Negro púrpura, de Sabela Iglesias y Adriana P. Villanueva

LA FIEBRE DEL ORO GALLEGA.

“Entonces, era otro mundo. Un mundo diferente pero un mundo que quisiera yo verlo, enseñároslo y ver como es… porque era un paraíso.”

Oliver Laxe, Alberto Gracia, Eloy Enciso, Xacio Baño, Fon Cortizo, Jaione Camborda, Diana Toucedo, Ángel Santos, Álvaro Gago, Ángeles Huerta, son algunos de los cineastas galegos que han irrumpido en el panorama nacional durante el siglo XXI. Un cine heterodoxo, muy personal, muy diferente, y brillantísimo. Un cine que mira su tierra, sus gentes, su memoria, y sobre todo, mira a su interior. A este grupo, al que cada año se van incorporando nuevas voces, hay que añadir las integrantes de Illa Bufarda, una productora cinematográfica que componen: Sabela Iglesias (Xanceda, A Coruña, 1987), Adriana P. Villanueva (Corcubión, A Coruña, 1987), y Pilar Abades (Lamela, Pontevedra, 1985). Con trabajos en el campo del corto y mediometraje, en 2015 llamaron la atención con el largo Fíos Fóra, que ponía el foco en las mujeres gallegas trabajadoras del textil. Con Negro Púrpura se adentran en el cine etnográfico, para hablarnos del “Claviceps purpurea”, más conocido como el cornezuelo, y llamado cornuello, en muchos lugares de Galicia,  un hongo alucinógeno que brota en los cereales, y más concretamente en el centeno que, a primeros de siglo, en el noroeste de Galicia, se convirtió en todo un fenómeno social, cultural y económico para la zona, convirtiéndose en una pieza muy codiciada, el “Oro negro”, lo llamaban.

Iglesias y P. Villanueva se encargan del montaje y el sonido, respectivamente, amén de la dirección, y Abades de la cinematografía, en una película que es muchas películas dentro de sí misma, y no parece tener ni principio ni final, solo muchas historias y relatos que se arremolinan en torno al hongo dorado, una pieza de gran valor que cambió la vida a todos y todas. Tenemos un viaje al pasado, a la memoria de sus gentes, a través de los testimonios de habitantes de los pueblos que vivieron su particular “Fiebre del oro”, tanto los testigos como los descendientes, nos van trazando un trozo de su historia relacionada con el cornezuelo. Un relato que nos lleva a las infinitas propiedades del preciado hongo: su uso durante las plagas medievales, la medicina popular que lo usaba para provocar abortos, la codicia de las grandes farmacéuticas, ingrediente para fabricar LSD, y la CIA como material indispensable para su uso militar. Toda esa fiebre provocó el elevado precio del hongo que se exportó a todo el mundo, en especial a los Estados Unidos.

Con toda esa información que va y viene, las directoras galegas nos sumergen en un mundo que ya no existe, en un tiempo lejano, en unas gentes y en una memoria enterrada, y lo hacen desde una sencillez formal y elegante que deslumbra, construyendo un caleidoscopio de infinitas historias y relatos donde el tiempo desparece, donde todo parece invocar al pasado siempre desde el presente, como esa maravilla de secuencia al inicio de la película donde en un plano fijo y con tres octogenarios, apoyado con un leve y conciso diálogo, nos explican la despoblación acusada de su pueblo y los de alrededor. La música de la película tiene una mención aparte, porque el músico Paulo Pascual compone una banda sonora extraordinaria a través del Theremin, que desprende un sonido muy peculiar, creando una melodía que casa a las mil maravillas con el entretejido de las imágenes y los testimonios y relatos de la película, recreando ese puzle infinito de curiosidades, planteamientos y vivencia de las gentes relacionadas con el cornello. Un obra de verdad y poética, que nada tiene que envidiar al cine de Rouch y Philibert, del que esta bebiendo, y de la película El cielo gira (2004), de Mercedes Álvarez, en su tratamiento del paisaje, el relato y la voz en off, y la reciente Nación, de Margarita Ledo, en rescatar una memoria no contada, una memoria esencial y capital para entender de donde y de quiénes vivimos.

Iglesias, P. Villanueva y Abades, o lo que es lo mismo, Illa Bufarda, no solo entienden el cine como una herramienta fundamental para devolvernos un pasado no contado, un pasado que requiere su tiempo, su relato y sus existencias, sino que también, y esto es muy importante, y en eso se asemejan a sus coetáneos gallegos, lo hacen de forma atractiva, bellísima, con ese tono y profundidad de lo mágico y lo fantástico, al estilo de los London, Stevenson y Conrad, recreando un tiempo de otro tiempo, un tiempo que parece irreal, un tiempo que mirado desde ahora, tiene ese halo de misterio constante, de vidas extrañas, de seres como de otro tiempo y otro planeta. Negro púrpura  es un viaje inmenso, lleno de caminos y atajos, de idas y venidas, por todos esos pueblos, ahora my vacíos, con sus gentes, muy mayores, pero llenos de tiempo e historia, y también, la película reivindica el maravilloso y vital testimonio de los mayores, de todas esas personas que vivieron otro tiempo, otro lugar y otra vida, tan diferente a esta y con un hongo que nacía en sus tierras y se convirtió en su oro particular. JOSÉ A. PÉREZ GUEVARA

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