Blanco en blanco, de Théo Court

EN TIERRAS SALVAJES.

“Es un lugar común hablar sobre cómo el colonialismo envilece por igual al colonizador y al explotado…”

Álvaro Mutis

El relato arranca con la llegada de Pedro, un fotógrafo que viene a retratar el matrimonio del latifundista Mr. Porter con una niña. Estamos en la tierra inhóspita, agreste y desoladora de Tierra del Fuego, allá a finales del XIX. Pedro es un alma perdida, un fantasma en mitad de la nada, alguien obsesionado por la luz que invade sus fotografías, y también, por la inocencia y dulzura de la futura esposa del patrón. Pedro es alguien atrapado en esa vasta tierra, rodeado de siervos de un terrateniente ausente, al que nunca vemos, a alguien que más parece otro fantasma, pero que es dueño y señor de todo, incluso de las vidas de los que allí subsisten y trabajan para él, incluido Pedro. Todo es sucio, incómodo, desagradable, parece que el amor y la caricia han abandonada esas tierras, o los nuevos moradores, que colonizan esas tierras y los nativos selknam, han eliminado cualquier atisbo de esperanza y libertad.

Después de realizar Ocaso (2010), en la que nos conducía por los últimos días de un mayordomo al cargo de una casona decadente, el cineasta Théo Court (Ibiza, 1980), de padres chilenos, vuelve al sur de Chile, pero esta vez a Tierra del Fuego, a centrarse en un parte histórica, la del preludio al siglo XX, cuando las tierras salvajes y libres ocupados por nativos, pasaban a manos del invasor, a través de la fuerza, en un relato por el que nos guía Pedro, el testigo presente-ausente, por el que vemos y conocemos un universo sin alma, en lo más crudo del invierno, con esas infinitas planicies nevadas, con esa suciedad física y moral, donde muchos de los personajes, criados o mercenarios, se pasean por esas tierras como lo que son, la imagen del terror para los nativos. Hay tiempo para la belleza, aunque esa belleza, capturada por los retratos de Pedro, como el que hace a la niña, también tiene impregnada ese aroma violento que emana en las tierras de Mr. Porter, como el matrimonio de un adulto con una niña, las cercas que dividen una tierra libre, o la violencia que extermina a los nativos, una violencia intrínseca en el alma oscura del explotador y ocupador.

Court, escritor del guión junto a Samuel M. Delgado, mira ese paisaje violento con distancia, mostrando a sus personajes desde la altura del que no juzga, solo enseña, reflejándolo con esa luz grisácea, oscura y velada que impregna todo el relato, un bellísimo trabajo de José Alayón (director de la interesante Slimane, y coproductor de la cinta) asesorado por el cinematógrafo Mauro Herce (que había trabajado en Ocaso), la desoladora y tenue música de Jonay Armas (autor de La estrella errante, de Albert Gracia, o Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco) convoca esa otra cara de la tierra, la que no vemos peor sigue ahí, latente y cercana, como el espíritu que presencia Pedro en la llanura, el sutil y brillante montaje de Manuel Muñoz Rivas (director de la magnífica El mar nos mira de lejos), y el formidable trabajo con el sonido de Carlos E. García (colaborador de las películas de Ciro Guerra y Cristina Gallego, o en la Ninphomaniac, de Von Trier). Blanco en blanco recoge con astucia y detalle esa atmósfera cruel y desoladora que hervía en esas tierras, donde gentes sin alma y en busca de su dorado particular, trabajaban para enriquecidos sin escrúpulos que construían el nuevo orden capitalista, exterminando indios y borrándolos del mapa, lanzándolos al abismo de la historia, siempre contada por los vencedores.

La película tiene esa amargura y tristeza que también refleja el personaje de Pedro, en la piel de un Alfredo Castro, que explica tanto casi sin hablar, un talento al alcance de muy pocos intérpretes, que recuerda a aquellos antihéroes perdidos, a la deriva y sin futuro, como el John McCabe de Los vividores, de Altman, o el pobre diablo de La balada de Cable Hogue, de Peckinpah, dos cintas que nos hablan de ese final y crepuscular western que dejaba paso a otras formas de vida, menos libres y soñadoras, donde se imponía el dinero como medio para vivir. La inquietante y brillante presencia del actor Lars Rudolph, que habíamos visto en Armonías de Weckmeister, de Béla Tarr, con Sokúrov, en el cine alemán de Tykwer o Akin, haciendo un personaje sucio, maloliente y oscuro, que habla en inglés, de esos tipos odiosos que gusta estar muy lejos de ellos. También, tiene de ese eterno viaje hacia la nada que vivía el oficial de Jauja, de Lisandro Alonso, vagando sin rumbo por esas tierras duras y desoladoras, o de ese otro oficial, en esa espera eterna y decadente en Zama, de Lucrecia Martel, donde la atmósfera engulle y asfixia a esos valientes y temerarios hombres que un día llegaron con la maleta llena de ilusiones y el alma todavía inocente, y con el tiempo y el alrededor, se vieron engullidos por ese universo atroz, vacío y violento, donde parece que solo ganan los menos buenos, donde todo obedece a una idea, la del invasor que todo lo vuelve blanco, a su manera, enterrando todo aquello que no es generador de riqueza.

Court, en su segunda película, se desata como un narrador brillante y sobrio, en el que cada espacio, gesto o mirada adquiere connotaciones más allá de lo que vemos, siguiendo ese tedio que impone a sus personajes, en un relato que va del crudo invierno a una primavera soleada, que sigue manteniendo ese orden social donde la vida de los nativos vale tan poco que cuando desaparece nadie la echa en falta, en un mundo por el que se mueven personajes sin nombre, sin vidas, porque pertenecen a los designios del amo, un amo ausente pero presente con sus tentáculos de poder, riqueza y miseria que deja a su paso. El cineasta chileno-español crea ese mundo abismal, ese mundo desesperanzado, donde toda esa violencia contamina todo lo que ve y toca, como el paisaje, las relaciones humanas y los deseos e ilusiones de un espacio que ya no tiene vida y solo persigue la muerte, como queda patente en la apertura y cierre de la película, con esas dos fotografías que definen con detalle toda la desolación y terror que registran las representaciones. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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