de la nieta, que lentamente se van introduciendo en el mundo que padece Edna, una mujer que asiste a su deterioro físico o mental irreversible.

Una película de estas características que basa toda su fuerza en el espacio y sobre todo, en el aspecto psicológico de los personajes tenía como premisa una buena labor de interpretación por parte del trío de protagonistas, empezando por una Emily Mortimer que demuestra su buen hacer dando vida a esa hija llena de culpabilidad por desatender a una madre que la necesita y mucho, Robyn Nevin es esa abuela que asiste atónita a su transformación, a su cambio físico y mental, envolviéndose en su espacio y su realidad que está muy alejada de la real, y finalmente, la joven Bella Heathcote interpreta a Sam, la nieta que quiere ayudar, que quiere salvar a su abuela, pero quizás, la forma que usa no es la más adecuada, y deberá buscar otras. Una película sencilla, directa y de frente, que habla de todos nosotros, sobre todo, de los mayores y la vejez, que también habla de la memoria, del olvido, y la angustia de la demencia, y lo hace contado de una forma inteligente, humana y envolviéndolo todo en un cuento de terror con todos sus ingredientes, más cercano al clasicismo y al aspecto psicológico que a los sustos de lata de muchas producciones de la actualidad, reivindicando una forma de hacer cine que a muchos, desgraciadamente, se les ha olvidado. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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