El desconocido, de Dani de la Torre

525950_jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxEL PRECIO DE LA CODICIA

El genio de David Lynch ya expuso de forma magistral y contundente, en buena parte de su filmografía que, bajo la apariencia de la clase acomodada, rodeada de lujo y sofisticación, se ocultaba la misma suciedad y mugre que en cualquier otro lugar. El debutante director gallego Dani de la Torre (Monforte de Lemos, 1975), con experiencia en la televisión de Galicia y reputado cortometrajista, abre su película en una mañana limpia y serena, en una de esas urbanizaciones de diseño donde los pudientes y adinerados viven en compañía de su mujer e hijos. Carlos, un director de banco de mediana edad, que parece llevar una relación distante y aguerrida con su mujer, que más tarde nos certificaran afirmativamente, coge su flamante 4×4, a sus dos hijos que llevará al colegio excepcionalmente, y se dirige a trabajar. En el camino, alguien que no se identifica, lo llamará por teléfono y le reclamará una cantidad de dinero, casi 500000 euros, si no lo hace, le explica que hará estallar las bombas que se encuentran en la parte trasera de los asientos del automóvil. De esta guisa, arranca la película, a partir de ese instante comenzará una dura batalla, vía móvil, entre el amenazado y el acosador.

De la Torre, que ha contado con un estupendo y enérgico guion de Alberto Marini (habitual guionista de Jaume Balagueró, y del género de terror), sumerge a sus personajes y su trama, a través de los ojos y el miedo de su protagonista, por las calles céntricas de A Coruña durante un día que parece no acabar. Todo sucede a un ritmo vertiginoso y febril, no hay tiempo para pensar ni detenerse, hay que conseguir ese dinero contra reloj para salvar el cuello y el de sus hijos, engañando, mintiendo y estafando a amigos y conocidos. Todo parece indicar que se va a revolver inmediatamente, que el susodicho conseguirá el dinero que se le reclama, y su vida, con todo su lujo, comodidad y apariencia volverá al lugar apacible y falso del que formaba parte. Pero la cosa no resulta así, con la aparición en escena de la mujer y el amante de ésta, según la hija, todo se complica y entra en acción la policía y los artificieros. En ese momento del filme, De la Torre nos concede una tregua, asienta sus cámaras, y desenvuelve su intriga con una plaza como escenario. La película se calma, una calma tensa, eso sí, y lo agradece, y el espectador aún más, el juego del gato y el ratón se ve interrumpido por más personajes que también quieren participar en este juego macabro que tiene la venganza como telón de fondo. Es el primer vehículo cinematográfico que coloca la estafa de las preferentes cometidas por los bancos más importantes del país en el centro de atención, la película nos introduce en la raíz del asunto, alguien que perdió lo que más quería por culpa de esa codicia desaforada que contaminó a clientes y bancos, ahora se toma la justicia por su mano, quiere arrebatar lo más preciado a quién provocó su hundimiento personal y profesional.

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Pero, todo thriller bueno que se precie, los momentos de enfriamiento, son sólo para volver a desatar la tensión trepidante en cualquier momento. Cuando todo parece llegar a su fin, la película cambia de rumbo y vuelta a correr, la persecución se desencadena hasta el fin de todo. De la Torre ha parido una cinta de suspense e intriga desaforada y brutal, no deja títere con cabeza, va a degüello, deja muy retratados a los gallitos empelados de banca. Tiene la película ese sólido y rompedor aroma del thriller de los 70, donde los Friedkin, Yates, Siegel, Pakula, Boorman, Frankenheimer, De Palma y otros, revisaron el género de forma ejemplar, mostrando todo lo podrido que emanaba del engranaje social convirtiendo las calles y ciudades en piaras fétidas y nauseabundas . Más reciente y cercana, la película de Rodrigo Cortés, Buried, también planteaba una angustiosa y oscura intriga donde un hombre metido en un ataúd, y también, con su ejecutor al otro lado de un móvil, se debatía entre la vida y la muerte. De la Torre entraría en liza de esa nueva hornada de realizadores que utilizan el thriller de forma ejemplar como Enrique Urbizu o Alberto Rodríguez. Un buen plantel de intérpretes, donde destaca de forma prodigiosa Luis Tosar como padre de familia que se ha dejado llevar por el éxito a costa de quién fuese, en el otro rincón, Javier Gutiérrez, con una composición breve, que aporta esa dosis de desesperación y locura, y la formidable aportación de Elvira Mínguez que irrumpe en la película de manera soberbia, creando uno de sus mejores registros de los que ha visto el que suscribe. Cine mayúsculo que nos devuelve el mejor thriller, el que habla de los problemas sociales a través de ejercicios de género que dejan un buen sabor de boca cinematográfico y un mal trago en lo social, porque la realidad siempre es peor que la ficción.

La ignorancia de la sangre, de Manuel Gómez Pereira

326541Thriller a medias

Manuel Gómez Pereira (Madrid, 1953) se ha hecho un nombre importante dentro del panorama cinematográfico nacional principalmente gracias a sus comedias: Todos los hombres sois iguales (1994), Boca a boca (1995), El amor perjudica seriamente la salud (1996)  o Cosas que hacen que la vida valga la pena (2004), comedias agridulces, donde se planteaban variados temas, desde la guerra de sexos, las apariencias, los amores que no se olvidan o las segundas oportunidades. Unos relatos donde se habla de seres incapaces de lidiar con el amor, pero llenos de bondad y humanidad. Ahora bien, sus incursiones en el thriller o policíaco no se han saldado con los mismos resultados en taquilla o crítica. Su primera incursión en este terreno, fue en 1999 con Entre las piernas, basada en la novela de Joaquín Oristrell, uno de sus guionistas habituales, en la que se planteaba un triángulo amor/sexo mezclando una trama de asesinato con adictos al sexo, que contaba con un reparto de auténtico lujo, Victoria Abril, Javier Bardem y Carmelo Gómez. El resultado fue desigual pero tenía momentos de gran interés. Su segundo intento dentro del mismo género es en el 2008 con El juego del ahorcado, también basada en una novela, en este caso de la joven escritora Imma Turbau, siguiendo la línea de la anterior, dos jóvenes despertaban al sexo y la dependencia con fines trágicos. El resultado convenció y demostró las dotes de una gran actriz en ciernes, Clara Lago. Finalizada esta, y después de un período dedicado al medio televisivo en forma de series de variado éxito, Gómez Pereira vuelve al terreno del thriller con aroma a Hitchcock y a ese hombre que sabía demasiado, basándose de nuevo en una novela, en este caso del escritor británico Robert Wilson, especialista en novela negra (llevado a la pequeña pantalla en el año 2012, por Pete Travis, en una miniserie basada en una de las cuatro novelas de la serie Falcón, El ciego de Sevilla). El realizador madrileño, nos sitúa  en Sevilla, en una trama que gira en torno a Javier Falcón, inspector de homicidios, en la que varios elementos confluirán en el entramado: la mafia rusa, los yihadistas islámicos, el CNI, un niño secuestrado, un caso anterior que enfrenta al pasado de una familia, y sobre todo, una historia de amor. La película guarda cierto interés, pero adolece en la trama, que  es demasiado peliaguda, y no acaban de encajar las piezas en juego. El oficio de algunos actores como Juan Diego Botto, el personaje más complejo y seductor de la historia, que establece con el personaje de Paz Vega, -correcta y eficaz en su composición- una relación de amor y necesidad. La falta de química entre los dos intérpretes es uno de los temas que más llaman la atención. Otros intérpretes destacados son los siempre eficaces Alberto San Juan y Cuca Escribano, con roles secundarios, pero que tienen un gran peso en la trama. Policíaco desdibujado con altibajos, que no acaba de tomar forma, en la que destaca su impecable diseño de producción, y también por la elegancia de sus localizaciones, la citada Sevilla, que se mueve entre la sofisticación y lugares oscuros, las montañas y el zoco de Tánger, y los rincones ocultos de Madrid, escenarios que sirven para dibujar un panorama exótico que aparentemente puede ser interesante, pero le falta un guión más elaborado y unos personajes que deberían expresar más emotividad.  No obstante, la película es un intento aceptable de hacer un cine de género serio en este país, aunque los resultados podrían haber sido más satisfactorios.

 

El lobo detrás de la puerta, de Fernando Coimbra

el_lobo_detras_de_la_puerta_30412El enemigo acecha en el interior

En el arranque de la película vemos a Sylvia acudir al colegio a recoger a su hija. La maestra le comunica que ha venido una amiga suya y se la ha llevado. En la siguiente toma nos encontramos en la comisaría, donde un policía está interrogando, primero a la maestra, luego a la madre, después a Bernardo, el padre, y por último a Rosa, la amante de Bernardo. El realizador brasileño, Fernando Coimbra ha escogido para su opera prima un mecanismo sencillo, a través de dos tiempos, el presente, en el que se lleva a cabo la investigación de la desaparición de la niña, y el pasado, que mediante flashbacks narrativos, nos irán explicando las circunstancias que han llevado a los acontecimientos hasta ese mismo instante. Suspense y thriller doméstico se dan la mano en este inmenso ejercicio, impecablemente narrado, que atrapa al espectador desde el primer instante, subyugándolo hasta su magnífico desenlace. Relato que navega entre unos individuos que necesitan de la mentira para poder subsistir, en una urbe que los consume de un modo voraz. La historia que cuenta es bien sencilla, Sylvia y Bernardo, son un matrimonio que vive en los suburbios de la turbulenta Río de Janeiro, que la rutina y los años de convivencia, les ha llevado a la inapetencia sexual, el marido encuentra sexo en la joven Rosa, pero ésta, llevada por una enfermiza obsesión por su conquista, se hace amiga de Sylvia, introduciéndose de esta forma en la vida conyugal e íntima de su amante. La cámara al hombro de Coimbra sigue obsesivamente a sus criaturas, vertebrada con primeros planos que los atrapan y ahogan, principalmente rodada en interiores, los exteriores parecen filmados de la misma forma, donde el aire se corta, el aliento se funde en el agobio y la desesperación en la que están sometidos los personajes, unos seres que no encuentran escapatoria a una cotidianidad abrupta, solitaria y aburrida. La cinta continúa la línea abierta por los  Meirelles y Padilha, que a través de potentes thrillers oscuros e intensos, están mostrando una contundente realidad social de un país, y una ciudad, y las constantes miserias que le rodean a diario. Premiada en los festivales de La Habana, Miami y San Sebastián, con el premio de Horizontes Latinos. El lobo detrás de la puerta, guarda con la magnífica Amores perros (2000), de Alejandro González Iñárritu, algunas similitudes, como podrían ser en estilo, imagen y tempo narrativo, aunque son dos cintas que divergen en tonos y sentidos diferentes. No obstante, las dos continúan la mejor tradición del nuevo cine latinoamericano que comenzó en los 60, y son una muestra más de la buena salud que manifiesta el cine que se está produciendo por aquellos lares.

Open Windows, de Nacho Vigalondo

001-open-windows-teaser-eeuuParanoia fetichista en la red

Nick Chambers es un joven admirador de la actriz del momento, Jill Goddard, protagonista de la saga de terror más exitosas de los últimos años. Nick gana un concurso que consiste en cenar con la guapa actriz. Pero, la noche que tiene que celebrarse el encuentro, el joven, que espera en una habitación de un lujoso hotel, recibe una misteriosa llamada de alguien de la productora, que le comunica que se ha cancelado. La voz que se hace llamar Simon Chord, invita a Nick a un juego voyeurista y macabro, le propone pasar la velada observando a la actriz que se va a encontrar con su amante en una habitación de enfrente, desde su ordenador a través de Internet. La tercera película de Nacho Vigalondo, tiene un arranque prometedor, podríamos situarla en un cruce entre La ventana indiscreta (1954), de Alfred Hitchcock y El fotógrafo del pánico (1960), de Michael Powell. El joven protagonista controla todos los movimientos de la actriz, su móvil, su ordenador… absolutamente todo, o quizás, a través de todos esos dispositivos, también él está siendo controlado. Nick abre y cierra ventanas a través de su ordenador, va de un lugar a otro, sin moverse de la habitación. A modo de thriller paranoico, el realizador cántabro nos propone un viaje hacía el terror desde todas las infinitas posibilidades informáticas que la tecnología es capaz de controlar. Podría verse como una vuelta a los orígenes y temas de su opera prima, Los cronocrímenes (2007), que  ya desarrollaba de forma más  eficaz una trama donde abundaban las falsas identidades, el observador y el observado, a los espejos y sus reflejos deformantes, a las situaciones kafkianas y los ambientes malsanos y terroríficos situados en ambientes domésticos. La trama se complica cuando el perverso juego de Chord va más allá y las situaciones empiezan a descontrolarse, en las que se incorporan nuevos elementos, como unos hackers desde París y la intervención de la policía, añadiendo más testosterona kamikaze a la que ya había. En ese instante, la acción deriva en un perverso juego del gato y el ratón, a ver quién caza a quién, y sobretodo, en una película de acción trepidante, con persecuciones incluidas, siempre desde el punto de vista de una pantalla de ordenador y la ventana que se está observando en ese instante. Vigalondo sabe manejar a los espectadores, llevarlos de un lugar a otro, levantarlos de la butaca e introducirlos en la compleja madeja argumental de su obra. Aunque si bien técnicamente la película está muy lograda y supone todo un desafío su producción, argumentalmente, sólo se sostiene la primera mitad, la segunda y sobretodo, la parte final, los abundantes giros de la trama y los efectistas golpes, algunos del todo inverosímiles, deslucen enormemente el conjunto de la película. Protagonizado por Elijah Wood (convertido en icono de thrillers españoles, ya que está es su tercera colaboración, después de las películas con Alex de la Iglesia –Los crímenes de Oxford (2008), y Eugenio Mira –Grand piano (2013). Y por la sugerente y sexy, Sasha Grey, auténtico objeto de deseo de la película. Una propuesta interesante a medias, aunque resulta gratificante su novedosa apuesta en la aplicación de las nuevas tecnologías en el campo del cine.