Mandíbulas, de Quentin Dupieux

LA MOSCA GIGANTE.

“¿El humor? No sé lo que es el humor. En realidad cualquier cosa graciosa, por ejemplo, una tragedia. Da igual”.

Buster Keaton

Erase una vez dos amigos, Manu y Jean-Gab, dos amigos no muy espabilados que sueñan o mejor dicho, pierden el tiempo creyendo que algún día de sus penosas existencias se tropezarán con algo que les cambiará la vida por completo, ellos creen que para mejor, pero, esas cosas nunca se saben. Un día, encuentran algo, en el interior del maletero de un coche que han robado, encuentran una mosca gigante, y como es natural, no se asustan, y creen que adiestrando al desproporcionado insecto se harán ricos. Pero, claro está, las cosas nunca les salen como esperan, o quizás, esta vez sí. La carrera artística de Quentin Dupieux (París, Francia, 1974), es sumamente peculiar, porque arrancó como músico de electro house bajo el pseudónimo “Mr. Oizo”, convirtiéndose en un referente del panorama internacional. A la faceta de músico se le ha unido la de cineasta a partir del siglo XXI, más concretamente en el año 2001 con Nonfilm, a la que siguieron otras, en las que construye comedias muy absurdas, esperpénticas y tremendamente singulares, donde consigue crear situaciones surrealistas y fuera de lo común dentro de una atmósfera cotidiana y muy de verdad, generando esa idea de que según como se mire la situación nos revelará un drama o una comedia.

De los siete títulos anteriores del cineasta francés, amén del citado, destacamos Rubber (2010), donde era un neumático el objeto diferenciador, en Bajo arresto (2018), un interrogatorio derivaba en una compleja historia de muerte y metalenguaje, y en  La chaqueta de piel de ciervo (2019), una chaqueta de ante era el detonante de la aventura sangrienta del protagonista. En general, su cine tiene a la muerte como elemento importante en la pobre y triste realidad de sus excéntricos protagonistas. En Mandíbulas, la muerte ha dejado paso a la amistad, porque todo gira en torno a dos tipos muy tontos, o quizás solo son peculiares en su forma de ver y hacer las cosas. Dupieux vuelve a esos lugares alejados de todo y todos, a esos ambientes rurales que tanto le gustan, y consigue una mezcla electrizante de diversos géneros y elementos que en un principio pueden parecer imposibles de fusionar, porque en su cine podemos encontrar referencias muy evidentes de la serie B con monstruo de goma que llenó las salas en los cincuenta y más allá, ese tipo de comedia rural en que sus criaturas parecen salidas de otro tiempo o viviendo en otro planeta, y sobre todo, el elemento policíaco que acaba creando un relato donde a veces la realidad se distorsiona, generando una especie de universos imaginarios pero muy reales, y dentro de este, pero que podrían ser de otro mundo.

Unos personajes que van construyendo su realidad o locura bajo una fuerte obsesión y que siempre logran involucrar a otros en sus empresas inútiles, egocéntricas e imposibles. Dupieux sabe escuchar a los grandes del absurdo como los Keaton, Chaplin, hermanos Marx, y demás maestros del humor más irreverente y real, sumergiéndonos en una historia inverosímil, por la introducción de la mosca gigante, más cercana al género fantástico, en una especie de fábula donde todo va liando y entorpeciendo siguiendo una lógica narrativa bastante pegada a la realidad, donde lo extraño y estrambótico acaban formando un todo bien aceptado en el conjunto. Si tenemos a dos tipos como Manu y Jean-Gab, excelentes las interpretaciones de Grégoire Ludig (que hacía de interrogado en Bajo arresto), y David Marsais, una especie de pareja de payasos donde uno parece ser más listo, a los que se añaden otros personajes, con vidas muy diferentes a las de la pareja protagonista, como los que se encuentran e invitan a su casa con piscina, entre los que destaca Coralie Russier (que era la huésped vecina de Jean Dujardin en La chaqueta de piel de ciervo), si exceptuamos el que hace Adèle Exarchopoulos, extraordinaria en su rol de Agnes, muy diferente a lo que habíamos visto de ella hasta la fecha, una mujer que debido a un accidente esquiando, ahora habla a gritos, que creará las situaciones más raras de la película.

Dupieux firma la cinematografía y el montaje de sus películas, aparte de escribirlas y dirigirlas, un auténtico hombre orquesta de la creación, en relatos más bien breves que apenas se mueven por los 75 minutos, marcándose la pauta que la brevedad es un buen estímulo para crear y sobre todo, ser vistas sus películas. Mandíbulas confirma a Dupieux como un creador extraordinario que maneja con soltura sus cotidianas y estrambóticas historias, dotado de una grandísima naturalidad en la fusión de géneros y elementos de difícil encaje, y una narrativa sencilla, muy elaborada en la construcción de personajes, y sobre todo, en las situaciones que se van derivando entre ellos, construyendo gags que encajan a la perfección en los relatos, donde todo emana inteligencia y vitalidad, creyéndonos a pies juntillas todos los hechos, dentro de la veracidad que cimenta, y siguiendo las andaduras de unos individuos muy raros, sí, pero llenos de ternura y que acaban por tener ese punto de simpatía, aunque todo lo que hagan no tenga ni pies ni cabeza, y en el fondo, sean unos pobres idiotas en un mundo más idiota todavía. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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