Una veterinaria en la Borgoña, de Julie Manoukian

ENCONTRAR TU LUGAR.

“¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo que vivir”.

Confucio

Los más cinéfilos recordarán el personaje del veterinario que interpretaba Javier Cámara, amigo del protagonista, en la maravillosa Ficción, de Cesc Gay. Una profesión que se ha desarrollado muy poco en el cine, un oficio el de curar física y emocionalmente a los animales, y también, a sus propietarios, muy difícil, sin horarios, y muy mal pagado, requiere de mucha voluntad, dedicación, comprensión por los tuyos, y sobre todo, amor a los animales, soportar a sus dueños, y más aún, amor por el entorno rural, tan machacado por el progreso que empuja laboralmente a las personas a las grandes urbes, dejando sin población a los pueblos. Una veterinaria en la Borgoña, la opera prima de Julia Manoukian (Lyon, Francia, 1981), se mete de lleno en el trabajo diario de los veterinarios, situándonos en el corazón de la Borgoña, en la que conoceremos su cotidianidad de la mano de Alexandra, una especialista en virología con su vida y trabajo en París que, por circunstancias emocionales, acaba trabajando de veterinaria en verano en el pueblo donde creció, junto a su tío Michel, después del fallecimiento de su madre.

Una vez allí, conoceremos al socio de Michel, el tal Nico, un hombre en la cuarentena que sufre por conciliar familia y trabajo, y hace lo imposible por continuar con su trabajo. Alexandra no encaja en ese lugar, pero las cosas nunca salen como uno las prevé, y las circunstancias acaban dirigiéndonos. La directora francesa emplea una luz natural y muy intima, obra del cinematógrafo Thierry Pouget, para contarnos una historia que ya hemos visto muchas veces, la del urbanita que regresa al pueblo de su infancia. Pero esta vez, la cosa cambia y mucho, porque nos muestra un oficio casi desconocido, por un lado, además, mezcla con sabiduría y sobriedad la crítica social y la comedia agridulce, donde tenemos a una mujer que recupera mucho de su memoria en el pueblo, y a través de unos personajes, algunos muy excéntricos, las actividades de su trabajo, los animales y sus problemas, y la camaradería y la fraternidad que se vive en el lugar, empezará a mirar el pueblo con otros ojos, y lo que es más interesante, empezará a verse a sí misma como una persona que debe todavía encontrar su sitio, lanzarse a la aventura y no tener miedo de saber quién es y qué es lo que quiere.

El montaje de Marie Silvi es ágil, rítmico y estupendo, porque conjuga las secuencias en movimiento, de pura comicidad, sin olvidarse del entrno y la realidad más inmediata, y también, aquellas que requieren pausa y serenidad, donde conocemos con más profundidad las necesidades, miedos y afectos de los atribulados personajes, en constante tensión por ayudar a los animales, y también, de paso ayudarse a ellos, y a todos aquellos que giran en su entorno.  Otro de los aciertos de la película es el tratamiento con los animales, ya que vemos momentos de alegría con otros de tristeza, donde las vidas de las mascotas a veces dependen mucho del trato de sus dueños que, en ocasiones, no los tratan como los animales que son. Un retrato sobre los veterinarios rurales, y el entorno rural, con su mirada crítica y sensible, necesitaba de intérpretes cercanos y llenos de inteligencia, que fueran capaces de pasar sin estridencias del drama a la comedia y viceversa.

La convincente y tierna interpretación de Noémie Schmidt en la piel de la indecisa y perdida Alexandra, con su carácter e individualismo que, encontrará muchas razones, completamente diferentes a las que traía en un principio. A su lado, Clovis Cornillac, el veterinario honrado y motivado que cree en lo rural que además de sus “animales”, tendrá otro frente abierto con su mujer e hijos. Y luego, un ramillete de secundarios que ayudan a mantener esa armonía y esa naturalidad que respira toda la película. Manoukian, después de años fogueándose como guionista en series de televisión, da el salto al cine como directora con soltura, sensibilidad y sabiendo hacer eso que tan bien le sale a la cinematografía francesa, fusionar con credibilidad y profundidad la película social, con buenos personajes y naturalidad, con ese toque comercial que tanto ayuda a que el cine llegue a un público adulto e interesado por historias que los miren de frente, sin atajos ni argucias, un público atraído por los retratos humanos y cercanos, muy lejos de tanta fantasía idiotizada que no aporta absolutamente nada. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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