El olor a leche quemada, de Justine Bauer

LAS MUJERES DE LA GRANJA. 

“Desde luego, era incapaz de imaginarse a sí mismo en un lugar que no fuera la granja; conocía cada uno de sus árboles”

De “Canta la hierba” (1950), de Doris Lessing

La sorprendente y reveladora apertura de El olor a leche quemada (en el original, “Milch ins feuer”, traducido como “Leche en el fuego”), de Justine Bauer (Alemania, 1990), ya nos sitúa en un contexto muy especial: vemos una cámara que se mueve hacia nosotros siguiendo el devenir de un lago, mientras una voz en off nos va explicando la vida de Katinka, una joven que vive en una granja junto a su madre y hermanas y su abuela. Todo es apacible, tranquilo y muy reposado, como si la vida se hubiese detenido, como si las cosas pertenecieran a un estado de letargo, de descanso, donde el verano ha impuesto su ritmo, su mirada y su belleza, y donde cada instante se vive en su plenitud, dejando que las cosas vayan pasando, sin más, disfrutando del instante, de una naturaleza desbordante, y de un verano que quizás es el último de sus vidas, de una vida que se apaga, la vida de una granja que resiste como puede ante los embates de una industria que la arrincona, que la deja atrás, donde su protagonista Katinka, en su ferviente deseo de seguir, se convierte en la última ilusión ante la realidad. 

La directora alemana, que creció en una granja de avestruces en Alemania, ha rodado en el dialecto de Franconia, y nos traslada a Hohenlohe, el sur rural de Alemania, en la que se centra en tres generaciones, la abuela Emma, ya retirada y testigo de un tiempo lejano que ya no volverá. La madre Marlies, que sigue al frente de la granja de vacas y unas cuántas alpacas, sigue ordeñando, ya de una forma automática, y resistiendo como puede y viendo su alrededor en declive, con más granjas abandonadas. Y finalmente, la citada katinka, con sus dos hermanas pequeñas, y su amiga Anna, pasan los días de estío entre vacas, entre el tractor haciendo rectángulos de heno, dando amor al semental, escuchando la memoria de la abuela, y bañándose y riendo mientras la vida va desapareciendo como el ocaso del día. Bauer en un tono muy documental, nos regala una película muy intimista, cercana, cotidiana y vital, donde no hay discursos ni reproches, sólo la vida, la que queda y cómo estas mujeres resisten como pueden. No hay subrayados ni algarabías, sólo cine humanista que observa y que filma la realidad diaria y cotidiana de lo que sucede. Recuerda a ese cine que rescata lo rural, es decir, que filma con honestidad y detalle la vida en el campo, en una granja, con la belleza de naturaleza y el contacto de los animales, y también, el sometimiento a las leyes de un mercado que arrasa con lo artesanal para dar cabida a una industrialización en masa. 

El grandísimo trabajo de cinematografía de Pedro Carnicer, con ese carácter documental de registrar una vida que se va, acompañado del formato que ayuda a ir captando con suavidad y cercanía el entorno natural, y de paso la vida diaria en la granja con sus quehaceres, y además, insufla vida y conflictos a unas jóvenes que deben enfrentarse a una forma de vida que se va apagando. La música de Cris Derksen ayuda a construir ese imaginario de paraíso que oculta las grietas y los conflictos de la supervivencia como granja, captando la sutileza de cada momento de la granja, de sus vacas ordeñándose y esos juegos en el agua, y esa cámara captando cada mirada, cada gesto y cada silencio. El montaje lo firman la propia directora y Semih Korhan Güner que, en sus magníficos 78 minutos de metraje, consiguen llevarnos a esa atmósfera rural, con sus días y sus noches, hipnotizados con su ritmo pausado, sin prisas, donde cada día es una experiencia que no olvidarás, y donde la vida va pasando con sus trabajos, sus ilusiones y derrotas, como cuenta la abuela Emma, que nos remite a aquellos mayores de las películas del oeste que relatan una vida pasada tan diferente al presente en el que están. 

El magnífico reparto de intérpretes naturales encabezado por la extraordinaria Karolin Nothacker haciendo de Katinka, y sus hermanos Sara Nothacker es Emilie, Anne Nothacker es Emma y Johannes Nothacker es Adrian, Pauline Bullinger es Anna, Johanna Wokalek es la madre y Lore Bauer, la abuela de la directora hace de la abuela de la familia. Un elenco que transmite con muchísima naturalidad y precisión cada detalle y conflicto de sus respectivos personajes. Ver una película como El olor a leche quemada, de Justine Bauer es una experiencia abrumadora y muy especial, porque sabe mezclar la sabiduría y grandeza de lo que significa crecer y vivir en una granja, con sus animales, y el contacto con la naturaleza, y por supuesto, el otro lado, con la dureza y el sacrificio del trabajo, los problemas diarios de cuadrar las cuentas y vivir pendiente del precio de la leche y las malditas leyes del mercado que hacen y deshacen granjas, o lo que es lo mismo, la vida rural y la supervivencia de una forma de vida. La película emana mucha verdad, de la verdad tan difícil de encontrar a día de hoy, ya no sólo en el cine, sino en nuestras relaciones personales, porque cada uno se ha subido a la velocidad de crucero de lo que dictan las “normas” de esta sociedad consumista y estúpida. Deberíamos mirar más al campo, pero no como “escapadas”, sino a observar la naturaleza con tranquilidad y nada más. Una quimera en estos tiempos. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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